Cañaveral de Salobreña. Foto: Corina Arranz

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    Los paisajes del azúcar en la costa de Granada

    Olmo Nieto - 03-08-2018

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    Los pequeños caminos se abrían paso por la frondosidad de los campos de cañas de azúcar. Caminos de asfalto viejo, muchos de tierra. Una envoltura verde, que de vez en cuando cerraba el cielo y formaba galerías cañeras con olor a melaza. Paisajes que a todos recordaban a la antigua Cuba.

     

    Así era la vega del Guadalfeo, el último lugar de Europa donde se trabajaba la caña de azúcar (Saccharum officnarum) hasta el año 2007, un cultivo que generaba un sistema de desarrollo económico compatible con los valores ambientales y culturales de la región, de herencia musulmana, de la antigua Al–Ándalus. La región era un reducto cultural aislado, entre la macrourbanización turística malagueña, y el policultivo almeriense de los campos de plástico, la devastación del territorio y de su legado cultural.

     

    Mis primeros recuerdos transcurren en bici con mi padre, por estos caminos, hasta llegar al río Guadalfeo, espina dorsal de la vega y responsable del mosaico agrario canalizado, de un color verde roble pigmentado con charcas espejadas de un inmenso valor ambiental.

     

    Son recuerdos de zafra, eternos, de ceniza en la ropa tendida, de los campos de caña ardiendo. Era la forma de recolección del cultivo, el fuego dulce para facilitar su corta. La quema y la corta. Trabajo duro, manual, a machete, que los últimos años ya no hacían las gentes del lugar.

     

    Recuerdos de los paisajes del azúcar, que dependían de los cañaverales y tenían los valores paisajísticos, ambientales y culturales de los sistemas basados en el tratamiento de los derivados cañeros, como el azúcar, la melaza o el ron. Bajando de Granada, capital nazarí, al mar, se abría el valle presidido por el pueblo de Salobreña, coronado por su castillo musulmán. Es el momento en el que tu imaginación vuela sobre el mundo andalusí, donde te podías perder por estos agropaisajes, típicos de la vega del Guadalfeo, de la costa granadina.

     

    Son agropaisajes generados por el ser humano, un ecosistema antropizado basado en la actividad agroganadera y rural. Un concepto que no solo tiene en cuenta los condicionantes geológicos y geográficos de los procesos naturales que lo generan, sino también las incidencias culturales y su transformación, que inventan estos horizontes subtropicales.

     

    Este sistema se asienta en una vega muy fértil, una cuña sedimentaria que iba ganando terreno por los aportes del río Guadalfeo, construida en los últimos 6.000 años, por procesos cuaternarios, pigmentado por lagunas fluviales asociadas a una enorme biodiversidad. La zona se caracterizaba por una vegetación y fauna mediterránea, costera, adaptada a los veranos y microclima subtropical que gobierna este reducto, responsable de la posibilidad de plantar los monocultivos de caña generadores de estos paisajes.

     

    El ecosistema prehistórico cambió drásticamente con el cultivo de la región. Y se trasformó en un paisaje azucarero hacia el año 755 en el que se implantó esta poácea de la mano de los musulmanes, siglos antes de ser exportada al continente americano.

     

    La historia de esta comarca ha estado siempre vinculada a las tareas agrícolas y de transformación fundamentalmente de este cultivo, elemento modelador del territorio, hasta su desaparición en la región, hace poco más de una década.

     

     

    Habitante y territorio

     

    Los paisajes del azúcar se basaban en la relación tradicional entre los habitantes de la comarca y su territorio, la fértil vega del Guadalfeo y los piedemontes circundantes, y se extinguieron en 2006, año de la última zafra, en el que se cerró la fábrica de azúcar Nuestra Señora del Rosario, fondeada en La Caleta, Salobreña, la última de Europa.

     

    En estos paisajes, eje vertebral de la sociedad salobreñera y motrileña, las campiñas de cañas sustituyeron a la vegetación potencial, pero seguían componiendo un sistema de gran biodiversidad, intercalando los campos cañeros, las llanuras de inundación y humedales, con los espacios no cultivados. A veces el ser humano puede aumentar y conservar la biodiversidad con el uso del territorio, como ejemplifica el caso de las acogedoras dehesas en nuestro país. Era un sistema con lugares de gran biodiversidad, pero demasiado frágiles y vulnerables. Un ejemplo es el reducto actual de la Charca Suárez, reminiscencia de la antigua vega, recientemente ganadora del premio Ciudad Sostenible por la reintroducción de la focha moruna en el espacio protegido, especie “en peligro crítico”, en el Libro rojo de las aves de España y considerada como “en peligro de extinción” en el Catálogo Nacional de Especies Amenazadas.

     

    En los agrosistemas azucareros el ciclo de las aguas no estaba tan modificado por el ser humano. No había control de cabecera en el Guadalfeo, ni tantos encauzamientos, lo que generaba los aportes necesarios para que fluyera la vida. Junto a los cultivos y sus técnicas culturales de explotación (sin fertilizantes, riegos tradicionales, tipo de monda, de corta, de recogida), sin procesos industriales masivos se conservaba la fauna y la vegetación mediterránea subtropical de la zona, con sus procesos naturales. Eran especies autóctonas que alternaban los cañaverales, cultivos, zonas húmedas y espacios sin cultivar para formar sus hábitats, conservando la conectividad ecológica, es decir, la conexión entre diferentes poblaciones en territorios fragmentados como es este. El mejor ejemplo son los corredores ecológicos –conectores de hábitats– que fluían por todo el mosaico. Son los denominados balates, lugares por donde se comunican poblaciones tanto animales como vegetales. Estas acequias de riego juegan un papel fundamental en la conservación de las especies, dada su fragilidad (como algunos anfibios o pequeños reptiles) al ser corredores ecológicos acuáticos.

     

    Pero lo más importante es que esta conservación venía de la mano de un proceso cultural de explotación del territorio sostenible, y mantenía todos los rasgos identitarios de la región. Aquí reside la importancia del sistema, la simbiosis entre la forma de explotación del territorio y la conservación de la cultura y del natural. Los procesos naturales están mediados por el ser humano, que tiene el control sobre el paisaje, pero seguía asegurando el desarrollo medioambiental de este pequeño bastión granadino. Por eso la cultura histórica y la sociedad son clave para entender estos agroecosistemas.

     

    Es necesaria la intervención del ser humano para la construcción de estos paisajes del azúcar que necesitan de un sistema natural sano para desarrollarse y mantener la vida que siempre había existido en la región. Sin cualquiera de los dos factores, nunca hubiera habido esta hermosura subtropical.

     

    Paisaje y medio sociocultural han ido de la mano en la vega del Guadalfeo, lo que producía una evolución acorde con los valores naturales, un desarrollo sostenible, que explota el territorio sin comprometer a las generaciones futuras. La importancia de la conservación del paisaje no es solamente una protección de lo intrínseco a nosotros, nuestro legado, sino una protección ante modelos destructivos tanto de identidad, como de la naturaleza, y por lo tanto del paisaje.

     

    La cultura de la costa tropical dependía de estos paisajes. Era una sociedad de ingenios, de fábricas azucareras, en las que se desarrollaba gran parte de la actividad social y económica. Un sistema productivo en el que se sustentaba una sociedad de pequeña industria, pero de economía agraria.

     

    La sociedad se entrelazaba con los paisajes azucareros. De forma armónica, no solo los ciclos de la vida, sino la cultura, la literatura y el lenguaje. Ejemplos de este son los términos cañeros, herencia del árabe, muestra de esta riqueza:

     

    Este paisaje ha sido inmortalizado por la literatura y la pintura local, como paisaje de extraordinaria belleza, que se puede apreciar en las obras del dramaturgo José Martín Recuerda.

     

    Lo fundamental de estos paisajes de azúcar ha sido el desarrollo de una actividad económica, la agroganadera, enraizada en la cultura tradicional e histórica, que conservaba los procesos naturales y todos los valores asociados a ellos. Sin esta relación cultura-territorio no hubiera sido posible mantener un desarrollo sostenible en la vega del Guadalfeo. Generó una diversidad de paisajes y de relaciones entre seres vivos interdependiente y necesaria para sostener cualquiera de los dos sistemas, el natural y el humano. Por eso el valor antropológico de la vega y su geografía es imprescindible.

     

     

    La disyuntiva de la caña de azúcar

     

    Los cañaverales nunca han estado exentos de polémica, sobre todo desde la revolución industrial. Aunque los campos de cañas traían a la vega del Guadalfeo la compatibilidad del uso del suelo de forma tradicional con el desarrollo medioambiental siempre ha habido una presión sobre el territorio. La implantación de este monocultivo cañero supuso de inicio una degradación de los valores naturales preazucareros, menos antropizados. Su consecuencia directa fue la eliminación de otros cultivos subtropicales y la desecación de partes importantes de las zonas húmedas que formaban el delta del Guadalfeo (un pequeño Doñana en la costa granadina) para plantar cañas. Era un cultivo masivo menos compatible con vegetación y fauna autóctona que los cultivos anteriores, aunque seguía asegurando su desarrollo. Con la industrialización y con la implantación de la zafra –la quema de los campos de cañas, que desplazaba en esos momentos fauna y flora– se transformó en un agrosistema menos compatible con el ecosistema primitivo.

     

    La economía de la caña generaba además unas condiciones de trabajo extremas, concretas, y mal remuneradas, que finalmente era evitada por la población autóctona, a pesar de que históricamente fueron ellos quienes la trabajaron. La pequeña industria aumentó la contaminación de los suelos y las aguas, con los vertidos y abonos. Además de la eutrofización del territorio intrínseca a los abonos y los sistemas industriales.

     

    A pesar de esta vertiente negativa, los paisajes de campos de cañas suponían la sostenibilidad del sistema, que hacía posible asegurar los valores naturales con su cultura propia, y su sistema de protección. Un escudo. Una forma de defensa de este bastión subtropical de enfoques desarrollistas y abrasivos de zonas similares en el litoral mediterráneo.

     

     

    El ocaso de los paisajes

     

    El cambio drástico en el paisaje del azúcar viene de la mano de la desaparición de la caña y el avance de otros sectores económicos y agrarios. Es una tendencia, un proceso, que empieza con la apuesta del terciario abrasivo y de la producción al por mayor en la fértil región costera.

     

    Es un proceso gradual. En primera instancia se iban transformado los tipos de cultivo. Los mares de colores verdosos de cañas se iban cambiando por frutas subtropicales, de más fácil acceso y rentabilidad, como el mango, la guayaba, la chirimoya o el aguacate, o, peor, por invernaderos en las zonas más elevadas. 

     

    El primer factor para la metamorfosis del paisaje fue la caída de los precios del azúcar, de forma gradual –la base de la economía era de los productos derivados de la caña y el azúcar–. Lo que sumado a la competencia con la remolacha azucarera engendró una situación de descontento y precariedad en el sistema socioeconómico. Sumado al alto coste de mano de obra, y la dureza del trabajo manual, hizo que una parte de los habitantes fueran partidarios del cambio. Poco papel jugó la Unión Europea y su Política Agraria Común (PAC) para intentar salvar el último reducto de caña azucarera en Europa y su sistema paisajístico.

     

    El cambio del paisaje se hizo más rotundo con la desecación de las zonas húmedas, esas charcas plateadas, hábitats de garzas y flamencos, como ocurrió en la zona de La Cagailla, al este de Salobreña. Ahora se desecaban para el desarrollo urbano, unas veces realizado, otras para desarrollos previstos, que suponían la destrucción de uno de los paisajes más impresionantes de la costa mediterránea, además del paisaje de chambaos de gran valor antropológico, muchos de los cuales fueron incendiados. Otra vez el drene de estas zonas megadiversas cambiaba el ecosistema asociado a los paisajes azucareros.

     

    Este fue el factor clave. Hasta que explotó la burbuja inmobiliaria la especulación imperó en las tierras de la costa mediterránea, la fiebre del ladrillo hacía pensar a los agentes económicos que un desarrollo de la construcción y del turismo traería a la zona mayor vitalidad económica a costa de la destrucción de otros valores. De este proceso no se quedaron fuera la costa tropical de Granada ni los valores de los paisajes del azúcar. Este criterio desarrollista podría ser el factor más importante de la desaparición de estos dulces horizontes.

     

    Con esta idea se declararon urbanizables para la construcción hotelera y turística más de tres millones de metros cuadrados en el municipio de Salobreña a principios del siglo XXI (unos 250 metros cuadrados por habitante). Se calificó la Vega como zona de expansión de suelo residencial a pesar de estar protegida como paisaje agrario –Protección Especial Paisajística– y ser una zona de riesgo de inundación y sísmico. Es decir, terrenos desfavorables, por suelos, por hidrología y por riesgos naturales. Un ejemplo de esta directriz política es el PGOU (Plan General de Ordenación Urbana) de Salobreña, que definió en la época del fin de estos paisajes que un gran porcentaje de cañaverales se transformarían en suelo urbano. Muchos terrenos recalificados no eran sólo cañaverales, sino también zonas naturales como los humedales de La Cagailla (Hábitats de Interés Comunitario declaradas por la Unión Europea), también protegidos, que se desecaron, dónde incluso el proyecto invadió el dominio marítimo terrestre. Las declaraciones de impacto ambiental para todos estos proyectos del plan fueron nulas. Otro ejemplo fue el cambio de uso del territorio en la vega de La Caleta (cuyo mar está declarado Lugar de Importancia Comunitaria, protegido por directrices europeas), actualmente roturando y destruyendo todo el patrimonio de la zona.

     

    Y un último ejemplo de este proceso desarrollista y abrasivo fue la ampliación del polígono terciario-comercial de Motril en terrenos protegidos, clasificados como suelo no urbanizable de protección agrícola cultivo tradicional. Todos estos fueron roturados y declarados zona urbanizable para uso comercial e industrial.

     

    El último factor, y no menos importante, fueron las políticas hidráulicas, imprescindibles para que funcionasen los paisajes del azúcar. Se transformó el sistema hidrológico de la Vega del Guadalfeo con la construcción de la presa de Rules (embalse de 114 hm³) y el control en cabecera de este río. Un cambio radical. Disminuyen los aportes de aguas superficiales, dependiendo en su mayor medida la supervivencia de los cultivos de los acuíferos. Cambian las dinámicas fluviales, los sedimentos quedan en las presas, el mar se va comiendo las playas y estas desaparecen.

     

    Todos los factores de cambio están interconectados, y son los que generan el paisaje actual. Así, uno de los últimos reductos naturales, con un gran valor antropológico, desaparecía en Andalucía. Otra vez criterios de rentabilidad económica inmediata rompieron un equilibrio ecológico y humano sostenible.

     

     

    El paisaje actual de la Vega del Guadalfeo

     

    El paisaje actual es fruto del cambio de esos cañaverales tras la desaparición del cultivo principal, pero tiene destellos comunes, subtropicales, gracias al clima imperante. Se podría denominar paisaje subtropical mediterráneo de costa.

     

    Con el cambio de explotación del territorio se da una transformación en la estructura paisajística. La inmensidad verde que se podía apreciar desde la Sierra de Lujar, se moldea hacia una pigmentación de diferentes cultivos tropicales, como los mangos, las chirimoyas, los aguacates y las guayabas, con una costa construida y en proceso de ampliación, y, con las manchas blancas de los invernaderos en las lomas, todo ello presidido por el castillo de Salobreña.

     

    El cambio en el paisaje revela la permuta en la sociedad de la región, cada vez más tercializada, que depende más de lo externo. Menos autosuficiente. El ejemplo más expresivo es la fabricación del ron. El Ron pálido motrileño, que se produce curiosamente con caña importada, pero intenta conservar el sabor tradicional. La metamorfosis del paisaje no supuso solamente el declive de la belleza que se había conseguido con una forma tradicional de aprovechamiento del territorio, sino el cambio en los servicios que generaban a las personas.

     

    Los paisajes cañeros producían una equidad en los tres tipos de servicios ecosistémicos. Los servicios de abastecimiento (aquellas contribuciones directas al bienestar humano provenientes de la estructura biótica y geótica de los ecosistemas, como por ejemplo la alimentación, el agua dulce, las energías renovables, los recursos genéticos o las medicinas); los servicios de regulación (aquellas contribuciones indirectas al ser humano provenientes del funcionamiento de los ecosistemas, como la regulación climática, el almacenamiento de carbono local, la regulación de la calidad del aire, la hídrica, la sedimentaria, la del suelo y nutrientes, el control biológico, la polinización o la amortiguación de perturbaciones, y los  servicios culturales (aquellas contribuciones intangibles que la población obtiene a través de su experiencia directa con los ecosistemas y su biodiversidad, como por ejemplo los conocimientos de ciencia y tecnología, el conocimiento tradicional o ecológico local, el disfrute espiritual, el paisaje, las actividad recreativas, el ecoturismo o la educación ambiental).

     

    Tras la metamorfosis del paisaje, desciende bruscamente la conservación de la salud de los agroecosistemas y sus servicios culturales y los de regulación, en favor de los servicios de abastecimiento (de la productividad), que aumentan potencialmente.

     

    Creando dos rosas de los servicios ecostémicos entre un agrosistema y otro, la diferencia es clara y muy visual:

     

     

     

    En el paisaje tradicional se ve que existía una igualdad y un equilibrio en los servicios de los ecosistemas entre los tres grandes grupos. Los culturales se equiparan a los puramente extractivos y a los ambientales. Lo que se traducía en una mayor sostenibilidad, y una mayor conexión entre las personas con el medio ambiente. Hoy en día los servicios extractivos (de abastecimiento) se disparan ocultando a  los ambientales y los culturales, fundamentalmente por los invernaderos y el turismo.

     

    En el paisaje actual se da una desconexión entre las personas y el territorio, primando la productividad y lo económico. Una ruptura entre ser humano y naturaleza. Servicios como la agricultura o la pesca se elevan de forma desproporcional, eclipsando otros servicios como los de regulación del ecosistema (control biológico, autodepuración o regulación hídrica) o los culturales (como el conocimiento ecológico local o la identidad regional), todos ellos necesarios para obtener estos recursos y para el desarrollo ecosocial.

     

    Hay una tendencia clara entre los servicios de los dos paisajes (el azucarero y el actual). La rosa de los vientos de servicios actual se irá haciendo más extrema, como una punta de flecha, a medida que la región evolucione a un turismo potente y a una agricultura intensiva, sin que se conserven los valores socioculturales y ambientales del paisaje antiguo, descendiendo de una forma inversamente proporcional. Quedarán relativamente extinguidos los servicios de regulación del sistema y los culturales, lo que en mi opinión es el antimodelo. A gran escala podría generar un colapso en las regiones, como está pasando a nivel global con la crisis socioambiental global.

     

    La valoración de los servicios que ofrecen los agroecosistemas es una forma clara y visual de explicar el cambio entre paisajes. Por eso el agrosistema de la caña de azúcar era fundamental para la deriva de la región de la costa granadina. Pero sobre todo hay que valorar la importancia del agroecosistema como alternativa a la construcción turística devastadora y tercerización de la zona o del cultivo masivo mediante invernaderos y sistemas basados en la ingeniería bajo plástico que destruye el territorio y el sistema socioeconómico que asedia este territorio.  Esos sistemas no son compatibles con el desarrollo ambiental, y expulsan al olvido los atributos cultuales y antropológicos cañeros.

     

    El problema toma una dimensión ética importante. Además de ser una lucha por la conservación del patrimonio cultural, agrario y tradicional, es una disyuntiva entre modelos de desarrollo. Entre ideales. Por un lado, la idea del desarrollismo, basado en la globalización y la homogeneización de territorios con un enfoque productivista, y por el otro la idea de la diversidad cómo valor añadido, de la valorización de las zonas rurales y su cultura, como parte fundamental del desarrollo regional y sobre todo la protección de la naturaleza. Hubiera sido importante conservar estos lugares Con sus paisajes propios y diversos como lo son estos cañaverales subtropicales que parecían sacados de la paleta de cualquier pintor andalusí.

     

     

     

     

    Olmo Nieto Jiménez (Ávila, 1992) es geógrafo. Estudió Geografía y Ordenación del territorio en la Universidad Autónoma de Madrid, y se especializó con el máster de Espacios Naturales Protegidos, impartido por las universidades Autónoma, Complutense y Alcalá. Ahora mismo elabora cartografía en el Instituto Geográfico Nacional, y es profesor tutor de geografía física y humana en la UNED. 

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