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    En la 'montaña rusa' de Nicanor Parra. El antipoeta como sacerdote que no cree en nada

    Antonio Puente - 16-02-2018

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    “Lo único de lo que realmente disponemos es de ese día que no llega nunca”

     

    Se fabricó a medida, como proclamara en un poema así titulado, una “montaña rusa” de un único vagón, y en el que sólo caben dos viajeros: él mismo, dándole a la manivela, y su siempre desconcertado lector. Porque, ¿se puede ser un poeta civil repudiando el sometimiento orgánico y el aura fácil de hechicero de la tribu de la mayoría de los poetas sociales? ¿Se puede ser un poeta vanguardista denunciando el esnobismo sectario de los que irrumpen a la moda? ¿Se puede ser un poeta lírico mofándose de lo sentimentaloide vaporoso, bajo el precepto claro de que “contra la poesía de las nubes, nosotros oponemos la poesía de la tierra firme, cabeza fría, corazón caliente”? ¿Se puede ser un poeta épico desde la certidumbre del inmovilismo final de nuestras acciones, y a sabiendas, también, de que “el pensamiento no nace en la boca, sino en el corazón del corazón”? ¿Se puede ser un poeta nacional propagando: “creemos ser país y la verdad es que somos apenas paisaje”? ¿Se puede ser un poeta progresista alertando de que “bien, y ahora ¿quién nos liberará de nuestros liberadores?”? ¿Se puede ser un poeta reaccionario proclamando que “el primer deber humano es respetar los Derechos Humanos”? ¿Se puede ser un poeta religioso desde el nihilismo más flagrante y el ateísmo confeso, rabiosamente exclamando: “¡Para qué hemos nacido como hombres, si nos dan una muerte de animales!”?... Académico de la Lengua en Chile, que, empero, no dejó jamás de sacar la lengua sin pelo alguno, el antagonismo más visceral atraviesa la figura y la obra de Nicanor Parra (San Fabián de Alico, 1914–Santiago de Chile, 2018), empezando por esa privadísima condición de ser el poeta-antipoeta. Y ¿qué es un antipoeta? Acaso, “un sacerdote que no cree en nada” o “un poeta que duerme en una silla”. Y ¿qué es la antipoesía? Acaso, “una capilla ardiente sin difunto”... Para resarcirse, tal vez, de la incomprensión, cuando no las mofas, de sus colegas en los inicios, dedicó un poema a ironizar sobre ambos términos. “Y qué es un antipoeta”, se pregunta ahí, para responder despistando con más interrogantes: 

     

    “¿Un comerciante en urnas y ataúdes? / ¿un sacerdote que no cree en nada? / ¿un general que duda de sí mismo? / ¿un vagabundo que se ríe de todo, hasta de la vejez y de la muerte? / ¿un interlocutor de mal carácter? / ¿un bailarín al borde del abismo? / ¿un narciso que ama a todo el mundo? / ¿un bromista sangriento, deliberadamente miserable? / ¿un poeta que duerme en una silla?... Subraye la frase que considere correcta”.

     

    Y otro tanto se cuestionaba sobre la naturaleza de sus versos: “Y qué es la antipoesía: / ¿un temporal en una taza de té? / ¿una mancha de nieve en una roca? / ¿un espejo que dice la verdad? / ¿una advertencia a los poetas jóvenes? / ¿un ataúd a chorro? / ¿un ataúd a fuerza centrífuga? / ¿un ataúd a gas de parafina? / ¿una capilla ardiente sin difunto?... Marque con una cruz la definición que considere correcta”.

     

    Luego, con el sumo sentido lógico y pedagógico que le otorgó su formación científica (otra contradictio de rara avis), enseñando Matemáticas y Física durante décadas en la Universidad de Santiago de Chile, también nos legó este útil y acaso infalible ejercicio de síntesis personal: “Dime cuáles son para ti las 10 palabras más bellas de la lengua castellana y te diré quién eres”.

     

    Debe de dar mucho vértigo y soledad (de nuevo, la “montaña rusa” de un único vagón) alcanzar los 103 años de edad siendo no sólo el primogénito de otros seis hermanos que murieron el milenio pasado, sino rememorando cada vez más, que quien te sigue en posición –la segunda de los siete– es Violeta Parra (1917–1967), la legendaria cantautora que se suicidó, cantando extrañamente “Gracias a la vida, que me ha dado tanto”, a los 49 años de edad. Así hubiese vuelto a nacer el día de su muerte para volver a vivir el mismo tiempo, a nuestro poeta aún le habrían sobrado años para rebasarle la edad. A ella le dedicó uno de sus más emotivos ¿antipoemas?, donde la llama “Bailarina del agua transparente” y “Dulce vecina de la verde selva / Huésped eterno del abril florido / Grande enemiga de la zarzamora / Violeta Parra”.

     

    Cuando el año pasado se conmemoró el centenario del nacimiento de la hermana volvió a lanzar su singular sosa cáustica, de la que siempre se reservaba un puñado para verterlo sobre sí mismo. “La Violeta siempre fue abajista y yo siempre fui arribista”, expresó.  Explicaba que ella tenía un gran encanto y magnetismo personal, y que “era muy crítica y opacaba a todo el mundo. Recuerdo que en las reuniones sociales, el florero centro de mesa era Neruda. Pero aparecía la Violeta con su guitarra, y, simplemente, todo el mundo lo único que quería era que Violeta la tocara y cantara, y entonces el poeta quedaba desplazado”. Éste si era el juego predilecto de Nicanor Parra, y que afecta a su original (anti)poesía: como su nombre indica, cometer parricidio: “Durante medio siglo –escribió con total convencimiento y naturalidad en el poema de marras–, la poesía chilena fue el paraíso del tonto solemne, hasta que vine yo y me instalé con mi montaña rusa”. Y a continuación lanza esta farruca advertencia no sólo al desconcertado lector común, sino, sobre todo, a los más destacados vates de su país: “Suban si les parece; claro que yo no respondo si bajan echando sangre por boca y narices”.

     

    En su juventud, Parra también militó en la izquierda –fue afecto al castrismo e, incluso, al régimen soviético– y él mismo introdujo a su hermana en la canción protesta. Pero los años le volvieron tan escéptico que consiguió enarbolar esta gruesa y amortiguadora pancarta de su invención –de veras, ‘antipoética’–: “¡La izquierda-derecha unida, jamás será vencida!”. Y lanzó también esta proclama de doble filo: “¿Marxista? No, ateo, gracias a dios”; para rematar sus (anti)convicciones con esta salvaje perla no exenta de impotencia y melancolía: “¿Dónde está Marx? / En el culo / en la tierra / y en todo lugar”.

     

    Pero el detonante de su soledad ganada a pulso, cuando los escritores de izquierda de su país le dieron la espalda, fueron sus provocadoras salidas de madre en torno a Pinochet. Tras haberse jactado ya de que, una tarde de 1970, había compartido un té en la Casa Blanca con la mismísima señora Nixon, Parra no se cortaba ahora en confesar –con el reciente Golpe, en 1971–: “Pinochet en persona me lo ofreció todo; me dijo que lo que yo quisiera: un ministerio, una embajada... Naturalmente, lo rechacé”. Sí logró salvar su plaza de profesor universitario, pero, a cambio, enfadaría luego severamente a tirios y troyanos al hacer un balance de esta guisa: “Por una parte es un salvador, pues si no fuera por Pinochet estaríamos como Cuba. Eso es un hecho. Pero, eso no quita, para repudiar las atrocidades que se cometieron. Uno quisiera un salvador sin atrocidades. ¿Cómo junta uno las dos cosas? La atrocidad con una operación de salvataje. Si uno quiere pensar en grande la cosa, no hay tal salvador. Un salvador a corto plazo ¿para qué? Un mecanismo que se llama consumismo, pan para hoy y hambre para mañana”.

     

    Desde muy pronto comenzó a observar que “en todos los sistemas, absolutamente todos, con independencia de cuál sea, los de arriba se sientan en los de abajo”. Sin embargo, decir que Nicanor Parra era antipolítico posee la misma connotación contrariada que llamarlo antipoeta. Siempre se mostró profundamente solidario en acciones concretas. Pues, por ejemplo, hace apenas ocho años, ¡a sus 95 años!, secundó una huelga de hambre en defensa de una causa de los indígenas mapuches de su país. Y en 2006, celebró una exposición- performance, en el Centro Cultural del Palacio de la Moneda, en la que puso a desfilar los retratos de todos los presidentes chilenos, ahorcados... Son, en fin, las controvertidas señas de identidad de un solitario solidario y un egotista histriónico irredimible, sin pelos en la lengua, como decíamos, sino solo en la pluma, que, en su emblemático poema ‘Epitafio’, ya lo advierte: [Fui] “¡Un embutido de ángel y bestia!”.

     

    El autor de Artefactos y La mamadera mortífera se mostraba tanto más corrosivo cuanto más necesitara proteger su zona de vulnerabilidad más entrañable. Era un potente cóndor andino candoroso que, para evitar que lo vejaran en su independencia (como le ocurriera, por ejemplo, al albatros en el célebre poema de Baudalaire: que los marineros lo encadenaban en la cubierta y le quemaban con sus colillas las alas) alzaba el vuelo cuando le venía en gana. En efecto, pocos poetas tan libérrimos como este académico antiacademicista. Lo que nunca sabremos es si esa impronta de hombre esquinado –nada discordante, por lo demás, en quien ha acaudalado una irreverente y original obra (anti)poética, cuajada de digresiones y sustancioso anecdotario, a base de mear fuera de texto–, es efecto o causa de su antigregarismo proverbial. Gracias a eso se construyó y aupó en su montaña rusa de un único vagón, apartándose de los ismos de vanguardia en boga en su juventud, que, a su juicio, instauraban un orden alternativo tan confinado y sectario como el que decían combatir. Hasta el más restrictivo Harold Bloom ha destacado, como parte del canon, la singular poesía anticanónica de Parra; fruto contradictorio de una vanguardia civil, de repliegue, sin doctrina ni ismos –algo así como el chasis de un seísmo–, y cincelada, hacia los márgenes, por un poeta de una generación uni-génere, capaz de poner en cacofónica evidencia a quienquiera que ose secundar su cuño inconfundible.

     

    No obstante, como glosa generacional sí cabe inferir ahora que, del mismo modo que Neruda era la carne y Huidobro el hueso, en una anterior promoción chilena, Parra podría ser la osamenta, filosa y cortante, frente a la suculenta carne de su coetáneo Gonzalo Rojas (1916–2011). Fémur que soporta el glúteo de sus respectivas fijaciones poéticas, el binomio no es baladí, ni siquiera en lo personal, pues, sin llegar al antagonismo visceral que se profesaron aquellos dos –el autor de Residencia en la tierra versus el autor de Altazor– es fama que el autor de La miseria del hombre y diplomático de Salvador Allende se mantuvo siempre equidistante de los exabruptos del autor de Hojas de Parra, aunque con sonada reconciliación final. Ambos obtuvieron el premio Cervantes; sólo que Rojas, dos años más joven, se le adelantó siete en conseguir un galardón también tardío, y, curiosamente, falleció en el mismo 2011 en que Parra, a sus 97 años de edad, se erigía en el autor más anciano, con diferencia, en obtenerlo. Es obvio que la longevidad ha jugado a favor de la proyección del antipoeta. Pues, en realidad, hasta ya casi nonagenario, con este siglo, el eterno candidato al Nobel no empezó a cosechar los más importantes reconocimientos (desde el Reina Sofía, en 2002, al Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, en 2012).

     

    Matemático y físico de formación, como apuntábamos, bajo la apariencia espontánea y agreste de su (anti)poesía, se suceden letras cifradas, reiteraciones, permutaciones y leyes de gravedad que él desplaza, solidario, hacia los márgenes, en una suerte de entropía empática y aritmética del caos. En modo alguno puede ser antipolítico este cóndor perseverante y escaldado que, en ocasiones, para las poses mediáticas, descendía a disfrazarse de escupidora llama andina. De ningún modo puede serlo –y tal vez ni siquiera anti-poeta– quien ha enarbolado este canto a la dignidad humana, insuperablemente fraternal y conmiserativo:

     

    “Todo hombre es un héroe / Por el sencillo hecho de morir / Y los héroes son nuestros maestros”...

     

    Prodigiosamente, su poesía se trae el más allá al más acá, y, con su silueta volando a ras de las cabezas, sustantiva los más etéreos atributos; debido a que él es y nosotros somos, nos advierte, “El hombre imaginario, / que vive en una mansión imaginaria / rodeada de árboles imaginarios / a la orilla de un río imaginario / Y en las noches de Luna imaginaria / sueña con la mujer imaginaria / que le brindó su amor imaginario...”. Lo demás es ruido.

     

     

    ‘Antipoemas’, de Nicanor Parra

     

     

    Epitafio

     

    De estatura mediana,
    Con una voz ni delgada ni gruesa
    Hijo mayor de un profesor primario
    Y de una modista de trastienda;
    Flaco de nacimiento
    Aunque devoto de la buena mesa;
    De mejillas escuálidas
    Y de más bien abundantes orejas;
    Con un rostro cuadrado
    En que los ojos se abren apenas
    Y una nariz de boxeador mulato
    Baja a la boca del ídolo azteca
    –Todo esto bañado
    Por una luz entre irónica y pérfida–
    Ni muy listo ni tonto de remate
    Fui lo que fui: una mezcla
    De vinagre y aceite de comer
    ¡Un embutido de ángel y bestia!

     

     

    La mujer imposible

     

    La mujer imposible,
    La mujer de dos metros de estatura,
    La señora de mármol de Carrara
    Que no fuma ni bebe,
    La mujer que no quiere desnudarse
    Por temor a quedar embarazada,
    La vestal intocable
    Que no quiere ser madre de familia,
    La mujer que respira por la boca,
    La mujer que camina
    Virgen hacia la cámara nupcial
    Pero que reacciona como hombre,
    La que se desnudó por simpatía
    Porque le encanta la música clásica
    La pelirroja que se fue de bruces,
    La que sólo se entrega por amor
    La doncella que mira con un ojo,
    La que sólo se deja poseer
    En el diván, al borde del abismo,
    La que odia los órganos sexuales,
    La que se une sólo con su perro,
    La mujer que se hace la dormida
    (El marido la alumbra con un fósforo)
    La mujer que se entrega porque sí
    Porque la soledad, porque el olvido…
    La que llegó doncella a la vejez,
    La profesora miope,
    La secretaria de gafas oscuras,
    La señorita pálida de lentes
    (Ella no quiere nada con el falo)
    Todas estas walkirias
    Todas estas matronas respetables
    Con sus labios mayores y menores
    Terminarán sacándome de quicio.

     

     

    Cervantes y Shakespeare

     

    Cervantes
    un principiante que promete mucho
    Shakespeare
    un jovencito que dará que hablar

     

     

    Pensamientos

     

    Qué es el hombre
    se pregunta Pascal:
    Una potencia de exponente cero.
    Nada
    si se compara con el todo
    Todo
    si se compara con la nada:
    Nacimiento más muerte:
    Ruido multiplicado por silencio:
    Medio aritmético entre el todo y la nada

     

    La poesía terminó conmigo

    (…) La poesía se ha portado bien

    Yo me he portado terriblemente mal

    La poesía terminó conmigo

     

     

    A los amantes de las bellas letras

     

    A los amantes de las bellas letras
    Hago llegar mis mejores deseos
    Voy a cambiar de nombre a algunas cosas.
    Mi posición es ésta:
    El poeta no cumple su palabra
    Si no cambia los nombres de las cosas.
    ¿Con qué razón el sol
    Ha de seguir llamándose sol?

    Pido que se llame Micifuz
    El de las botas de cuarenta leguas!

    ¿Mis zapatos parecen ataúdes?

    Sepan que desde hoy en adelante
    Los zapatos se llaman ataúdes.
    Comuníquese, anótese y publíquese
    Que los zapatos han cambiado de nombre:
    Desde ahora se llaman ataúdes.
    Bueno, la noche es larga
    Todo poeta que se estime a sí mismo
    Debe tener su propio diccionario
    Y antes que se me olvide
    Al propio dios hay que cambiarle nombre
    Que cada cual lo llame como quiera:
    Es un problema personal.

     

     

    Antonio Puente (Las Palmas de Gran Canaria, 1961) es escritor, periodista y crítico literario. Escribe en los diarios La Razón y La Provincia, y en diversas etapas ha colaborado con El País y ABC. Es autor de ensayos como Poesía y posmodernidad y Crítica de la razón comunicativa, y de poemarios como Contraluz o el mar liquida su comercio, Agua por señas, Sofá de arena y Ojos de garza. En la actualidad es director de Comunicación de la Fundación de Arte y Pensamiento Martín Chirino, en Las Palmas. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, Cohen, Quebec, BarcelonaCuando el verano se va de veraneoVerano del 77: Adolfo Suárez, cuarenta años despuésSalvador Pániker: el tao en la alfombra roja.

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