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    Lucian Boia y la supuesta excepcionalidad de Alemania entre 1914 y 1945

    Javier Marco - 22-06-2018

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    A mediados del siglo XX, concretamente hacia 1945, se produce el fin de un ciclo histórico que es de hecho un punto de inflexión en la evolución del género humano.

     

    La Humanidad mira hacia atrás y se reconoce autora de la mayor catástrofe de toda su trayectoria vital. Más de 50 millones de muertos, secuelas imposibles de evaluar, los mayores movimientos de población conocidos hasta entonces, así como de una destrucción y un horror sin límites, llevaron a los investigadores a plantear la búsqueda de las claves de la tragedia en la propia nación alemana, su militarismo y sus ambiciones expansionistas, en el marco del talante autoritario de sus relaciones sociales y su nacionalismo excluyente.

     

    Al mismo tiempo, se llevó a cabo una drástica revisión de las ciencias sociales y de su discurso, que durante casi cien años había asociado el darwinismo social o racialismo al avance científico y al progreso humano, aplicando para ello los métodos de la biología a la sociología.

     

    La adhesión de la élite intelectual alemana a las teorías socio-raciales, junto con la particular idiosincrasia nacional, fueron los dos elementos cuya conjunción acabó imputando los horrores del nazismo a una presunta “predisposición alemana”, capaz de cauterizar, anulándolas, las altas cotas alcanzadas por la cultura y la sensibilidad artística de ese pueblo.

     

    Fatal predisposición alemana o una trágica concatenación de acontecimientos es la dicotomía a la que se enfrentan la historia y las ciencias sociales al contemplar el periodo que va desde 1914 a 1945. El libro de Lucian Boia se acoge a esa segunda interpretación.

     

    En su intento de explicar las coordenadas de la tragedia alemana Boia se lanza a cultivar la hipótesis de que el expansionismo, el militarismo, el racismo, la deficiente consolidación de la democracia, y el más llamativo del antisemitismo, causantes de que el pueblo alemán fuera sumiéndose progresivamente en la infamia, no fueron atributos exclusivos de la sociedad alemana, sino de otras sociedades contemporáneas del mundo civilizado.

     

    La revisión de la historia del pueblo alemán llevada a cabo tras la derrota fue tan drástica que la propia fundación de la República Federal fue considerada por los propios historiadores alemanes como un modo de librarse de su destino fatal de nación ligada al autoritarismo y al fascismo. Boia recuerda cómo el XXVI Congreso de Historiadores alemanes, celebrado en 1964 en Berlín Occidental, acabó aceptando y considerando definitiva la tesis del gran historiador Fritz Fisher, quien en 1961 había publicado una obra (Griff dacht der Weltmacht) en la que sostenía que los planes expansionistas alemanes fueron los principales responsables del estallido de la I Guerra Mundial. La conclusión que se abría a la comprensión del destino de pueblo alemán era que si Hitler podía haber sido el culpable de una guerra Alemania lo había sido de las dos, perpetuando así su carácter de nación agresiva.

     

    A lo largo de su breve ensayo, Lucian Boia se pregunta si entre la fundación del estado alemán por Bismark y la derrota de 1945 Alemania fue más nacionalista, menos democrática, más expansionista, o más racista que el resto de las naciones y si, en consecuencia, es legítimo hablar de una “excepción alemana”.

     

    A su inicio, Boia anuncia que no hay que buscar en su ensayo un estudio erudito ni una síntesis comprensiva, sino que se trata de un texto basado en trabajos de interpretación reciente, que reconsidera la explicación ya clásica que ha venido justificando desde 1945 la excepcionalidad de Alemania entre las naciones desarrolladas de Occidente y su responsabilidad en la inestabilidad del mundo civilizado en la primera parte del siglo XX. También, consecuentemente, en el alumbramiento del nuevo régimen mundial nacido en la Conferencia de San Francisco de 1945 y su principal producto jurídico: la Declaración Universal de los Derechos Humanos.  

     

    No es la primera vez que Boia intenta explicar el rechazo social como mecanismo de autodefensa, merced a un concepto diseñado por él mismo, “la alteridad racial”, que se construye sobre el mito del “hombre diferente”. En otros trabajos suyos (Entre el ángel y la bestia) se ha detenido en reflejar los miedos y ansiedades que sumen en la inseguridad a grupos sociales consolidados, hecho provocado por noticias sobre lo desconocido y lo fantástico. Boia se remonta para ello a la legendaria existencia de los “cinocéfalos” (hombres con cabeza de perro), los “sciapodos” (hombres con un solo pie), a recurre a identidades de aparición más reciente, fenomenológicas, socialmente hostiles, como “el peligro negro” y “el peligro amarillo”.

     

    Pero en la obra que conocíamos de Boia esos ensayos habían tenido como escenario sociedades más primarias y no tan sofisticadas culturalmente como la sociedad alemana de la primera mitad del siglo XX. Explicar la naturaleza de las interacciones sociales que dieron lugar a crisis del comportamiento humano tan degradantes, gestionadas al mismo tiempo con instrumentos tan tecnológicamente avanzados, requiere el auxilio de la sociología y, en particular un aspecto marginal de esa ciencia, que se conoce como sociología del mal.

     

    A la justificación social del mal, como nos recuerda Salvador Giner (sociología del mal), la llamamos sociodicea.

     

    La sociodicea se presenta siempre como una parte de la ideología que pretende justificar. Y lo hace tanto mediante la aceptación del desorden social como parte del único orden natural posible (el mundo es así, o siempre habrá pobres), como destilando el remedio identificando culpables o atribuyendo causas y daños causados (la culpa proviene del complot judío para adueñarse del mundo o el islam es una religión perversa que por sí misma no puede evitar generar violencia).

     

    Esta hipótesis nos lleva directamente al problema de la producción del mal por las sociedades modernas. Sólo los utopistas sostienen que es posible una erradicación completa del mal en la sociedad. De ahí la noción de que la producción masiva del mal sea algo muy común por parte de quien pretenda extirparlo, como nos enseña la historia. La mezcla de monarquía absoluta, el papismo y las fuerzas sobrenaturales del mal, constituyeron parte de una sociodicea que permitió el uso del terror gubernamental en Inglaterra y del genocidio en Irlanda para los puritanos ingleses del siglo XVII. Similares argumentos sirvieron a los ideólogos de la Revolución Francesa para justificar el Terror, o a mucha mayor escala en el colonialismo practicado por las potencias hegemónica del siglo XIX en los continentes africano y australiano, o también en cualquiera de los totalitarismos del siglo XX.

     

    Volviendo a la obra de Boia, encontramos un sustrato que da pie a esa especie de determinismo que es la guía de su relato, y que puede interpretarse en las coordenadas de la sociología del mal expuestas aquí, enunciando que la sociodicea que justifica al nazismo está en la base ideológica común a las sociedades burguesas del mundo occidental. Y que tan solo en Alemania, gracias al respaldo político y social de casi toda la población, merced a una sucesión concatenada de acontecimientos entre 1914 y 1945, se logró generar una producción masiva del mal.

     

    Para explicar esto conviene, en primer lugar, dar un repaso al modo en que nace y se desarrolla esa construcción doctrinal que desde mediados del siglo XIX hasta el final de la II Guerra Mundial, proporciona el necesario soporte intelectual o científico, comunicado por la élite intelectual, a las políticas practicadas por las potencias occidentales. En segundo lugar, es necesario analizar cómo se produce la recepción por las sociedades occidentales de esa ideología y de su sociodicea.

     

    En las sociedades prepolíticas el odio a la diversidad constituía un elemento esencial para la supervivencia, dando lugar a una suerte de xenofobia visceral (para la que Lévi-Strauss, en sus obras Raza e historia y Raza y cultura acuñó el término etnocentrismo), requiere en el caso de las sociedades modernas una construcción teórica más o menos estructurada.

     

    El concepto de raza se desarrolla ampliamente en los territorios de la corona de Castilla, que trasplanta al Nuevo Mundo a partir de 1492, sobre una construcción teórica consecuencia de la doctrina de la limpieza de sangre surgida en la Baja Edad Media que sirvió para segregar a la población conversa de judíos y musulmanes.

     

    Ese racismo se implanta en el Nuevo Mundo mediante un sistema de castas, producto del mestizaje, que constituye de hecho una pirámide social. En lo más alto se sitúa el hombre blanco, ligado a un catálogo de atributos que construyen el estereotipo que representa: el idioma común (la lengua es la compañera del imperio, decía Elio Antonio de Nebrija al emperador Carlos V, refiriéndose al castellano), la pureza de sangre, la única religión verdadera, el concepto de hombría (vinculado a la desigualdad de género y baluarte contra desviaciones sexuales), las diferencias en razón del ius sanguinis, es decir, en función del nacimiento y no del esfuerzo personal, diferenciando así entre hidalgos, plebeyos.

     

    Particular interés tiene este análisis para ayudar a entender el proceso de construcción de las naciones, como se detiene a explicarnos Boia, cuando distingue entre el modelo francés, de naturaleza política, y el alemán, de fuerte carácter étnico. El primero se fundamenta en la necesidad de homogeneizar pueblos de origen diverso, pero instalados en un mismo territorio, en torno a la idea de una patria común. El segundo, en unificar territorios fragmentados políticamente, pero compartiendo la misma lengua, cultura y origen étnico.

     

    Durante el siglo XIX, los prejuicios raciales se encuentran ampliamente difundidos y aceptados como realidades objetivas, plasmándose en la noción de la superioridad o supremacismo biológico de la raza blanca sobre todas las demás.

     

    No es de extrañar, pues, que las primeras hipótesis del racismo científico, si bien nacidas en Francia (Gobineau, Essai sur l´inégalité des races humaines, 1853), tuvieran un potente desarrollo en EEUU, donde cristalizó en el movimiento eugenésico norteamericano. Este fue defendido por respetados biólogos, como Charles Davenport, Henry Goddard, o el conservacionista Madison Grant, y financiado por importantes instituciones (el Institute Carnegie, la Fundación Rockefeller y por el millonario antisemita Henry Ford). Su gran influencia tuvo su reflejo en popularizar la esterilización, la segregación y la promulgación de leyes limitando la inmigración.

     

    De todos ellos, quizá el de mayor influencia tanto en Estados Unidos como internacionalmente, fue Madison Grant, creador del Nordicismo, que promueve la idea de una raza superior nórdica responsable del desarrollo humano, distinguiendo entre tipos raciales valiosos y sin valor. Su obra más influyente, The Passing of the Great Race (1916), fue reeditada y traducida multitud de veces, y definida (Stephen Jay Gould) como el más influyente tratado de racismo científico americano. También fue el primer libro no alemán que los nazis reeditaron al tomar el poder en Alemania, alabado especialmente por Hitler, quien escribió personalmente a Grant: el libro es mi Biblia.

    En los Juicios de Núremberg, el libro de Grant fue utilizado como prueba de la defensa de Karl Brandt, médico personal de Hitler y responsable del programa de eutanasia nazi, a fin de justificar la política racial del partido nazi y resaltar del hecho de que el racismo no era una ideología exclusiva de aquél.

     

    Efectivamente, y esto es algo que bien puede utilizarse en apoyo del relato de Boia, el racismo, la eugenesia, el supremacismo, el antisemitismo y todas sus derivadas no pueden inscribirse exclusivamente en el catálogo de hallazgos del patrimonio intelectual alemán.

     

    No puede sorprender, pues, que la base ideológica del expansionismo alemán, responsable según la historiografía revisionista clásica, tenga su propio fundamento en el supremacismo nórdico, producto de la biologización de las teorías sociológicas cultivada por lo más selecto de los pensadores alemanes de la época. Entre ellos, Ernest Haeckel, en su Historia de la creación de los seres orgánicos según las leyes naturales, llamada a convertirse en una de las obras más influyentes de las ciencias biológicas de todos los tiempos, pontificaba acerca de la dominación imperialista de la raza germánica, adaptando así la categoría supremacista de la raza nórdica de Madison Grant al universo alemán. De acuerdo con Haeckel podía considerarse vano todo intento de oponerse con medidas artificiales al proceso natural de expansión del dominio blanco (en especial anglo-germánico) sobre el resto de las razas. (Sánchez Arteaga: La racionalidad delirante: el racismo científico en la segunda mitad del siglo XIX).

     

    Por último, la incorporación del antisemitismo como elemento aglutinador del racismo tampoco es tributario en exclusiva del nazismo alemán. En 1900, Henry Ford defendió públicamente que existía una conspiración judía para controlar el mundo, y en 1920 publicó una compilación de artículos de significación antisemita bajo el título The International Jew, the World´s Foremost Problem, que fue una de las fuentes teóricas utilizadas por Hitler en la redacción de Mein Kampf.

     

    Corresponde ahora mencionar de qué modo se produce la recepción de la ideología dominante y de su sociodicea, es decir su justificación, por las sociedades occidentales que se desarrollan en el período histórico que analiza Lucian Boia, al objeto de averiguar si ese proceso se da de manera tan generalizada como sostiene, o por el contrario asume características propias en la sociedad alemana que puedan ponerse en conexión con rasgos identitarios tan propios como exclusivos.

     

    En el capítulo donde Boia pretende responder a la pregunta sobre si la sociedad alemana fue más racista que otras, como continuación a una erudita disquisición sobre la escuela de antropología alemana de los tiempos de Bismark, en la que sostiene que predominaban posiciones “moderadas” opuestas al culto a la raza germánica y por tanto a cualquier prejuicio antisemita, se ve obligado a reconocer que la mayoría de sus autores terminaron adhiriéndose a la política racial de Hitler. 

     

    Por otra parte, nos dice Boia en su libro, y no le falta razón, que el panorama social en el mundo occidental en el periodo que estudia, y particularmente en los años de ascenso del nazismo en Alemania, es prácticamente el mismo entre unos países y otros. Durante la primera mitad del siglo XX, en Estados Unidos, los judíos no eran considerados blancos y sufrían una segregación parecida a la de los afrodescendientes, latinos o asiáticos. Y esto ocurría de igual manera en Alemania, como en Francia, Polonia o Rusia, en Europa como en América. Lo demuestran episodios tan significativos como el caso Dreyfus, en Francia, o los diferentes testimonios documentados por diplomáticos estadounidenses que ejercían su misión en países europeos en el periodo de entreguerras (Polonia entre otros) cuando el antisemitismo era una actitud bien vista no sólo en los ambientes de las clases adineradas, sino también entre la burguesía media y las clases populares. (Lo recoge Martin Weil en su memorable obra de entretenida lectura A pretty good club: The founding fathers of the U.S. Foreign Service).

     

    Por otra parte, es también cierto que la ideología totalitaria triunfa en el mundo occidental de entreguerras por la probada incapacidad de las democracias parlamentarias para dar solución a las dramáticas consecuencias para las clases populares de la gran crisis económica de 1929.

     

    La inseguridad se instala en la sociedad como resultado de la recesión económica. Las clases populares entran en un proceso de agitación que amenaza los pilares del estado liberal y el modo en que la burguesía había consolidado su prosperidad en los años de acumulación propiciados por el colonialismo. El canto de sirena de la revolución rusa condiciona la deriva de los partidos políticos obreros y de la pequeña burguesía. El mundo occidental está a punto de instalarse en una situación prerrevolucionaria que hace entrar en pánico a la burguesía, que contempla impotente la desaparición de su zona de confort y la disolución de los principios que de modo incontestable habían gobernado las relaciones sociales hasta 1914.

     

    A mediados de la década de los años 30 del siglo pasado en Europa había más dictaduras que democracias. Todas ellas tenían un fuerte componente nacionalista y un escaso apego a las libertades y a los derechos fundamentales que hoy se disfrutan en esos mismos países. Con la excepción de los checoslovacos, el resto de los europeos del centro y del este vivían en autocracias y con sus poblaciones judías en clara situación de exclusión social.

     

    En la Gran Bretaña de entreguerras, a partir de los años 30, se nos revela un escenario en el que todas las clases sociales se vuelven a contemplar con admiración las novedades de los regímenes totalitarios instalados en Italia y en Alemania. Las clases altas, por el modo expeditivo con que allí se ha llevado a cabo la limpieza de elementos revolucionarios y agitadores políticos de un modo que la democracia parlamentaria hace impensable. Las clases populares, por la secreta envidia que les suscitan las medidas sociales adoptadas por el Nuevo Orden en favor de los menos privilegiados y por un igualitarismo reinante que es un golpe de aire fresco en contraste con el olor a viejuno y el ambiente asfixiante de las persistentes estructuras clasistas heredadas de la sociedad victoriana.

     

    Un ejemplo de ese ambiente nos lo brinda John Lukacs (Cinco días en Londres. Mayo de 1940), al relatar un episodio poco conocido de la guerra, cuando varios contingentes de niños y niñas de familias obreras refugiados en el campo por la amenaza de los bombardeos de la Luftwaffe se ven obligados a regresar a sus casas tras el choque social con las familias de clase media, habitantes de los villorrios de la campiña inglesa donde son acogidos. 

     

    De ambas actitudes nos han quedado pruebas evidentes. Kazuo Ishiguro, premio Nobel de Literatura en 2017, ha sabido recrear el ambiente de la aristocracia británica de entreguerras en una novela memorable, The Remains of the Day (Lo que queda del día, llevada al cine con mayor éxito aún por James Ivory, con Anthony Hopkins y Emma Thompson como principales intérpretes), en la que recrea el personaje de Lord Darlington, anfitrión en su residencia campestre de oscuros contubernios políticos pergeñados por los enviados de Hitler. En realidad, el Lord Darlington de la ficción es un trasunto de Lord Astor, que en la vida real logró reunir un grupo de aristócratas y políticos influyentes en su residencia de Cliveden, partidarios de una alianza estratégica con Alemania, capaz de influir decisivamente en la estrategia del partido conservador, tan solo truncada en mayo de 1940 por la determinación de un pequeño grupo liderado por Winston Churchill.

     

    Por lo que respecta a las clases medias y populares, sabemos que en 1940, ya iniciada la guerra, Mass Observation (un sondeo de opinión utilizado en la época) informaba de que algunas de las amas de casa más jóvenes habrían recibido de buena gana a Hitler, porque las cosas no podrían ir a peor y al menos tendrían a sus maridos de vuelta.

    Por lo que respecta a Francia, las numerosas ligas de extrema derecha lograron hacer caer en 1934 al II Cartel de las Izquierdas, teniendo que ser disueltas por el Frente Popular, en 1936. Desde la Action Française de Charles Maurras al grupo liderado por Marcel Deat y Pierre Renaudel, excluidos en 1933 del Partido Socialista debido a su confesada admiración por Mussolini, fueron el germen político que hizo posible el régimen de Vichy tras el armisticio. Todos ellos compartían fuertes convicciones antisemitas que les llevaron a colaborar con los ocupantes nazis en la promulgación de leyes antijudías, así como la deportación, el expolio y el exterminio de 90.000 judíos franceses (de un total de 220.000).

     

    Que la clave para el ascenso y la consolidación del nazismo en Alemania en los años 30 no se hubiese conseguido sin contar con el apoyo de la inmensa mayoría de la población es algo que queda ya fuera de toda duda, después del apabullante volumen de estudios consagrados a ese asunto desde el final de la II Guerra Mundial hasta hoy. Robert Gellately (No sólo Hitler: la Alemania nazi entre la coacción y el consenso), aporta pruebas documentales que demuestran la connivencia de una gran mayoría de la población alemana con el nazismo y su ánimo de colaboración con la Gestapo, concluyendo que el régimen nazi se sustentaba en un amplio consenso popular, que se inició cuando Hitler subió al poder, en 1933, se mantuvo cuando se creó la Gestapo y se instalaron los primeros campos de concentración, y se prolongó hasta las últimas semanas del conflicto

     

    Esa diferencia esencial la intenta explicar Bodia estableciendo un hilo que se inicia en 1914, con el estallido de la I Guerra Mundial: la derrota ante las potencias aliadas; la tremenda humillación que para la nación alemana supuso el Tratado de Versalles, exacciones económicas y segregaciones territoriales incluidas; las repercusiones de la crisis económica para las clases trabajadoras y la destrucción de la clase media provocada por la crisis de 1929, simbolizada en la explosión inflacionista que pulverizó el marco alemán y arrastró a la ruina a la gran mayoría de la población; el fracaso del régimen de Weimar en aplicar soluciones democráticas, prefiriendo el recurso sistemático a los procedimientos más autoritarios que permitía la Constitución; la confabulación de la derecha con el presidente von Hindenburg para llevar a Hitler al poder; la presión de las fuerzas de choque nazi en la calle y la neutralización de la izquierda, incluso el asesinato y encarcelamiento de dirigentes políticos y sindicales; la falta de energía de las potencias aliadas, que prefirieron claudicar ante Hitler y emprender una política de apaciguamiento que se reveló contraproducente para frenar la expansión del militarismo alemán. Señala Boia que al igual que una vez desatada la I Guerra Mundial era difícil no seguir el itinerario hasta la derrota, igualmente lo era no deslizarse desde la I Guerra Mundial a la II, habida cuenta de las tensiones que resultaron de las decisiones de Versalles y de la reestructuración de Europa.

     

    Tras recordar que en Núremberg se juzgaron los crímenes de guerra alemanes, pero que a los crímenes de guerra aliados no los juzgó nadie, concluye diciendo que, aunque no pueda ponerse al mismo nivel los desaciertos colonialistas o racistas de los franceses o norteamericanos al racismo cínico de los nazis, todos ellos ocurren en un mundo en que la jerarquización de las razas o de las distintas comunidades parece algo que se da por descontado, con todas las consecuencias que se derivan de esa perspectiva discriminatoria. (Con perspicacia se pregunta Boia, al recordar el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki, si habrían recurrido los estadounidenses al arma atómica contra Alemania).

     

    Este hilo concluyó con el genocidio de la población judía alemana y la de casi toda Europa. Y con un pueblo entero actuando como colaborador necesario para cometer semejante crimen contra toda la Humanidad.

     

    ¿Qué tuvo que ocurrir en la sociedad alemana, qué procesos sociales y psicológicos se dieron para que un pueblo entero se decidiera a colaborar colectivamente en semejante aberración asesina? Boia no nos lo dice. Tan sólo apunta una hipótesis que resulta tan difícil de demostrar como la contraria. Sólo tenemos delante los hechos, y éstos, por ser tan terribles, carecen de la elocuencia necesaria para darnos una respuesta.

     

    Para acercarnos a la realidad de lo que pudo suceder necesitamos testigos. Personas que presenciaron los hechos y que puedan darnos alguna pista sobre lo que vieron, y cómo les influyó aquello que presenciaron. Tenemos dos testigos de primera mano. Uno es Raimund Pretzel, un abogado y escritor alemán que en 1939 publicó un relato autobiográfico bajo el seudónimo de Sebastian Haffner (Historia de un alemán). Lo que hace diferente a este libro es que Haffner (Pretzel) lo escribe a la vista de sus contemporáneos, inmediatamente después de ocurridos los hechos que componen su relato. No es judío, ni comunista, ni pertenece a ninguna minoría amenazada. Se trata de un miembro de la clase media urbana, que ejerce una profesión liberal, de talante conservador y de buena posición. Sus enemigos, los nazis, hubieran dicho de él que es un buen alemán. Y además es, indiscutiblemente, un miembro de la raza superior; un ario.

     

    El otro es un periodista español de ideología republicana, que en 1932 viajó a Alemania como corresponsal del diario Ahora. Manuel Chaves Morales fue redactor jefe de El Heraldo y director de Ahora, considerados ambos como la referencia más avanzada del periodismo de la II República. El testimonio que nos interesa apareció publicado en Ahora en mayo de 1933 bajo el título ‘Cómo se vive en los países de régimen fascista’. En una serie de reportajes hace una radiografía de la inoculación del virus nacionalsocialista en el pueblo alemán. Por eso, el relato se centra en analizar a pie de calle, la conversión al nuevo régimen de la clase media alemana, aunque también hace una denuncia de cómo se marginaba a la población judía, presagiando su aniquilación posterior.

     

    Haffner (Pretzel) es, fundamentalmente, un demócrata. Su experiencia, además, le convierte en un antifascista, y como tal se deja llevar por críticas muy duras hacia los políticos y también hacia el pueblo en general. Para Haffner, el pueblo alemán es cobarde, pusilánime, falto de dignidad y aborregado; se deja arrastrar en nombre de aquellos instintos que la civilización lleva intentando superar durante siglos. En cuanto a los políticos, les considera incapaces de hacer otra cosa que esperar como inevitable la llegada de Hitler, mencionando que, al enterarse de los aplausos dedicados por los socialdemócratas a Hitler en el Reichstag, no puede evitar recordar el poema de Kavafis en que los senadores romanos aguardan resignados, pero secretamente esperanzados, la llegada salvadora de los bárbaros.

     

    Haffner se detiene a analizar la evolución intelectual de los alemanes contrarios al nacionalsocialismo, que según él eran mayoría en 1933. Nos describe su resistencia inicial, su lenta conversión y, en fin, su masiva claudicación. Describe cómo algunos se refugian hasta el fin en una crítica muda, otros se sumen en un pesimismo autodestructivo, mientras que otros buscan un aislamiento que les libre del contacto directo con la realidad. Entre estos parecen encontrarse un nutrido grupo de escritores que esos años cultivan de manera casi frenética una literatura evocadora e íntima, preñada de nostalgias, vacaciones en el campo e idilios adolescentes. Al final, con tristeza, Haffner reconoce que tan solo una derrota militar podrá salvar al pueblo alemán de la tragedia que presiente.

     

    En su colección de crónicas, Chaves Nogales pasa revista a temas cotidianos que sorprenden a su penetrante ojo crítico. En una de sus entregas hace una descripción del Gasthof alemán, escenario de la vida social de las pequeñas ciudades alemanas, donde se reúnen los maestros de artes y oficios de origen gremial, clientes conocidos y respetados, clase media tradicionalista y bien enraizada, gente seria que se mueve con pies de plomo y que sabe lo que quiere y se reúne para jugar sosegadamente a la baraja mientras riega su cena con grandes jarras de cerveza. Chaves Nogales añade, lapidario, que esos hombres están, todos, absolutamente todos, con Adolf Hitler. Y que aunque éste pudiera haber tenido trescientas mil camisas pardas lo decisivo para Alemania y para el mundo no son esas incomparables fuerzas, sino que esos maestros de artes y oficios de las pequeñas ciudades alemanas hayan llegado a la convicción de que su destino está al lado de Hitler.

     

    Cuando contempla en el Kaiserslautern a estos hombres precipitarse con el brazo en alto a las ventanas del Gasthof, al escuchar el paso marcial de un destacamento de las juventudes hitlerianas desfilando bajo las antorchas, es Chaves Nogales quien tiene la convicción de que Alemania no tiene más remedio que ir a la guerra porque para el pueblo alemán el único hombre capaz de llevarle a ella es Adolf Hitler.

     

    Hasta aquí el testimonio de dos testigos separados por paréntesis culturales muy distintos que al entrar en contacto con los hechos llegan a una conclusión similar: la obviedad de que la guerra de Hitler es la guerra del pueblo alemán y de que nadie sino Hitler es capaz de llevar a su pueblo a esa guerra.

     

    No es posible desmontar la hipótesis de Lucian Boia sobre la tragedia del pueblo alemán como resultado de acontecimientos fortuitos, hechos lamentables y decisiones desacertadas, pero tampoco lo es hacerlo con aquellos para quienes es en la tradición prusiana, autoritaria, antidemocrática, militarista y expansionista donde descansan los rasgos genéticos que allanaron el camino para el auge de la Alemania imperialista, el nacionalsocialismo, las aventuras militares, las atrocidades y los desastres del III Reich.

     

    Si durante años Alemania fue capaz de exorcizar el fantasma de su destino de militarismo y agresividad mediante el gran sacrificio de la ruptura de la unidad nacional, la reunificación de 1989 abrió una nueva perspectiva histórica para la que algunos augures imaginaron un renacimiento de la misma nación alemana que había causado dos guerras mundiales. Para estos, el objetivo de dominar el continente se cumpliría inevitablemente esta vez por medios pacíficos y gracias a la superioridad demográfica y económica. La reactivación de atavismos racistas y xenófobos que se creían olvidados en el seno de la sociedad alemana de hoy en día añaden un indicador elocuente al discurso de quienes defienden que esa deriva histórica se está produciendo insoslayablemente ante nuestros ojos. (Frauke Büttner: Del sofá a la calle. Movilizaciones racistas en Alemania y el fenómeno de PEGIDA).

     

    Sin embargo, merece la pena recordar una reflexión al hilo de la argumentación expuesta al principio, sobre lo necesario del recurso a la sociología del mal para estudiar la sociodicea en su producción masiva. El hecho de que toda potencia dotada de una constitución y gobierno democráticos, si cae en la tentación de ejercer el daño como represalia o defensa, nunca podrá encontrar excusa ni justificación posible para hacerlo. Hay conductas de los sistemas totalitarios que las politeias democráticas jamás podrán permitirse. La vacuna contra el virus del nazismo hace mucho que está inventada: no es otra que la democracia.                  

     

     

     

     

    La tragedia alemana, 1914-1945, por Lucian Boia. Libros de la Catarata.

     

     

     

     

    Francisco Javier Marco Cuevas (Madrid, 1957) es Licenciado en Filosofía y Letras, especialidad Historia Moderna y Contemporánea. Funcionario de Carrera, ha trabajado en el servicio exterior del Ministerio de Trabajo durante 15 años, ocupando destino en varias embajadas españolas: Canadá, Reino Unido, Suiza y Rumanía. En España, entre otros puestos, en el Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia. En la actualidad es consejero técnico en la Subdirección de Relaciones Internacionales del Ministerio de Trabajo.

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