Adrien Aron fue un gran fumador y aficionado a la filatelia. Fotos de autor desconocido, posiblemente tomada en los años 60 del s. XX

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    Adrien Aron, de jugador de bridge a coleccionista de sellos, hermano de Raymond. Una historia mínima en la Segunda Guerra Mundial

    Silvia Nieto - 21-09-2018

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    Léon Adrien Aron nació el 29 de abril de 1902 en París y murió el 30 de noviembre de 1969 en la misma ciudad. Fue jugador de tenis, experto en bridge, amante de la buena vida y ciudadano francés al que le negaron esa condición cuando le recordaron que antes era judío. Eso ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial.

     

    He buscado en París París, Veigy y Ginebra las huellas que quedaron de una vida que transcurrió a la sombra y casi como contrapunto de la de su hermano, el intelectual Raymond Aron. Una terminó en el anonimato, en el abandono elegido por un hombre que decidió retirarse del mundo antes de que le llegara su hora. La otra, con el reconocimiento y el aplauso que merece haber construido una gran obra académica y periodística.

     

     

    Ginebra, 31 de julio de 2018

     

    Escribo en la Plaza de la Taconnerie de Ginebra, mientras las campanas de la catedral de Saint-Pierre retumban. El edificio, dedicado al culto protestante, combina la arquitectura gótica con la neoclásica, como se aprecia en una fachada donde seis grandes columnas rematadas por capiteles corintios sostienen un frontón con el escudo de la ciudad, compuesto por un águila y una llave eclesiástica. Su lema –Post tenebras lux: después de la oscuridad, la luz– me parece propicio para explicar lo que he venido a hacer aquí. Hace meses, en septiembre del año pasado, empecé a leer las Memorias de Raymond Aron. Las primeras páginas estaban dedicadas a su hermano mayor, Adrien, sobre el que escribía apremiado por la necesidad, con reproche, tal vez con afán de saldar cuentas pendientes. Mientras él, Raymond, había construido una vida ordenada, levantado una familia y una carrera académica y periodística que le habían convertido en una de las voces más respetadas del siglo XX, Adrien se había dedicado a sí mismo y consagrado su inteligencia a actividades de poco renombre, como el bridge y la filatelia, u ociosas, como el tenis. Por su juventud, que había disfrutado en un bajo de la céntrica rue Marignan de París, habían desfilado mujeres, placeres variopintos, amistades elegidas en ámbitos mundanos donde resultaba elegante militar en la extrema derecha. Algunos de sus frívolos colegas se verían beneficiado gracias al antisemitismo del régimen de Vichy, implantado en Francia durante la ocupación alemana. Ese fue el caso de Jean Fayard, hijo del gran editor Arthème Fayard. Ambos habían publicado conjuntamente un manual sobre el bridge –El arte del bridge (Fayard, 1937), donde Jean puso la pluma y Adrien el cerebro–, poco antes del comienzo de la guerra que devastaría Europa. Su peripecia durante el conflicto fue muy distinta. Tras la derrota de Francia en junio de 1940, Jean huyó a Londres. Pero regresó al París ocupado por los nazis para retomar las riendas del periódico colaboracionista Candide. Uno de sus gestos menos honorables consistió en negarse a acoger a la escritora Irène Nevirovsky –que acabaría siendo deportada a Auschwitz, donde murió– escudándose en que no podía publicar textos de novelistas judíos a causa de la nueva legislación. Adrien, que por entonces ya se había visto obligado a recordar que, a diferencia de sus compañeros de juerga, provenía de una familia judía, había decidido huir a Cannes, a la zona no ocupada, donde podía sentirse más seguro que en una capital tomada por la Gestapo y los colaboracionistas.

     

    Raymond Aron explica en sus Memorias que Adrien no había vuelto a ser el mismo tras la guerra. Su hermano mayor se había convertido en un misántropo, un tipo cínico que no creía en nada y que había optado por permanecer más o menos recluido en su piso de París, entregado por completo al coleccionismo de sellos. Insinuaba, también, que la decepción que Adrien había sentido con su círculo cercano durante la ocupación atizaron ese deseo de ausentarse del mundo, explicitado en la serenidad con la que había aceptado el diagnóstico de cáncer de pulmón –fumaba varios paquetes de cigarrillos al día– que acabó con su vida en 1969. La primera vez que investigué sobre él, cuando tiré del hilo de Jean Fayard, me sorprendió lo bien que encajaban las piezas, lo bien que coincidían con la tesis expuesta por Raymond. Pensé que ya rozaba con los dedos lo que le había sucedido a Adrien, y que había encontrado la luz después de la oscuridad. La clave que explicaba su vida, por retomar el lema de la ciudad en la que ahora escribo. Tardé unos meses en comprender que estaba equivocada.

     

    Aunque mis primeras pesquisas me habían permitido reconstruir parcialmente la juventud y la vejez de Adrien, otro periodo esencial, el de su vida durante la guerra, permanecía en penumbra. En sus Memorias, Raymond mencionaba que, tras su paso por Cannes, se había exiliado a Ginebra, donde se había aficionado a la filatelia. Dominique Schnapper, hija de Raymond y por lo tanto sobrina de Adrien, me explicó en París el pasado enero que su tío se quejaba del trato que había recibido en el país helvético, sin acertar a darme más detalles sobre esa etapa. Mi curiosidad me llevó a intentar resolver ese pequeño misterio por mí misma. Por eso consulté los Archivos Federales Suizos, donde descubrí que había depositada información sobre los judíos que habían cruzado la frontera durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando introduje en el espacio de búsqueda el nombre completo de Adrien –Léon Adrien Aron, según se lee en su partida nacimiento, que encontré en los Archivos de París– y comprobé que coincidía con un resultado, y que por tanto iba a obtener nuevos datos sobre él, experimenté una sensación de júbilo. Marc Bloch decía que la vocación del historiador se resume en lo mucho que le divierte su trabajo. Es verdad. Sin embargo, lo que me desvelaron los documentos me entristeció y me dejó confundida, haciéndome detener la búsqueda para tomarme un respiro y distanciarme del tema.

     

    Suenan las campanas de Saint-Pierre. Son las cinco de la tarde en Ginebra, y llevo dos horas escribiendo.

     

     

    *    *    *

     

    Me cuesta responder a quienes me preguntan por qué me interesa tanto Adrien Aron y no tengo la intención de resolver sus dudas por ahora, aunque sí de admitir que siento cierta necesidad de reivindicarle, de no permitir que se pierda su recuerdo, quizá porque pienso que solo en la memoria –en lo que escribamos, en el afecto que dejemos– sobrevive algo de nosotros más allá de lo que el tiempo dicta. Por otro lado, y aunque quizá suene absurdo, o sensiblero, después de tantos meses, de leer tanto, se empieza a sentir cierto afecto por la persona sobre la que se investiga, aunque eso no diga nada bueno sobre el rigor de mi trabajo, y sobre mí. Leer los documentos de los Archivos Federales Suizos me mostró una cara desconocida de Adrien, más íntima, una cara que será cuestionada en este texto pero que puede que sea la esencial, y la que permita comprender su vida en la posguerra, e incluso antes, mucho mejor que la posible traición de alguno de sus amigos. Dudo que su familia, incluido su hermano Raymond, conociera en detalle los hechos que a lo largo de este artículo trataré de explicar.

     

     

    *    *    *

     

    Durante estos días de investigación, y como no podía ser de otra manera, me han acompañado algunos libros. Los dos más importantes han sido La Suisse, l’or et les morts (Points, 1997), del sociólogo suizo Jean Ziegler, y Les Suisses et les nazis. Le rapport Bergier pour tous (Éditions Zoé, 2004), del historiador y periodista Pietro Boschetti. Ambas lecturas han sido complementadas con varios informes publicados por los Archivos de Estado de Ginebra, donde se detalla cómo evolucionaron las políticas de aceptación o rechazo de inmigrantes en Suiza a lo largo de la Segunda Guerra Mundial. Las dos primeras obras, que también versan sobre esa cuestión, abarcan además otras polémicas, imprescindibles para comprender el papel ambivalente que el país helvético jugó durante el conflicto. Ziegler, que escribe con afán combativo, con nervio, como él mismo admite, de agitador de conciencias, explica cómo algunos bancos suizos se dedicaron a blanquear el oro robado por los nazis en los territorios que la Werhmacht iba arrasando durante su avance por Europa; los convoyes cargados del metal precioso llegaban a Berna, donde eran depositados en el subsuelo y cambiados por francos suizos, una divisa con la que el Tercer Reich pagaba importaciones imprescindibles para su esfuerzo bélico, bien fuera el magnesio de la España de Franco o el wolframio del Portugal de Salazar. Aunque su trabajo, premeditadamente provocador, debe leerse con prudencia, deja algunas imágenes potentes, incómodas. Ziegler (1997) relata:

     

     

    “Recuerdo un espléndido día de finales del otoño de 1996. Fui invitado a desayunar en casa del embajador de Suiza en un gran país vecino (…) Y, bruscamente, el embajador me dijo:

     

     

    —Ves, nosotros, los suizos, solo somos alberguistas…

     

    Dándose cuenta de mi sorpresa, continuó:

     

     

    —Sí, el suizo –hablo del suizo alemán– es un alberguista… Un muy buen alberguista. Lleva admirablemente su barca, abre la puerta a todo el mundo, sirve a todos los que pueden pagarle. El servicio es perfecto… Y cuando, con la cena terminada, los clientes se sientan en sus sofás para debatir de Dios y del mundo saboreando un coñac o un café, el alberguista se escurre sigilosamente a la parte de atrás de su cocina para contar discretamente su dinero.

     

     

    Todo es exacto en esta imagen: el servicio irreprochable, la hospitalidad ecuménica –dejamos entrar a todos los que pueden pagar–, la discreción total y la indiferencia absoluta a todo debate filosófico, ideológico o incluso simplemente teórico. Y también la cuenta exacta del dinero, el amor por la contabilidad. Todo es cierto”. (p. 47)

     

    La obra de Boschetti prescinde del tono combativo. El libro, como se explica en su introducción, pretende ser una explicación accesible al gran público de los resultados alcanzados por la Comisión Independiente de Expertos Suiza-Segunda Guerra Mundial, creada en 1996 para investigar algunas de las decisiones controvertidas adoptadas por el país helvético entre 1939 y 1945. En el segundo capítulo, el historiador desentraña la postura suiza frente a las personas que cruzaban a la desesperada su frontera durante el conflicto. Boschetti (2004) afirma:

     

     

    “El mismo día en el que Rothmund [Heinrich Rothmund, director de la División de Policía del Departamento de Justicia y Policía de Suiza] escribe estas líneas, toma la decisión de cerrar herméticamente la frontera a los refugiados desprovistos de visa. Redacta una nueva directriz que, en esencia, ordena la aplicación estricta del decreto del 17 de octubre de 1939: todo refugiado que haya entrado ilegalmente debe ser expulsado de inmediato. El Consejo Federal aprueba esta directiva, que es de nuevo precisada en una circular (13 de agosto de 1942) de la División de Policía enviada a las autoridades civiles y militares. Esta circular constata la llegada de inmigrantes, ‘en particular de judíos de nacionalidades diversas’; considera que Suiza no tiene los medios de albergarlos; exige, por tanto, su devolución”. (p. 48)

     

    Como consecuencia de esa medida, “el número de expulsiones aumentó masivamente a partir de agosto de 1942 y permaneció muy elevado hasta el otoño de 1943. Se cuentan 5.000 para este único periodo” (Boschetti, 2004, p. 52). Para los judíos, la expulsión de Suiza podía significar la muerte. Por eso, en uno de los informes elaborados por los Archivos de Estado de Ginebra, se relata cómo uno de los tres judíos alemanes que fueron devueltos a manos de los aduaneros germanos el 22 de agosto de 1942 en la región de La Plaine “intentó suicidarse abriéndose las venas”. Todos los miembros del grupo emitían “gritos guturales”[1].

     

    Queda claro, me parece, que llegar a Suiza no garantizaba estar a salvo.  

     

     

    *    *    *

     

    Ahora, volvamos a Adrien. Entre los documentos que recibí de los Archivos Federales Suizos figura una carta enviada desde la clínica médica de La Métaire, situada en Nyon, Suiza, el 15 de abril de 1944, y dirigida a la Dirección Central de los Campos de Trabajo, donde debían ingresar los inmigrantes que habían entrado ilegalmente en el país helvético. Me resultó bastante dolorosa, aunque no puedo decir que su contenido me sorprendiera del todo.

     

     

    “Nyon, 15 de abril de 1944.

     

     

    DIRECCIÓN CENTRAL DE LOS CAMPOS DE TRABAJO,

     

     

    Señor presidente,

     

    Bethonvenstreasse 11,

     

    Zúrich 2.

     

    Concierne: ARON ADRIEN, ZL. 9.474

     

     

    Señor,

     

     

    En respuesta a su carta del 12 de abril, le dirigimos el siguiente informe:

     

     

    Transferido de la Lignière, en Gland, donde estaba [ingresado] desde diciembre de 1943, el señor Adrien Aron, que sufre de una depresión nerviosa profunda, nos fue enviado el 24 de febrero de 1944 por el médico-director de ese establecimiento, con el objetivo de un internamiento para detener los riesgos de un suicidio inminente.

     

     

    De acuerdo con la autoridad civil competente, hemos estimado poder aplazar momentáneamente esta medida de seguridad, que no hubiera hecho sino agravar el estado del enfermo. La hemos reemplazado por una vigilancia estricta y nos reservamos recurrir solo al internamiento en caso de necesidad absoluta, lo que no se ha producido hasta ahora. 

     

     

    El señor Adrien Aron siempre ha sido un enfermo. Su nerviosismo, los problemas cardíacos y hepáticos que resultan de él, le obligaron a abandonar su profesión de jurista ya en 1930. Desde esa época, siempre ha llevado una existencia reducida y ha sido continuamente tratado por el profesor Laubry [puede referirse a Charles Laubry, un célebre cardiólogo francés] de París.

     

    El señor Aron es un sujeto de constitución delicada que se encuentra en un estado de nutrición muy precario. Desde su llegada a Suiza, se ha comportado como un gran nervioso sujeto a angustias incesantes, a un insomnio rebelde y a veces a una ligera agitación. Su depresión nerviosa actual presenta ciertos caracteres de gravedad que se traducen especialmente en ideas de suicidio que han motivado su estancia en La Métaire.

     

     

    El tratamiento establecido ha eliminado el adelgazamiento progresivo y determinado una ligera mejoría de los síntomas mentales. Sin embargo, el enfermo duerme todavía muy mal y no puede prescindir de medicamentos. La angustia reaparece con la mínima inquietud y las ideas de suicidio persisten.

     

     

    Durante la última renovación de la baja del señor Aron, hemos juzgado útil hacer ver a nuestro enfermo por uno de nuestros compañeros, el doctor Panchaud de Nyon (médico consejero del campo de St. Cergue). Plenamente de acuerdo con nosotros, el doctor Planchaud ha certificado, en anexo a nuestra petición de prolongación, que el señor Aron ‘es absolutamente incapaz de vivir en un home [un campo de trabajo] durante un periodo indeterminado’.

     

     

    Desde entonces, el estado del enfermo solo ha cambiado un poco y nuestra opinión sigue siendo la misma: consideramos, desde el punto de vista médico, que no podemos tomar la responsabilidad de su vuelta a la vida de un home.

     

     

    También nos permitimos sugerirle, si verdaderamente un régimen de libertad –que reuniría las condiciones más favorables para el tratamiento– no puede ser aplicado, permitir a nuestro enfermo una baja de una duración notablemente más larga, seis meses por ejemplo. Esta medida disminuiría la angustia que hemos observado con cada renovación de la baja y permitiría desde entonces una mejor acción de nuestra terapia.

     

     

    Le agradecemos por adelantado su respuesta y le presentamos, señor, nuestros solícitos saludos.

     

     

    Dr. A. Melley”.

     

    (Procedencia de la carta: Archives fedérales suisses, E4264#1985/196#14994*, réf. N09806, ARON, ADRIEN, 29.04.1902, 1943-1944)

     

     

    Las campanas tocan de nuevo. Son las seis de la tarde, y en la plaza de la Taconnerie sopla el aire. El sol solo ilumina la catedral, porque en la terraza donde me siento, y donde estoy sola, el edificio anexo, el número dos, proporciona una sombra que me resguarda de la luz y del calor. Sobre su fachada, inscrito, se lee: Architectes Breitenbucher 1941. Hay muchas preguntas que no podré responder. Antes de intentarlo, volvamos a unos meses atrás y viajemos a Francia.

     

     

    París, 12 de enero de 2018

     

    Llevo meses investigando sobre Adrien Aron, ese chico listo que se mostraba frío y frívolo sin serlo del todo. Meses buscando información sobre él en periódicos y archivos, esperando dar con la clave de su biografía, con el hecho que más allá de la guerra me permita comprender su abdicación del mundo. Hoy, su sobrina, Dominique Schnapper, la hija de Raymond Aron, me recibido en su despacho de la Écoles des Hautes Études en Sciences Sociales de París, en una salita ubicada en el céntrico bulevar Raspail, donde las floristerías que salen al paso anuncian el cementerio cercano. Allí, frente a una ventana con la torre Montparnasse de fondo, me ha hablado de su tío, al que ha descrito como un hombre pintoresco e inteligente.

     

    —Adrien quería mucho a las mujeres –ha arrancado Dominique, a la que me hubiera gustado decirle que las mujeres también debían de haber querido bastante a su tío–. Estaba muy capacitado intelectualmente, así que hubiera podido, si hubiera sido más burgués, aprobar el polytechnique [un examen de matemáticas] y ganar dinero, pero no quería trabajar. Eligió utilizar su inteligencia para el bridge, del que fue un gran jugador, y sobre el que publicó un libro que se convirtió en un clásico. En los ambientes mundanos de Inglaterra, el Aron que conocían era a Adrien. Evidentemente, en el año 1940 se sintió muy marginado por el ambiente que frecuentaba, que era el de la derecha, el de la derecha mundana. Después de la guerra su carrera de tenis se había terminado. Tampoco tenía ganas de jugar al bridge, aunque no sé realmente por qué, tal vez porque le suponía un mayor esfuerzo. Por eso se consagró a la colección de sellos, y siguió siendo amigo de las dos personas, también burguesas, con las que compartía esa pasión. Sin embargo, no continuó teniendo una vida mundana. Después de la guerra, la mundanidad, como tal, no le interesaba demasiado.

     

    —¿Se sintió, entonces, muy decepcionado con sus amigos de juventud, con sus antiguos conocidos?

    —Sí, sí. Cambió su vida, cambió él, pero también cambió su ambiente, que dejó de existir después de la guerra. Podría haber continuado con el bridge, pero no quiso. Y la gente que se ocupa de los sellos, de la filatelia, no son personas de la misma clase social; son, por decirlo de alguna manera, de una más modesta. Además, Adrien tenía un lado anarquista.

     

    —¿Ah, sí?

    —¡Claro! El reconocimiento mundano le daba igual. Así que, debido a su edad y a la transformación de su ambiente, del paso del tenis y del bridge a los sellos, se dejó de relacionar con la mundanidad. Siguió viviendo en el mismo apartamento, del que se despreocupó por completo. Y de hecho, cuando murió, el piso estaba en un estado… absolutamente nunca antes había visto así un apartamento. Estaba en la rue Marignan, en el octavo distrito. Adrien cenaba todas las noches en un restaurante célebre, el Fouquet’s, donde tomaba una rodaja de jamón y un vaso de agua. Me imagino que seguía teniendo novias. Vivía de una forma muy, muy solitaria... En fin, era un personaje. Creo que debería buscar en internet un libro que nunca llegó a publicar, un manuscrito que realizó sobre gente que realizaba estafas, robos. También hizo un libro sobre bridge.  

     

    —Realicé hace unos meses una pequeña investigación sobre Jean Fayard, con el que Adrien publicó el manual sobre ese juego de cartas en 1937. Al parecer, Fayard militaba activamente en la extrema derecha.

    —Sí, claro. La gente del ambiente del tenis y del bridge era muy de derechas, y muchos de ellos se revelaron como antisemitas en 1940. Fayard escribió el libro, pero las ideas eran de Adrien. Y bueno, todo esto es lo que le puedo contar. No le veíamos mucho, aunque una vez nos invitó a desayunar a mi marido y a mí. Fue un desayuno muy afectuoso, estuvimos de acuerdo en muchas cosas. Al final de su vida, debido al estado en el que se encontraba su apartamento, se fue a vivir al hotel donde se alojaron los refugiados cuando terminó la guerra, al hotel Lutecia. Y allí fue donde nos encontramos con él, con su lado independiente, muy inteligente.

     

    —¿Cómo era, personalmente?

    —Me imagino que usted habrá visto algunas fotografías, ¿no?

     

    —Solo he visto una, pero no se le ve muy bien.

    —Entonces debería pasar por mi casa. Tengo una buena fotografía de él, con los sellos. Era un gran fumador, ¿eh? [Adrien Aron murió de cáncer de pulmón en 1969]. Al final de su vida, papá [Raymond Aron] iba a verle todos los días al hospital, donde le llevó una radio. Si le divierte, venga mañana por la mañana.

     

    Necesitaba hacer una última pregunta y lanzarla lo antes posible, porque Dominique ya estaba recogiendo sus cosas.

     

    —Durante la Segunda Guerra Mundial leí que se exilió en Suiza.

    —Sí. ¿Qué es lo que sé sobre su estadía en Suiza? Nada. Sé que decía que Suiza no le había acogido muy bien. Creo que se ganó la vida jugando al bridge.

     

    —¿Por qué huyó de Cannes?

    —No lo sé. Nosotros estábamos en Londres.

     

     

    13 de enero de 2018    

     

    Me he levantado ilusionada, pero también muerta de miedo. Ilusionada porque por fin voy a poner cara a Adrien, del que solo he encontrado una fotografía de 1927, cuando tenía 25 años, donde aparece jugando al tenis y en la que apenas se aprecia su rostro. Muerta de miedo porque me he despertado demasiado tarde. El piso de mis amigas está en la Mairie des Lilas, la última parada de la línea 11 del metro de París. Yo había quedado en el centro, en el bulevar Saint-Michel. Tras ducharme rápidamente y creo que sin desayunar me he lanzado a la calle pensando en parar un taxi, la única solución posible para llegar a tiempo. Un par de viandantes me han aconsejado caminar hasta Porte de Lilas, la parada que inspiró la canción de Gainsbourg, y que está a unos cinco minutos a pie. Allí, sin dejar de mirar la hora, y en la intersección entre dos calles, entre un bistró y un McDonald’s, me he dedicado a agitar los brazos como si me estuviera ahogando; los taxis que veía pasaban de largo, porque iban ocupados. Me he agobiado tanto que he lanzado algún improperio, pero con la prudencia de hacerlo en español. Al final, a lo lejos, he avistado un taxi vacío y he salido corriendo a por él. Aunque he tenido suerte y he podido montarme, para entonces solo quedaban cinco minutos para las diez de la mañana, que era la hora de mi nueva cita con Dominique.

     

     

    *    *    *

     

    No he preguntado al taxista su nombre, pero tras pegar un frenazo por culpa de una señora que ha cruzado la calle con imprudencia, y de mirarnos por el retrovisor desaprobando su locura, hemos empezado a hablar. Mi taxista, que iba escuchando Radio France Internationale, la radio que yo usaba para aprender francés, nació en Tetuán en 1949, cuando la ciudad todavía formaba parte del protectorado español en Marruecos. Me ha explicado que llevaba décadas viviendo en Francia, que detestaba a Trump, que con Macron estaba contento, porque era “joven” y en la política se necesitan “personas jóvenes” con nuevas ideas, y que los franceses, que eran muy protestones, eran un pueblo difícil de gobernar. También hemos hablado de España, de la crisis económica, de los problemas de mi generación, que tanto ha estudiado y a veces se siente tan frustrada. De vez en cuando, para tranquilizarme, me ha ido informando de lo que faltaba para llegar. Cuando al fin hemos llegado el bulevar Saint-Michel nos hemos despedido alegremente, aunque estaba nerviosa. Me he precipitado a la acera, a la altura del portal que Dominique me indicó ayer. Eran las diez y media de la mañana y yo temía que me mandara al carajo.

     

     

    *    *    *

     

    El primer impulso que tuve cuando he llegado al portal ha sido el de darme un cabezazo contra su puerta. Al alcanzarlo, tras intentar abrirlo y comprobar que estaba cerrado, he mirado con cara de cordero degollado el teclado en el que tenía que introducir el digicode. En París la mayoría de los portales de los edificios no se abren, como en España, con un portero automático, sino tras pulsar un código numérico que algún vecino del inmueble debe desvelar a la persona que le va a visitar. Me alejado un par de pasos e intentado establecer contacto visual con el dependiente de la cafetería que quedaba al lado, al que he preguntado por señas –nos separaba un cristal– si sabía cómo podía acceder al edificio. Me ha mirado más bien raro y se encogido de hombros. Así, sin saber qué hacer, he pasado unos minutos, hasta que un hombre ha salido del bloque y me ha dejado pasar. He entrado rápido, adoptando lo que un buen amigo llama la “actitud de cóctel”, esto es, tratando de no dar el cante y actuando con naturalidad. Lo he logrado a medias, porque el primer impulso que he tenido ha sido abrir la puerta de la escalara de servicio y subir hasta la segunda planta, donde Dominique me había dicho que vivía. Luego he elegido tomar la normal. Cuando he llegado arriba, la gardienne, la portera, me ha explicado, y debo decir que muy amablemente, que me había equivocado. Allí no había ninguna Madama Schnapper.

     

    He regresado a la calle con los puños apretados. La única posibilidad que se me ha ocurrido en ese momento –¿serían ya las once menos cuarto?– ha sido la de probar unos portales más adelante, por si el día anterior me hubiera confundido al anotar el número. Eso he hecho. He caminado rápido, ya casi sin esperanza y reprochándome ser un desastre en general y en particular cuando se trata de madrugar. Pero he tenido suerte. Unos metros más adelante he encontrado el edificio correcto. Para mi sorpresa, además, allí sí que había portero automático, así que no tenía problema para pasar. He llamado con insistencia a la segunda planta. Por fin me han abierto; en esa ocasión, el portero me ha mirado de arriba abajo con el ceño fruncido. Mi cara, el olor a tabaco y mi alegría, que quizá se expresaba con un gesto de desconcierto, no han debido de inspirarle una buena impresión.

     

    He subido las escaleras todo lo rápido que he podido y ya sustituyendo el nerviosismo por el entusiasmo que siempre me ha proporcionado cualquier actividad vinculada a lo que estudié. Al llegar a la casa me he disculpado tantas veces como aire me quedaba –primero ante la señora de servicio, a la que he confundido momentáneamente con la sobrina de Adrien– y Dominique, con esa excelente educación que mucha gente posee en Francia, me ha pedido que no me preocupara, que había pasando la mañana trabajando. Me ha conducido hasta una habitación donde ha abierto un armario, del que ha tomado un álbum marrón guardado en una balda alta. Era uno de los viejos álbumes donde las fotografías están cubiertas por un papel transparente un poco pegajoso. Lo ha abierto por el final. Allí estaba Adrien fumándose un cigarrillo, vestido elegantemente y mirando sellos, la afición que abrazó durante su exilio en Suiza y a la que se consagró durante su vejez. La imagen había sido tomada, creía Dominique, en los años sesenta. Luego me ha mostrado otra de su infancia, donde los tres hermanos Aron –Adrien con cara de enfadado y los puños medio cerrados– posaban juntos, vestidos como duendecillos. Hemos contemplado las imágenes frente a una ventana, sonriendo.

     

     

    Ginebra, 1 de agosto de 2018

     

    Vuelvo a la carta de la clínica de La Métaire, donde se detallaba el estado de salud de Adrien en abril de 1944. La depresión, los nervios y las ideas de suicidio, si damos por bueno su contenido, resultaban de un sufrimiento, el psicológico, que le había perseguido desde antes de la guerra, y que había afectado a su vida afectiva y profesional. Cuando ese papel llegó a mis manos pensé en varias cosas. La primera, en la lectura que Raymond hacía de la juventud de su hermano en sus Memorias. Siguiendo su versión, aquellos habían sido sus años dorados, la única época que recordaba con satisfacción. Adrien era el resultado de unos padres que nunca le habían pedido cuentas por nada. Dotado de una de esas inteligencias que puede prescindir del esfuerzo, había abandonado el estudio de las matemáticas por pereza, y conseguido terminar Derecho gracias a su memoria prodigiosa. Su talento para los números lo había puesto al servicio del bridge; es decir, del ocio, las frivolidades y el dinero fácil. ¿Un comportamiento egoísta o una huida hacia adelante? ¿Y si las decisiones de Adrien no habían sido fruto de una educación inadecuada sino de un malestar desconocido, de ciertas grietas de su carácter que intentaba ocultar? La contención, que creo es un rasgo distintivo de las personas sensibles, es uno de los logros, a mi juicio, de las Memorias de Raymond. Las emociones se perciben, están a flor de piel, pero se cuidan los excesos y se echa mano de la ironía cuando es oportuno utilizarla. La contención, en fin, también es algo que se aprende en la infancia, en casa. ¿Y si Adrien era parecido? ¿Y si detrás del frívolo se escondía un hombre que sufría?

     

    Leí hace poco un artículo que lamentaba que las explicaciones psicológicas estaban dejando a un lado el juicio moral. Que intentar comprender el comportamiento de los otros se estaba convirtiendo en un ansiolítico para disculpar todos sus actos. ¿Estoy sucumbiendo a ese error? Mejor dicho, ¿es un error realizar ese ejercicio? Saber que un hombre ha padecido maltrato me permite entender que maltrate a otros, pero en ningún caso aplaudir esa reacción a su sufrimiento. Me da igual, por no andarme con rodeos, si un asesino mata por culpa de un rosario de traumas, pero también creo que dentro de la maldad hay grados, y que nadie está exento –he tenido una educación muy católica, como se puede observar– de cometer errores que a veces merecen ser perdonados. Raymond, de nuevo en las Memorias, contaba que su padre se había arruinado tras la crisis económica de 1929. Adrien, que al parecer tenía dinero, no le había ayudado, alegando que su elevado tren de vida no le permitía darle ni un franco. Cuando su padre murió, en 1934, el sufrimiento le devoró. Así se lo hizo saber a Raymond, a quien preguntó si creía que él era culpable.

     

    Si damos por cierto el contenido de la carta de La Métaire, si es cierto Adrien sufrió en silencio algún tipo de mal que nunca confesó, ¿queda eximido de los devaneos, de las irresponsabilidades de las que hizo gala durante su juventud? Los partidarios del juicio moral dirán que no, y los de la explicación psicológica que sí, aunque quizá con matices. En cuanto a mí, mi objetivo no es dictar sentencia, sino comprender a un hombre.

     

    Ya es de noche en Ginebra. Escribo en la habitación del Auberge de Jeunesse donde me alojo, y donde duerme, a escasa distancia de mí, Fatiha, una mujer marroquí que he conocido estos días. Fatiha, que mañana se marchará a París, está casada y es madre de dos hijos, de un chico que estudia medicina y de otro que es ingeniero. Creyente, a ciertas horas extiende una sábana en el suelo, se lava el rostro y se postra para rezar sus oraciones. No me molesta, como tampoco me molestan los que acuden a misa o los que encuentran alivio y paz en la religión. El alivio y la paz es lo que todos buscamos.

     

    Creo que también era que lo que buscaba Adrien cuando se desentendía de su familia, cuando se rodeaba de frívolos o saltaba de mujer en mujer. Aunque la carta de la clínica de La Métaire pueda ser cuestionada, planteando que su contenido fue exagerado para evitar que Adrien fuera internado en un campo de trabajo, tengo algunas objeciones que hacer sobre esa posibilidad.

     

    Hoy es la fiesta nacional de Suiza. Me acuesto escuchando el estruendo de los últimos fuegos artificiales que explotan sobre el lago Lemán.

     

     

    Ginebra, 2 de agosto de 2018

     

    Veo las mesas de una terraza cubiertas por sombrillas que sostiene un poste metálico. También el agua del lago Lemán y un edificio rematado por un reloj en el que se lee un conveniente Cité du Temps. Estoy en Nico & Co, un bar de cócteles donde he pedido un té y una botella de agua como podía haber pedido que me cortaran el pelo, porque lo único que quería era que me dejaran sentarme a escribir. El lugar donde me encuentro, que ahora acoge un LGT Bank y una tienda de Tiffany & Co, la prohibitiva tienda de joyas, fue un día el que albergó el Hotel de l’Écu, el mismo donde Adrien se alojó durante su estancia en la ciudad. He pasado una mañana enloquecida, entre las dos sedes de los Archivos de Estado de Ginebra, consultando documentos sobre él y conversando con el archivista Alain Dubois, que me ha tratado con una gran amabilidad y que me está ayudando en la investigación. A todas las personas con las que he hablado les he hecho la misma pregunta: ¿Es posible que Adrien mintiera o exagerara sobre su estado de salud para no ser enviado a un campo de trabajo en Suiza? Nadie me ha sabido responder, pero todos han sonreído cuando les he explicado lo mucho que le gustaba jugar a las cartas, con una sonrisa que revelaba una simpatía automática. Creo que el encanto que transmite su personalidad, de la que se desprende un punto pícaro y el amor por la buena vida, debió de resultar magnético para los que tuvieron la oportunidad de conocerle personalmente.

     

    La primera sede de los Archivos de Estado de Ginebra que he visitado está cerca de la catedral, en la rue de l’Hôtel-de-Ville. Allí me han dejado consultar la versión original de varios documentos que poseo gracias a las reproducciones que me enviaron desde los Archivos Federales Suizos. Estaban guardados en una carpeta amarillenta, del tamaño de un folio doblado por la mitad, y en la que se leía la palabra Secret. La firma de Adrien, trazada con pluma, figuraba en algunos de ellos; me ha hecho gracia pensar qué le hubiera parecido que setenta y cinco años después una chica se interesara por él. Luego, en rue de la Terrassière, he expuesto a Alain, que me ha recibido en su despacho, todas las dudas que me suscita esta historia. Le he explicado con total sinceridad que temo estar incurriendo en un error de interpretación de los documentos, dando por buenas las alegaciones de Adrien sobre su mal estado de salud, cuando esas alegaciones quizá solo fueran una estratagema para quitarse de encima muchos problemas vinculados a su estancia en Suiza. Sabiamente, Alain me ha dicho que debo barajar todas las posibilidades y aceptar que hay preguntas que pueden quedar sin respuesta, pero que mi labor es exponer mis dudas, mostrar mi proceso de trabajo, invitar a los demás a que me acompañen en la incertidumbre que una tarea de este tipo conlleva. También me ha recomendado hablar con la historiadora Ruth Fivaz-SIlbermann, que ha trabajado con la documentación de miles de historias similares a las de Adrien. Si Fivaz-Silbermann confirma que escudarse en la enfermedad para zafarse de los campos de trabajo era una excusa recurrente tendría que tratar con escepticismo las declaraciones del mayor de los Aron y la carta de la clínica de La Métaire. Como se ve, todo es un trabajo de fuentes, de contrastar fuentes y de aceptar las limitaciones que plantan cara a mi esfuerzo.  

     

    Ha habido una cosa que a Alain y a mí nos ha llamado la atención.

     

    Desde el edificio del desaparecido Hotel de l’Écu un puente conduce al Hotel des Bergues. Ese nombre aparece en uno de los documentos de los Archivos Federales Suizos que llevo en la mochila, escrito a lápiz en una curiosa anotación hecha en lo que parece ser un permiso de visita para ver a Adrien. En ella se lee que se compromete a no volver a jugar al bridge. Al parecer, había jugado algunas partidas en el Hotel des Bergues, y Alain y yo hemos planteado la posibilidad de que le ganara dinero a alguien que luego le metió en un lío. No está de más recordar que Dominique me contó que su tío había abandonado el juego en la posguerra, aunque no sabía muy bien por qué. 

     

     

    Ginebra, 3 de agosto de 2018

     

    Agotada.

     

    Me siento en uno de esos restaurantes pretendidamente típicos del país de turno que no son típicos en realidad, pero donde comer no sale muy caro y me puedo conectar a internet. Llevo toda la mañana repasando todo lo escrito, comprobando que no hay errores, ampliando la información donde creo que falta contexto o donde me parece que las explicaciones hacen agua. Estoy segura de que la labor de edición podría ser mucho más profunda, pero también de que insistir en ese sentido sería traicionar lo que estoy contando aquí y la manera en la que lo estoy haciendo: desde lo inmediato.

     

    Casi todas las preguntas siguen en el aire. Me falta consultar a Fivaz-SIlbermann, pero también creo que debería hablar con Dominique Schnapper en cuanto regrese a España e intentar encontrarme de nuevo con ella. Tendría que contarle, por ejemplo, lo que he visto en Veigy, el pueblecito francés pegado a la frontera con Suiza por donde Adrien cruzó la noche del 5 de abril de 1943 durante su huida a Ginebra. Lo que allí me explicaron el señor Arnaud, fascinado por el general napoleónico Chastel, y el señor Pérez, que nació en la calle del Príncipe de Vergara de Madrid, pero que vive a los pies de los Alpes desde niño. Es un asunto complejo, pero también de los que alientan la fe en el ser humano: la labor de los passeurs, las personas que ayudaban a los inmigrantes durante sus viajes clandestinos aunque esa actividad pusiera en peligro sus vidas. Ambos me llevaron en coche a través de los campos amarillos que solo verdean por las vides plantadas. Me mostraron las rutas que se seguían y las granjas y los molinos donde se ocultaban antes de intentar pasar a Suiza. Me hablaron de los héroes locales que hicieron posible que esa labor saliera adelante.

     

    Prometo que hablaré de ellos. 

     

    Son las cinco de la tarde. A las once y media de la noche, un autobús me llevará hasta Calais, al norte de Francia. Me esperan más de catorce horas de viaje.

     

    La segunda parte de este artículo será escrita en Madrid.

     

     

     

    Nota:

     

    Este texto, en absoluto un artículo científico, tiene la pretensión de mostrar un proceso de investigación y las dudas y reflexiones que surgen, junto a algunas anécdotas, durante el mismo. Las fuentes de las que bebe son primarias y secundarias, aunque adolece, por haber sido redactado en varios viajes, sobre todo de las últimas. Las primarias proceden de los Archivos Federales Suizos, de una carpeta de documentos que me enviaron en febrero y que me ha acompañado a pesar de las quejas de mi espalda, además de las Memorias (Alianza Editorial, 1985) de Raymond Aron y del testimonio de su hija, Dominique Schnapper. Las secundarias –algunas obras especializadas, un informe de los Archivos de Estado de Ginebra sobre el cruce de la frontera suiza durante la Segunda Guerra Mundial– aparecen citadas y espero que sirvan para contextualizar la vida de Adrien. Me gustaría pensar que mi presencia en algunos lugares clave también suma valor a este trabajo, que comenzó el pasado enero en París y que termina, al menos por el momento, en un calurosísimo mes de agosto en Ginebra.

     

    He decidido publicar mis notas tal y como fueron escritas, haciendo correcciones o añadiendo información solo en casos indispensables, y que he decidido no respetar su orden cronológico, aplicando el que creído más conveniente para dar sentido a este trabajo.    

     

    Me gustaría añadir un apunte final. Desearía que este esfuerzo, que esta historia todavía incompleta pero que espero resolver si la fuerza de voluntad y el tiempo se ponen de mi parte, se convirtiera en un libro algún día. Como no sé si esa empresa será posible, pero sí que he realizado este trabajo con un interés sincero y diría que a veces emocionado, me permito dedicar este texto a Marga, más partidaria de los tipos excéntricos que de esas buenas gentes, por retomar la expresión de Georges Brassens, que ejercen de inquisidores de la normalidad con una crueldad que resulta inquietante. Sospecho que hubiera sentido por Adrien, a quien por supuesto dirijo estas líneas, una simpatía parecida a la que experimento yo.

     

     

     

     

    Silvia Nieto (Alcalá de Henares, Madrid, 1991) es medio historiadora y medio periodista. Su actor preferido es Marcello Mastroianni, su músico Georges Brassens y su película Casablanca. En FronteraD ha publicado ¿Por qué es una locura todo lo que rodea a Julio Cortázar? En Twitter: @snieto91

     


    [1] Archives d’État de Genève. (2000). Évolution de la pratique de l’asile: accueil ou refoulement des réfugiés [archivo PDF]. Ginebra. Recuperado de: http://ge.ch/archives/media/site_archives/files/imce/pdf/refugies_1939-1945/rapport/06evolution_de_la_pratique_d_asile_-_chronologie_des_instructions_successives.pdf

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