Mímesis

Paula Schmidt

Bienvenida Bulgaria

Bienvenida a mis singulares entrañas Bulgaria.

Los grillos te saludan a gritos

para que te acuerdes:

Todos siguen vivos.

 

Las ramas de mi vientre te ahogarán

entre dos montañas.

Sabrás entonces que no es el aire

el que te hace gemir de placer.

 

Es el instinto de la fuerza,

perogrullada de un universo en flor,

el que te mantiene verde,

silenciosa, latente en mi muslo.

 

Bienvenida en ese miedo en tinieblas

que confunde los árboles

con recuerdos de remota presencia.

 

Cuando encuentres el cetro de mi alma,

guárdame como enfermedad

en los cuarenta claustros.

 

Sólo beberé lo que quede atrás;

El orgullo, en ramos disecados.

Bienvenida, bienvenida.

El río, las montañas, los tomates

I.El río

 

Apacible,

como un anciano que se evade en sus recuerdos, el Danubio.

 

Con cada hora que pasa se vuelve más lúgubre.

Indiferente a la misma letanía diaria del sol.

Aparecer, desaparecer.

 

Tal vez por humildad ignora que con la luz rojiza

del atardecer, su agua se tersa y todo parece fluir...

 

II.Las montañas

 

Desde las alturas,

vigilan la carretera que parece violar su virginidad.

 

Un manto verde cubre los pudores de cada roca.

 

Lo que dicen el paraíso

debe de estar en donde acaban las cumbres.

Muy cerca del último resto de hierba.

 

Como en una hermandad se apoyan unas en otras.

Compartiendo la culpa en silencio.

 

Pero la última, la verdadera culpable,

Nunca aparece...

 

III.Los tomates

 

Como un Cristo en la cruz.

 

Sujetos los dos brazos en alto,

el cuerpo pesado, sin fuerzas.

 

Cada fruto, un desconocido.

Desproporcionado con respecto a la planta.

 

Menos mal que el rojo

devuelve al cuerpo sensible su inocencia.

 

Con cada cosecha una promesa de juventud...

Prohibir la vida

Deberíamos prohibir la vida,

y que sólo viva lo que no está prohibido.

 

Deberíamos prohibir el sexo,

y que sólo forniquen los que no tienen genitales.

 

Cuando caminaba el tuerto hacia los cerros de Úbeda,

las vacas corrían con inflexión hacia

los glaciares de saliva.

Todo árbol, engañado por la juventud de las amapolas,

se henchía las crines de rojas termitas.

 

Por el liso tapiz de una marea sin luna,

se esfumaba endiosado el coronel de los estrábicos.

¡Cuán grande es el hombre cuando es Dios

y cuán pequeño cuando piensa en él!

 

Ovacionado por los topos,

constructores de corazones de metal.

Allá iba el padre de los que se quedan atrás,

para que de sus sombras sobresalga

el triunfo del que amanece.

 

Deberíamos prohibir el trabajo,

y que sólo suden los muertos en su musgo.

 

Deberíamos prohibir la diversidad,

y que sólo se discriminen a los que son iguales.

 

Llegando al alba, la oscuridad

se entretenía barnizando los cristales del cielo.

Buena la fortuna, mala su visión.

Al tuerto los dioses habían destronado:

¡A partir de ahora, rey es el que sufraga

para ser gobernado!

 

Así, para espantar a los bueyes

arrancose de su boca la plata.

La sombra, que antes el suelo había besado,

sobre él se abalanzó cubriéndolo con

diamantes de negra roca.

Las hojas que se creían caer en dulzura

guillotinaban una a una sus pestañas hasta la calvicie.

Por cada elogio, un réquiem maceraba

los hilos de sal que el hombre dejaba atrás.

 

Su hábito se embebió de ceguera,

y la fama lo llamaba a confesión en el cuarto oscuro.

Cada rezo clamaba así:

¡Que el tuerto quede en libertad

cuando se haya acomodado a su presidio!

 

Deberíamos prohibir la invidencia,

y que sólo vean los que no quieren ver nada.

 

Deberíamos prohibir la vida

¡y que vivan los que pueden prohibir!

 

 

El niño, tu hijo

En el mundo de El niño, tu hijo. Tu mundo. El niño, tu hijo es gran titán, si es que el mundo es delicado.

 

Manosea suelo, aire y perneras con manos de elefante.

Tiene razón, en la rudeza no se esconde la emoción, se expresa.

 

El niño, tu hijo, vive allí abajo. En la tierra. Ese dominio tan poco explorado por los adultos. Demasiado pisado.

 

Su boca rocía su cuerpo sediento. La concentración requiere sustento y en un mundo delicado

se hace uso de toda la materia de la cual se dispone. No babea uno en vano.

 

Carcajea El niño tu hijo sin precepto. Lagrimea cuando se aturde su voluntad o cuando le viene en gana.

Se es, no se piensa. Cosa de titanes.

 

Cuando te mira, es hacia el espacio. Eres como un Dios, demasiado lejos para tenerte en cuenta.

Sin embargo te cree, el Niño tu hijo.

 

Hace caso a su propio gobierno. Hacia la derecha significa hacia un lado. Parar no quiere decir nada en especial.

Cuando el gobierno se duerme, él es más libre todavía.

 

En tu mundo tú eres en El niño, tu hijo. No eres titán ni tu mundo es delicado.

Pero el abolengo se vislumbra cuando se acepta con orgullo el destierro.

El hombre que traía el fin

¿Qué diría el mundo si un hombre arrastrase tras de si,

sobre un carro de palabras, el fin?

 

Acaso lo contemplaría en ese silencio soez

que embadurna el instinto de supervivencia.

 

Acaso se revestiría con caricias trepadoras,

criadoras de flores de algodón en los oídos,

que cabalgan por la nuca,

provocando al erizo que llevamos en el epitelio a

acuchillarnos en miles de constelaciones,

llegando por fin al cerebro a hurtadillas,

por la sombra de la aorta,

para estallar en migraña.

 

¡Ah! Esa opresión divina, que recuerda que el cerebro es demasiado pequeño para más que un fin,

el de romperse en pedazos.

Ilustraciones: Paula Schmidt de la Torre.

Paula Schmidt de la Torre (Heidelberg)
cursó una parte de sus estudios en Galicia y se licenció por la Universidad de Santiago de Compostela en Ciencias Políticas y de la Administración. Realizó después un Master en Estudios Europeos en la Universidad Libre (FU) de Berlín. Antes de comenzar a trabajar, viajó seis meses por los países del Este al encuentro de la agricultura de subsistencia. Documentó este viaje con un pequeño reportaje y una exposición de fotos itinerante. También nacieron de esta experiencia, varios poemas de Mimesis. Desde el 2012 vive y trabaja en Francia en el sector de la alimentación sostenible. Mimesis es su primer libro de poemas publicado.