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    Cuba y Estados Unidos, deshielo a fuego lento

    José Antonio García Simón - 29-09-2016

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    El 17 de diciembre de 2014, en unas apariciones televisivas simultáneas, el presidente cubano, Raúl Castro, y el estadounidense, Barack Obama, anunciaron el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos tras más de medio siglo de ruptura. Tal gesto, pese al efecto de sorpresa, vino a sellar un acercamiento iniciado mucho antes. 

     

    Paradójicamente fueron los años noventa del siglo pasado, época de gran tensión entre ambos países, los que propiciaron los primeros pasos en este sentido. La década, sin embargo, no había debutado bajo los mejores auspicios. De un lado, los republicanos, en sintonía con parte del potente lobby cubano-americano, estaban convencidos de que el socialismo en la isla, con el desmoronamiento de la URSS, tenía los días contados. Esta hipótesis condujo a un refuerzo del embargo económico –leyes Torricelli (1992) y Helms-Burton (1996)– y a una política exterior destinada a aislar aún más al régimen cubano.

     

    Por el otro, los dirigentes de la isla, lidiando con una crisis económica sin precedentes, habían emprendido toda una serie de ajustes con el fin de preservar el sistema: apertura al turismo, promulgación de una nueva Constitución, tímidos esfuerzos por captar la inversión extranjera, militarización de la economía, despenalización del dólar, sustitución (en el plano ideológico) del marxismo-leninismo por el nacionalismo.

    Además, a la sazón, los servicios de inteligencia cubanos establecieron una red de espionaje (desmantelada en 1998) que operaba en asociaciones del exilio en la Florida y en organismos estadounidenses. A lo cual vendría añadirse la crisis de los balseros en el verano de 1994. En aquellos meses las autoridades cubanas levantaron la veda a la salida de su territorio –usando así la emigración como válvula de escape para la delicada situación económica y política que atravesaba la isla y también como protesta contra las leyes migratorias estadounidenses, acusadas de favorecer la emigración ilegal de los cubanos. Y, por si esto fuera poco, en febrero de 1996, tras haber violado las aguas territoriales de la isla, el ejército del aire cubano derribó dos avionetas pertenecientes a una asociación del exilio en Miami.

     

     

    Leves avances

     

    Fue en medio de estos encontronazos que se atisbaron, no obstante, las premisas para una distensión entre ambos países. La crisis de los balseros forzó, en efecto, una salida negociada. El acuerdo final estipulaba que los cubanos contarían en lo adelante con veinte mil visas anuales –lo cual correspondía, per cápita, a uno de los más altos contingentes de entradas en suelo estadounidense concedidos a los países de la región. Sin embargo, la medida se acompañaba de una restricción: si antes le bastaba a los balseros con arribar a aguas estadounidenses, ahora tendrían que poner pie en tierra firme para poder quedarse en territorio de Estados Unidos –una treta jurídica destinada, por una parte, a frenar el flujo de balseros y, por otra, a satisfacer de cierto modo las exigencias de La Habana. Dicho pacto suponía beneficios mutuos: Estados Unidos se ahorraba un impasse migratorio y el gobierno cubano, por vía de una emigración cuantiosa y continua, garantizaba el alivio demográfico, imprescindible para una economía colapsada, y el no menos indispensable aporte de remesas procedente de la emigración.

     

    A la vez las amenazas de represalias económicas, por parte de la Unión Europea y de Canadá,  motivaron en cierta medida la decisión de Bill Clinton de suspender el capítulo más polémico de la ley Helms-Burton –el cual contempla posibles sanciones penales para los inversionistas extranjeros que dispongan en Cuba de propiedades americanas nacionalizadas al inicio de la Revolución. Esta suspensión ha sido mantenida desde entonces por cada presidente de turno, lo cual aminora considerablemente el alcance de semejante ley.

     

    Pero la presión conjunta de europeos y canadienses, por tenaz que fuese, no habría bastado de por sí para atenuar el refuerzo del embargo. Otro factor jugó en esto un papel fundamental: la deserción paulatina por parte de Estados Unidos de los asuntos latinoamericanos, al centrar su atención en territorios más sensibles para sus intereses –Asia (trastocada por la emergencia de China) y Medio Oriente (escenario de las guerras de Irak y Afganistán y epicentro de la lucha antiterrorista).

     

    El epílogo de estas turbulencias, coincidiendo precisamente con el nuevo siglo, llegará con el caso Elián –el niño balsero que, después de haber sobrevivido a un naufragio, fue acogido por la familia en Miami. El padre, que residía en la isla, reclamó su regreso y el pleito, en manos del gobierno cubano, cobró dimensiones políticas mayores. Finalmente, la justicia estadounidense zanjó el asunto a favor del padre y Elián volvió a Cuba.

     

    Este episodio no se tradujo inmediatamente en un acercamiento palpable entre ambos países. La alianza de Cuba con los gobiernos sucesivos de Chávez y Maduro en Venezuela fue, desde un comienzo, percibida con recelo por Estados Unidos. Y el desmantelamiento, en 1998, de la red de espionaje antes mencionada condujo a la condena de cinco agentes cubanos a abultadas penas de cárcel. Tres de ellos tendrán que esperar hasta diciembre de 2014 para ser liberados, a cambio de un contratista de la agencia federal americana para el desarrollo, acusado también de espionaje y encarcelado en la isla desde 2009.

     

    Aún así la distensión comenzada bajo el primer mandato de Clinton prosiguió en el segundo. Éste no sólo puso freno al alcance de la ley Helms-Burton sobre las inversiones extranjeras en Cuba, sino que a partir del año 2000 autorizó a las empresas norteamericanas la venta de medicinas y productos alimenticios a la isla. Desde entonces Estados Unidos ha pasado a ser uno de los diez principales socios comerciales de Cuba.

     

     

    Estabilidad regional

     

    Con el fin de la guerra fría Cuba ha dejado de ser objetivamente un obstáculo de peso para los intereses estadounidenses en la región. A diferencia de sus vecinos centroamericanos, la isla no es rehén de los cárteles de la droga, como México, ni padece el déficit de instituciones estatales sólidas, como Honduras, El Salvador o Guatemala, que induce una inestabilidad latente –sin mencionar el paradigma haitiano. Irónicamente el control que el estado cubano ejerce sobre su sociedad resulta más un alivio que una preocupación para Estados Unidos.

     

    Más aún, si se toma en consideración que Cuba funge con frecuencia como elemento clave en la estabilidad regional. Ya sea en la lucha contra la droga –los informes de la DEA (Agencia antinarcóticos de Estados Unidos) son más que laudatorios al respecto– o bien en las intervenciones de emergencia –un ejemplo de ello es la aportación crucial de los médicos cubanos después del terremoto de Haití– o en la esfera política: el rol de mediador de La Habana ha sido determinante en el proceso de paz colombiano.

     

    En esta época de realineamiento geoestratégico, en la que las alianzas regionales reconfiguran las relaciones de fuerza a nivel global, forjar una entente con Cuba –o por lo menos limitar los puntos de fricción– se ha vuelto un objetivo de la diplomacia de Washington. Y no es para menos.

     

    La isla posee en efecto un sólido anclaje en América latina y, más allá, en el Tercer Mundo. Y ello gracias a los lazos históricos con los que fueran los Movimientos de Liberación Nacional, a la presencia militar cubana en África en los 70 y 80 del siglo pasado o aun a la comunión de intereses con gobiernos de perfil progresista o antiimperialista. Ni siquiera los pesos pesados de la región, México y Brasil, cuentan con las redes de la diplomacia cubana.

     

    Algo que también se refleja en las relaciones con Pekín y sobre todo con Moscú. La llegada al poder de Vladímir Putin ha permitido la reanudación de la cooperación entre Rusia y Cuba –si bien ésta no alcanza la dimensión de la sostenida en tiempos de la URSS. En su última visita a la isla, en julio de 2014, el presidente ruso decretó la anulación del 90% de la deuda cubana con Rusia, contraída principalmente en la era soviética –una suma de unos 35.000 millones de dólares.

     

    Vistas así, las relaciones de fuerza, en el plano diplomático, entre Estados Unidos y Cuba son más contrastadas que la simple caricatura de David contra Goliat. Sin duda alguna Cuba es un país pequeño y pobre, pero administra un capital geoestratégico y simbólico considerable. Y ya que la estrategia de confrontación, por parte de Estados Unidos, no ha logrado doblegar al régimen cubano, el acercamiento actual buscaría conseguir que éste abandone sus resabios de aguafiestas y pase a convertirse en un socio fiable.

     

     

    Factores del cambio

     

    Lo sorprendente, en realidad, es que haya tardado tanto el restablecimiento de las relaciones diplomáticas. Para entender esta demora hay que remitirse en ambos casos, más que todo, a cuestiones internas. En Estados Unidos, para comenzar, el periodo Bush Jr., caracterizado por el ideario neo-conservador, contemplaba un orden de prioridades poco propicio al respecto: la cruzada contra el eje del mal, el unilateralismo, la imposición de los valores estadounidenses. Nada excepcional, pues, que los ligeros avances efectuados bajo la presidencia de Clinton quedasen en punto muerto.

     

    Pero el factor preponderante quizá radique en la comunidad cubana, establecida sobre todo en el sur de la Florida y, en particular, en Miami. Tanto los demócratas como los republicanos se ven obligados (así sea de manera simbólica) a prestar oídos a las reclamaciones de un millón y algo más de votantes fuertemente nucleados en torno al tema cubano. Una cifra nada espectacular a escala nacional, pero que se vuelve crucial para conquistar la Florida, uno de los principales estados en la contienda por acceder a la Casa Blanca. Por otra parte, los dispositivos de la ley migratoria americana, que le brindan a los cubanos toda una serie de facilidades para iniciar la vida en el país, al igual que la presencia predominante de la antigua élite y de profesionales en las primeras oleadas de exiliados al inicio de la Revolución le han permitido a esta comunidad acumular un poder económico notable. Lo cual se revierte en una influencia política creciente. Por ejemplo, los únicos candidatos hispanos en las primarias republicanas, Ted Cruz y Marco Rubio, eran de origen cubano.

     

    Históricamente en la comunidad cubana ha tendido a imponerse la política de mano dura con el régimen de la isla. Pero ya no es el caso y el fin del embargo cosecha un respaldo cada vez mayor. En esto juega un papel fundamental el cambio generacional, dentro del cual confluyen tanto los descendientes de los primeros exiliados como los llegados a partir de los años 90. Unos no comulgan ya con el imaginario de sus padres o abuelos y buscan, al cabo de décadas de impasse, distintas vías de contacto con la isla: en lugar de añorar el paraíso perdido, ven en Cuba ante todo un territorio con un potencial económico por explorar. Los otros, los que han ido llegando después de la caída de la Unión Soviética, tienen una percepción del sistema que dista del maniqueísmo. Que el déficit de libertades públicas sea notorio, que el Estado ejerza un férreo control sobre la sociedad civil y que las élites parezcan reproducirse de manera endogámica, no impide constatar los esfuerzos del régimen por darle la mayor cobertura social posible a la población o limitar las desigualdades socio-económicas.

     

    Igual de relevante (o más aún) es que, sea ya por el debilitamiento de la influencia ideológica del régimen o por acomodamiento de éste con el fin de ingresar la mayor cantidad de remesas, quienes dejan la isla hoy en día, a diferencia de aquellos que lo hacían en otras épocas, no ven ya en sus familiares o amigos la obligación de reprobarlos. Y el hecho de poder mantener los lazos con los se quedan en Cuba predispone a otra postura.

     

    Todo esto converge en un deslizamiento de la sensibilidad política. Tradicionalmente, el voto cubano favorecía a los republicanos. Sin embargo, Obama se lo ha ganado en las dos últimas presidenciales. Así las cosas, el restablecimiento de las relaciones sería resultado conjunto del giro en la estrategia diplomática respecto a Cuba y del cambio generacional y demográfico de los cubanos de la Florida.

     

     

    De necesidad virtud

     

    A lo largo de los años 90, el sistema cubano dio pruebas de una resistencia formidable, la cual se explica, en parte, por la tenaza represiva que anestesia a la sociedad civil, pero también por la legitimidad que el régimen aún conserva en cierta parte de la población. Entretanto, a un fin de siglo asfixiante le siguió un comienzo de milenio llevadero, caracterizado por el alza del turismo y de las remesas de la diáspora –más del 10% de los cubanos vive en el extranjero– y por los acuerdos con la Venezuela de Hugo Chávez, verdadera tabla de salvación para el país. A cambio de profesionales cubanos, sobre todo en el terreno de la salud, los sudamericanos se han encargado, en lo que va de siglo, de abastecer la isla en petróleo.

     

    Sin embargo, las incertidumbres respecto al futuro del chavismo y la urgencia de garantizar la transición en la élite cubana –Raúl Castro no renovará su mandato en 2018– han condicionado el plan de reformas puesto en marcha desde que asumiera el poder el hermano de Fidel Castro –la entrega al campesinado de tierras en usufructo, una nueva ley migratoria que le aligera a los cubanos las condiciones de salida del país, creación de un marco jurídico que contemple la creación de pequeñas empresas privadas y la legalización de la compra y venta de casas. Unas medidas relativamente modestas, pero que, en el caso de Cuba, atañen a temas hasta entonces tabú: la libre circulación de personas, el cuestionamiento del Estado como único proveedor de bienes de consumo, el respeto de la propiedad privada. Al parecer, la isla estaría adoptando, aunque con recelo, el modelo chino: el partido comunista dirigiendo una economía capitalista. Pero para lograr esta transformación la inversión extranjera resulta indispensable. Y, como los gobernantes cubanos han privilegiado por lo general los convenios estatales (entre una Europa en crisis y las economías latinoamericanas dependientes de los ciclos de las materias primas), el capital estadounidense se antoja en lo inmediato como el más consecuente.

     

    Aún así, la metamorfosis en un capitalismo de Estado parece toparse con no pocos obstáculos. El primero estaría en la incógnita respecto a la capacidad de los sucesores de Raúl Castro para asegurarse el relevo. A diferencia del chino, el partido comunista cubano siempre ha estado bajo el mando de la vieja guardia, es decir, la misma que hizo la Revolución. Los futuros dirigentes no poseen tal legitimidad y la gestión del poder podría resultarles mucho más difícil. A ello se suma el debate ideológico de fondo entre reformistas y ortodoxos. Estos últimos temen que la entronización de los mecanismos del mercado acabe por sepultar lo que queda del socialismo. Los primeros sostienen, en cambio, que sólo con la mejoría de las condiciones económicas se podrán salvar las conquistas de la Revolución. Por último, existe un conflicto latente en torno al control del aparato estatal. Oficialmente, las riendas del Estado están en manos del partido. Sin embargo, el poder efectivo del ejército sobre la economía –resultado de la cuasi economía de guerra instaurada en los noventa– hace vislumbrar tensiones entre los militares y el partido, una vez que la vieja guardia se retire. Y esto pese a la imbricación entre ambas instituciones.

     

    Visto así, el acercamiento con los Estados Unidos es un arma de doble filo: quizás le permita al régimen recuperarse económicamente, pero también puede terminar poniendo a prueba sus equilibrios. ¿Hasta qué punto se pueden soltar las riendas sin perder el poder? Tal es el dilema que atormenta a la élite política cubana. Y ello explica la timidez de las reformas en curso. El último congreso del partido comunista (que curiosamente tuvo lugar en abril de este año, poco después de la visita de Obama) ratificó dicho parón: por un lado, se hizo todo por justificar el acercamiento con el vecino del norte, pero, por el otro, la retórica antiimperialista continuó apuntando a Estados Unidos como la causa principal de las dificultades del sistema. Y ya que, en el estado actual, no hay cómo desatar el nudo gordiano de la supervivencia del régimen, el deshielo ha de seguir –pero a fuego lento.

     

     

     

     

    Artículo publicado fue inicialmente en la revista suiza La Cité, traducido del francés por el autor.

     

     

     

     

    José García Simón (La Habana, 1976) es escritor y reside en Ginebra. Ha publicado la novela En el aire (Albatros, 2011). En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, La vida de las palabras. Los cuadernos de lengua y literatura de Mario OrtizRobert Walser, detrás de la fachadaCartografía del desastre. Magris, Enard, SebaldLa rehabilitación de la violencia en la lucha política. 'Bonjour terreur'. En torno a Slavoj Zizek.

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