‘Hora de España’: la gran revista de la Guerra Civil en la zona republicana

Pedro García Cueto - 07-01-2016

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La revista Hora de España surgió en Valencia a raíz de las reuniones que celebraron en casa de Juan Gil-Albert intelectuales como Rafael Dieste, Moreno Villa, León Felipe, Arturo Serrano Plaja y otras importantes figuras de la época. La financió Carlos Esplá, que era entonces titular del Ministerio de Propaganda. La idea de crear la revista fue de Rafael Dieste y el título lo puso Moreno Villa. La revista tuvo su vigencia dos años y medio, llevaba topográficamente la firma de Manuel Altolaguirre y las viñetas de Ramón Gaya.

 

La importancia de Hora de España se centra en la participación de amigos de Gil-Albert (Alcoy, Alicante, 1904-Valencia, 1994), que formarán parte luego de los compañeros de su exilio americano. Fue en 1937 donde encuentro los artículos más interesantes de la revista, sin que desmerezcan los publicados el siguiente año.

 

La firma de Juan Gil-Albert aparece en artículos como el que le dedica a Octavio Paz, amigo del exilio, pero cuyo encuentro había ocurrido antes con motivo del Congreso que se celebro por parte de los intelectuales antifascistas en Valencia (en aquellos momentos, capital de la Segunda República).

 

Resulta curioso detenernos en las líneas que dedica a los poemas de Octavio Paz: “Es curioso que en cambio los poemas de Octavio Paz, no me hicieran volver hacia su tierra natal la imaginación o el pensamiento, y que fuera España misma, la que parecía hablarme a lo largo de sus virginales estrofas de juventud, y Bajo su clara sombra creí percibir a Garcilaso, escuchando gratamente” (Tomo III, 1937, p. 75).

 

Esta percepción de la poesía de Paz como genuinamente española nos llama la atención, pero no tanto si pensamos que para el escritor mexicano la influencia de la literatura renacentista y barroca española ha sido fundamental a lo largo de su vida. Pero el escritor de Alcoy se fija también en la importancia que tienen los versos de Paz que se refieren a España como compromiso ideológico con la Segunda República. El escritor de Alcoy no elude la felicidad que representa la emoción de esos versos, exentos de oportunismo político, sino henchidos de amor y admiración al pueblo español:

 

“Los poemas que dedica a los españoles no quiebran la línea de inspiración de esas trémulas palabras de amor que le preceden, y en virtud de la cual sabemos, que el que entona aquí su asombro, su lamento y su esperanza con nuestro pueblo, es un joven enamorado al que algunos se permitirán tildar de indiferente hacia otras realidades menos íntimas” (p. 76).

 

Para Gil-Albert todo ello denota un error importante, ya que el amor de Paz es el de alguien que quiere a la causa revolucionaria y está a favor del progreso que han hecho derribar los golpistas.

 

En Memorabilia nos dará una magnífica descripción de la fisonomía de Paz, de esa entrega que el poeta mexicano tiene no sólo a su tierra sino hacia todo aquello que lo conmueve:

 

“Ni los rasgos, ni la apostura, reclamaban en él los atuendos rancheros, ni las gestas de la revolución. De tez clara y mate, más bien pálida, de ojos azules y labios finos, de cabello rizoso, de una entonación, como se me ocurre utilizar extraído de las frondosidades de otro poeta de su tierra, de ‘miel en sombra’, Juan Ramón hubiera dicho de él que era un muchacho hermoso; y lo era” (Juan Gil-Albert, 2004, 161).

 

Sí, Octavio Paz deslumbró a Gil-Albert y no sólo por ese aire de “miel en sombra”, sino por la hondura de su poesía, como desvela el artículo que comento publicado en la revista Hora de España.

 

No será sólo Juan Gil-Albert quien escriba interesantes artículos en esta revista tan importante, sino otros intelectuales que marcharán al exilio en poco tiempo: Arturo Serrano Plaja, Antonio Machado, Luis  Cernuda, Rosa Chacel, María Zambrano, Ramón Gaya, Máximo José Khan, etcétera.

 

De José Khan (Francfort del Meno, Alemania, 1897-Buenos Aires, 1953) quiero destacar un artículo dedicado a los judíos, titulado Judíos españoles promotores del Renacimiento. Máximo José Khan llegó a España en 1920. Vivió diez años en Toledo. Publicó bajo el seudónimo de Medina Azara en La Gaceta Literaria y en la Revista de Occidente. Fue cónsul honorario de la Segunda República Española en Salónica y posteriormente en Atenas. Fue muy amigo de Juan Gil-Albert y compartirá parte de su exilio en México (no en vano es uno de los personajes clave de la novela del escritor alcoyano Tobeyo o del amor). Tras marchar al exilio no volvió a España y se quedó a vivir en Buenos Aires hasta su muerte en 1953. Era de origen alemán.

 

Dicho esto, merece la pena fijarnos en el artículo antes citado, donde hace una valoración de una tesis de Saül Mezan dedicada a la cultura sefardita. El artículo se basa en el libro de 155 páginas que Mezan elaboró tras desbrozar su extensa tesis en el espacio reducido de ese ensayo.

 

Lo más interesante del citado estudio es la valoración que Máximo José Khan hace de la influencia hebrea en nuestra cultura: “El judaísmo se encuentra en una constante renacer, y en primer lugar el judaísmo sefardita, que cuenta con una cuna directa y concreta –España–, cuya esencia renace donde actúa un judío sefardita. Es el alma judeo-española que se renueva constantemente. Desde un principio llevó en sí el germen del Renacimiento europeo” (p. 292).

 

Aparte de alabar el estudio de Saül Mezan con el apelativo de “joya de historiografía”, deja claro que los judíos han dado a nuestra cultura mucha riqueza tanto en la Edad Media como en el Renacimiento. Tanto es así que termina diciendo lo siguiente: “El alma judeo-española no ha muerto, porque no puede morir. Engendró el Renacimiento y por ley natural tiene que engendrar otros renacimientos” (p. 292).

 

Gil-Albert también publicó en la revista un artículo titulado Espectáculos, donde nos habla de cine, lo que refuerza la idea de ser el autor de los artículos dedicados al celuloide en la revista Romance en México. El escritor siente gran interés por la figura de Charlot, y en Romance mostrará su ferviente admiración por su película El gran dictador. Aquí nos habla del compromiso ideológico de Chaplin con las ideas republicanas: “Charlot ha expresado su adhesión a la causa del pueblo español en lucha emocionada contra el fascismo” (p. 296).

 

Para Juan Gil-Albert el famoso cómico muestra su “realidad poética, su inefable gracia” en películas como Tiempos modernos. Sin duda alguna, el escritor de Alcoy, no tan ferviente admirador del cine, como manifestó en muchas ocasiones, sí encuentra en Chaplin una expresión clásica que le conduce a lo pictórico, a aquello que merece ser recogido en el instante, sin la artificiosidad de la fotografía. Se trata de un gesto que se perpetúa, como los cuadros que nos dejan huella en la retina para siempre.

 

También mantiene su adhesión a las películas soviéticas, más que por su calidad por el compromiso ideológico que encuentra en las mismas (no hay que olvidar el momento histórico, la Guerra Civil, en el que escribe el artículo). Se trata de Días de maniobra, una película calificada por nuestro escritor de “intrascendente, de entretenimiento, para ciudadanos soviéticos” (p. 296). Pero lo más importante es su  adhesión sentimental a un paisaje que le fascina (años después escribiría El retrato oval, sobre los últimos zares).

 

El autor de Breviarium Vitae habla de la tierra rusa: “huele de otro modo, y la prodigalidad de las manzanas y los solitarios bailes por el jardín de los tanquistas, les pertenecen de una especial manera” (p. 296). Lo que subyace en este artículo es el interés de Gil-Albert por el cine, como arte (el cine de Chaplin) y como propaganda de la causa republicana (la película soviética).

 

La contribución de Juan Gil-Albert en la revista Hora de España incluyó poemas que mantenían la idea de la lucha y del compromiso con la Segunda República.

 

 

Rosa Chacel y Ortega

 

La posición de Rosa Chacel (otra de las compañeras del exilio mexicano de Juan Gil-Albert) sobre la figura del filósofo José Ortega y Gasset va a ser bastante coincidente con la que expresó el escritor de Alcoy sobre el prestigioso filósofo español. La escritora dice: “Ortega es el primer maestro español que crea una escuela pulcra, coherente y tenaz; no ha podido pasarle lo que al gran Unamuno, que la sucesión de su obra excelsa se ha corrompido pronto en el discipulaje” (p. 288). 

 

Lo que le interesa a Rosa Chacel (Valladolid, 1898-Madrid, 1994) de la figura de Ortega es la desvinculación de lo político en la vida y la obra del filósofo, como manifiesta en un artículo cuando dice: “Ciertamente, a Ortega se le ha combatido sólo por razones políticas, y si hay una cosa que exija ponerse en claro, es que Ortega, de política, lo que más clara y reiteradamente ha dicho, es que no hablaba de política” (p. 287). 

 

Se refiere la insigne escritora al período anterior a sus discursos en el parlamento, para centrarse en la figura del filósofo, cuya razón de ser es hacer pensar al español excelso, elegido, abrir su mente hacia el futuro, convertir el pensamiento simplista de la mayoría en un esfuerzo de intelectualidad para unos pocos, capaces de liberarse del yugo de la alienación. Por ello, cita la escritora La rebelión de las masas, donde el pensador avisa del peligro de la mayoría, que llevará, por la ignorancia, al desastre del país. Se refiere la escritora al “hombre que con una limpia prosapia de humanidad se disponga a beber la clara visión del tiempo nuevo” (p. 287). La admiración de Ortega por Grecia (como nos recuerda Rosa Chacel) nos hace pensar en la ferviente pasión de Gil-Albert por lo griego, cuna del arte, de la democracia y de la sensibilidad. Demuestra la escritora vallisoletana la clara afinidad con la filósofa María Zambrano en su concepción del pensamiento orteguiano, coincidente, a la vez, con nuestro Gil-Albert.

 

 

Serrano Plaja y su crítica a ‘Son nombres ignorados’ 

 

 

Arturo Serrano Plaja (San Lorenzo de El Escorial 1909-Santa Bárbara, California, 1979) fue un gran amigo de Juan Gil-Albert. Antes de la Guerra Civil fundó la revista Hoja literaria y participó activamente en los movimientos culturales de la época y, naturalmente, intervino en la revista Hora de España. Su libro de poemas más famoso fue El hombre y el trabajo (1938). Sin duda alguna, su posición ideológica en defensa de los valores de la Segunda República lo convierte en otro de los poetas que, enfrentado al exilio (compartió años de destierro con Gil-Albert en México y también sufrió las penalidades de su estancia en el campo de concentración de Saint-Cyprien, donde también estuvo nuestro escritor alcoyano)

 

Serrano Plaja escribe un largo artículo dedicado a Son nombres ignorados, donde Juan Gil-Albert nos habla de su compromiso  con  la  Segunda República y con el bando progresista frente a la horda de la derecha que pretendía cambiar el avance y el progreso conseguido entre los años 1931 a 1939. Como señalé en mi estudio sobre la poesía de Juan Gil-Albert (El universo poético de Juan Gil-Albert, Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 2009), lo que realmente interesa es la insistencia en el tema social, ya presente en libros anteriores (Candente horror y Siete romances de guerra), ya que el escritor alcoyano rompe la tendencia esteticista en pos de una poesía solidaria y entregada a la causa social del momento. Sí cabe decir que esto no excluye el gusto por la palabra y por la armonía del verso, como se puede apreciar quien lea tan interesante libro.

 

El poeta y ensayista Jaime Siles, en un interesante artículo del libro La  memoria y el mito, que recoge diferentes estudios dedicados a la figura de Gil-Albert, en una excelente edición publicada por el Instituto de Cultura Juan Gil-Albert en el año 2007, con un buen prólogo de Guillermo Carnero, quien coordinó la edición, desmonta fechas que se han manejado como indudables para datar la poesía antes de la guerra o durante la guerra. 

 

Siles nos aclara que la poesía de Juan Gil-Albert comprende no uno, sino dos libros, Misteriosa presencia y Candente horror (p. 30), lo que indica que los poemas de Candente horror son anteriores a los de Misteriosa presencia. María Paz Moreno sí señala en su introducción a la Poesía completa que los poemas de Candente horror fueron escritos entre 1934 y 1935, lo que indica que el escritor de Alcoy ya presagiaba la guerra dos años antes de que estallara, ya que el libro sí denuncia un mundo que se descompone, un espacio donde la vida se convierte en horror, como bien dice el título. 

 

Todo este error de fechas no nos extravía del contenido de los libros, ya que sí late el compromiso del poeta en todos ellos. Concretamente, en Son nombres ignorados, Serrano Plaja sí alaba ese esfuerzo del escritor por deshacer su origen de clase media alta para solidarizarse con los trabajadores, tanto en la acción como en la literatura: “Así, sus versos, su poesía, nace, brota de la guerra, pero con la misma espontaneidad adecuada a su temperamento que antes, en la paz, en su paz que pudo ser la cómoda paz de un señorito, supo hermanar su intención a la de los trabajadores, a la de los humildes” (p. 268). 

 

Comenta poemas del libro, como, por ejemplo, el que lleva por título ‘El campo’, dedicado al campo de Valencia, donde dice, con su magnífica pluma Serrano Plaja: “El campo de los campesinos, ya suyo, ya fértil para el hombre, en posesión verdadera de los pobres humildes que antes no lo conocieron sino así, como dolor, como trabajo, es ya algo más, por nuestra guerra” (p. 268). 

 

También nos habla de ‘Palabras a los muertos’ y del poema ‘La vid’, donde, como nos recuerda Plaja, anidan las palabras sabias de Luis Cernuda cuando, al leer el poema, transido de emoción, decía que allí se hallaba un poeta.

 

Para no extenderme en los detalles de este libro, cito las palabras dedicadas a ‘La hija de Démeter’, el último poema del libro. Dice su buen amigo Plaja lo siguiente: “Y ahora ese mismo aliento dramático, más grande aún, más pleno, se ejerce  en  la  mejor  voz  de  Gil-Albert, para  referirse a la Patria, reverdecida aún en medio de la guerra, en la presente primavera” (p. 270). Palabras que emocionan porque representan el esfuerzo lírico de hombres que han comprendido la hondura del dolor y deben de dejar reflejo de él, sin olvidar la literatura que, como cimiento fundamental, late dentro de ellos. Esta simbiosis entre lo ético y lo estético vibra en las páginas de este libro de la guerra y, sin duda, en las palabras de su amigo poeta, Arturo Serrano Plaja.

 

Termino con las palabras del escritor madrileño (nacido en San Lorenzo de El Escorial) cuando dice, refiriéndose a la Guerra (surco en la memoria herida de nuestras muchas generaciones) y a la pluma de Gil-Albert, lo siguiente: “Gil-Albert, con el fino trazo de su pluma, cierra y acaba con este florecer triste y baldío de nuestra primavera en la guerra, su libro”(p. 271). 

 

Este amigo poeta, que contempla el florecer de la poesía en tiempos de barbarie, será también quien le acompañe (junto a otros amigos, Gaya, Sánchez Barbudo) en la aventura dolorosa del exilio, tema fundamental en los años cuarenta y cincuenta, que no podía tener un mejor antecedente que este capítulo dedicado a la revista Hora de España, antesala dramática (heroica, también) de un futuro que les unió a ambos escritores.

 

La revista que fue financiada por el alicantino Carlos Esplá, cuya idea mater (en palabras del mismo Gil-Albert, recogidas en Memorabilia (ed. Tusquets, 2004, p. 150)) se debió a Rafael Dieste y el título a José Moreno Villa, tuvo una indudable repercusión, ya que sirvió para manifestar las ideas comprometidas de muchos poetas que apoyaron en pomas y artículos de diversa índole (no todos ellos combativos), a la Segunda República española. 

 

 

La Alianza de Intelectuales Antifascistas

 

Fue el pintor Ramón Gaya, pintor del escritor alcoyano, quien comunicó a Gil-Albert el cerco de Madrid y la salida del Gobierno de la capital para Valencia. El salvamento de muchos escritores, pintores, músicos, se debió a las gestiones que hizo la Alianza de Intelectuales Antifascistas, que tenía su sede en el palacio Heredia Espínola, en Madrid.

 

Es indudable la labor que la Alianza hizo por el bienestar de la cultura en este período, no en vano la salida del escritor de Alcoy y de sus amigos (Rafael Dieste, Serrano Plaja, Sánchez Barbudo) del campo de concentración de Saint-Cyprien fue gracias a la gestión que se hizo por parte de la Alianza al conocer que allí se hallaba la plana mayor de los integrantes de la redacción de la revista Hora de España.

 

La Alianza de Intelectuales Antifascistas para la defensa de la Cultura fue una organización creada en Madrid el 30 de julio de 1936. Sus antecedentes se hallan en el primer congreso de escritores celebrado en París en 1935, constituyéndose la Asociación  Internacional  de  Escritores  en Defensa de la Cultura. La citada Alianza de Intelectuales Antifascistas se creó como una sección española de la Asociación Internacional.

 

Lo que nos interesa es, principalmente, cómo se gestó en Valencia el congreso de Intelectuales Antifascistas en Valencia, la cual ya tenía una sede para organizar reuniones, asambleas, etcétera. Nadie mejor que el mismo Juan Gil-Albert para hablarnos de la experiencia que supuso el congreso, cito las palabras del escritor alcoyano, recogidas de su libro Memorabilia: “Llegó el momento del Congreso. Estaba anunciado con anterioridad a nuestra guerra pero se optó, al producirse ésta, por mantenerlo en pie. No sé por qué propósito, hijo del desajuste general, quedamos investidos, como secretarios del mismo, Emilio Prados, Arturo Serrano Plaja y yo” (Memorabilia, Tusquets, 2004, p. 176).

 

Merece la pena citar cómo califica Gil-Albert la figura de los tres poetas en su difícil misión, como si no fuesen los más apropiados para semejante aventura: “Pues bien, pocas veces se han dado criaturas menos aptas para tamaño cometido. A mi indolencia proverbial se unía el divagante callejeo de Emilio hecho actividad sui géneris; y si Arturo daba una tónica distinta a la nuestra, con un cariz más emprendedor, mucho tenía ello de apariencia y de buenos deseos, aunque, con compañeros tales, el juego de su balanza comprensivo era que se inclinara del lado de la contemplación lírica, poco predispuesta siempre a la oficiosidad de los menesteres domésticos” (p. 177).

 

El Congreso se celebró en julio y los tres poetas, pese a su poca disposición de gestores de esa empresa, supieron estar a la altura de las circunstancias. A los intelectuales que venían de Francia se les recibió en la frontera. Era presidente de la filial valenciana de la Alianza de Intelectuales el profesor Ots Capdequí, hombre moderado pero de firmes convicciones (según nos cuenta Gil-Albert). El escritor alcoyano acompañó a Capdequí a Cataluña donde tomaron contacto con los recién llegados. Los congresistas eran, principalmente, alemanes, rusos, escandinavos, franceses, etcétera.

 

Tristan Tzara, padre del dadaísmo, estaba entre ellos. Gil-Albert lo recuerda así: “Tristan Tzara era un hombre encantador, de fina expresión y maneras corteses; canoso. Uno de esos hombres que no hace ruido y del que nos enteramos, con sorpresa, que, en un momento dado, ha movido opiniones” (p. 178).

 

Recuerda el escritor alcoyano el problema que surgió con Julien Benda, que presidía el grupo galo, en ausencia de André Gide, quien no pudo asistir. Se hospedó en el Hotel Victoria, pero se mostró a disgusto por no poder cambiarse de camisa y amenazó con no asistir al Congreso si no se le dejaba una camisa para la ocasión. La pobreza de la Guerra Civil se constata en las páginas de este apasionante libro, donde Gil-Albert nos cuenta que los madrileños venían con lo puesto, sin ropa para poder cambiarse.

 

Las  sesiones se celebraron en el hemiciclo del Ayuntamiento. La comida, bastante abundante, tuvo lugar en el Club Náutico. A Gil-Albert le llamó la atención esa opulencia en tiempos de escasez, la razón de semejante exceso eran las órdenes dadas por Juan Negrín, presidente, como ya sabemos, del último gobierno republicano.

 

En aquel lugar se celebró un interesante encuentro en el que intervinieron, entre otros, Fernando de los Ríos, Corpus Barga y José Bergamín. Fue muy interesante la ponencia colectiva que Gaya, Gil-Albert, Miguel Hernández, Emilio Prados y otros, presentaron en el Congreso. Se trata de un manifiesto fundamental a favor del compromiso político, pero también de la libertad individual que elude la propaganda estalinista, donde se nutrió el mundo comunista que triunfó durante la Guerra Civil en el bando republicano.

 

Debido a la carga ideológica que presentaba, fue publicada fragmentariamente, con cortes muy significativos, en la revista Nueva Cultura, en junio-julio de 1937, como nos recuerda Guillermo Carnero en el congreso que se celebró a finales del 2004 en Alicante y que aparece recogido en el libro La memoria y el mito (publicado por el Instituto de Cultura Juan Gil-Albert) en el artículo titulado ‘Juan Gil-Albert en la Valencia de la Guerra Civil’.

 

Sin embargo, a pesar de esta indudable censura, la ponencia apareció íntegra en el número de agosto de 1937 de Hora de España, como nos recuerda Carnero en el artículo citado. Sin duda, el hecho de no otorgar el Premio Nacional de Literatura en 1938 a Gil-Albert vino de su confrontación con el comunismo soviético y con el que nos había llegado a España y su decisión de no afiliarse al partido.

 

Ante esa afrenta, la ponencia representa un canto de libertad, una apuesta por un arte que, aunque comprometido ideológicamente, pueda presentar un espacio de esteticismo, afín al deseo individual del autor, fuera del retoricismo y de la propaganda comunista. Cito unas líneas de la ponencia, recogidas del artículo de Carnero:

 

“El arte abstracto de los últimos años nos parecía falso. Pero no podíamos admitir como revolucionaria, como verdadera, una pintura, por ejemplo, por el solo hecho de pintar un obrero con el puño levantado o con una bandera roja o con cualquier otro símbolo, dejando la realidad más esencial sin expresar” (p. 59).

 

Todo este argumento viene de la larga polémica entre Josep Renau (miembro desde 1931 del Partido Comunista Español, fundador en 1932 de la Unión de Escritores y Artistas Proletarios y fundador también, en 1935, de la revista Nueva Cultura y director general de Bellas Artes) con Ramón Gaya acerca de la idea del cartelista revolucionario. Gaya defendía el arte libre, sin someterse a los dictados de la política únicamente, mientras Renau señalaba que el cartelista debía ofrecer su servicio a la revolución, abandonando toda cualidad artística.

 

El debate fue largo y extenso y nos apartaría de la intención de este estudio, pero sí queda claro que Juan Gil-Albert, Gaya, Prados y otros van a defender siempre un arte que, aunque defienda el compromiso político, no ofrezca servilismo hacia éste y pueda contener la libertad del artista.

 

Como nos recuerda Guillermo Carnero en su artículo ‘Juan Gil-Albert en la Valencia de la Guerra Civil’, la ponencia tuvo un justo sentido a la hora de reivindicar al artista en contraposición del simple funcionario que elude lo estético en aras de la ideología: “La Ponencia no busca el enfrentamiento, pero tampoco renuncia a separar el grano de la paja, y en el fondo pretende distinguir al auténtico escritor o artista comprometido del funcionario o rentista del compromiso, y del turiferario pancista al servicio del jerarca de turno” (p. 60).

 

Magnífico texto para darnos cuenta que el arte no se debe vender a ningún precio y que la ideología puede apoyar al arte, pero éste no debe sustentarse en aquella.

 

 

 

 

Pedro García Cueto (Madrid, 1968) es doctor en Filología Hispánica y antropólogo por la UNED, profesor de Lengua y Literatura en Educación Secundaria en la Comunidad de Madrid. Crítico literario y de cine y colaborador en diversas revistas, ha publicado dos libros sobre la obra de Juan Gil-Albert y un estudio acerca de doce poetas valencianos contemporáneos que escriben en lengua castellana. En FronteraD ha publicado, entre otros, Víctor Erice, una poética del silencio en el cineDionisio Ridruejo, un heterodoxo español. Del falangismo a la democraciaDos visiones del exilio cultural español: Vicente Llorens y Jordi Gracia.

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