‘Hiroshima’, la narrativa de un periodismo en extinción

Francisco Valente

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Treinta mil palabras. Una publicación periodística completa dedicada a un solo reportaje de 30.000 palabras. Una primera tirada de 300.000 ejemplares agotados en pocas horas. Sin vídeo, sin SEO, sin negritas, sin sofisticadas infografías; en fin, sin gritos desesperados por llamar la atención de cualquier forma y sin ornamentos secundarios más propios del marketing que del discurso periodístico: una historia narrada a través de sus protagonistas. Hiroshima –de John Hersey−, simple y directo incluso en su título, es una pieza de culto, una clara muestra de lo que alguna vez fue el noble oficio del comunicador: hacer visibles historias con interés periodístico, haciendo hincapié en el fin social y la calidad del contenido por encima de la frivolidad. Reportajes como Hiroshima, u otros tantos como por ejemplo A sangre fría de Truman Capote u Operación masacre del argentino Rodolfo Walsh, modelos de relatos del género de no ficción o nuevo periodismo, son reliquias de una manera de contar los hechos cada vez más extinta.

 

Hersey, corresponsal de guerra y escritor, recibió un encargo de la revista The New Yorker: viajar a Hiroshima en la primavera de 1946 con el objetivo de escribir un artículo que narrase el estado de devastación en el que se encontraba la ciudad japonesa tras el bombardeo atómico del año anterior. El periodista comenzó su investigación en mayo y la publicó a fines de agosto; es decir, el tiempo de cocción del reportaje fue de aproximadamente cuatro meses. En las redacciones de hoy los hechos se cuentan minuto a minuto. La ansiedad generalizada propia de estos tiempos ha instalado la creencia de que el bien más preciado es la inmediatez. Redacciones grandes y redacciones pequeñas compitiendo entre sí para ver quién publica primero quién sabe qué cosa. ¿Y la calidad del contenido? Bien, gracias. Redactores autómatas persiguiendo la novedad vacía, una sucesión de palabras huecas que construyen relatos desalmados que se olvidan de la función social de la información y que reproducen un sistema contra el cual todos despotrican pero del cual, por infinitos motivos, nadie se puede/quiere bajar.

 

El interrogante de los existencialistas que todavía se toman un momento para pisar el balón y repensar la profesión es si, a grandes rasgos, lo que ha conducido hasta esta dinámica vertiginosa son las nuevas tecnologías y sus cambios consecuentes en el comportamiento de las audiencias, el determinismo económico de las nuevas empresas periodísticas y del negocio por publicidad, o ambas cosas. ¿Por qué no hay tiempo para trabajar? En una entrevista para madrilánea, José Luis Trasobares, periodista desde hace 50 años, actual presidente de la Asociación de Periodistas de Aragón, colaborador y asesor editorial de El Periódico de Aragón, reflexionó sobre estas cuestiones y dijo: “Como no existen condiciones empresariales de rentabilidad, la presión por adquirir el mayor número de visitas en el sitio web está desbordando todo lo demás. Pretendemos mostrarle a los anunciantes que llegamos a mucha gente, pero no necesariamente con un producto de calidad. Nunca como ahora se ha ido de forma descarnada hacia la rentabilidad. Hay una fiebre por adquirir un gran número de visitas. Estamos en plena dispersión, corremos el riesgo de que sea la viralidad lo que mande”. Y sobre la posibilidad de elaborar artículos o reportajes en profundidad y de ejercer una periodismo old school, como la presentación de la revista The New Yorker con Hiroshima, Trasobares opinó: “Para hacer periodismo de calidad es necesario tener recursos. El buen contenido cuesta dinero y no es fácil de montar con redacciones pequeñas. Los medios tradicionales han reducido sus redacciones a la mínima expresión, han cogido a sus periodistas veteranos, los que tenían ya especialización, que eran capaces de entender las cosas y de contextualizarlas y los han prejubilado”.

 

De esta manera, las empresas periodísticas parecen no estar dispuestas a invertir en tiempo y en experiencia. La investigación sobre el terreno, un viaje a Japón y semanas entrevistando supervivientes del holocausto nuclear para luego hacer una pieza “sin prisas” pero con una profundidad y precisión dignas de un Pulitzer parecen no tener cabida en los medios tradicionales de hoy. Quienes conducen los medios de comunicación parecen coincidir en que a las palabras se las lleva el viento y que hay que producir informaciones entretenidas para consumir “de refilón”, sin necesidad de prestar mucha atención y que no es importante dejar algo al lector porque ya nadie se involucra con las historias que lee. Esto es, cuanto menos, cuestionable. Y no desde la vereda de enfrente, sino desde la misma lógica: el paradigma actual de vender información en cantidad de manera compulsiva no es rentable, la fuga de lectores continúa y no se ha logrado cautivar a nadie siguiendo la estructura del vídeoclip. La cosa va en picada pero nadie parece estar dispuesto a girar el timón. Los gurús debaten las nuevas narrativas −y está muy bien que así sea− pero no tienen tiempo para pensar contenidos atractivos, de esos que generan identidad, contenidos que hagan sentir algo al lector, que lo saquen un poco de la anestesia en la que vive (y no que ayuden a reproducirla) y que le hagan sentir empatía por lo que lee, más allá de reconocer un lenguaje de símbolos a través de gráficos, fotos o diseños de maquetación. De nada sirve dedicar todas las energías en presentar un envoltorio exquisito si cuando el paquete se abre el contenido es insulso y aséptico, sobre todo en un negocio en que se pretende fidelizar al cliente y que vuelva a invertir en la publicación a diario.

 

¿Qué es lo que hace tan especial el reportaje de John Hersey? ¿Cuál es la esencia de la estructura narrativa que le valió el reconocimiento a nivel mundial y convirtió a Hiroshima en uno de los artículos por excelencia del género periodístico? El protagonismo de gente normal y corriente. Mostrar al mundo la auténtica dimensión del terror que vivieron los habitantes de Hiroshima después del lanzamiento de la bomba atómica. Hasta entonces jamás un reportaje periodístico había alcanzado una repercusión de tal magnitud, y millones de personas fueron conscientes gracias a John Hersey y sus editores del peligro que encerraba la energía atómica para la humanidad. El reportaje fue leído en todo el mundo y su repercusión fue espectacular. Esa es la clave del asunto, y no es una cuestión de época. Las historias en general y el periodismo en particular tienen su razón de ser en tanto y en cuanto lo que se narre modifique de algún modo a las personas, las atraviese. Una cosa es contar lo que es una bomba atómica, sus elementos, cómo se construye, cómo se lanza, su alcance, ver fotos del hongo que produce la onda expansiva luego de su estallido, etcétera, y otra cosa muy distinta es poner en palabras y lograr transmitir emociones con el relato de una tragedia sin precedentes a través de la experiencia de seis personas de a pie. Durante su estadía, Hersey entrevistó a numerosas víctimas del bombardeo y convirtió los seis testimonios más aterradores en la base de su reportaje. Los perfiles seleccionados por el periodista fueron: el doctor Masakuzu Fujii, un médico que dirigía un hospital cerca del río Kyo y que sobrevivió gracias a que durante la explosión se encontraba fuera del centro sanitario; el doctor Terufumi Sasaki, un joven médico de 25 años que trabajaba para Cruz Roja, atendía  pacientes gratuitamente y la mañana del 6 de agosto no cogió su tren habitual; el padre Wilhelm Kleinsorge, sacerdote jesuita alemán de 38 años con una salud frágil y enfermiza que sufrió los efectos de la radiación; Toshiko Sasaki, una joven empleada de una fábrica que se encontraba a un kilómetro del epicentro de la explosión y que sufrió una grave lesión en una pierna; Hatsuyo Nakamura, viuda de un sastre y madre de tres hijos que sufrió graves quemaduras y bebió agua contaminada; y el reverendo Kiyoshi Tanimoto, pastor de la Iglesia Metodista que contrajo el síndrome de irradiación aguda por los efectos de la bomba. Los relatos de estos seis personajes permitieron al autor mostrar los efectos de la bomba de Hiroshima con una sensibilidad única. Son un fiel reflejo de compromiso con conflictos morales y sociales, reportaje responsable y conciencia del trabajo.

 

Los oráculos tecnócratas han decretado que el periodismo clásico y sus formas han caído en la obsolescencia. Que es necesario reconfigurar las redacciones y adaptarlas a los tiempos que corren si se quiere subsistir. Es necesario, pero el continente está devorando al contenido. Según los comunicadores más experimentados, quienes toman las decisiones en las empresas periodísticas poco saben de periodismo, en algunos casos ni les interesa. Es gente de negocios, de números; que están al tanto de las últimas tendencias en ventas y se ponen inquietos porque no son aplicables a la hora de solventar un periódico. La información no es un producto, es un bien social. Y la credibilidad de un medio no es algo que se construya de un día para otro con publicidad en televisión, es el resultado de un contrato de lectura que se forja con trabajo duro y el correr del tiempo. Muchos de los businessmen, forasteros en el periodismo, nunca se involucraron lo suficiente como para comprender esto y llevaron a la ruina a medios históricos. La credibilidad cuesta mucho construirla, y aún más mantenerla, ese es el verdadero trabajo de los profesionales de prensa; pero se puede derrumbar con apenas un par de casos donde se detecte desidia deontológica por parte de los responsables de ejercer el derecho a la información. Un periodista sin un medio que lo respalde no es nada, y un medio sin sus periodistas, tampoco. Las redacciones están siendo desmanteladas, están dejando ir a los tipos con experiencia, a los que saben lo que hacen, a los que han aprendido el oficio y llevan 30, 40, o 50 años en la profesión y deberían ser referentes de las próximas generaciones. No solo no se los valora como fuente de conocimiento, sino que se les falta el respeto y se los deshecha con un criterio de productividad propio del sistema fordista. Prevalece la idea de producir rápido, en cantidad y sin quejarse, seguir los caprichos de los jefes incluso si son contradictorios de hoy para mañana. Se necesita gente joven, predispuesta y maleable para para buscar la rentabilidad de un negocio sin tener que dar explicaciones sobre la historia que se deja en el camino. Un medio que prescinde de la experiencia está condenado al fracaso. La posta se pasa de generación en generación, el conocimiento se comparte y en la interacción está el enriquecimiento personal y el del medio de comunicación. Ni solo experiencia ni solo ideas frescas: equilibrio.

 

Los directivos entienden que el problema es que la gente ya no quiere leer. La bajada de línea es hacer contenidos entretenidos, para captar la atención entre tanto ruido y presentar contenidos masticados para que los usuarios consuman bajo la teoría visual de la E. Que se detengan en una línea a pensar es un crimen. Un artículo se mide por su viralidad, por los retuits, por la cantidad de clicks que obtiene, independientemente del contenido y de las formas narrativas. Y, lamentablemente, está absolutamente legitimado. Las nuevas generaciones, muy bien formadas pero nativos digitales, no cuestionan esa lógica, la reproducen con placer. La naturalizan. Si es viral es necesariamente bueno, merece una felicitación; pero si carece de datos de medición algo está mal, es digno de rechazo, por lo tanto es algo que no vale la pena y que está condenado por no ser lo suficientemente atractivo según los estándares de hoy en día. Los medios gráficos anglosajones aún mantienen la tradición y se permiten publicar reportajes extensos. Curiosamente son los que mejor se mantienen a flote, los que han encontrado en la suscripción una forma de perpetuar el negocio. España, entre otros, parece estar cavando hacia abajo. Produce noticias en serie de manera compulsiva esperando una bocanada de aire fresco pero ha perdido la brújula y está cada vez más sepultada.

 

La profecía autocumplida: la sobreinformación hace que los lectores no quieran pagar por lo que los periódicos tienen para ofrecer. Los hombres de negro no encuentran la clave, no saben que es lo que la gente quiere encontrar en las páginas de un diario, y corren la liebre de las redes sociales y las métricas “porque ahí está la verdad”. Hay que hacerlo caber en la lógica de análisis mercantilista, si no está condenado a desaparecer. Parece que es necesario hacer recortes en las empresas, pero quien hace la poda no es conocedor y está cortando raíces en vez de ramas. El árbol se está muriendo. ¿Y por qué no les preguntan a los periodistas experimentados? Porque los han despedido con un ERE. Si se recortan los Hiroshima y se dejan Los 10 gatitos más simpáticos de la red la decisión es clara y el futuro también. Parafraseando al periodista de The New York Times Andrew Phelps, el modelo de sustentación económica de los medios gráficos por publicidad está en discusión, el desafío está en producir contenidos de calidad por los que el lector esté dispuesto a pagar a través de una suscripción. Redacciones pluridisciplinares abocadas no solo a crear contenido de calidad sino enfocadas en saber cómo y de qué forma el lector desea concretar la interacción.

 

Hiroshima se ha convertido en un símbolo que dignifica la profesión, desde todo punto de vista. Es el tipo de piezas por la cual uno quisiera ser periodista. En el imaginario colectivo romántico ese es el horizonte. El premio John Hersey en Yale fue creado en 1985 por estudiantes del escritor y profesor. El premio es entregado a un estudiante de último o penúltimo año por un cuerpo de trabajo periodístico que refleje el espíritu e ideales de John Hersey. Hoy un periodista puede hacer 20 piezas por día sin levantarse de su cubículo, y la redacción es solo uno de los tantos aspectos que debe atender, para algunos ni siquiera el más importante. Las redacciones ya no están en el centro de las ciudades, están cada vez más alejadas porque ya no es necesario que el periodista salga a la calle, lo importante es la conexión, pero de fibra óptica. La observación participante del periodista en el campo esta sobrestimada, lo mismo da una entrevista personal donde se mira a los ojos, se escucha y se ve lo que el entrevistado deja de decir con las palabras pero expresa con los gestos, y una serie de preguntas enviadas por correo electrónico. Repasen las páginas de la obra de Hersey y por un momento imaginen cómo sería si en vez de estar allí el autor la hubiese escrito a través de teletipos, correo, grabaciones o demás fuentes impersonales. Desaparecería lo más importante, ese no sé qué que la convierte en una obra de arte. Los medios tradicionales se convencieron de que es la gente la que marca la agenda, cuando toda la vida ha sido a la inversa. Son los comunicadores, bajo rigurosas (y no tan rigurosas) normas propias del periodismo profesional, los que deben elaborar contenidos de interés público. Las redes sociales no son una muestra confiable sobre lo que quieren las audiencias. Según dicen, las redes sociales han venido para quedarse, pero por el momento nos encontramos en un estadio incipiente, lejos de ser una usina de opiniones formadas como se cree. Hoy más que nunca se necesita de expertos en comunicación para recolectar, ordenar, jerarquizar y editar las toneladas de informaciones que circulan por estos circuitos digitales. Se precisa de un profesional para desmenuzar y desclasificar los datos para captar qué tiene interés periodístico y qué no lo tiene, si la información ha sido rigurosamente revisada o es tan solo producto de un rumor, una intuición o simplemente una interpretación delirante. “A muchos les preocupa que la inteligencia artificial reemplace a los periodistas, yo creo que estas tecnologías nos pueden ayudar a contar historias que antes no podíamos. Nunca nada reemplazará el juicio de las personas; pienso que un robot no puede contar las historias tan bien como un ser humano”, afirmó Andrew Phelps, director de Producto de The New York Times, en una entrevista que brindó en el ciclo conversaciones del sitio digital del diario argentino La Nación.

 

No es casual que los grandes maestros del periodismo sugieran a los noveles la lectura de textos como Hiroshima. Actúa como una marca a fuego. Este tipo de obras se erige como un superyó que todo lo juzga con el listón bien alto, como debe ser. Una persona de bien no puede andar por ahí publicando artículos miserables sin ningún remordimiento y autodenominarse periodista después de haber entrado en contacto con reportajes como este. El mundo es demasiado caótico, y muchos se lucran con eso. El trabajo de periodista exige un estado de alerta particular, el periodista se dedica a observar, a escuchar, a agudizar su sistema perceptivo para después, de manera directa y con un discurso propio, contar las cosas lo mejor posible y contribuir así ordenar un poco el mundo. Es una encomienda ambiciosa, hasta inabarcable, pero para algunos irresistible y fascinante.

 

 

 

 

Francisco Valente es (Ciudad de Paraná, Argentina, 1982) es máster en periodiscomo y comunicación digital ABC-UCM, licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Nacional de Córdoba y locutor profesional de radio y televisión. Ha ejercido la comunicación institucional y trabajado en medios de comunicación. Actualmente se desempeña como periodista redactor.

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