Sánchez Mejías conduciendo un coche de carreras

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    Méritos de Ignacio Sánchez Mejías, gran torero y activo intelectual

    Amador Palacios - 16-03-2018

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    El pasado 1 de febrero se inauguró en Manzanares, municipio de la provincia de Ciudad Real, la exposición permanente que custodia el archivo personal del torero sevillano Ignacio Sánchez Mejías. Contiguo al llamado Museo del Queso, este importante fondo, que pueden consultar los investigadores, está ubicado en la Casa Malpica, dentro de los locales que conformaban una antigua farmacia más sus dependencias anexas, adaptándose novedosamente este reciente espacio museístico, en un recorrido que agrupa diáfanos paneles, llamativas vitrinas y vistosas imágenes, al de una recia y genuina casa solariega. En su Patio de Columnas penden variopintos relojes todos ellos parados a las cinco de la tarde, al hilo del clamor expresado por Federico García Lorca en su Llanto desgarrador:

     

    ¡Ay, qué terribles cinco de la tarde!

    ¡Eran las cinco en todos los relojes!

    ¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

     

    El 11 de agosto de 1934 Sánchez Mejías sustituía en el coso de Manzanares a Domingo Ortega. El no muy fiero toro Granadino le asestó una fatal cornada en el muslo. Él no quiso que lo operaran en la pequeña enfermería de la plaza de toros de la villa manchega. Trasladado a Madrid en una morosa ambulancia, fallecería de una incurable “gangrena gaseosa” (causada por una pujante infección bacteriana) dos días más tarde en la capital de España. La muerte del torero originó la célebre elegía que le dedicó García Lorca –un sonado poema del que se dice que es el mejor del poeta granadino (y con las Coplas manriqueñas la mejor elegía en lengua española)–, además de otras composiciones poéticas que escribieron, entre otros, Rafael Alberti, Gerardo Diego o Miguel Hernández. Precisamente Hernández escribió el drama El torero más valiente en homenaje a Sánchez Mejías. El personaje José, refiere el estudioso Jesucristo Riquelme, “como Ignacio Sánchez Mejías, no se corta la coleta y regresa a la plaza para sufrir una cogida mortal”.

     

    Yo me pregunto: la fama de Ignacio Sánchez Mejías ¿está abducida por la potente referencia lorquiana o corresponde a su valía como torero? Antonio Quevedo, que fue presidente de la peña taurina manzanareña que toma el nombre del matador, precisa con sobrado conocimiento que este torero fue buen torero, que en esa época no existía la filigrana técnica o estilística que hoy impera, que entonces los toros se presentaban en la plaza más embravecidos que ahora, y que Sánchez Mejías, sin duda, fue un espada valiente, quizá el más arrojado y temerario del momento. Tras su etapa de novillero y banderillero (así vistió de luces la primera vez, en México), tomó la alternativa en Barcelona en 1919, dándosela el afamado Joselito y actuando como testigo Juan Belmonte. Don Ventura, perspicaz cronista de la época, escribió: “Este torero ha traído algo nuevo a la fiesta de los toros; la exageración del peligro, más aún: la creación del peligro”. Eduardo Rebollo, aludiendo a su valentía, lo definió como “de despreocupado con los toros”. Sanz Villanueva es más contundente, al afirmar que el diestro sevillano ejecutó un “toreo suicida”.

     

    Ignacio Sánchez Mejías anunció su retirada en más de una ocasión, mas con la boca chica, pues el mono que sentía por torear siempre fue muy grande, abocándole a una irrenunciable condena (el toro corneó muchas veces al osado torero) que hizo cumplir su fatídico destino. En su monumental enciclopedia taurina, José María de Cossío interpreta: “Podrá discutirse su estilo de torear, su concepción de la lidia; pero a salvo de toda discusión queda su inconfundible carácter, imponiéndose al final, servido por la valentía más auténtica y sobrecogedora que nunca se haya exhibido en ruedos”.

     

    Su atrayente singularidad viene dada por la negación del tópico, alejándose, como señala Juan Carlos Gil González, del “concepto tradicional e intencionadamente casposo que se tenía del torero”. No solamente Sánchez Mejías era “brillante, culto, educado, versátil, seductor, mediático, polémico”, insiste Gil González describiendo su personalidad, sino también un variado y original escritor. Colaborador en los periódicos La Unión, de Sevilla, y Heraldo de Madrid, sus crónicas taurinas, escritas con suma corrección, realizan sincera autocrítica de sus faenas ante el toro. Cossío considera que Sánchez Mejías “flaqueaba en la suerte de matar y ello era tema de su preocupación”; y transcribe un jugoso y curioso mea culpa del propio Ignacio: “Os aseguro que a mí no me dan cuidado alguno los toros, que me parecen pobres animales inofensivos. Yo no tendría inconveniente, a su salida del toril, en sentarme en su testuz y dejarme dar una voltereta. Pero en el momento de perfilarme y arrancarme a matar, yo no sé lo que hago…; pierdo la noción de cómo debo obrar y pincho atropelladamente y desluzco todo mi trabajo”.

     

    Sus artículos de opinión muestran una lúcida aceptación de una posible realidad: “Y cuando le llegue el turno a las corridas de toros [el suprimirlas] suprimámoslas tranquilamente, sin ninguna clase de remordimientos, ni ninguna clase de quejas. Mientras que esto no llegue dejemos quietas las corridas de toros”. Como conferenciante poseyó un discurso muy rico y fluido; evidenciaba su palabra el personaje que realmente era. Julio Abril, en una entrevista que le hizo para el Nuevo Diario de Caracas, lo define como un “hombre diáfano y cultísimo”. Un personaje que fue cuñado de Joselito El Gallo (al que vio morir en Talavera), amante de La Argentinita (también mucho le atrajo Marcelle Auclair, gran amiga y luego biógrafa de Lorca). Presidió el club del Betis y la Cruz Roja de Sevilla, y su deportivo y decidido talante le llevó a la afición de conducir bólidos. El afamado diestro produjo el musical Las calles de Cádiz, creado para La Argentinita, con música de Manuel de Falla, arreglos musicales de García Lorca y decorados de Santiago Ontañón. Bajo el seudónimo de Jiménez Chavarri realizó los textos del espectáculo. Sánchez Mejías fue, además, autor de algunos poemas.

     

    En el homenaje a Góngora en Sevilla, en diciembre de 1927, del que surge el nombre de la afamada generación, la figura de Sánchez Mejías, como afirma Pedro González-Barba, “es mucho más que una mera anécdota. No olvidemos que sin su intervención quizá no hubiera viajado hasta Sevilla la brillante pléyade”, siendo verdadero mecenas en esa histórica ocasión. Pagó la famosa foto de los grandes poetas detrás de la mesa en ese homenaje gongorino, cuando, como señala Antonio Gallego Morell, “todavía, en 1927, posar ante la placa de cristal del fotógrafo es un acontecimiento”. Hay sobrados indicios de que el torero alentó a Fernando Villalón para que desarrollara su valiosa producción poética.

     

    La obra puramente literaria, de ficción, es muy sucinta en la producción de Sánchez Mejías; comprende tres obras de teatro terminadas (Zaya, Sinrazón y Ni más ni menos), otra inconclusa (Soledad, comedia en más de un acto), una novela sólo esbozada (El triunfo de la amargura) y unos cuantos poemas, además de los textos, ya aludidos, para el musical Las calles de Cádiz. En la presentación que hace García Lorca de la conferencia que pronunció Sánchez Mejías el 20 de febrero de 1930 en el Instituto de las Españas de Nueva York, ‘El pase de la muerte’, el poeta dice que el torero “termina con el estoque y se dirige a la literatura”, aseverando que Sánchez Mejías “es la fe, la voluntad, el hombre, el héroe puro”.

     

    El 22 de septiembre de 1925, el torero lee los tres capítulos de su novela en el Ateneo de Valladolid, que se publican en El Norte de Castilla, hasta que Andrés Amorós se enfrenta con el resto del manuscrito, una escritura en esbozo y extraviada durante años, reconstruyendo el relato para su publicación, pues en varias de sus hojas, tanto autógrafas como mecanografiadas, faltan títulos para algunos capítulos y hay anacolutos e incorrecciones, tanto sintácticas como ortográficas, debido al estado inacabado en que dejó su autor la apresurada composición. Hoy podemos leer La amargura del triunfo distribuida en nueve capítulos que refieren, con fuertes rasgos autobiográficos, la andanza del torero José Antonio, hijo del pobre casero de un cortijo, quien cosecha un verdadero éxito en las plazas pero que al tiempo sufre amarguras, tanto personales como profesionales (su incapacidad para encontrar una amada perpetua y asentarse definitivamente en el amor y sus luchas contra la prensa). Al cabo, José Antonio se ausenta de España y marcha a América, conformando su partida en la lujosa nave, avanzando por el océano, el final de la novela. La obra posee un lucido estilo y está armada en una muy adecuada estructura. La voz de la conciencia, atractivo contrapunto en el discurso argumentativo, la ejerce el castizo personaje Espeleta, mozo de estoques del protagonista, quien reconviene con asiduidad al controvertido héroe del relato: “Eso é lo que yo quiero, mataó, que esté usted contento. Quisiera má, que lo estuviera usted siempre, pero, pa está siempre contento, no se puen tené estas alegrías tan grandes. Porque estas alegrías duran poco y, cuando se conocen una vez, y luego no se tienen, se pone uno triste. A mío me ha pasao muchas veces. Pa está siempre contento, hay que quearse siempre a medio contentar”.

     

    La estudiosa de toda la producción literaria de Ignacio Sánchez Mejías, Susana Teruel, sostiene que La amargura del triunfo es una novela inacabada. Nosotros no lo creemos así. Pensamos que el autor la pensó como una novela de la extensión de una novela ejemplar, un relato o novela corta que, con acierto, deja abierto su final a través del último capítulo, ‘El viaje a México’. Además, en el manuscrito, después de la última frase de este capítulo figura la palabra FIN. A nuestro juicio no es una novela inacabada, sino esbozada, manteniendo sus justas dimensiones mas sin la precisa corrección que le confiera su carácter resolutorio.       

     

    Al parecer, en este tiempo, Sánchez Mejías pensaba escribir una biografía del torero Lagartijo, ideando también el redactar sus memorias. De estos años es su primera obra de teatro, Zayas, estrenada el 8 de agosto de 1928 en el Teatro Pereda de Santander, aunque después de su segundo drama, Sinrazón, por una cuestión de oportunidad en su promoción artística. Ostenta, como en la novela, el tema taurino, pero no al modo tópico, a la manera de Carmen o de otras producciones de Arniches, los Quintero, Esteso o Muñoz Seca. Lo que plantea enteramente Zayas, desenvuelta a través del tándem protagonista, D. Antonio, torero retirado, y Espeleta, su mozo de estoques (personaje coincidente, como hemos visto, con el de la novela) convertido en mayordomo (¿el título es un homenaje al banderillero Antonio Zayas, recuerdo vivo de la niñez del torero en Sevilla?), es un conflicto con verosímiles trazas autobiográficas, como ocurría en La amargura del triunfo. El diestro retirado D. Antonio, que acaba de volver de Inglaterra, vive en su hacienda campestre (¿máscara de la finca sevillana de Ignacio, Pino Montano?), ocupado en sus negocios agrícolas; casado con una mujer que odia los toros y con un hijo al que le gusta el fútbol y una hija apasionada del tenis. La familia cuenta con una empleada inglesa. Pero Espeleta continuamente hace revivir el pasado. En la obra, apunta Gallego Morell, “se contraponen el ayer y el hoy, las costumbres de Inglaterra y las de Sevilla, el tennis y los toros, la fonética y las construcciones andaluzas en el hablar de un hombre de campo, Francisco, o del propio Espeleta y las frases inglesas que el autor, en el original de la comedia, ofrece en doble texto al incluir también la transcripción para la pronunciación”. Mucho parece, como vuelve a precisar Gallego Morell, que en tantas ocasiones quien habla en la comedia no es D. Antonio, sino el propio Sánchez Mejías, que en su retirada en verdad no está aún “curado de su pasión por las tardes de corrida”. A este respecto, Cossío comenta que sus éxitos literarios no satisfacían enteramente “a su espíritu inquieto, a su necesidad temperamental de pugnar con una realidad dura y domeñarla incluso por la violencia. Este factor psicológico debió ser decisivo para su resolución de volver a las luchas del ruedo, con que nos sorprendió a todos en 1934”.

     

    Su segunda obra, Sinrazón, se estrenó el 24 de marzo de 1928 en el Teatro Calderón de Madrid. Sanchéz Mejías, aclara Antonio Gallego Morell, “no se presenta como autor teatral con una obra de tema taurino ni de ambiente andaluz. Y esto fue lo que desconcertó”. Sinrazón, insiste Gallego Morell, no atrajo especialmente a la crítica porque “no era fácil llevar a la mesa del investigador o del crítico la producción literaria de un afamado torero”. Buena parte de su escritura teatral, a partir de esta entrada, posee un fuerte sesgo vanguardista. Y esta obra Sánchez Mejías la escribe influido, como algunos notables dramaturgos de su tiempo, por las teorías de Sigmund Freud. La escena se sitúa en un par de clínicas psiquiátricas y su intención es desterrar la palabra “loco”. La tesis que la pieza desarrolla pretende confundir, o igualar, locura y cordura, como significando que todo arte es locura normalizada. El doctor Ballina, uno de los dos principales personajes, junto con D. Manuel, el loco que se ha curado y se vuelve más loco en su falsa cordura, expone, en largos parlamentos, presupuestos freudianos: “Hay quien opina, con sobrado fundamento, que la locura es al hombre despierto lo que el sueño al hombre dormido. Un hombre loco es, por tanto, un hombre que sueña continuamente. El sueño, según teorías modernas, es un deseo reprimido por nuestra conciencia”. Y esta otra cita, “la locura es un sueño continuo”, se exhibe como un verdadero emblema surrealista. Cyril Brian Morris, en su ya canónico estudio El surrealismo y España (1920-1936), señala que Sánchez Mejías acertadamente “descubrió en la enfermedad mental y en los instructivos tratamientos psiquiátricos de los perturbados mentales posibilidades dramáticas”.

     

    Su tercera pieza teatral, Ni más ni menos, no fue estrenada ni impresa en su momento. El estudioso de su teatro, tantas veces citado, informa que tras “la inicial farsa de locos, a la posterior farsa de toros, Ignacio incorpora ahora una farsa de ultratumba. […] En Ni más ni menos encontramos por primera vez al escritor del 27”. Una obra que, con aire de contrahecho auto sacramental, se esfuerza en diseñar una compleja escenografía (sus dos primeros cuadros son sólo eso: escenografía), potenciando, con fragrantes visos irracionales arropados de luminosidad verbal, un lenguaje poético muy característico del usado por la Generación del 27. Se crea en las tablas, con pericia sobrada en la disposición espacial de personajes y decorados, y en un transcurso escénico que discurre de lo más natural, una acción surrealista desarrollada “coloquialmente” en el ultramundo. Algo relacionada con Ni más ni menos es la comedia de Azorín Brandy, mucho brandy, estrenada en el Teatro del Centro de Madrid en marzo de 1927, donde el retrato del difunto, rico e infeliz, Lorenzo, condiciona la vida de los personajes; su fantasma, que aparece de viejo y de joven, soluciona las claves de la existencia.

     

    Soledad, comedia en más de un acto, es una obra inconclusa de la que se han conservado menos de una docena de páginas, encontradas por la hija del torero, María Teresa, en la finca familiar de Pino Montano. Susana María Teruel Martínez, autora de la tesis Ignacio Sánchez Mejías: torero y escritor. Su relación con la Vanguardia y con la Generación del 27, destaca en Soledad que Ignacio Sánchez Mejías “ha combinado tradición y modernidad en esta pieza de corte clásico [Gallego Morell subraya sus escenas sainetescas], ha sabido encumbrar y darle fuerza a un personaje femenino, como ya hicieran otros dramaturgos coetáneos del torero, como Unamuno, Azorín, Federico García Lorca, entre otros. El gran protagonismo de Soledad reside en su carácter enérgico y seguro que le confiere un grandioso poder de seducción en la obra. Soledad no tiene miedo y su valor hace que pueda enfrentarse a todos en la defensa de sus principios”.

     

    Estamos convencidos de que si Ignacio Sánchez Mejías no hubiese vuelto fatalmente a los ruedos, como era su intención, para dedicarse por entero a la literatura, su producción literaria hubiese crecido y engrandecido hasta extremos que lógicamente ignoramos. Pero, como señala Gallego Morell, entre los aplausos en la plaza y los aplausos en el teatro, “se enardecía más con los primeros”. Mas, si no hubiese tenido el mortal percance aquella tarde en Manzanares y, claro, Lorca no hubiese escrito su luego tan difundido Llanto, ¿en qué medida hubiese sido apreciado como escritor? Para bien o para mal, como inicia Andrés Amorós la espléndida edición de La amargura del triunfo: “Para muchos lectores, en el mundo entero, Ignacio Sánchez Mejías es solamente el nombre del protagonista de uno de los más hermosos poemas de Federico García Lorca, el Llanto. No pocos creen, incluso, que se trata de una figura ficticia, inventada por el poeta”. Si al morir Ignacio, García Lorca no hubiese escrito ese poema, ¿él hubiese quedado en los anales como un simple torero tremendista que, citándolo con la muleta, provocaba al astado sentado en el estribo?...

     

     

     

     

    Amador Palacios (Albacete, 1954) es poeta, ensayista y traductor. Como traductor ha puesto en español la poesía de Cesário Verde, Camilo Pesanha, Miguel Torga, Lêdo Ivo y Vinicius de Moraes, entre otros poetas portugueses y brasileños. Estudioso del movimiento vanguardista el Postismo, es biógrafo de Ángel Crespo y Gabino-Alejandro Carriedo. Su biografía del poeta Dionisio Cañas está próxima a publicarse. Crítico y columnista del suplemento ‘Artes & Letras’ del diario ABC en su edición castellano-manchega. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, Las visitas de Dionisio Cañas a Philip Cummings, amigo, traductor y “ligue” de Federico García LorcaSi fuésemos centaurosSobre ateísmo, sobre religiosidad, sobre CristoAutobiografía apócrifa de Gabino-Alejandro Carriedo. Dentro de la poesía comprometida. 

     

     

     

     

    Bibliografía

     

    Amorós, Andrés. ‘El último amor que lloró a Ignacio Sánchez Mejías’. Madrid, ABC, 3 de mayo de 2014.

     

    Azorín. Brandy, mucho brandy. En Teatro de Azorín. Madrid, Escelicer, 1966.

     

    Cossío, José María de. Los Toros. tratado técnico e histórico. Madrid, Espasa Calpe, 1960. Tomo III.

     

    Eisenberg, Daniel. ‘Un texto lorquiano descubierto el Nueva York. La presentación de Sánchez Mejías’. Bulletin Hispanique. Burdeos, Éditions Biére, janvier-juin, 1978. En internet, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

     

    González-Barba, Pedro. ‘Sevilla en el homenaje a Góngora’. Revista digital Letralibre.es.

     

    Morris, C.B. El surrealismo y España. 1920-1936. Madrid, Espasa Calpe, 2000.

     

    Riquelme, Jesucristo. ‘Miguel Hernández y el teatro’. En el catálogo de la exposición Miguel Hernández: la sombra vencida, 1910-2010. Madrid, Biblioteca Nacional.

     

    Sánchez Mejías, Ignacio. Teatro. Edición de Antonio Gallego Morell. Madrid, Espasa Calpe, 1988.

     

    Sánchez Mejías, Ignacio. La amargura del triunfo. Edición e introducción de Andrés Amorós. Córdoba, Berenice, 2009.

     

    Sánchez Mejías, Ignacio. Sobre tauromaquia: obra periodística, conferencias y entrevistas. Edición e introducción de Juan Carlos Gil González. Córdoba, Berenice, 2010.

     

    Sanz Villanueva, Santos. ‘Reseña de la amargura del triunfo’, de Ignacio Sánchez Mejías. Madrid, El Cultural, Diario El Mundo, 6 de noviembre de 2009.

     

    Teruel Martínez, Susana María. Ignacio Sánchez Mejías: torero y escritor. Su relación con la Vanguardia y con la Generación del 27. Tesis doctoral. Universidad de Murcia. Departamento de Literatura Española, Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. En Tesis Doctorales en Red.

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