Memoria del adentro

Aitor Francos

EL SIGLO DE LA IMPACIENCIA

 

Los árboles han sido siempre para mí los predicadores más eficaces.

Hermann Hesse

 

I

 

Entre las ruinas lecturas del sol.

 

Cuando llegue el poema no hagas ruido.

 

Para la destrucción

opaca de lo bello

la muerte queda fuera de lugar.

 

En cambio alguna vez,

fijamos la cámara a ese punto de partida.

Y la desolación

no consigue imponernos el contraste.

 

Algo hay que hacer con esa oscuridad

de días no leídos.

Algo como quitar

el polvo de las palabras

o limpiar el reflejo

de una metamorfosis.

 

El sol es una isla

de libros incendiados.

 

Su soliloquio fija la morada.

 

Y no cabe un cuerpo más en su certeza.

 

 

II

 

Ser cicatriz es una

rara costumbre.

 

En sus coordenadas lees el reclamo

de un punto de no retorno.

                                                Ningún

blindaje defenderá la orfandad

de algo que espera para ser silencio.

 

Presionas las palabras contra un cristal

como si resultase

algo más permisible la vida del dolor.

 

Se repiten las instrucciones para el montaje,

armar la telaraña

con hilo de teléfono,

rozando la tragedia

de una conversación interrumpida.

 

Sabes bien cuál de entre las sombras no

va a deshacerse

si aprendes a leer

la noche y restauras sus junturas.

 

Hablan demasiado las cicatrices.

Con rejas en la carne

ocultan el desorden del secreto.

 

Abres la ventana para que escape

el cielo

y ya podemos jugar a apagar las luces.

 

 

III

 

Sabernos debajo de una taza de té

que volcó alguien para reencontrarse

consigo tras la lectura del Tao.

 

No es fácil decir qué permanece,

con lamento de arpegio,

cerrando las campanas de la vida.

 

Ponemos la ceguera en otro plano,

por leer de rodillas,

doblando el horizonte.

Refugios donde la verdad abraza

formas de un cuerpo en su cueva invencible.

 

Sería bueno

esbozar marcas de continuidad.

Comparar corazones

cansados de hacer ruido.

 

El sabor de la espera

bebe agua del papel,

para romperse encima de algo vivo.

 

SANTUARIO

 

En vano apoyaré el libro en el suelo

para sentir la gravedad del mundo.

 

Somos tan transparentes

que hasta dejamos que las cosas pasen

por sí y en nosotros

como en un vaso de agua

que se deja abrazar

delante de un espejo.

 

Vigilia y luz

enterraron juntas la perspectiva

del hombre al que persiguen.

En la maleta, plegada, la vida,

se dilata y se contrae, a intervalos

casi ya perfectos de oscuridad.

 

Así descubro

el dolor de las sombras

que ocupan poco espacio

cuando no escribo poemas.

 

Me dejo

querer por todos los libros y leo

una verdad superior en su modesta

súplica de animal en extinción,

altitud del árbol que no veremos

condicionando al cielo

a la necesidad de ser más;

forma útil de creer.

 

Con palabras que sé

busco verdades,

y con las que no sé, busco el silencio.

 

LA UTILIDAD DE LA CENIZA

 

Hay un fuego encendido en el poema

y no conozco fulgor que no sane.

 

No tardarán los brotes

del fénix

en dar su latente cantar de gesta

al reto de estar vivos.

 

El humo vino a barrer la noche de la idea.

Pone ojos a las sombras que descubre

y escribe con los dedos

de la profundidad.

 

Hay una habitación viviendo dentro

del silencio, en la luz

dejada por la palabra en los cuerpos.

 

EXCLUSIVIDAD

 

Clava en los sueños las raíces

de las palabras

y distiende la cumbre

del relámpago.

                           Nombra,

y dudarás.

 

No hagas más promesas

de vida.

 

No me dejes más flores

delante de la puerta.

 

Ahora sí, eres mío,

silencio. Sin poesía.

 

 

FAMILIARIDAD

 

Ningún signo lo afirma

pero bien sé la evidencia del fin.

 

La luz deja caer

ropa sobre la cama

y desnuda mis ideas.

 

Conozco la prisión

de los ojos. Su extraña

memoria involuntaria.

 

En lo que leo estás.

Y yo toco tu vida con un libro.

 

PEATÓN POR ACCIDENTE

 

A José Fernández de la Sota

En las tripas, el dolor de estar aquí, la          
imposibilidad de quedarse quieto, de enterrarse
vivo, de quedarse simplemente.                      

Arthur Rimbaud

 

Uno podría entender la historia de casi todo poniéndose a andar

de vez en cuando.

Los médicos lo recomiendan, te dirán que con una hora al día es suficiente. Pero es poco para pensar.

Para pensar hay que estar todo el día andando.

Los leones enjaulados no piensan (o creemos que no piensan)

pero se pasan el día caminando por su reducido patio.

En una habitación cerrada se puede andar mucho. Se pueden dar vueltas

y vueltas, y decir

esto es un círculo y empieza aquí y aquí, pero aquí no.

Decir esto es un círculo cerrado y esto un círculo abierto.

Y mirar pasar gente extraña por debajo de la ventana, como si estuviésemos

ante cuerpos de cristal: mirar, a través de ellos, el tiempo de vida que nos queda.

 

La filosofía ha sido siempre un buen negocio para los zapateros.

Pero los hay que preferimos la playa,

porque se escucha el rumor de los pasos en el pensamiento de los niños perdidos.

No tenemos que salir a recibir las ideas y podemos ir descalzos:

cuando la marea está baja basta entonces con sentir

cómo el agua se estremece al entrar en la transparencia.

El hombre que deambula pensativo debe ser cauteloso, porque los charcos

que se forman entre las palabras

pueden dejarle impuro y afectado, por limpios que parezcan,

y hasta retenerle pegado a la vida.

 

Caminar mucho también por el poema para terminar de borrarlo,

para leerlo todo, y dominar la observación.

Ser poco más que un peatón por su luminosidad ensimismada.

Lavarlo bien por dentro, para encontrar más huellas,

y saber por qué estábamos tan solos.

Algo de tierra en las palabras limita la profundidad de las ideas.

 

Es un buen consejo ir

siempre a pie, como dijo el poeta, porque es la única manera

de ir midiendo esa muerte

que ya sólo dibujo para capturar un sueño intranquilo,

la brillante ceguera de las quemaduras

que mantiene viva la habitación en llamas

de la conciencia, los pasos de la celda

que se derrumba para atraparnos con la intemperie dentro.

Y de aprender a irse.

 

Que las palabras que se quedan atrás nos digan

dónde dejamos de crecer.

 

 

 

Aitor Francos (Bilbao, 1986)
ha publicado los libros Igloo (Renacimiento, 2011. XIV Premio Surcos), Un lugar en el que nunca he escrito (Ediciones Liliputienses, 2013. Edición ampliada en Renacimiento), Las dimensiones del teatro (Isla de Siltolá, 2015), Las gafas de Pessoa (Vandalia, Fundación José Manuel Lara, 2018, VIII premio Hermanos Machado), la plaquette Ahora el que se va soy yo (4 de agosto, Colección Planeta Clandestino, 2014), los libros de aforismos Fuera de plano (Cuadernos del Vigía, 2016. III Premio José Bergamín), Camas (Trea, 2018) y Aforo completo (Prames, Las tres Sorores, 2018) y los de haikus, Filatelia (Renacimiento, 2017) y Un buzón en el desierto (Prensas universitarias de Zaragoza, 2018). He sido incluido en antologías como Re-Generación (Valparaíso, 2016) y Nacer en otro tiempo (Renacimiento, 2016) de poesía. Ha preparado la antología de poesía vasca Las aguas tranquilas, con traducciones del euskera de ocho poetas vascos actuales (Renacimiento, 2017) y Marcas en la piedra, antología de aforistas vascos (Renacimiento, 2019, pendiente de publicación).