Stephen King en una foto de colegio. Fuente: www.stephenking.com

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    Stephen King y la literatura. Una historia de terror

    Xabier Fole - 30-06-2016

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    La National Book Foundation le concedió a Stephen King, en el año 2003 una medalla por su contribución a las letras estadounidenses. El llamado “maestro del terror” se incorporaba, de esa manera, a la gloriosa lista de escritores que recibieron el famoso galardón, en la que se encuentran, entre otros, los aclamados novelistas John Updike, Philip Roth y el dramaturgo Arthur Miller. Aquella decisión fue recibida con suspicacia por algunos críticos literarios, periodistas y editores, quienes no dudaron en manifestar su disconformidad. En su discurso de aceptación –cargado de una fina ironía propia de quien se sabe felizmente fuera de lugar–, King reflexionó sobre el laborioso oficio del escritor, contó algunas anécdotas personales y aprovechó la oportunidad que le brindaban para dar las gracias a su esposa y también escritora, Tabitha Spruce, quien le ayudó a continuar trabajando y a superar los obstáculos que surgieron en los inicios de su carrera. El premiado recordaba en aquella feliz ocasión que, cuando decidió dejar de escribir al ver que no llegaban los resultados esperados, fue ella quien rescató de la basura el manuscrito de Carrie, libro que, gracias a las ventas en la edición de bolsillo y al contrato que acordó con la editorial (Signet Books compró los derechos por cuatrocientos mil dólares), hizo que, entre otras cosas, pudiera dejar de vivir en una caravana y abandonara su puesto como profesor de instituto, proporcionándole, finalmente, esa vida dedicada a la escritura que siempre había deseado. Entre indirectas enviadas hacia el jurado sobre su inesperada presencia y divertidas insinuaciones sobre las posibles consecuencias mediáticas que conllevaba semejante concesión, el novelista terminó pronunciando las siguientes palabras:

     

    “Acepto este premio en nombre de escritores tan diversos como Elmore Leonard, Peter Straub, Norah Lofts, Jack Ketchum, cuyo nombre real es Dallas Mayr, Jodi Picoult, Greg Iles, John Grisham, Dennis Lehane, Michael Connelly, Pete Hamill y una docena más. Espero que los jueces del Premio de la National Book Award del pasado, presente y futuro lean a estos escritores y que sus libros abran sus ojos a un nuevo reino de la literatura americana. No tienen que votar por ellos, sólo léanlos”.

     

    Esos escritores que King mencionó en su alocución, a pesar de sus diferencias en términos estilísticos y generacionales, poseían algo en común: son leídos por un significativo número de personas. Sin embargo, sus nombres no encajan en lo que Estados Unidos se conoce como literary fiction, es decir, literatura “de calidad”. Como mucho serán ensalzados por ser “buenos escritores de género”, “maestros del misterio” o “especialistas de la novela negra”. La prosa de estos autores suele ser “vibrante”, “ágil” o “adictiva”; su estilo tiende a ser “reconocible”, “único” e “intenso”; y sus historias provocan “angustia”, “desconcierto” o “temor”. Las páginas de sus libros vuelan en nuestras manos mientras deseamos, con impaciencia, conocer el desenlace de sus tramas. Puede que alguno, como Dennis Lehane, llegue a trascender el género y se convierta en objeto de estudio para algunos teóricos interesados en el crimen como fenómeno cultural, pero sus obras no suelen ocupar espacios de gran extensión en una publicación literaria (mucho menos académica) y su nombre tampoco se sitúa a la altura de escritores como Philip Roth. Por lo tanto, concederle esa medalla a Stephen King suscitó, para bien o para mal, el comienzo de un debate sobre qué es la literatura y sobre quiénes son los escritores que merecen formar parte de ella. “Dar un premio a alguien como yo sugiere que en el futuro las cosas no tienen por qué ser como han sido siempre. Se pueden construir puentes entre la llamada ‘literatura popular’ y la llamada ‘ficción literaria’”, concluyó el escritor.

     

    Uno de los académicos que reaccionó con mayor indignación ante el inusitado acontecimiento fue Harold Bloom, quien calificó el homenaje como un “terrible error”. Según el profesor de la Universidad de Yale, Stephen King, aunque se le denomine con frecuencia el rey del género de terror, “no comparte nada con Edgar Allan Poe”. La industria editorial, de acuerdo con el autor del Canon occidental, se había rebajado mucho dándole un premio que fue previamente otorgado a novelistas como Saul Below, mostrando otro síntoma más de la decadencia de la vida cultural estadounidense. Bloom aseguraba que recompensar a King por su trabajo no era más que reconocer el valor comercial de sus libros, “que no hacen nada por la humanidad más que mantener el mundo editorial a flote” (Como si esto no fuera, en sí mismo, un acto lo suficientemente heroico). Richard Snyder, expresidente de la editorial Simon & Schuster, impresionado por el anuncio del premio, comentó que, por muchos ejemplares que venda, no se puede llamar literatura a lo que hace Stephen King. El propio jurado –sentando un insospechado precedente– justificó su decisión ampliando los motivos del reconocimiento. Aunque la medalla se concede a los escritores que son valorados por su contribución a la literatura estadounidense, los miembros de la junta directiva de la fundación y su director dijeron a los medios de comunicación que la elección de Stephen King también se debía a “otras razones”. Entre ellas se encontraban, por su puesto, sus habilidades como “contador de historias”, pero también la promoción que suele hacer el autor de escritores jóvenes poco conocidos, sus donaciones a bibliotecas e instituciones educativas y la influencia cultural de sus obras, adaptadas en numerosas ocasiones al cine y la televisión. De ese modo, los miembros del jurado –subrayando la peculiar función que ejerce el novelista en el mundo literario, que parecía abarcar otras cuestiones no estrictamente relacionadas con la calidad artística de su obra– destacaban, sobre todo, la indiscutible trascendencia del autor en la cultura popular del país.

     

    Stephen King ha publicado más de cincuenta y seis libros, algunos con el seudónimo de Richard Bachman. En un mismo año consiguió sacar a la venta cuatro novedades. Ha logrado la proeza, incluso, de terminar de redactar una novela entera (The Running Man) en una semana. Aparte de las narraciones breves y extensas –entras las que se hallan títulos como Cadena perpetua, La milla verde o El cuerpo, ajenas al género habitualmente explorado por el autor–, la trilogía de Bill Hodges, las series de la “Torre Oscura” y las numerosas antologías de relatos, el escritor también escribió una obra sobre sus propias técnicas narrativas titulada Mientras escribo, en la que mezcla consejos para ejercer la escritura creativa con algunos esbozos autobiográficos, y un ensayo sobre literatura y cine de terror, Danza macabra. (Uno de los títulos de la colección que llevaban la firma de Bachman, Rage, que King escribió cuando estaba en el instituto y trata sobre un adolescente que mata a dos profesores y toma al resto de la clase de álgebra como rehén, fue retirado del mercado, por decisión del autor, debido a que la novela pareció inspirar a los responsables de varios tiroteos sucedidos en los estados de Kentucky, Washington y California. En su ensayo Armas, en el que aboga por un control más estricto de las mismas, aclaró que, aunque no considera que el libro fuera la causa de esos trágicos acontecimientos, podría ser un “posible impulso” para jóvenes conflictivos con acceso a las armas de fuego). Su prolificidad, además, no se reduce exclusivamente a las novelas: en un periodo de pocas semanas, que va desde finales del año 2009 a principios del año 2010, la firma de King apareció en The New Yorker (cuento), The New York Times (crítica de una biografía de Raymond Carver), Fangoria (ensayo sobre el miedo) y Playboy (poema). También colabora esporádicamente con el Times en la sección de cultura. Tiene dos hijos, Joe y Owen, y una hija, Naomi. Y todos son novelistas.

     

    Reflexionando sobre sus lecturas tempranas, King ofreció algunos consejos sobre cómo asimilar de una manera inteligente las influencias literarias:

     

    “Quizás te encuentres con que adoptas el estilo que más admiras. No tiene nada de malo. De niño, cuando leía a Ray Bradbury, escribía como él: todo era verde y maravilloso, todo visto con una lente manchada por el aceite de la nostalgia. Cuando leía a James M. Cain me salía todo escueto, entrecortado y duro. Cuando leía a Lovecraft, mi prosa se volvía voluptuosa y bizantina. Algunos de mis relatos mezclaban los tres estilos en una especie de estofado bastante cómico. La mezcla de estilos es un escalón necesario en el desarrollo de uno propio, pero no se produce en el vacío. Hay que leer de todo, y al mismo tiempo depurar (y redefinir) constantemente lo que se escribe”.

     

    Hubo un tiempo en que Stephen King bebía todas las noches una caja de cervezas de medio litro y consumía diferentes tipos de sustancias psicotrópicas. Descubrió que era un alcohólico mientras tiraba un contenedor repleto de latas a la basura: tres días antes el contenedor estaba vacío y él era el único bebedor de la casa. Su mujer, alarmada, recogió las drogas y la bebida de su despacho (“latas de cerveza, colillas, cocaína en botellitas de gramo, más cocaína en bolsitas, cucharitas para coca manchadas de mocos y sangre seca, Valium, Xanax, frascos de jarabe Robitussin para la tos y de NyQuil anticatarro, y hasta botellas de elixir bucal”), las metió en una bolsa y realizó lo que se conoce como una “intervención”. King temió no poder seguir trabajando sin el alcohol y las drogas, pero decidió “darlo todo a cambio de seguir casado y ver crecer a los niños”. Annie Wilkes, la enfermera fanática y obsesiva que secuestra y tortura a su ídolo en Misery, según él, personifica la cocaína de aquel turbulento periodo, y la historia de El resplandor (protagonizada por Jack Torrance, un escritor y ex profesor alcohólico) no es más que un reflejo del subconsciente. Una novela, Cujo, apenas recuerda haberla escrito. Pero, a diferencia de otros escritores, no duda en desmitificar el supuesto romanticismo que suele envolver al artista atormentado: “Da lo mismo ser James Jones, John Cheever o un simple borracho de estación; para un adicto, el derecho al alcohol o a la droga elegida debe protegerse a toda costa. Hemingway y Fitzgerald no bebían porque fuesen personas creativas, alineadas o débiles moralmente, sino por la misma razón que todos los alcohólicos. A la hora de vomitar en la cuneta, nos parecemos todos bastante”. Unos años después de abandonar definitivamente esas costumbres –manteniéndose sobrio durante más de una década–, fue atropellado por una furgoneta cuando paseaba cerca de su casa (sufrió varias fracturas en la pierna derecha y tuvo que someterse a una intensa y dolorosa rehabilitación) y, como consecuencia del trauma provocado por el accidente, pensó, de nuevo, en dejar de escribir. “Era como volver a empezar, como si tuviera doce o trece años. Pensé que ya no sabía cómo hacerlo. Tardaba cuatro días en comprobar si las frases que redactaba tenían sentido”, le dijo a la periodista Katie Couric. No obstante, antes de saber con certeza si podría volver a caminar, King regresó al trabajo.

     

    En el año 2011, uno de sus libros, 11/22/63, que contempla la posibilidad de viajar al pasado y cambiarlo, que ahora J. J. Abrams y el escritor han adaptado para una serie de televisión protagonizada por James Franco, apareció por primera vez en la lista de los diez mejores libros del año en The New York Times, honor reservado a literatos consagrados como Jeffrey Eugenides o Haruki Murakami. El crítico de la revista Time, Lev Grossman, ya había advertido en 2004 que muchos escritores bendecidos por el establishment literario, como Jonathan Lethem o Michael Chabon, estaban comenzando a manifestar mucho interés en la “literatura de género”, hasta el punto de escribir ellos mismos historias de misterio o ciencia ficción. El propio Michael Chabon publicó más adelante un primer libro de ensayos en el que reivindicaba los cómics, la ciencia ficción y las tradicionales historias de detectives, sugiriendo que las fronteras entre la literatura considerada como “seria” y la “cultura popular” son inexistentes, ya que en ambas se parte, o al menos se debería de partir, de un mismo objetivo, por mucho que luego uno pretenda intelectualizar el origen de sus creaciones: el placer de entretener y entretenerse.

     

    Meses después de que el Times publicara su lista surgió otra vez un pequeño debate sobre Stephen King a raíz de la publicación de un artículo en Los Angeles Review of Books, titulado My Stephen King Problem: A Snob’s Notes, en el que su autor, Dwight Allen, manifestaba su falta de interés por la obra del novelista y exponía las razones por las cuales había procurado mantenerse alejado de sus libros. Tras confesar su aversión hacia el género fantástico, Allen afirmaba que, una vez comienzas a leer un determinado tipo de literatura –refiriéndose a la mencionada literary fiction–, tratar de acercase a las novelas de King resulta una injustificable pérdida de tiempo. Existen demasiados libros y la vida no es tan larga –explicaba– como para malgastarla en novelas sin significado, sin ideas y sin profundidad. No obstante, debido a las recomendaciones que le había hecho una vez un amigo suyo que era editor y en cuyo juicio confiaba –“un hombre que leía a Nabokov, Pynchon y Gass”–, sintió que debía darle una nueva oportunidad. Entonces comenzó a leerle (a decir verdad, con moderado entusiasmo) y se sumergió en las siguientes historias: Christine, Cementerio de animales, 11/22/63 y La chica que amaba a Tom Gordon. Ninguna, obviamente, cambió la impresión que tenía sobre la literatura de King, sino que, muy al contrario, todas confirmaron sus sospechas acerca de la mala calidad de su prosa y la simpleza de su contenido. Allen presumía de haber persistido en su “esnobismo” al negarse a leer los relatos publicados por el novelista en The New Yorker (uno de ellos, titulado ‘El hombre del traje negro’, ganó el premio O. Henry Award), puesto que, para él, la literatura es mucho más que contar historias. A su juicio, si una publicación de prestigio como la citada revista estadounidense decide incluir en su elenco de colaboradores a un escritor a quien la fama y el éxito (se intuye que entre el vulgo) le acompañan, esta publicación está cayendo en una especie de populismo literario. “Claramente –asegura Allen– a los lectores de King no les importan si las frases y las escenas que construye son opacas. Debe de haber algo en su arco narrativo o en la naturaleza de sus personajes que los lectores no pueden resistir”. Y el misterio lo resuelve concluyendo que, en realidad, King “atrae al adolescente agraviado, que cree que las personas se pueden dividir entre buenos y malos. Un lector que no considera el hecho de que todos y cada uno de nosotros somos gente buena inundados de problemas y totalmente capaces de hacer el mal”.

     

    Esa afirmación, sin embargo, no es del todo cierta. En La mitad oscura o El resplandor, libros que Allen parece no haber leído, podemos contemplar cómo el mal germina, precisamente, en unos protagonistas bienintencionados que van cayendo progresivamente en un profundo (y si se quiere diabólico) vacío. Y solo cuando la metamorfosis se ha completado comienza la lucha entre las dos fuerzas antagónicas. (Uno de los motivos por los que a King no le gustó la película de Stanley Kubrick fue que Jack Torrance parecía un loco desde el comienzo). Una cosa muy distinta sería poner en duda si la prosa que maneja el escritor para construir tales escenarios es, siempre de acuerdo con unos criterios subjetivos y por tanto discutibles, lo suficientemente “literaria”. Como el novelista Walter Mosley recordó en su elogiosa introducción el día de la concesión del premio, King no solo posee un codiciado talento para el terror, la fantasía o la ciencia ficción, sino que además es capaz de captar las sensibilidades e intereses de la clase trabajadora estadounidense. La diferencia entre King y otros escritores realistas es que sus narradores omniscientes, en vez de subirse a la atalaya contemplativa y distanciare intelectualmente de sus criaturas –a través de las cuales pueden descargar todas sus reprimidas obscenidades–, se expresa, en ocasiones, de una manera muy similar a la de sus personajes:

     

    “Se partió el cuello y se fracturó el cráneo contra la nada con la que se había estrellado, y murió en el suelo poco después a causa de una enorme rueda de su tractor, que seguía girando. Ya se sabe, nada funciona como un Deere”. (La cúpula)

     

    “Cuando Louis Creed de despertó, el sol le daba de lleno en los ojos. Trató de incorporarse e hizo una mueca al sentir como un trallazo en la espalda. Era un dolor insoportable. Dejó caer la cabeza en la almohada y se miró. Estaba vestido. Joder”. (Cementerio de animales)

     

    “Terry no lo escuchaba. Era una de las pocas personas en el mundo capaces de abstraerse en sus pensamientos y no hacerle el menor caso. Johnny suponía que ésa era otra de las razones de su divorcio. Él necesitaba que le hiciesen caso, en especial las mujeres”. (Desesperación)

     

    Antes de que aparezca en el relato lo paranormal, el payaso diabólico, el perro rabioso, el alienígena manipulador, el automóvil poseído o los vampiros, las personas de carne y hueso, sean escritores, mecánicos o profesores, con sus conflictos interiores y sus enternecedoras existencias, sobreviviendo a las miserias de la cotidianidad o escapando de una realidad que les persigue, ya preocupan bastante a los lectores como para que, cuando “el mal” se presenta en cualquiera de sus disparatadas formas, esas vidas en peligro generen una ansiedad difícil de asumir, pues ésta se origina en la más intensa de las empatías: saber que nosotros también podemos ser una de las víctimas. La escritora Sarah Langan, que escribió una respuesta a Allen en la misma revista, lo explicó de esta manera: “Nunca olvidamos a sus personajes. Ellos viven y respiran. Sus pensamientos son perturbadoramente familiares, especialmente los más oscuros. Hacen lo que nosotros queremos hacer, o fracasan de una manera que nosotros también fracasamos y desearíamos no hacerlo”. Cuando el entrevistador de la Paris Review le preguntó a Stephen King sobre las causas de nuestros miedos, el novelista respondió:

     

    “El caos. El ‘outsider’. Tenemos miedo al cambio. Al trastorno. Tememos que alguien venga a robarnos los champiñones en la cola de la caja cuando vamos a pagar… Si repasamos mis libros desde Carrie, lo que vemos es una observación de la vida diaria de la clase media estadounidense, tal y como era en el momento en que se escribió el libro. En cada una de esas vidas se llega a un punto en el que uno tiene que lidiar con algo inexplicable, como cuando el doctor te comunica que tienes cáncer o te hacen una broma telefónica. Por lo tanto, aunque hables de fantasmas, vampiros o criminales de guerra nazis que viven en la misma manzana, seguimos hablando de lo mismo, es decir, de una intrusión de lo extraordinario en la vida diaria y de cómo enfrentarnos a ello. Lo que eso muestra acerca de nuestro carácter y de nuestras interacciones con los demás y con la sociedad en la que vivimos me interesa mucho más que los monstruos, los vampiros, los demonios y los fantasmas”.

     

    Del mismo modo que no se puede decir que Twilight Zone trata solo sobre sucesos fantásticos o Expediente X sobre humanos interesados en la vida extraterrestre, la bibliografía de Stephen King es algo más que una compilación de “historias de miedo”. En algunas de sus novelas más complejas, largas y ambiciosas, como Apocalipsis (libro que, por cierto, un escritor tan “literario” como David Foster Wallace citó como uno de sus diez favoritos) o La cúpula, aunque estas no consigan, en ocasiones, cumplir con sus pretensiones épicas, podemos observar que el universo real creado por el autor es, probablemente, lo más interesante y logrado de la narración. Aunque la primera recorre diversos estados del país, acompañando al virus que amenaza con destruir a la población entera, y la segunda se centra exclusivamente en un pueblo, Chester’s Mill, en el que diversas personas han quedado atrapadas misteriosamente bajo una enorme cúpula, ambas novelas, más allá de la magia y los poderes especiales, configuran un personaje enorme, verosímil y familiar, que es al mismo tiempo idealista y contradictorio, violento y poderoso, y que está siempre dispuesto a destruir antes de ser destruido: Estados Unidos. La complicidad que se establece entre King y sus lectores no solo se basa en el entretenimiento que el primero les proporciona a los segundos: el novelista les está diciendo en cada página lo que son, o lo que otros dicen que son, y –más importante– lo que pueden llegar a ser cuando el pánico, representado por los monstruos del ayer y del mañana, les invada por sorpresa en alguna de sus noches solitarias.  

     

    El periodista Joshua Rothman escribió en The New Yorker que la gran virtud de King es precisamente, al contrario de lo que algunos piensan, su prodigiosa imaginación. Y que no existe ninguna razón para avergonzarse de ello. La mayoría de los críticos, según Rothman, considera que la observación psicológica e intelectual es un requisito indispensable para cualquier escritor que pretenda alcanzar la gloria literaria. La imaginación, se lamenta el periodista, suele ser vista como algo infantil y gratuito, incluso de mal gusto. Una posición –la de desdeñar las posibilidades que ofrece la fantasía– que el filósofo Fernando Savater ya había tratado de rebatir en su libro La infancia recuperada, publicado en los años setenta (cuando la novela experimental vivía momentos de esplendor y la vida española estaba, por razones obvias, muy politizada), argumentando que las clásicas historias de aventuras, además de estimular la naciente creatividad de numerosos adolescentes, también contribuyen a inculcar una necesaria escala de valores en una sociedad, como son el honor, la nobleza o el valor, debido a que la “afición a leer es una forma de vivir, no solo una manera de adquirir conocimientos”.

     

    Evidentemente, en las obras de King el heroísmo adquiere un significado muy distinto. El mal vence porque es el protagonista y, de alguna manera, también el antihéroe. Y todos esos personajes con los que hemos convivido, a los que hemos visto crecer y a los que hemos contemplado íntimamente (It), casi como voyeurs espiando por un agujero en cada una de las habitaciones de sus casas, son los acompañantes necesarios para introducir, al final, a una galería de villanos (y aquí se nota también la influencia de los cómics) que, lejos de ser simples comparsas destinadas a arrojar luz sobre las virtudes de “los buenos”, cumplen una función un tanto más complicada: generar la duda de que ellos pueden triunfar. El terror y la comedia, como ocurre también con casi todos los productos de la llamada “cultura popular”, son géneros muy difíciles: si la obra (y esto vale tanto para el cine como para la literatura) no es extraordinariamente sublime, caerá inevitablemente en el ridículo; el drama, en cambio, con tal de que la historia contenga alguna moraleja que se ajuste al oportuno rugir de los tiempos, puede pasar con menos dificultades el examen de la crítica. El problema es, quizá, como en su día explicó el cineasta mexicano Guillermo del Toro, que podemos averiguar demasiadas cosas sobre nosotros mismos indagando en aquello que nos asusta. Millones de lectores en todo el mundo, sin embargo, parece que tratan constantemente de descubrirlo.

     

    Stephen King visitó la Casa Blanca el 10 de septiembre del año pasado. El Gobierno de Barack Obama le iba a conceder otro premio: la Medalla Nacional de las Artes y las Humanidades de Estados Unidos. Sus méritos: ser uno “de los escritores más populares de nuestro tiempo”, “combinar su maestría al contar historias con un análisis perspicaz de la naturaleza humana” y haber aterrorizado, “con sus obras de horror, suspense, ciencia ficción y fantasía”, a los lectores de todo el mundo.  Al día siguiente King acudió al programa de la CBS, The Late Show, presentado por Stephen Colbert. El cómico le recordó esa noche al escritor, ahora canonizado por las instituciones, que, aunque es “el autor de cincuenta y seis novelas, seis libros de no ficción, casi doscientos cuentos de horror, suspense, sobrenatural, ciencia ficción y fantasía”, al comienzo nadie le trataba con respeto. “Muchos de los críticos que en aquel entonces no me respetaban ya han muerto”, replicó King mientras exhibía, con orgullo, su gigantesca medalla. Entonces, entre las carcajadas y los aplausos del público, Colbert le preguntó cómo habían fallecido sus antiguos enemigos. “Lentamente, muy lentamente”, confesó bromeando el novelista.

     

    El señor King continúa escribiendo.

     

     

     

     

    Xabier Fole es periodista. Graduado en Historia por el City College de Nueva York, especializado en historia intelectual de los Estados Unidos, colabora como fact-checker para The New York Times en la sección Syndicate. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, Los ejércitos de la información. Murdoch y los abusos que llevaron al cierre de ‘News of the World’, Cosas que hacer en Estados Unidos cuando estás muerto. El curioso caso de Francis Scott FitzgeraldSecretos, mentiras y autodestrucción. Las cintas de Richard Nixon. En Twitter: @XabierFole

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