Portada del libro, con ilustración de Istvan Betuker

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    Al principio fue el fin. La abajo firmante declara…

    Adriana Georgescu - 06-04-2018

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    I

     

    El 29 de julio salgo de la casa del general Rădescu y monto en mi bicicleta. Dos coches se paran de repente y me bloquean entre ellos.

     

    —Los papeles de la bicicleta. Nos han informado de que la has robado. Sube al coche. Quedas detenida.

    —¿Es que no se atreven a decir la verdad? Me detienen porque salgo de la casa del general Rădescu. Soy su abogada.

     

    Abro la cartera y les enseño el poder y los papeles de la bicicleta.

     

    —No nos hace falta el poder. Quedas detenida. Vamos, sube si no quieres que te hagamos subir nosotros.

     

    Les tiro la bicicleta y echo a correr por el bulevar. Paso frente a un reloj que marca las 11.30. Aún falta media hora para el almuerzo. He de librarme de ellos y conseguir entregar el mensaje que llevo escondido en el moño. Noto que alguien me agarra de los brazos.

     

    —No grites ni vuelvas la cabeza.

     

    Pero la vuelvo y distingo en la acera de enfrente una silueta conocida. Grito:

     

    —¡Horia!

     

    Una mano me agarra del cuello y me lo aprieta.

     

    —No grites.

     

    Le chillo al que está atravesando la calle:

     

    —Diga en la sede del Partido Liberal que me han detenido.

     

    Una voz completamente extraña me contesta:

     

    —¿Pero cómo se llama usted?

     

    Me pongo a dar patadas a los dos hombres que me tienen sujeta por los brazos. Por un momento consigo soltarme. Corro hacia el que me ha respondido. No es mi amigo. Solo la silueta es parecida. Una mano me agarra por detrás y me tapa la boca. Me revuelvo. Me sofoco. Me levantan. Sigo resistiéndome. Me golpean la cabeza contra la portezuela del coche.

     

    El vehículo arranca. Me noto la cabeza pesada. ¿Se me habrá deshecho el moño? Siento en las costillas, a derecha e izquierda, dos pistolas.

     

    —Como hagas un solo movimiento, disparamos.

     

    Quiero tocarme el moño. Lo pienso mejor y renuncio a hacerlo.

     

    —Si gritas, disparamos.

     

    El automóvil se para frente al Ministerio del Interior. Sigue estando el mismo portero. Me saluda lleno de estupor. Un segundo coche se detiene detrás de nosotros. En la baca, la bicicleta. Me hacen subir al primer piso. No hay nadie por los pasillos. Pasamos por delante de mi antiguo despacho; luego, por el de Teohari Georgescu. Me meten de un empujón en el despacho que fue de Radu Ionescu. De pie, un hombre rubio. Dos más que están fumando.

     

    —¡Por fin! ¡Ya está aquí la terrorista!

     

    Suelto una carcajada. Me alegra que no me hayan registrado y que no se me haya soltado el moño.

     

    —Por lo visto hablan de ustedes mismos. Me detienen por la calle sin orden de detención. Desde el punto de vista legal…

     

    El individuo rubio viene hacia mí.

     

    —Mejor sería que te callaras la boca. ¿Te gustaría saborear los placeres de Siberia? Después de haber cerrado tú el despacho de Teohari Georgescu, ¿aún necesitas orden de detención?

    —O sea, que porque he cerrado con llave el despacho soy una terrorista. Todo está clarísimo.

    —Eres una insolente. Vamos a tener ocasión de divertirnos.

     

    Levanta la mano. Un bofetón. Dos. Tres. Pierdo la cuenta. Por fin, se para.

     

    —¿Quiénes eran las personas a las que el general te pidió que fueses a ver de su parte? ¿Con quién mantenías contacto?

     

    Las mejillas me arden y me noto en la boca un gusto a sangre. No puedo hablar. Les muestro el poder. Me arrancan el bolso de la mano.

     

    —¿Cuántas octavillas has repartido?

     

    Me encojo de hombros.

     

    —¡Nosotros te soltaremos la lengua, no te preocupes! Haremos lo que sea. Te vigilamos desde hace mucho.

     

    Aprieta un botón. Dos militares entran en la estancia. El tipo rubio me quita el reloj y el cinturón. Los dos militares me empujan hasta la puerta. En el despacho, los tres tipos hurgan en mi cartera.

     

    Al final del segundo pasillo veo el WC. Pido permiso para ir. Los dos soldados se miran entre sí. Uno de ellos dice:

     

    —Es contrario al reglamento, pero vete. Te esperamos en la puerta.

     

    Entro, cierro la puerta, tiro de la cadena y me suelto el moño. El papel cae al suelo. Me agacho, lo rompo a pedacitos muy pequeños y lo tiro al váter. Espero unos instantes, vuelvo a tirar de la cadena. No hay rastros de papel. Me arreglo un poco el moño. Tiro de la cadena y salgo. Durante todo este rato he estado tosiendo.

     

    ¿Acaso se habrán dado cuenta de que voy despeinada? No. Me empujan hacia adelante. Bajamos la escalera. En el sótano, me entregan a dos civiles.

     

    —¿Se ha parado por el camino?

    —No.

     

    Respiro aliviada. Así pues, los soldados no son comunistas.

     

    Uno de los militares agrega:

     

    —Al calabozo.

     

    Otro corredor. Una hilera de celdas. De vez en cuando, algún grito. Una mano en el hombro.

     

    —¡Aquí!

     

    Se abre una puerta… Me empujan a la oscuridad. No veo nada. Pruebo a sentarme. No lo consigo. Quiero acurrucarme. Imposible. La celda tiene las dimensiones de un ataúd, de un ataúd en posición vertical. Quiero apoyarme en la pared. Estoy temblando. Las paredes están recubiertas de una chapa húmeda y helada. Tengo sed, me noto la cabeza pesada. Oigo pasos. Silencio. Luego, otro ruido, muy fuerte y muy cerca: son los latidos de mi corazón. Lentamente, se ponen a bailar ante mis ojos estrellas rojas, círculos amarillos, más círculos amarillos. Los círculos giran y giran… Vuelvo en mí. Estoy tumbada en el suelo del pasillo. Me paso la mano por la cara: tengo el pelo húmedo.

     

    —Vamos, ya ha abierto los ojos. Subidla al primer piso.

     

    Dos hombres vestidos de paisano me levantan. Las pistolas en las costillas. Me sostienen por los sobacos, me empujan. No entiendo nada. ¿Dónde están los militares? ¿Por qué me llevan a empellones? Abren una puerta, me meten a empujones en una habitación. Una ventana abierta. Aire. Afuera está oscuro. El mismo hombre rubio:

     

    —¿Qué contactos hacías desde el despacho de la plaza del Palacio?

    —Ninguno.

    —Si quieres salir bien parada, firma aquí.

     

    Me extiende un papel. Las letras me bailan ante los ojos.

     

    —No puedo leer. Y, aunque pudiera, no firmaría nada.

    —Lo vas a sentir. Muy pronto, los instrumentos de la reacción se morderán las manos y llorarán de pesar.

    —No firmo nada.

     

    El hombre rubio me venda los ojos, me pone las manos en la espalda y me coloca unas esposas. Las primeras son demasiado anchas.

     

    —¿Renunciamos a las esposas, camarada?

    —No, por esta no vamos a escatimar ningún sacrificio.

     

    Todos se echan a reír.

     

    —Prueba con estas.

     

    Alguien me retuerce las muñecas. Las esposas me aprietan. Pesan. Siento que me voy a caer de espaldas. Me resbalo por las escaleras, aunque me sostienen dos hombres. Noto el aire fresco. Quizá estemos en la calle. Me meten en un coche. El automóvil arranca. Las pistolas en las costillas.

     

    —Como hagas un solo movimiento, disparamos.

     

    ¿Estarán las pistolas cargadas?

     

    Me parece que el coche lleva rodando desde hace una eternidad. Un brusco frenazo. Ruido de puertas que se abren. Deben de ser de hierro.

     

    Alguien abre la portezuela y me empuja.

     

    —Vamos, baja. Hemos llegado.

     

     

    *      *     *

     

    Me arrancan la venda de los ojos en una habitación que parece el compartimiento de un tren. Arriba del todo, junto al techo, una ventana pequeña, cuadrada y cerrada. Para que alguien pudiera llegar a la ventana tendría que trepar por la litera superpuesta donde yacía una silueta vuelta de espaldas a mí. Dos pies hinchados y mugrientos salen por debajo de la manta. Noto la pistola en las costillas.

     

    —Está prohibido hablar, ¿lo has entendido?

     

    El guardián cierra la puerta. Me siento en la cama. Es un tablón muy frío. Me duelen los ojos. Trato de dormir. No puedo hacerlo con la luz encendida y me levanto.

     

    —¿Cómo se apaga la luz?

     

    La silueta de arriba se vuelve lentamente. Una luz muy potente le ilumina la cara. Una cara redonda y joven. Manchas rojas en los pómulos. Mira a la mirilla de la puerta. Se lleva despacio la mano a la mejilla y, dejándola resbalar, se aprieta los labios con un dedo. Comprendo. No debemos hablar. Pueden vernos. Me vuelvo a tumbar en la cama. Boca abajo, a causa de las esposas. Trato de poner la cabeza ladeada para poder respirar. Pasos por el corredor. Un ruido metálico. ¿Cadenas? Luego, más pasos, que se detienen frente a nuestra celda. Se abre la puerta:

     

    —Levántate.

     

    Quiero ponerme en pie, pero no lo consigo y me caigo de bruces sobre la tabla. El guardián suelta una sonora carcajada. Me estira del brazo.

     

    —Venga, vamos, guapetona.

     

    Ya no siento los brazos; en su lugar, un profundo dolor. Atravesamos un corredor. Celdas. Los mismos ojos en todas las puertas. Una serie interminable de ojos de cerradura que me miran.

     

    Un despacho. Cuatro hombres. Uno pequeño y gordo con bigote. Otro, un hocico puntiagudo como de rata. Los otros dos discuten de espaldas a mí.

     

    —Mira lo bien que le sientan esas pulseras a la golfa esta. Este es el modelo de pulseras que dentro de poco llevará toda la reacción. No te escondías así, detrás de la espalda, las pulseras de oro que lucías en las recepciones norteamericanas. Aunque pesaban lo mismo.

    —Nunca he llevado pulseras de oro.

     

    Me habría gustado decirles que siempre fui demasiado pobre para comprarme pulseras de oro, pero lo pienso mejor. ¿De qué iba a servir? Vuelvo a ver mi bolso encima del escritorio. Me quedo mirándolo con ternura, como si fuera un ser humano. Es la única cosa que me une al mundo exterior. El hombre con aspecto de rata saca de mi bolso un paquete de Pall Mall.

     

    —Si eres buena y me dices quién fue el funcionario americano que te dio estos cigarrillos, mandaré que te quiten las esposas.

    —Los compré a quinientos leus el paquete.

    —Sabes que tenemos medios para hacerte hablar.

     

    Los brazos me cuelgan hacia atrás con todo su peso. El hombre rata coge una llave del escritorio y se acerca a mí.

     

    —Vas a firmar este papel.

     

    Ruido de llave en las esposas. Me enderezo un poco, pero los brazos me cuelgan más pesados si cabe. El hombre rata se sienta. Otro se levanta y se dirige hacia mí. Me echo atrás y me apoyo en la pared. Me agarra de la muñeca y me lleva a rastras hasta el centro de la habitación.

     

    —¿Quién te ha dado permiso para que te apoyes? Firma.

     

    Me empuja hasta el escritorio. En el papel, las letras bailan y bailan. Inventario del detenido.

     

    —Salvo el bolso y la bicicleta, no tengo nada.

     

    Todos rompen a reír, excepto el hombre rata que me espeta:

     

    —¡Qué imbéciles son todas las reaccionarias! Es el inventario de lo que llevas encima.

     

    Interviene otro:

     

    —Eres dura de mollera. Venga, desnúdate.

     

    Retrocedo. Se me ha puesto la carne de gallina.

     

    —¡Desnúdate, vamos! –ahora grita; yo estoy inmóvil, petrificada–. ¿Estás sorda? ¡Desnúdate!

     

    Estoy helada, me tiemblan las piernas. Doy un paso atrás. Vuelvo a encontrar la pared. Me apoyo.

     

    Dos de ellos se han levantado y vienen hacia mí. El hombre rata chilla:

     

    —Está prohibido apoyarse en la pared. ¡Desnúdate!

     

    Los dos sujetos me agarran. Me resisto. Ellos se ríen. La habitación gira en torno mío. La cabeza se me queda cogida entre el vestido que ellos tratan de quitarme. Se me cae la combinación. No puedo aguantarme. Cierro los ojos y me pongo a dar puñetazos y patadas a diestro y siniestro. Alguien me agarra y me da un cabezazo contra la pared. Oigo ruido. Otro bofetón. Me sueltan. Abro los ojos, me doy la vuelta, vuelvo a encontrar la pared y me pego a ella. Ellos se ríen otra vez y me arrojan un mono. Me agacho y lo cojo. El suelo me atrae la cabeza como si fuera un imán. No logro coger el mono. Uno de los hombres lo coge y me lo da.

     

    —¡Eso es, puta reaccionaria, te vamos a vestir como si fueras una muñeca! ¡Estás muy melindrosa, pero nosotros somos unos buenos chicos, lo aguantamos todo!

     

    El mono es pura mugre. Huele que apesta y me entran náuseas. Me lo aprieto al cuello para que no se me deslice por los hombros de lo grande que es.

     

    —Si firmas aquí, te soltamos.

     

    Ahora ya no es la hoja del inventario. Un folio escrito a máquina. La abajo firmante declara que…

     

    —No puedo leer.

     

    Una pistola está apuntándome.

     

    —Firma o te matamos.

     

    —¡Hacedlo, vamos, hacedlo! –digo a voz en grito.

     

    Un momento de silencio. El hombre rata coloca despacio la pistola en la mesa, viene hacia mí y me tiende una silla:

     

    —Siéntate.

     

    A continuación, me quita las manos que yo tenía aferradas al cuello y tira del mono con la mano derecha.

     

    —¡Mirad, tiene los hombros bronceados la puta fascista esta!

     

    Un escupitajo suyo me resbala desde el hombro a lo largo de la espalda.

     

    Me echo a reír. ¿Por qué río en lugar de llorar? Río, río con lágrimas, no puedo pararme.

     

    —Está histérica.

     

    Mi risa continúa a lo largo del corredor por donde pasamos. La celda. A través de la ventana se divisa una pálida aurora. Me parece que se está haciendo de día. Me derrumbo en el camastro. No me han puesto las esposas. ¿Qué querrán que firme? En realidad, ¿qué saben ellos? Cierro los ojos. Tengo la sensación de que se me está hinchando la cabeza muy deprisa, como un globo, al tiempo que las piernas se me estiran. Y los dientes, los dientes se me alargan. Abro la boca. En cada diente me ha salido una tabla por la cual se pasean unos hombres con botas. Oigo cómo resuenan sus pasos en el interior. Tengo sed.

     

     

    *     *     *

     

    Hace mucho calor en la celda. El mono se me pega a la piel. Su olor es tan repugnante que cada efluvio me provoca náuseas. Además, no he comido ni bebido nada desde que me detuvieron. ¿Ayer? ¿Fue ayer? Se abre la puerta. Dos guardianes que me parecen enormes. Uno de ellos tiene en la mano una hoja de papel y me señala con el dedo.

     

    —55.

     

    Luego, a la silueta de arriba.

     

    —¿Te has despertado ya, Iulişca? Vale, la 54 también está sin novedad.

     

    Ponen encima de mi tabla dos escudillas y una jarra de agua. En cada escudilla una pelota de polenta.

     

    Del borde de la litera de arriba aparece primero una pierna y luego la otra. La mujer baja a mi litera. Por vez primera la veo de pie. El mismo mono que yo, pero rasgado en la barriga. Una barriga enorme. ¡Embarazada! El rostro es muy joven. Ni una arruga, solo manchas rojas. Coge la escudilla y se pone a masticar ruidosamente para ahogar la voz. Me dice simplemente:

     

    —Budapest.

     

    De modo que es húngara.

     

    La puerta se abre. Otro guardián.

     

    —Iulişca, ven. A tomar el aire.

     

    Engullo con dificultad la bola de polenta seca y dura. Me tumbo. ¿Cuánto tiempo he dormido? ¿Seguro que he dormido?

     

    Acaba de abrirse la puerta otra vez y el guardián se echa a un lado para dejar pasar a un hombre de ojos azules y aspecto bonachón. Es el primero que me dice buenos días. Se sienta al borde de mi cama, me toma la mano.

     

    —¿Por qué no quieres firmar?

    —Ayer ni siquiera podía leer. No habría podido sostener un lápiz en la mano.

    —Un consejo de amigo. Firma todo lo que ellos te pidan.

    —¿“Ellos”? ¿Quiénes son ellos? Usted, por lo menos, habla el rumano sin acento extranjero.

    —¿Repartiste octavillas T?

    —He repartido muchas octavillas. T era una de ellas.

    —¿Por qué lo hiciste?

    —Si la prensa fuera libre no habríamos tenido necesidad de hacerlo.

    —Te aconsejo que no vuelvas a repetir esa frase. No vas a conseguir nada siendo tan insolente.

     

    Se ha ido. El sol entra en la celda y choca contra la bombilla siempre encendida. Noto que soy incapaz de concentrarme. Dos chinches se pasean por la pared de enfrente. Ellas tienen libertad para pasearse. ¿Cuánto tiempo he estado mirándolas? La puerta vuelve a abrirse.

     

    —55. A tomar el aire. En el patio no está permitido volver la cabeza. Mira siempre al frente. ¿Entendido?

     

    Antes, me llevan al WC.

     

    —Deja la puerta abierta.

     

    Me entran ganas de emprenderla a golpes con él, conmigo, con todo el mundo. Me contengo. Dejo la puerta abierta.

     

    Vamos por el corredor en sentido inverso. Salimos al patio. Por encima, observo un edificio grande. La cárcel tiene el aspecto de un establo. El patio: un espacio cuadrado, dos aceras. Voy arrastrando los pasos de una punta a otra de la acera. El edificio grande de enfrente parece vacío. No lo conozco. Me gustaría muchísimo saber en qué barrio estamos. En la otra acera, pasos. Quiero volver la cabeza. Una mano húmeda se me posa en la nuca.

     

    —Mira al frente o te suprimo el “aire”.

     

    El sol abrasa. Debe de ser mediodía. Las piernas me pesan cada vez más. El mono está húmedo de sudor. El cielo es muy azul. Ni una nube. Ni una.

     

    Ruido de puertas que se abren. Un coche entra en el patio. Baja el hombre rata y se pone a chillar.

     

    —¿Quién le ha concedido “aire” a esta inmunda reaccionaria?

     

    El guardián me propina varios puñetazos. El hombre rata sigue chillando:

     

    —Perra, víbora, mala puta…

     

    El guardián me lleva de nuevo a la celda. Iulişca está otra vez en su cama. Ninguna expresión en su rostro. Me tumbo. ¿Y si da a luz aquí? Pasan las horas. ¿O no pasan? Iulişca calla. Quizá esté mirando al techo. Cuento los pasos que resuenan por el corredor para intentar dormir.

     

     

    *     *     *

     

    Afuera está oscuro y los pasos en el corredor no cesan. Tengo la impresión de que el tiempo está cargado de ruido de pisadas. Una detonación. Un grito. Arriba, Iulişca ya no se revuelve de un lado para otro. Se diría que duerme. Los pasos. La puerta.

     

    —¡Cincuenta y cinco! ¡A interrogatorio!

     

    De repente me entra frío.

     

    En el despacho, caras nuevas.

     

    —¿Quieres algo?

    —No.

    —¿Un cigarrillo?

     

    Me alargan un paquete. Cojo un cigarrillo. Alguien me da fuego… Tiro la primera bocanada de humo y todo se pone a dar vueltas a mi alrededor. Retrocedo unos pasos para apoyarme en la pared.

     

    —No tienes permiso para apoyarte.

     

    Me dan ganas de vomitar.

     

    —Has reconocido que repartiste octavillas T.

    —Las octavillas sustituyen a los periódicos que ustedes han suspendido.

    —Esto no es un juzgado para que te pongas a litigar.

    —Ya me he dado cuenta.

    —De lo que yo me he dado cuenta sobre todo es de que eres una insolente. Sabes muy bien que en las octavillas T se afirmaba que Inglaterra y los Estados Unidos querían una paz justa y los rusos una paz rusa.

    —Ni Inglaterra ni Norteamérica enviaron a los ministros de Exteriores para imponer un gobierno en Rumanía. Sin elecciones.

    —Estás recitando la lección que te enseñó el verdugo Rădescu.

    —No. Digo lo que pensamos todos.

     

    Estoy esperando a que me peguen, pero no se levantan de la silla.

     

    —¿Qué fue lo que se habló en casa de Maniu la semana pasada?

    —La semana pasada yo estaba en Sinaia.

    —Tendrás que hacer una declaración de lo que hablaste hace dos días con ese otro instrumento de la reacción que es Mircea Ioaniţiu.

    —No estuve con Mircea hace dos días.

    —¿Cómo lo conociste?

    —Fuimos compañeros de carrera.

    —Siéntate y escribe lo que hablaste con el secretario del rey.

    —No he hablado nada con él.

    —¿Dónde se esconde Mihai Fărcăşanu?

    —No lo sé.

    —¿Dónde se esconde Vintilă Brătianu[1]?

    —No lo sé.

    —Resume la conversación entre Brătianu y Burton Berry.

    —No sé nada.

    —Resume la conversación entre Maniu y Meţianu[2]. Si nos la cuentas, te soltamos.

     

    Finjo reflexionar para poder recapitular. Quieren comprometer a toda la oposición con mi declaración.

     

    —No tengo nada que escribir. No sé nada.

     

    El que estaba mirando por la ventana viene hacia mí.

     

    —Oye lo que voy a leerte. Luego firmarás. De lo contrario, te mato en el acto.

     

    La abajo firmante declara que se puso de acuerdo con Mircea Ioaniţiu, secretario general del rey, para confiar el depósito de armas a Vintilă Brătianu. Tras las conversaciones entre Maniu, Brătianu, Burton Berry y Meţianu, las cuales me encargué de transmitir a Rădescu, se decidió crear una organización subversiva llamada T, es decir, Terror. El objetivo de dicha organización es liquidar a todos los dirigentes de nuestra democracia, instaurada gracias a las luchas y sacrificios del pueblo, y arrojar al país a las garras del fascismo. El jefe supremo de esa organización es el general Rădescu.

     

    No protesto y lo dejo que siga leyendo. Son tan ingenuos que me descubren así sus planes con antelación. ¿Qué pretenden con este montaje? Estoy muy lúcida. El que interroga continúa:

     

    Reconozco haber prestado el siguiente juramento: “Juro no revelar jamás a nadie la existencia de esta organización ni de los miembros cuya identidad pueda conocer. Si alguna vez vulnero mi juramento, eso equivaldrá a una traición y podrán fusilarme. Hago este juramento libremente y sin que nadie me obligu”.

     

    La señal para pasar a la acción ha de darla el general Rădescu por orden del rey.

     

    No puedo aguantarme. Me dan ganas de reír.

     

    —Es inútil que sigáis leyendo todas esas mentiras. No cuelan.

    —Eres una perra reaccionaria; como no firmes te fusilamos.

     

    Me encojo de hombros.

     

    —Estáis perdiendo el tiempo inútilmente.

    —¡Terrorista infame! Tienes que firmar.

    —No, los terroristas sois vosotros.

     

    Bofetones. Puñetazos. Me revuelvo. Me tiran al suelo y me pisotean.

     

    —¡Firma o te mato! ¡Firma!

     

    Uno de ellos me inmoviliza los brazos y otro las piernas. Un tercero saca de un cajón una especie de manga atada en ambos extremos y rellena ¿con qué?

     

    —¿Vas a firmar?

     

    Estoy callada. Se agacha, me pone un pañuelo grueso en la boca y azota el aire con la manga. El aire silba.

     

    —¿Vas a firmar?

     

    Miro la manga sobrevolar sobre mi cabeza. Guardo silencio.

     

    —Muy bien. Agarradla vosotros entonces.

     

    El primer golpe me da en el muslo. El segundo en pleno rostro. A mi alrededor, todo silba y me da vueltas. Me retuerzo. Todos gritan. ¿Y yo? Muerdo, muerdo el pañuelo que tengo en la boca. El muslo, otra vez en el muslo. Círculos. El amarillo gira, gira y se acerca. Ya no sé nada.

     

     

    *     *     *

     

    ¿Desde cuándo estoy tendida en la cama? ¿He tenido una pesadilla? Iulişca tiene una cabeza muy grande. Ah, no, es la barriga. ¿Y si pare? Esta luz… Quiero darme la vuelta. El muslo me arde. Me lo toco. El mono está pegado a la piel. Trato de despegarlo. Chillo. No puedo levantarme. Logro poner la mano en la piel y la retiro húmeda: ¡es sangre!

     

    Pasos. Se detienen. La puerta. Un hombre vestido de blanco. Lleva en la mano una jeringuilla. Se acerca, me tira del mono y me deja el brazo al descubierto. Me pone una inyección. Estoy temblando, tengo frío, ya no sé cómo mantener la cabeza. Se me cae, se me cae, se hincha. Me sumerjo.

     

     

    *     *     *

     

    Me despierto, aún estoy aturdida. Afuera ya hay luz. En la cama, una pelota de polenta. Trato de levantarme. Me parece recordar que… ¿Fue un sueño? ¿Estuve de verdad en aquellos pasillos? Creo que el hombre rata me tendía una hoja de papel. ¿Qué firmé? ¿Firmé algo? No lo sé. Quiero ponerme de pie, pero no lo consigo. La inyección. ¿Qué contenía la ampolla? ¿Habré estado soñando? ¿Habré firmado? ¿Los detendrán?

     

     

    *     *     *

     

    Deben de haber pasado muchos días. No sé cuántos. No consigo contarlos. Un único pensamiento: después de la inyección, ¿firmé o no? ¿Estuve soñando o no?

     

    Una vez al día me arrastran hasta el WC. La puerta se queda abierta. Los guardianes se ríen a carcajadas.

     

    —¡Qué buena estás! Como al otro día después de la noche de bodas. ¡Tía buena!

     

     

    *     *     *

     

    Estoy sentada al borde de la cama, con las piernas colgando. Me miro las piernas que ahora se parecen a las de Iulişca. Hinchadas y mugrientas. Tengo sed todo el tiempo. Aquí el agua tiene un sabor raro, salobre, nauseabundo. Y solo tengo derecho a un vaso al día.

     

    Hoy de nuevo se detienen los pasos ante la puerta.

     

    —55, a interrogatorio.

     

    Conque no he firmado todas las declaraciones. A pesar de la perspectiva del interrogatorio, diría que siento alivio.

     

    En el despacho, objetos nuevos: reflectores. Se encienden y se apagan y están enfrente de mis ojos. Me dictan preguntas y respuestas. Me niego a escribir. Los ojos me arden. Aunque los cierre. Noto puntos de fuego en los párpados.

     

    —Escribe: En la asamblea subversiva participaron Brătianu, Maniu, Burton Berry, Mihai Fărcăşanu, Vintilă Brătianu, Mircea Ioaniţiu…

     

    Continúa. Nombres y más nombres. Más de cincuenta.

     

    Murmuro:

     

    —Una sala al completo, ¿verdad?

     

    El hombre rata chilla:

     

    —¿Qué quieres decir?

    —Que todas esas personas podrían llenar una sala grande. Para ser una reunión subversiva éramos más bien muchos.

     

    Consigo pensar pese a los golpes que llueven sobre mí. Quieren destruir a toda la oposición y atacar al rey. Mi papel en esta pantomima es hacer declaraciones que permitan detener a los principales dirigentes políticos. En el caso de una posible nota de protesta aliada, mis declaraciones podrían servirles.

     

    Me pegan sin parar. Grito:

     

    —No voy a firmar nada, nada.

     

    Me conducen a una celda más pequeña y sin tablón donde tenderme. En el suelo, cemento. Hace mucho calor. Me acurruco en el suelo. La puerta se abre:

     

    —Está prohibido sentarse. No te apoyes. Quédate de pie o pasea.

     

    La luz es menos violenta. El cemento está húmedo.

     

     

    *     *     *

     

    De nuevo en el despacho. Vuelve a empezar el juego de los reflectores.

     

    —Tenemos aquí las declaraciones de Ţeţu[3] quien certifica que serviste de contacto entre él y Rădescu. Míralas aquí. ¿Cómo conociste a Ţeţu?

    —Fuimos compañeros en la Facultad.

    —¿Sabes que Rădescu tenía prohibido ver a políticos?

    —Ţeţu no era ningún político.

    —Según tú, ¿el jefe activo de una organización subversiva no es ningún político?

    —¿Qué organización subversiva?

    —La organización T de la que declaraste haber formado parte.

     

    Respiro aliviada. La declaración que firmé probablemente después de la inyección. Podía haber sido más grave.

     

    —¿Te has quedado muda?

     

    Me río.

     

    —¡Esa boca! No tienes de qué reírte, ¡mala puta! En tu declaración reconociste que cumpliste las órdenes de Ţeţu y que prestaste juramento delante de él.

     

    ¿Yo prestando juramento delante de Ţeţu? Una escena irresistible. Ya no noto el dolor de las piernas, del muslo y de los brazos. Me río casi con ganas.

     

    El hombre rata viene hacia mí. Me coge con cuidado la cabeza con las manos y se pone a golpearla contra la pared. En la boca tengo un gusto a sangre. Estoy en el suelo. Alguien grita:

     

    —Está loca de atar.

     

    El hombre rata saca del cajón la misma manga. Ya no sé nada más…

     

     

    *     *     *

     

    Estoy tendida en el tablón. Iulişca ha venido a mi lado. Está llorando. Por vez primera la veo llorar. Me coge de la mano cada vez que los pasos parecen detenerse delante de nuestra puerta. Luego empieza a hacerme señales. Quiere hablarme. Se pone las manos en la barriga y luego me señala el pasillo con el dedo. Después lo dirige hacia mí. Ahora tiene en las manos una botella imaginaria y hace como que bebe y bebe. Los ojos se le agrandan aterrados. Le hago un gesto interrogante. No entiendo, no quiero entender. Prueba con el alfabeto de los mudos. Nunca habría creído que un juego que se aprende en el parvulario podría servirme en tales momentos y, sobre todo, para semejantes confidencias. La sigo con dificultad. Debe de hablar muy mal el rumano y chapurrea las palaras: guardianes, bebo, está prohibido, abandonar la cárcel, cuando se vaya el personal que interroga… Se echa a temblar, no consigue continuar. Vuelve a ponerse una mano en la barriga y con la otra me señala sin cesar.

     

    De pronto se nota mucho calor en la celda. Me levanto de un salto. Me cojo la cabeza con las manos, doy un par de pasos y llego hasta la puerta. Me vuelvo, doy otros cuatro pasos, llego a la pared, me doy la vuelta, otros cuatro más y llego a la pared, me doy la vuelta…

     

     

     

    Este texto corresponde a Al principio fue el fin, novela autobiográfica que, traducida por Joaquín Garrigós, la editorial Xorki publica este mes de abril. El libro será presentado por Mira Milosevic y Mariana Sipos el 5 de junio a las 20 horas en el pabellón de Rumanía de la Feria del Libro de Madrid.

     

     

     

     

    Adriana Georgescu (1920-2005), brillante abogada y periodista rumana, es una gran referencia para la lucha de la libertad en su país. Esta lucha está unida al movimiento juvenil que nació como resistencia del régimen del general Antonescu, pro-nazi durante la Segunda Guerra Mundial, y continuó al ver que los métodos de los liberadores soviéticos distaban mucho del ideal democrático. Fue una de las primeras víctimas del gobierno prosoviético que se instaló en Bucarest tras la Segunda Guerra Mundial. Fue  detenida el 6 de marzo de 1945, cuando tenía 24 años, acusada de conspirar contra el nuevo régimen de Gheorghiu-Dej, torturada, violada y humillada, entre ellos por el agente soviético Alenxandru Nikolsci, que acabaría convirtiéndose en el jefe de Securitate, la temible policía secreta de Nicolae Ceausescu. Con ayuda de Stefan Cosmovici, también miembro del movimiento opositor y posteriormente su esposo, logra escapar del país en 1948. Se instala en Francia donde trabaja en la oficina editorial de la Unión Rumana. En 1952 participa en los procesos anticomunistas, posteriormente también en Berna (1955). Fue corresponsal de las Naciones Unidas en Radio París y Radio Europa Libre, y más tarde de la BBC, sección rumana. En plena guerra fría sufrió un atentado que se supone orquestado por la policía secreta. El atentado le dejó graves secuelas. A raíz de su matrimonio con el oficial Fank Lorimer Westwater se trasladó a Reino Unido. En 1961 adoptó la ciudadanía británica. En París en la editorial Hachette publicó por primera vez Al principio fue el fin en francés (Au commencement était la fin, 1951), el primer testimonio de las atrocidades cometidas por los comunistas que aprovechando el caos de la posguerra, aún siendo entonces una gran minoría, aprovecharon para servirse de todos los medios a su alcance para hacerse con el poder. Unas extrañas compras masivas hicieron que el libro desapareciera de las librerías a los pocos días. La constelación política de aquel momento no permitió su reedición ni siquiera en Francia. En su idioma natal rumano se editó tan sólo después de los últimos cambios políticos sucedidos en 1989. En español es esta su primera edición.

     


    [1] Uno de los líderes del Partido Liberal, perteneciente a una familia de larga tradición política en Rumanía.

    [2] Militar inglés de origen rumano. Miembro de la misión militar británica en Bucarest.

    [3] Uno de los líderes de las Juventudes Liberales.

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