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    Autobiografías no autorizadas. César Aira y Sylvia Townsend Warner

    José de María Romero Barea - 16-02-2018

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    Atrapados entre la autopromoción y el secreto control de su imagen, algunos autores de prestigio evocan el retrato fascinante de un personaje controvertido mientras se adjudican un estatus excepcional, en el que todo lo que hacen, por muy cuestionable que sea, es por definición bueno, por ser ellos mismos quienes lo hacen. A medida que su relato se vuelve cada vez más desilusionado menos eluden el exhibicionismo en el que se complacen. Abrimos los ojos como platos al documentarnos sobre el reducido grupo de escribientes cuyo ego invariablemente triunfa sobre su conciencia. A pesar de que logran reunir un borrador, frustran su propio libro, al negarse a firmar el manuscrito.

     

    Escribe César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949) una especie de autobiografía no autorizada en serie, si tal cosa es posible, donde un personaje frustrantemente complejo oculta más que revela. Muestra así una gran cantidad de evidencia documental, en gran parte extremadamente técnica, pero hostil. La escritora Sylvia Townsend Warner (Harrow on the Hill, Middlesex, 1893), por otra parte, no aporta pruebas concluyentes de su identidad en su diario. ¿Renuente a mostrar su verdadero yo? La respuesta a esa pregunta sigue estando (lo que la hace más atractiva) fuera de nuestro alcance. Puede que incluso fuera del alcance de la propia STW.

     

    Identidades falsas, en definitiva, en épocas anteriores a las redes sociales. Leer a Warner y Aira es iniciar ese extraño viaje, algo inquietante, hacia una vida digital que se lee como un cuento corto o un largo ensayo. En el centro de la trama, la diferencia insalvable entre lo real y lo inventado.

     

     

    Continuación de ideas diversas

     

    Napoleón se pasea a caballo por las calles de Jena en llamas. Es la medianoche del 14 de octubre de 1806. Sus tropas acaban de saquear y quemar la ciudad, incluida la casa de Hegel, sus libros y papeles. “Fue la ocasión que tuvo Hegel de ver pasar frente a él al Emperador”. Por suerte, sostiene el narrador, un polinesio o un esquimal o un gaucho de las pampas argentinas no sabe quién fue Napoleón o cualquiera de esos “enanos sanguinarios que se creyeron dueños del mundo sólo por haber efectuado matanzas y destrucciones”; para concluir: “No es necesario ir a rincones muy lejanos del mundo para encontrar ignorancia. Aquí nomás hay muchos, muchísimos jóvenes y no jóvenes que no saben quién es Napoleón, aunque les suene el nombre. Y no hablemos de Hegel. Es uno de los casos, pocos, debo reconocerlo, en que felicito y agradezco la ignorancia”.

     

    El interlocutor de los relatos de Continuación de ideas diversas (Ediciones Universidad Diego Portales, colección Huellas, 2014), de César Aira, se ocupa de un dilema universal: cómo ser uno mismo en un mundo que parece cada vez más fuera de nuestro control. Los textos de este insólito dietario nos empujan a cuestionar la línea porosa línea entre la realidad y ficción, para ver que no sólo es maleable en la Historia, sino también borrosa en lo cotidiano.

     

    Fugazmente realistas, con giros repentinos hacia lo absurdo, los relatos y reflexiones de Continuación no se ocupan de situaciones complicadas, sino de situaciones que de repente se han vuelto complicadas: “En el futuro se había inventado un software maravilloso (…) Uno escribía en su computadora cualquier cosa, no palabras sino letras y espacios a ciegas (…) hasta llenar una página, o dos, o cien (…) El programa (…) trataba esa acumulación de letras y espacios como un texto escrito en clave, y descubría esta (…) El texto resultante tenía sentido, dado que el programa elegía, entre los miles de millones de posibilidades, la que diera el sentido más coherente al todo (…) Los escritores (…) empezaron a escribir con él sus libros, que tuvieron tanta aceptación como los libros escritos del modo convencional, de los que no se distinguían mayormente”.

     

    Vanguardista y clásico, Aira utiliza técnicas primitivas para describir la contemporaneidad. Descripción y denuncia de los instrumentos con los que opera la realidad, los textos, generalmente breves, que componen Continuación describen encuentros misteriosos, absurdos giros humorísticos, sucesos delirantes: “los animales empezaron a transformarse unos en otros: el zorro se volvía lombriz, la lombriz koala, el koala cocodrilo (…) Nada parecía haber cambiado: en las apariencias, la hiena seguía siendo hiena, y el mosquito, mosquito (…) Eso trajo la ruina de los animales, y su extinción, pues el mosquito en el cuerpo de la hiena no sabía cómo proceder para alimentar y reproducir a la ‘hiena’ que ahora era, y moría (soltero) de inanición. Como juego había estado bien, pero como realidad fue un completo desastre”.

     

    A pesar de cierto “automatismo” y gusto por lo onírico, la prosa del autor argentino no participa de la velocidad y excesos asociados a esta técnica surrealista. Por el contrario, una idea concreta se impone, y se trabaja en ella de forma lenta pero segura, sin mirar atrás, hasta que la historia llega a buen término. El resultado es un híbrido fascinante: colección de relatos y diario, Continuación está escrito con una prosa impredecible, casi experimental, pero coherente y legible: “Lo difícil es escribir, no escribir bien. En los talleres se puede aprender a escribir bien, pero no a escribir. Para escribir bien hay recetas, consejos útiles, un aprendizaje. Escribir, en cambio es una decisión de vida, que se realiza con todos los actos de la vida”.

     

    La aparente frivolidad define la escritura del autor argentino tanto como la concisión; sus teorías sobre el universo llenan páginas de una verborrea indolente y socarrona; su estilo tiene esa sencillez engañosa que nos lleva a desestimar las reverberaciones: “¿Por qué son desdichados los escritores? Para que lo que escriben tenga que ser tan bueno como para que haya valido la pena sacrificar por ello la felicidad. (¿Habrá un modo menos retorcido de decirlo? ¿Habrá un modo menos retorcido de hacer las cosas bien?)”. Continuación privilegia la narración y el disfrute de escribir. De ahí su fascinación por el lenguaje, sus significados y dobles sentidos, los misterios y confusiones de la traducción, la creencia en el poder transformador de la ficción y la constante exploración de lo que nuestras narrativas dicen sobre el mundo en que vivimos.

     

    En definitiva, el autor argentino escribe sobre la interacción de lo visible y lo invisible, lo conocido y lo desconocido. Para ello, anula la distinción entre fantasía y realidad. Sus fantasías pueden ser desconcertantes, divertidas, o impensables, pero proceden de y se acumulan en la vida cotidiana; son un puente entre realidad y ficción, presente y futuro: “Se me ocurre otro modo de escribir el célebre relato de Kafka: una mañana un pacífico escarabajo se despierta en un cuerpo extraño, enorme, rosado, sin caparazón, con dos piernas, dos brazos… Un hombre. Y a partir de ahí, la saga de los problemas sin cuento, los terrores de pesadilla, de ser un hombre. Y creo que es lo que quiso decir Kafka (…) No lo puso literalmente así por discreción (…) Y nadie lo entendió nunca. Al contrario, todos los lectores (…) han dado por sentado que la intención del autor era contar el drama del hombre que deja de ser hombre (…) ¡Como si eso fuera un drama para Kafka! (…) Hay que admitir, empero, que la culpa es de Kafka, por pasarse de sutil con la obtusa raza de los lectores”.

     

    Más de sesenta libros componen la abundante obra novelística, teatral y ensayística de César Aira, entre los que destacamos El llanto, Cómo me hice monja y Las curas milagrosas del Doctor Aira, los ensayos sobre Copi y Alejandra Pizarnik, así como su trabajo de rescate de la obra de Osvaldo Lamborghini. Continuación es la crónica de una época en la que los límites de la realidad se han difuminado y la ficción amenaza con ocuparlo todo. Sus textos no son meros caprichos de la imaginación. Los giros extravagantes de sus narraciones cuestionan los contornos del mundo real que parecen estar dejando atrás y al mismo tiempo son reflejo de nuestros propios esfuerzos, a menudo frustrados, para adaptarnos a una realidad que cambia de forma vertiginosa.

     

     

    El diario de Sylvia Townsend Warner

     

    Abunda en anécdotas de su infancia; sus desventuras en los márgenes del grupo de Bloomsbury; el episodio en la década de 1930 en que conoció y se enamoró apasionadamente de Valentine Ackland, ambas escritoras y lectoras ávidas; sus largos tramos de infelicidad hasta su ruptura tras la Segunda Guerra Mundial (justo antes de su estallido, Ackland había comenzado una historia de amor con Elizabeth Wade White). En esos momentos, el diario se interrumpe, y no vuelve a ser retomado hasta años después, por lo que los momentos más dolorosos no se registran: “Una no debería escribir en su diario sino lo que desea recordar para siempre”, señala en 1930. Unos años más tarde: “Feliz el día cuya historia aún no ha sido escrita”.

     

    Cuando S. T. Warner murió en 1978, dejó tras de sí una literatura de excepcional riqueza y variedad. En una carrera que había durado poco más de medio siglo había llegado a ser una musicóloga notable, una poeta admirada, cronista y escritora de cartas, periodista política, traductora ocasional y biógrafa, además de una prolífica escritora de cuentos. Autora de siete novelas notables, de las cuales Lolly Willowes (1926) fue la primera y más famosa, su inteligencia se tradujo en una ficción incomprendida y difícil, diríase de culto; se trata, sin duda, de una de las autoras británicas más admirada y menos leída de los últimos cien años.

     

    La vivacidad, la precisión de su prosa, es obvia, pero lo que realmente asombra es la forma en que S. T. Warner experimenta en su diario con las reglas no escritas del género. La excentricidad es a menudo la insignia de su escritura. Una tarde se encuentra bailando a solas una sonata de Beethoven, a punto de cumplir 65 años, y se pregunta si “no será ésta la última ocasión de bailar por puro placer”. Son estas elisiones inesperadas, estos lapsos de tiempo y locuciones peculiares, los que convierten la lectura de estos dietarios en un placer. El resultado es auto-consciente, deliberadamente literario. Sus alusiones, flagrantes o tejidas de forma invisible, van desde Proust a Empson, y la profusión de recursos literarios y visuales ayudan a crear una realidad que es a la vez creíble y artificial. El ejemplo más notable de esto ocurre en 1970, cuando el diario describe el reencuentro de ultratumba tras la muerte de Ackland: “Cogí de nuevo su mano… Era ella. Es ella”.

     

    La revista británica Slightly Foxed dedica su número de invierno de 2015 a restablecer la reputación de la autora británica al incluir entre sus páginas una reseña de sus diarios firmada por Jonathan Law. Leyéndola, es un misterio que la autora siga siendo poco apreciada en las islas (y desconocida en España), un hecho que desconcierta, frustra y llena de secreta satisfacción a los que hemos tenido oportunidad de leer esta exigua muestra de su prosa, que inspira un profundo e inmediato sentimiento de identificación.

     

     

    Autobiografías no autorizadas

     

    Para bien o para mal, internet nos ha cambiado: los medios de comunicación influyen no sólo en lo que creemos que es verdad, sino en nuestras identidades y nuestro sentido del yo. Lo anterior supone una perogrullada tan evidente que raramente nos detenemos a pensar en significado. En la superficie, el autor coincide con el sujeto de escrutinio. Posee, en el mejor de los casos, el talento y el poder de permanencia para dibujar incluso los caracteres más enigmáticos. Su fantasma, sin embargo, rompe el silencio en autobiografías fallidas.

     

    La fragilidad de la vida de un diario tiene raíces en la propia experiencia. Los yoes múltiples se involucran en múltiples dramas. El impulso narrativo no es una ofensa a los deberes de la meta-ficción. Se insta al lector a ir con el flujo. Los entrecruzamientos y disyunciones son parte de la diversión. La expansividad se refleja en oraciones que se ejecutan con fluidez, con auto-deleite, reacias a detenerse. La relación entre lo privado y lo público se evoca a través de círculos concéntricos, con el mundo en el borde exterior y el individuo en un punto del centro. Las cosas, sin embargo, no siempre salen según el plan prefijado. Esto se debe en parte a que el narrador es poco fiable: un narcisista confiable, que ha pasado su vida escondiéndose en las sombras, donde los mitos crecen como hongos.

     

    Talsi, Letonia, 2017

     

     

     

     

    José de María Romero Barea (Córdoba, España, 1972) es profesor, poeta, narrador, traductor y periodista cultural. Autor de poemarios como Resurrecciones (Asociación Cultura y Progreso, 2011), su última novela se titula Mitze Katze (Ediciones Amargord, 2016). En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, Antonio Rivera Taravillo: la ternura del sonámbuloMarcos Canteli, Benito del Pliego y Andrés Fisher: poetas del parpadeoJohn Berger: la mirada, el exilio, la diferencia. La mirada intersubjetivaGiorgio Agamben: el espíritu que viveRicardo Piglia: una vida no basta. En Twitter: @JdMRomeroBarea

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