Pedro Sorela, "Lectora en llamas"

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    Pedro Sorela, la escritura como consecuencia

    Montse Morata - 08-06-2018

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    “La ruta hacia el desierto no es otra que la de un lento despojamiento para dejarnos en lo esencial: el viaje”, decía el escritor Pedro Sorela. El viaje como revelación y la mirada como escritura que él concebía en forma de sugerencia, como una geografía de palabras con la que iba trazando un lenguaje propio al margen de todas las fronteras que combatió.

     

    Heredero de Saint-Exupéry, al que me descubrió, compartía con el escritor francés la idea de que “no hay que aprender a escribir sino a ver. Escribir es una consecuencia”. Por eso ambos dibujaban, como una escuela de la mirada donde los ojos son el instrumento de la conciencia creadora. Los dos defendían esa mirada que transforma la realidad para desvelarla, para esquivar el espejo de la apariencia tras la máscara, como evocaba Pedro Sorela en su novela y ensayo sobre periodismo El sol como disfraz. Una mirada que tanto en la literatura como en el periodismo busca lo extraordinario, busca el matiz a través de una curiosidad que, en ausencia de lugares comunes, desvela lo inesperado. Por eso a Pedro Sorela le gustaban los pájaros, los dragones que se esconden tras las nubes, los árboles de línea clara que, como sus dibujos y caligrafías, proponen una visión del mundo, como las viñetas de Tintín o el piano de Erik Satie, como los barcos que él solía dibujar entre llamas, sin concesiones, de un solo trazo.

     

    Se había marchado muchas veces y solía hacerlo sin mirar atrás. Decía que la vida no era otra cosa que una Historia de las despedidas que Pedro Sorela escribió en forma de viaje. Añoraba un mundo que él conoció y que ya no existe, del que conservaba la ternura en la sonrisa, el gusto por la belleza, un refinado humor y una mirada descubridora con la que escribía y se defendía de un tiempo de exilio superviviente. Como los personajes de sus libros, tenía el don de cambiar los destinos con ese mismo algoritmo exuperyano (“el poema perfecto es un acto”) que va de la acción a la palabra, y a la inversa. Enseñaba la exigencia y el rigor como los valores de esa superación en la que descubrir a alguien que desconocíamos y que no era otro que nosotros mismos. Enseñaba el dolor de la lucidez como poda el jardinero, sin escuchar la queja. Como el jefe de la mítica Aeropostal llevaba a los pioneros del aire a enfrentarse a la tormenta: sin excusas, sin la complacencia que rinde honor a la mediocridad.

     

    Por resumir todas las facetas que reunió (escritor, profesor, periodista, viajero, pensador, dibujante, jardinero de los hombres…) yo diría que Pedro Sorela fue un poeta, pero enseguida me corregiría para decirme que eso por sí solo no significa nada. Enseñaba a huir de las grandes palabras, de las ideas hechas, de las cáscaras vacías que pensaba que eran los lugares comunes, de los cajones, de las etiquetas. Pero insistimos en que fue un poeta y no sólo porque entendiese la escritura como sugerencia y ritmo, con esa economía del lenguaje y esa tensión hacia la exactitud de la imagen poética. Pedro Sorela era un poeta en el sentido primordial de su etimología, “el hacedor, el que crea”, un significado incluso anterior a la escritura. Poeta es el que accede a la visión, el que nos descubre realidades que permanecían ocultas porque carecían de un lenguaje que las hiciera visibles.

     

     ‘3 14 16 Desierto acercándose’, titulaba Pedro Sorela en uno de sus cuentos más sugerentes, dentro de Historia de las despedidas, en el que formula su ideal de escritura coincidiendo de nuevo con Saint-Exupéry, para el que “la perfección se alcanza no cuando no hay nada más que sumar sino cuando no hay nada más que restar”. Ambos escritores encontraron la representación de esta idea de escritura en el desierto, donde la tierra se desnuda, sencilla y profunda, para revelarnos lo esencial. Como si evocase la idea misma de la sugerencia, Pedro Sorela decía que una duna “es un punto intermedio entre la tierra y el agua, o quizá el aire” y que “ciertamente está viva”, mientras que sobre el desierto pensaba que es “la tierra que se toma más tiempo y espacio para anunciarse”, “y no por casualidad”, sino porque en ella nos espera una revelación que cambia el propio lugar en el mundo: el infinito. El infinito no como abstracción sino como un silencio que no es, que engrandece al desierto y que, al revés de lo que suele creerse, está lleno de vida. Como la mirada poética, de la que pensaba que “suele encontrarse en los lugares más insospechados y menos en las poesías y otros lugares previstos”. “La mirada poética –decía– es algo que tienen los niños y que los adultos vamos sometiendo a canciones del verano, oficinas siniestras, programas de Gran Hermano, ciudades rectangulares, exámenes de a) b) y c), vaqueros y todo tipo de uniformes rebeldes, premios literarios corrompidos, matemáticas de solo números (…), pantallitas, muchas pantallitas, redes, contaminación… la lista no tiene fin”. Sostenía que lo más importante para el creador es preservar la mirada poética de los poderosos enemigos que la acechan e insistía en que es algo muy delicado que hay que afilar, sacándole punta a los ojos todos los días, como se hace con los lápices de dibujo. “Ése, siendo el más importante, es quizá el secreto mejor guardado”. También lo es su fórmula del viaje como acto inherente a la creación, mirada que ve porque está fuera de contexto, del orden que nos aleja de la visión. Como una obra dibujada por la sugerencia, la esencia misma del arte, señalaba que “el viaje es lo que sucede detrás de los ojos, no delante, y al igual que la literatura hace posible que de nuestro mundo hagamos una creación”.

     

    “Entonces durante un tiempo se tiene la revelación del infinito. Y de su soledad”, escribió tras el Sáhara. “Para cuando el alba borra frase a frase el cuento ancestral de la noche estrellada, el más bello por más sugerente, y deja sólo la uña de un dios escoltada por el lucero del alba, si algo sabe el viajero es que ya nada volverá a ser igual”.

    Pedro Sorela escribió hasta el final, como las semillas, cuando sabía que ya no alcanzaría a ver sus últimas páginas publicadas ni los libros inéditos que dejó. Decía que eso le daba una libertad que ciertamente nunca le faltó en esa Historia de las despedidas que siempre fue su escritura, y su biografía.

     

    Dibujaba la tormenta, de la que decía que es lo que cambia el paisaje. La tormenta que siempre fue Pedro Sorela (Bogotá, 1951 – Madrid, 2018).

     

     

     

     

    Una versión algo más corta de este texto fue leído por la autora en el homenaje dedicado a Pedro Sorela que se celebró el pasado 30 de mayo en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid que le brindaron compañeros, alumnos y amigos. Felicidad y libros, publicado en su blog el 4 de septiembre de 2002, fue el texto que leyó su hija, Inés Sorela, en ese acto.

     

     

    Pájaros

     

    A Pedro Sorela, amante de los pájaros

     

     

    Una paloma estira mi ojo muelle

    que se suelta del libro.

    Seis gorriones la siguen, cabecean,

    juguetes mudos

    que saben de pregunta y petición.

     

    Observo sus caminos,

    tercos como si yo fuera la meta.

    Tal vez el cebo es esta soledad,

    o es que propago algún aroma,

    de amor y su derrumbe,

    que solo huelen los pájaros.

     

    Me sonrío ermitaña en la ladera de un monte,

    aquel santo que hablaba con las aves.

    Sabed que vuestros clarísimos ojos

    me acercan el dolor.

    Tengo que apretar fuerte una lágrima,

    la que siempre se ahoga en el mismo surco. 

    Mi cuerpo como un saco de semillas,

    lento el despliegue de la siembra…

    Cada verso germina solo y gris,

    Se oculta el brote que teme y añora

    ser flor de un viento.

     

    El viento al que invoqué su abrazo húmedo…

    y no llovía.

    Soltad las alas criaturas del aire,

    decidle que pelee con las nubes.

    Será viento mudado

    el día que una rosa

    señale su destino.

     

     

                                                

    Ana Galán Vigo

                                                            

                                                            

     

     

    Montse Morata (Madrid, 1976) es periodista, investigadora y divulgadora cultural. Experta en la vida y obra de Antoine de Saint-Exupéry y doctora en Periodismo, en su tesis realizó una investigación pionera de la obra periodística del escritor francés que la llevó a trasladarse durante un año a París invitada por el Centre d’histoire de Sciences Po. Es autora de la primera biografía de Saint-Exupéry publicada en España que, con el título Aviones de papel, resultó finalista del Premio Biografías y Memorias 2016 de la editorial Stella Maris. También ha publicado ensayos académicos, artículos y reportajes sobre el autor de El Principito y ha impartido numerosas conferencias, así como formación en varias universidades. Como periodista ha trabajado en la redacción de medios escritos y audiovisuales, como la agencia de noticias Europa Press, y en los últimos años ha colaborado con ABC, ABC Cultural, Blogs El País, Mujer Hoy… En FronteraD ha publicado Saint-Exupéry, el reportero olvidado de la Guerra Civil Española.

     

     

     

     

    Ana Galán Vigo nació en A Coruña. Licenciada en Psicología, ha dedicado toda su vida profesional a la enseñanza como maestra y orientadora. Es autora de los poemarios Celdas de luz (2014) y Detrás de la sonrisa (2016), ambos en la editorial Lastura, donde el próximo otoño se publicará su tercer título, Desnudez del hilo (2018). También han aparecido poemas suyos en antologías y revistas especializadas. Premio Círculo de Bellas Artes 2015 y finalista en el premio Soledad Escassi del CBA 2015. Ha participado en numerosos recitales y certámenes poéticos y desde el año 2006 frecuenta tertulias como Versos pintados del Café Gijón y el Aula de encuentros del Círculo de Bellas Artes, donde continúa. Codirige el programa semanal de poesía Contrapartida en Radio Círculo.

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