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    Orfeo se muda al infierno

    Ignacio González Orozco - 02-02-2018

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    Para que no haya lugar a confianzas, insistes en la exigencia de silencio. Conduces a Aristeo hasta la sala del fondo. Ni pensar en encender la luz. La paleta de grises proyectada por el resplandor de la farola desvela la presencia de un par de sillones viejos, forrados de escay, junto a la pared izquierda de la estancia y con una mesita baja ante ellos. Un paso más allá, la mesa con ruedas del televisor y sus aparatos complementarios. Sobre la mesita se distingue un plato con restos de comida, no así las partículas perdidas de unas cuantas esnifadas de coca esparcidas junto al anterior. En el flanco opuesto de la sala hay un equipo de música con grandes altavoces, varias torres para compactos que crecen del suelo cual plantas fosilizadas, una chaise longue de un color claro e indefinible bajo tan parva iluminación y, junto a esta, otra mesa baja con una servilleta grande encima (parcialmente caída desde los bordes del plano de madera), una cachimba de semblanza moruna y un grueso cenicero de cristal tallado en picos y aristas, a rebosar de colillas de cigarrillos y pequeñas boquillas de cartón. Las paredes están desnudas, parecen blancas; en el claroscuro y a duras penas se distinguen las manchas de moho que orlan las esquinas del techo. Se oye muy cercano el ruido de un grifo que gotea, pisadas fuertes en el piso superior, risas de un grupo de muchachos que pasa por la calle y, cual bajo continuo de una escena de suspense, la respiración agitada de Aristeo, que empieza a temerse lo peor.

     

    Aprietas su cuello sin ningún reparo. No por crueldad, tu mano tan solo obedece a una lógica de la eficiencia que no repara en categorías de otra especie. Bajo aquella garra, que parece granítica en su fuerza, Aristeo teme que la nuez vaya a saltarle; se queja de dolor pero no vas a dejarte camelar por los gemidos de una presa casi exánime, incapaz de bracear siquiera bajo la tenaza que le está cortando la circulación sanguínea. Ahora, la fuerza de tu brazo se proyecta hacia abajo, indicando la dirección que debe seguir el cuerpo prisionero, y Aristeo cae lentamente de rodillas, seguido por ti al mismo compás y estrecha distancia, como si pretendieras colocarte en la posición ideal para follártelo. Luego, a indicación tuya se tiende boca abajo, cuan largo es sobre el piso de baldosa cocida, los brazos en cruz, las palmas de las manos vueltas hacia arriba.

     

    Muy despacio, en silencio, para asegurar la presa apoyas una rodilla sobre su hombro izquierdo, provocando que vuelva a quejarse con un gemido tenue, pero profundo. Acto seguido colocas la otra rodilla sobre el brazo que le quedaba libre al camello, cuyo rostro sigue rondando la navaja, y te sientas encima de su espalda. Ya no tiene posibilidad de escapatoria. Luego doblas tu espalda hacia él para susurrarle al oído, y en la confusión de los gestos extremos parece que musitaras palabras de amor, pero sin la gracia del poeta, porque de pura ansiedad te atropellas al hablar. Quieres saber dónde está la guarida de placer del Tío Candelas, cuántas puertas tiene, cómo la vigilan, por dónde entra habitualmente Aristeo... Quien apenas puede hablar, pues el dolor atenaza su respiración y le hace jadear como un galeote reventado por el ritmo del tambor. Entonces crees escuchar una súplica. Por un momento alivias la presión sobre el cuello ajeno, apenas lo suficiente para que pueda orearse su conducto traqueal, pero el desdichado no para de lamentarse, esta vez del dolor que le anquilosa el brazo derecho. Aupando de su trono al rigor que habrás tomado como norte de tus actos, liberas la extremidad acalambrada porque en tus planes de héroe no cabe la compasión, pero tampoco la torpeza (si la presa no habla, nada saldrás ganando, y para que cante parece necesario aliviar las condiciones de su prisión).

     

    Aristeo, notoriamente aliviado, gira el hombro hasta que su brazo recupera la orientación natural. “¡Habla!”, le instas entonces, mientras tu rodilla derecha va a reposar al suelo, junto a las costillas del camello. “Habla o te rajo”, y ganas no van a faltarte de cumplir lo dicho, porque la parrafada que te endilgará elude todas tus preguntas; bien al contrario, Aristeo pretende porfiar con su captor, como si cazador y trofeo estuvieran discutiendo sobre fútbol en simpática francachela, acodados en la barra de un bar.

     

    Te está tildando de iluso. Dice que ningún “pringao” puede ir al refugio del Tío Candelas así como así, “por sus santos cojones”. Y añade: “El Gitano te cortará los huevos y te los pondrá de pajarita con una chincheta”.

     

    ¿Para eso pides cancha, Aristeo? ¿Solo para amenazar pretendes que te dejen hablar? Privado de carga, el burro se pone insolente, pero calla su rebuzno cuando la mano aprieta de nuevo... Aunque tampoco se avanza así hacia la meta, pues la bestia desfallece. Bonito embrollo.

     

    Sostiene Orfeo, sin embargo, que tanta insolencia requiere de medidas severas. La mano vuelve a cerrarse sobre el cuello, si cabe con mayor rigor, aplicando un aro de tormento que ciñe los relieves de músculos, tendones y vértebras casi hasta el prensado. Solo te detendrás cuando la rigidez del cuerpo entero confirme que un hálito nimio, más delgado que un hilo de nube, se abre paso costosamente entre los pulmones y la boca de Aristeo. La escasez del oxígeno almacenado lentifica la respiración de tu presa y convierte los latidos de su corazón en violentos hachazos. Ni un miserable vahído para gritar le queda. Clavas entonces la navaja en su mejilla, hasta las encías, y a continuación labras una prolongada incisión desde el punto de contacto hasta la vecindad de la nariz, donde la hoja vuelve al exterior. La cara se abre como un libro, vertiendo sangre en abundancia por los tejidos destrozados, y bajo tu mano sientes la convulsión brusca del cuerpo torturado, como un aleteo inútil tras el que deviene la caída en la nada, porque Aristeo se queda envarado mientras emite una suerte de sollozo, gutural y quedo, que parece regurgitar del estómago más que surgir de la boca.

     

    Aflojas otra vez la presión sobre el cuello del camello, no sin antes advertirle del riesgo que conllevaría un grito. Tu mano apenas deja sobre la carne prisionera el testimonio cálido del tacto, recordatorio de momentos mucho más amargos. Un telón de sangre opaca oculta la boca de Aristeo antes de ir a embalsarse sobre las irregularidades del suelo embaldosado, donde luce una extraña y cálida reverberación bajo el fulgor mortecino que entra por el ventanal. Preguntas de nuevo, pero te interrumpes nada más empezar, porque acaba de alcanzarte un crujido de sospechosa humanidad, surgido a tu espalda.

     

    Al girar el cuello distingues los trazos de percha de un par de hombros angulosos y el poliedro de una cabeza cuyos perfiles te resultan familiares, y de la sorpresa, que pudo ser definitiva, solo te salva una leve conmoción del aire, un desequilibrio de partículas inaprensibles que te hace volver el rostro de nuevo hacia Aristeo para apenas vislumbrar, de soslayo y por una fracción de segundo, la sombra que se cierne contra tu cabeza. La penumbra se troca de súbito en tiniebla por efecto de un golpe lacerante, recibido sobre la frente como una pequeña explosión de fuego oscuro.

     

    Caes sobre un costado sin saber a ciencia cierta qué ha ocurrido, cegado tras el impacto del cenicero de cristal tallado que Aristeo ha podido alcanzar en una reacción tan felina como suicida, gracias al instante de autonomía ganado por tu distracción. Un reflejo a medio culminar, el único posible, te ha salvado la crisma del siniestro total.

     

    A pesar del castigo recibido, tu presa tiene esperanzas de venganza y se gira, feroz, para incorporarse sobre sus rodillas, blandiendo la misma arma que le ha servido para liberarse de tus grilletes. Pero el frío roce del suelo te hace reaccionar, como al gigante Anteo el contacto con la Tierra, y entre los turbios visillos de ese emplasto de sangre que nubla tus ojos alcanzas a vislumbrar el brazo alzado de Aristeo, con el tiempo justo para interponer a su golpe la barrera del antebrazo. Con el choque, tu enemigo pierde su arma, que al caer te roza de nuevo el rostro herido mientras le clavas la navaja en el bulto oscuro del tórax. Y Aristeo se te desploma encima, palpitante todavía, agitado por los espasmos que preceden al estertor final. Aun recibirá dos cuchilladas más, propinadas con la cercanía de un beso.

     

     

     

     

    Fragmento de la novela Orfeo se muda al infierno, que acaba de publicar Ediciones Hades, de Castellón de la Plana, España.

     

     

     

     

    Ignacio González Orozco es licenciado en Filosofía. Ha trabajado como editor y actualmente forma parte de la redacción de Revista Rambla, publicación digital de Barcelona. También es colaborador del diario Público y de la revista Culturamas. Ha publicado varios libros de viaje y divulgación. En 2003 quedó finalista del premio de libros de relatos de la Diputación de Cáceres con el volumen Prefiero a Mae West. También es autor de la obra dramática La farsa de Gandesa, y de las novelas Los días de ‘Lenín’ (Izana Editores, Madrid) y Rapaces (Moixonia Edicions, Palma de Mallorca), de las que publicó sendos fragmentos en FronteraD.

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