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    ‘Diario último’ (2016)

    Ignacio Carrión - 07-12-2018

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    Prólogo, por Carlos García Santa Cecilia

     

    Pocas palabras cabe interponer –y deben interponerse– a la lec­tura del último volumen de los diarios de Ignacio Carrión, apenas unos rasgos de su trayectoria vital y profesional y algún comentario a la edición de estos tres cuadernos finales, los números 198, 199 y 200, que cierran una vida dedicada ferozmente a la escritura. Aparte de su obra periodística –de un ritmo frenético y diario en su época más intensa de corresponsal– y de más de una docena de libros publicados entre novelas, relatos, libros de viajes y periodísticos, escri­bió –siempre con pluma estilográfica y tinta indeleble– dos centenares de cuadernos, una obra ciclópea que desarrolló desde su primera juven­tud y su viaje iniciático a Viena, al que tantas veces se ha referido, has­ta su último aliento. Los cuadernos están depositados en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Valencia (aunque nació en San Sebastián durante la Guerra Civil, Carrión siempre se consideró valen­ciano, tierra de su familia y sus raíces, y donde falleció el 8 de octubre de 2016). “No arranqué páginas en ninguno de ellos. No taché frases o palabras más que muy raramente. Siempre he pensado que cuando una palabra no acude a la primera llamada al papel, es porque no debe estar allí” (Introducción a Molestia Aparte I, p. 10).

     

    Los volúmenes hasta ahora publicados –Diarios. La hierba crece des­pacio (1961-2001), Molestia Aparte I (2001-2005), Molestia Aparte II (2006-2010) y Diarios [2011-2015]– superan las 2.000 páginas y recogen solo el 15% de lo que escribió en los cuadernos, según cálculos del autor (el 20%, dice en alguna otra ocasión). La particular escritura diarística de Carrión nace de una prescripción médica, o de una reacción a ella. En la clínica del doctor Viktor Frankl, discípulo de Freud, le diagnosti­caron “una típica histeria, sugestionabilidad propia de personalidades débiles e influenciables”. Meses después, uno de los doctores escribe a su padre: “… existe la posibilidad de que el problema sea resuelto. Pero será necesario un completo cambio de actitud a alcanzar, porque la perturbación del desarrollo es muy central (…) por no tener él una decisión estable y hace todo en relación a alguien, porque él mismo no sabe nunca qué es correcto” (La hierba… p. 7 y p. 10). El 24 de diciem­bre de 1961 comienza su escritura: “Viena. / Hoy empiezo a escribir, aunque dentro de unas horas no esté de acuerdo con las palabras”.

     

    Hasta entonces Ignacio Carrión había sido un joven desenfrenado que se lanzaba por las avenidas de Valencia a lomos de su moto Guzzi-Hispania roja con una chica aferrada a su espalda. Pertenecía a una acaudalada familia de terratenientes de la huerta levantina que no re­paraba en gastos para mandar a su vástago a psicoanalizarse en Viena. La fortuna provenía de la madre, que había sumado dos grandes patri­monios de la industria cítrica gracias a un matrimonio consanguíneo entre primos hermanos (los abuelos maternos), bendecido por supues­to por la Santa Sede. La madre, una enferma mental que desquició a toda la familia a su alrededor, es uno de los motivos recurrentes de los diarios. Cuando Ignacio llega a Viena con 23 años y expone sus sínto­mas, el doctor Frankl le grita: “¡Vamos, tiemble, tiemble todo lo que pueda! ¡Tiemble más, más, mucho más!”.

     

    Se bajó de la moto Guzzi-Hispania e intentó, al tiempo que escribía sus diarios, orientar su vida. Cursa estudios de Derecho y en noviem­bre de 1964 abre en Valencia la librería Lope de Vega, que le conecta con el mundo de los libros e intelectuales en la larga noche franquis­ta. Con 30 años cumplidos, sus ganas de viajar y escribir le conducen al periodismo, primero a Blanco y Negro y Abc –de cuyas redacciones traza un retrato agudo y desolador–, puntualmente a la agencia Efe y después al Grupo 16 –Diario 16 y Cambio 16–, para confluir en El País, donde ingresó como redactor “estrella” en 1989 y permaneció hasta su jubilación en septiembre de 2003. Del conjunto de sus diarios se podría extraer, en mi opinión, una de las mejores crónicas de la evolución del periodismo durante la llamada Transición, sin ahorrar una sola de sus frecuentes miserias.

     

    Carrión fue uno de los periodistas más destacados de su época, que a su vez fue una de las grandes épocas de la historia del periodis­mo español. En el romo panorama periodístico de comienzos de los años setenta, destaca con su estilo preciso, ágil, incisivo, que bebía del periodismo anglosajón, especialmente estadounidense: la frase corta, sencilla, directa, frente al engolamiento periodístico de entonces. Sabe idiomas, moverse por el mundo y enseguida empieza a viajar, en el via­je encuentra la cadencia para escribir en dos escalas: sus crónicas y sus diarios. Es su estado de plenitud y rechazará a lo largo de su carrera los cargos que le ofrecen. No se encontraba a gusto en las redacciones, sino lejos de ellas.

     

    Fue corresponsal en Londres y en California, hasta que llegó a la capital estadounidense en 1983 con el Grupo 16. Durante años, sus crónicas en el periódico son prácticamente diarias. “Sinceramente, mi época de mayor plenitud profesional la tuve en los años de corresponsal en Washington. Mis trabajos en Diario 16 y Cambio 16 tuvieron éxi­to por la forma de relacionarme con el medio en el que trabajaba, los periodistas con los que hablaba a diario, y por la manera de mirar el mundo de Estados Unidos, viajar por aquel inmenso país y describir lo que yo creía relevante y no solamente las mierdecitas políticas diarias, lo que ahora parece que todos los periodistas tienen que hacer. El lector quiere una identificación personal con quien escribe, ese es el gran pe­riodismo. No creo en otro”.

     

    A finales de los ochenta, consigue en El País unas inmejorables condiciones laborales, que le permiten elegir sus viajes, sus repor­tajes y sus entrevistas, sin asomar por la redacción más que lo justo (se extendió el mote para él de Lord Carrion). Era la época dorada del periódico; decía: “Quiero hacer un reportaje sobre los hoteles más lujosos del mundo”, y se lo aceptaban. Aprovechó su cómodo estatus para emprender la carrera literaria, que siempre tuvo latente. En 1990 publicó El milagro (Mondadori), un ajuste de cuentas con sus fantasmas familiares, y en 1995 Cruzar el Danubio (Destino), un ajuste de cuentas con sus fantasmas periodísticos. Esta última novela obtuvo el Premio Nadal y un resonante éxito. A la espera de Berta, en un hotel de Viena, el protagonista va dictando a un magnetófo­no los recuerdos de su vida profesional y sentimental. El lector de los diarios encontrará en ellos información sobrada sobre su crisis matri­monial y la llegada a Nueva York de su segunda mujer –que excede el planteamiento de este prólogo, baste por nuestra parte apuntar la novedad que suscitó su estilo directo, de frases cortas, cortantes, en un relato que solo contiene una coma–. Años después contaría que el corrector llenó de comas el adelanto editorial que ofreció El País de la novela, lo que indica el divorcio entre el escritor y el Libro de esti­lo. Permaneció unos años más en el periódico y le tocó ser testigo de la decadencia, ya en este siglo, de aquel periodismo libre, vibrante e influyente que se esfumó con las guerras mediáticas, las nuevas tec­nologías y la crisis económica.

     

    También en los diarios se detalla el proceso hasta la publicación del libro que sin duda habría de marcar su carrera, La hierba…, incluida la opinión de Carmen Balcells, que rechazó el manuscrito: “Será tan duro o más que psicoanalizarte”. La publicación del grueso volumen de cerca de 1.000 páginas –finalmente en Edaf, 2007– fue una con­moción por la crudeza con la que retrataba su entorno y se desangraba a sí mismo, en un ejercicio de introspección y sinceridad que alcanza cotas difíciles de superar. El desgarro con su familia –de consecuencias irreparables en muchos casos– se incrementó, pero ya se había produ­cido con la publicación de Cruzar el Danubio, que contiene un relato apenas disimulado de sus obsesiones conyugales. Compañeros, amigos y conocidos, personajes que había tratado en su largo quehacer perio­dístico, encontraron en La hierba… opiniones rotundas, confidencias desveladas y una sátira inmisericorde. Más de uno se sintió aliviado cuando comprobó que no estaba en el índice onomástico, mientras que los grandes medios, en los que no dejaba títere con cabeza, senci­llamente ignoraron la publicación del libro.

     

    Carrión se convirtió en un maldito, en un amigo incómodo al que saludar o no por la calle, que seguía escribiendo y publicando sus dia­rios contra viento y marea. ¿Qué son estos diarios y por qué tienen tal potencial patológico, tal profundidad humana, de qué están hechos? “Cargo la pluma de émbolo como si fuera una jeringuilla. La acerco al papel como si fuera a ponerme una inyección de arsénico. O quizá una buena dosis de anestesia. Pero escribir no quita el dolor. Es una droga inocua” (Diarios [2011-2015], p. 9). No es el único que ha elegido la es­critura diarística para expresarse; entre los contemporáneos españoles podemos señalar a Andrés Trapiello, Iñaki Uriarte o Alfonso Armada, todos ellos manteniendo un sostenido ejercicio de introspección, pero la exposición de Carrión es vertiginosa.

     

    Advierte el autor que su variedad de escritura no debe confundirse con la autobiografía, las memorias o las confesiones: “Es demasiado pertinaz como para aceptar censura o mutilaciones” (Introducción a Molestia Aparte I, p. 11). Creo que encontró la fórmula para protegerse en la afirmación, que repetía una y otra vez, de que escribía como si es­tuviera muerto y como si todos los actores que aparecen en sus diarios estuviesen muertos. Pero siempre sospeché que no era así, que era una concesión para explicar lo inexplicable, la necesidad de escribir para estar vivo. Hay que llegar hasta esta última entrega de los diarios, que el lector tiene entre sus manos, para cerrar el círculo que Carrión abrió temblando ante el doctor Frankl:

    “Creo que La hierba crece despacio pudo no haber nacido. Los cua­dernos, incluso aquellos todavía sin anotar, han tenido siempre un lector a la vista, por mucho que haya sido mi esfuerzo y muy persis­tente la afirmación de que escribo como si yo y todos los que aparecen aquí hubieran muerto. En el fondo y hasta en la forma, escribo para alguien: alguien que está vivo en un lugar que me he empecinado en dejarlo morir o en matarlo un día tras otro”.

     

               (anotación del 1 de junio de 2016)

     

    Ahora que está muerto, se puede afirmar que Carrión escribía en realidad como si estuviera vivo. O que escribía para estar vivo.

     

     

    Diario último’ de Ignacio Carrión. Enero de 2016

     

     

    IVO, hab. 115

     

    ENERO

    miércoles, 6 - 16:10 horas

     

    Desde el pasado viernes aquí. Otra vez ingreso por Urgencias luego de noche de fiebre y tos. Desequilibrio previo en la calle, cerca de casa. A punto de caerme. Llamo a Chus, regresamos a casa. Me desviaba hacia la derecha.

     

    En el IVO [Instituto Valenciano de Oncología], análisis. Asignan una habitación individual. Infección orina. Antibióticos por vena. Para eso está. La sangre. La ayuda de Chus. Sólo viviría por ella.

     

    TAC cerebral. Ya allí, con esta imaginación premonitoria pero no infalible, imagino el cerebro inundado por el cáncer y siento que eso sería lo mejor. No hacer nada más.

     

    Al día siguiente, la resonancia magnética tampoco detecta más que el daño isquémico que ya existía y lo cierto es que no sé si eso va a ser lo mejor pero debo alegrarme, no pasar al pasado pero tampoco mirar al futuro. Sólo hay tristeza. Qué alivio sería dejar de vivir. Sólo creo en la muerte.

     

    Sería tan fácil. No estar en ningún sitio, tampoco en la memoria de nadie.

     

    Caminando por el pasillo circular de esta planta primera del brazo de Chus, una enfermera le dice: No den la vuelta entera, no se alejen. Si él cae, usted no podrá sujetarlo: es un peso muerto.

     

    La frase más sincera del día.

     

    Viene mi hija y siento lo que debe sentir un gato muerto cuando le acarician una pata, con la diferencia de que el gato no suelta unas pocas lágrimas.

     

    Habla, habla para animarme de un libro que un prisionero de Guantánamo apresado en Jordania (secuestrado por los USA en Afga­nistán), ha escrito en forma de diario que fue sacando no se sabe cómo de Guantánamo y llevó a los Estados Unidos a pedazos en breves fragmentos. El libro, escrito en un inglés muy elemental, ha tardado siete años en poder ver la luz con muchas líneas tachadas por la censura. Al parecer están ahí todas las descripciones de su experiencia, sus torturas y desesperación. “¿Te lo dejo para que lo leas?”.

     

    Lo agradezco pero le digo que no. Lo dice con la mejor voluntad tal vez pensando –no sé– que otra clase de sufrimiento puede levantarme el ánimo, pero en mi caso un clavo no saca otro clavo. Al menos en este momento.

     

    Ella vive su vida, de la que algunas cosas nos unen, en exceso quizá, y otras nos separan totalmente.

     

    Su madre está aquí. Es un espectro, lo mismo que mi hermano.

     

    O bien, a fin de cuentas, el viejo espectro sea yo.

     

    (Estoy dictándole estas frases a Chus, con la mascarilla puesta en medio de este doble caos que es mi país y mi existencia).

     

    —Tengo que poner que te adoro.

    —Eso ya lo sé mi vida.

    —Pero todos lo tienen que saber.

    —Lo pongo en forma de diálogo, ¿te parece?

     

     

    jueves, 7 - 8 horas

     

    No una noche reparadora, sino un sueño reparador de la traición del pillaje de mi hermano de la herencia de nuestra común medio hermana.

     

    Me toca la lotería del Niño. La noticia aparece publicada en la pren­sa. Una foto de mi hijo Pablo muy satisfecho que dice algo sobre la cultura y la lotería, un poco más abajo de esta foto, tal vez la veo yo únicamente, se ve la de mi hermano con cara apesadumbrada. El cán­cer de la envidia se detiene. La metástasis se va a otro lado. Lo primero que pienso, luego de aplazar las peticiones de un comité de necesitados que me persigue, es darles un piso a cada hijo de Chus para que estén tranquilos, viajar a Suiza a la clínica de los Protones donde curan esta enfermedad, y al volver instalarnos Chus y yo en una vivienda, un ático espacioso con ayuda doméstica sin movernos ya de esta ciudad. Despierto por completo del sueño reparador de mi malestar, pero per­manece una sensación de bienestar muy prolongada.

     

    Que dure.

     

    Anoche conceden el premio Nadal a un novelista de novela negra llamado Víctor del Árbol. Ya tiene algo adelantado. El árbol, el libro, ¿un hijo? Y edificar una casa, aunque sea la de los horrores como la mía.

     

    Le deseo mucho éxito y una mierda.

     

     

    viernes, 8

     

    En casa desde ayer al mediodía. Alta cuando vieron controlado el ini­cio de una neumonía y nada extraño en la orina que fueron analizando varios días.

     

    Escribir –o dictar– sobre la estancia en una especie de Guggen­heim N. Y. tipo caracol dedicado a enfermos con cáncer no tiene objeto. Los lienzos son casi todos iguales. Esos rostros de abatimien­to y la impotencia de los pacientes acompañados por familiares que unos más que otros se dedican a dar ánimos y esparcir incienso más que oro y mirra.

     

    * Carta de Helga. Le pido traducción a Javaloyes. En otro momento la pegaré aquí.

     

    * Aparece en Plaza la entrevista con Martí Domínguez [“Ignacio Carrión. El grafómano (gravemente) enfermo”, Plaza, n.º 15, enero de 2016, pp. 84-88.]. Está bien. María ve el ejemplar, lee el texto. Hablamos de los Diarios en la entre­vista con buenas fotos de Císcar. Dice: “Me gusta”.

     

    Ayer le regalé un ejemplar de Cartas a Lola. Se llevó otro de Cartas de los niños a Dios. De las del Rey no encontré ninguno. María se ha acercado de otro modo. Mejor. Cuando Chus, que tanto quiere a sus hijas, menciona a sus 3 nietos, María parece no interesarse por ellos. ¿Por qué? ¿Tanto le costaría hacerlo? Naturalmente a Chus le molesta esto. Pero María es así. Y ahora hace más caso a las hijas de mi sobrina Mara, que están en Valencia, que a Mateo, Julieta o Pablo. Es una discriminación y en cierto modo una grosería.

     

    Poco a poco vuelvo a la lectura.

     

    Al menos de obras que voy a reseñar, en el Diplo [Le Monde diplomatique] y en mi blog.

     

    La noche, con insomnio, me permite escribir mentalmente. Tal vez sea esa la verdadera y más libre –y menos temblorosa– escritura interior.

     

    En la entrevista de M. Domínguez trato el tema por una parte tan reiterativo en mis textos de la muerte, también del cáncer. Otros temas son “terrenales” y salen más de mi almacén de fobias y filias que de eso que llamamos alma. Quizá conciencia. Da igual. No soy partidario de poner nombre o etiqueta a algo que quizá sólo existe en la imaginación de los seres vivos, entre los que no tengo otro remedio que incluirme.

     

    Detesto este temblor. Más que el de mis putas IDEAS, tanto si son mías como copiadas.

     

    * Intento ver a mi país más como un paisaje que como un país. A cierta distancia…

     

     

    miércoles, 27 - 18:15 horas

     

    No puede ser. Han pasado 20 días desde mi anterior anotación. No puede ser que ocurra esto más que por fuerza (o debilidad) mayor. 

     

    Entradas y salidas en el IVO. Citas con especialistas. TAC, TIC y TOC –el próximo el día 11– y esta acumulación de pequeñas cosas que van ocurriendo. Otras no tan pequeñas. 

     

    Hace varios días me desperté en plena noche. ¿Por qué no tiendo la mano a mi hermano? ¿Por qué no le escribo un correo y le digo que partamos de cero? Él no lo va a hacer. Pasó un par de semanas en Valencia. Habló pestes de mí, y de Chus. 

     

    De manera que le escribí un correo recordándole aquella especie de mantra que repetíamos cada noche antes de dormir: cruz verde, decía uno, cruz verde, decía el otro. 

     

    Hasta que los llantos y gritos de nuestra madre nos despertaran…

     

    No me referí a los llantos. Sólo al mantra –CRUZ VERDE era el nombre de un insecticida– y a mi deseo de restablecer la comunica­ción.

     

    A vuelta de correo recibí el suyo y tuve la impresión de que no rela­cionaba aquello con mi disposición para hacer las paces.

     

    Le envié un segundo mensaje más explícito. A este contestó:

     

    “De: Silver [email protected]

    Asunto: Re:

    Fecha: 19 de enero de 2016 06:07

    Para Ignacio Carrion [email protected]”.

     

    Ahora comprendo mejor.

     

    Yo no tengo palabras para decirte dos cosas. La amargura que ten­go al enterarme por Ignacio Duato de tu estado de salud y peor aún no poder estar a tu lado y ayudar en lo que sea. Si me dices que no perdamos el contacto indícame cómo quieres que lo haga y no dudes que así será.

     

    Hoy me has dado una gran alegría con tus palabras, veo el futuro lleno de cariño y esa luz verde que tanto tiempo vi apagada.

     

    Un abrazo fuertísimo, besos a Chus e iré a Valencia muy pronto otra vez.

     

    Ahora hablar o escribir sobre la enfermedad no lleva a ninguna parte. A un posible lector le aburre como contarle mis sueños, y a mí –salvo en algún momento si los tratamientos no me castigan demasia­do– me angustia.

     

    En la entrevista que me hizo para Plaza Martí Domínguez me refe­rí al cáncer sin ningún patetismo… El titular sí lo era:

     

    Ignacio Carrión

    El grafómano

    (gravemente)

    enfermo

     

    Hubo llamadas. Correos. Todo eso. Pero me consta que el perio­dista, a quien no tengo catalogado como sensacionalista, escribió ese titular sin anticipar la reacción que podía provocar. ¿O acaso aludía a la gravedad de ser grafómano?

     

    Todo lo que hubiera anotado y no anoté estas tres últimas semanas no ha existido.

     

    Tampoco yo existí del modo habitual sin la escritura.

     

    * Alessio, mi amigo italiano que vive en Jávea, me contó lo que repetía su abuelo cada vez que se hablaba en su casa de enfermedades:

     

    “La enfermedad llega en carroza pero se va, si se va, a pie y des­pacio”.

     

    “Con más luz –comentó Sonia, la ecuatoriana que viene a casa dos veces a la semana–, con más luz nos vemos las caras, pero no los corazones”.

    —¿Es un proverbio de su país?

    —Sí, eso se dice allí –contestó.

     

     

    IVO, hab. 110

     

    viernes, 29

     

    A punto de llegar el fotógrafo del ABC. Pienso: con lo mal que me lo hizo pasar ese periódico cuando trabajé para Prensa Española… Y ahora esto ha cambiado. Otra gente.

     

    Las fotos en el jardín de B. Ibáñez, cerca del busto del escritor de Arroz y tartana. Fotos como esas para el rodaje de una película: luz/paraguas, mirando aquí y allá. Un buen fotógrafo. Seguro. En una ocasión tuvo que retratar a Consuelo Císcar. Su casa llena de obras valiosas.

     

     

     

    La editorial Renacimiento publica el último volumen de los Diarios de Ignacio Carrión, periodista, escritor y diarista que falleció en Valencia el 8 de octubre de 2016. Este texto corresponde al prólogo y al inicio de su cuaderno número 198.

     

     

     

    Ignacio Carrión (San Sebastián, 1938 – Valencia, 2016) estudió en las universidades de Valencia, Madrid y Lovaina (Bélgica) y acabó Periodismo en 1968. Después de una etapa como librero fue corresponsal para la agencia Efe, ABCCambio 16 y Diario 16 en San Francisco, Londres y Washington. Posteriormente se incorporó como redactor jefe y enviado especial al diario El País. Ha publicado novelas como El milagro (1990) y Cruzar el Danubio (con la que en 1995 obtuvo el Premio Nadal); volúmenes de relatos como Klaus ha vuelto (1992), y libros de viajes como India, vagón 14-24 (1977); Madrid, ombligo de España (1984) y De Moscú a Nueva York (1989). En FronteraD publicó ¿Así porque sí? y un adelanto de Molestia aparte II. Diarios 2006-2016.

     

     

     

     

     

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