Isla de San Giorgio Maggiore. A la izquierda, la dársena de la Compagnia Della Vela

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    A vela por la laguna de Venecia

    Alejandro Ipiña - 01-10-2015

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    Para los amantes de la navegación y del arte existe un destino único en el mundo: la dársena de la Compagnia Della Vela, en la isla de San Giorgio Maggiore frente a la plaza de San Marcos, ante el Palacio Ducal. Despertarse atracado en esa marina pertenece a la categoría de los sueños.

     

    Llegué a conocer este lugar por pura casualidad. Estaba buscando donde alquilar un barco en el Adriático, fuera de temporada, en la semana de Pascua, cuando me topé con la posibilidad de atrapar una estupenda oferta en Grado, a mitad de camino entre Venecia y Trieste. Desde esta base se puede partir hacia Venecia, Chioggia y Caorle, las lagunas de los Dogos, aguas desde las que partían los barcos venecianos para comerciar y dominar buena parte del Mediterráneo. En Grado me informaron de que era posible atracar frente a San Marcos. No había un plan alternativo mejor.

     

    Confieso que al entrar en la laguna de Venecia y comprobar que era verdad que iba a atracar frente a la plaza de San Marcos me temblaban las canillas de emoción. Era un barco de diez metros de eslora, que se llama Kalamary, rodeado de vaporettos (lanchas que son taxis) y un gigantesco crucero de catorce pisos.

     

    La Compagnia Della Vela es una sociedad centenaria. Nació en 1911 con el nombre de Yacht Club Veneziano. En el año 1919, a sugerencia del poeta Gabriele D’Anunzzio, lo rebautizaron por el actual. Sus iniciales se corresponde con su lema, que también les regaló el poeta: “Custodi, Domine, Vigilantes”

     

    Coincidí en el puerto con Corrado Scrascia, socio de la Compagnia desde el año 1981. Fue presidente de las celebraciones de su centenario y ha escrito un libro sobre la historia de la empresa que le llevó cuatro años terminar. El libro contiene una documentación gráfica repleta de fotos de antiguos veleros de principios del siglo pasado navegando por la laguna. Una joya. Corrado Scrascia nació y creció en un barco. Su padre era oficial de la armada con destino en Venecia. Es un enamorado de la navegación a vela y de los barcos clásicos: “Con cada barco clásico que desaparece se va un pedacito de historia. Pero es una batalla perdida. No hay dinero para mantener o recuperar esos barcos. Su destino es el desguace. Yo pude rescatar uno de 10 metros de eslora que subastó la armada”.

     

    La Compagnia Della Vela tiene 600 socios, de ellos 110 con barco propio. Además ofrecen cobijo –si hay atraques libres– a navegantes que se acercan a la marina atraídos por la belleza de su emplazamiento. Entre los extranjeros abundan los holandeses, franceses, alemanes y austriacos. Son pocos, muy pocos, los españoles.

     

    Según Scrasia ahora se navega poco a vela en Venecia. Los fondos de la laguna son complicados. Desde que se han hecho las obras para la contención del acqua alta han cambiado y en algunas zonas han aparecido corrientes de hasta cinco nudos, que hacen muy difícil la navegación a los barcos pequeños. En Trieste es mucho más fácil: en cuanto sales del puerto tienes vía libre para navegar, muchos días impulsado por el bora, el potente viento local que se acelera al atravesar las montañas austriacas.

     

    Lo pude comprobar. Para navegar por las lagunas en barco con orza de casi dos metros casi hay que avanzar al tacto. Toqué fondo dos veces. Por suerte, era lodo acumulado. Las cartas, los programas como navionics, el GPS… fallan al dar la profundidad. Solo te puedes fiar de la sonda, y navegar con mucho, mucho cuidado, muy despacio. Los fondos cambiantes exigen dragar sin descanso, así que si se estropea la sonda no hay que salirse de los canales grandes y bien señalados. Scrascia me dio la pista de dos lugares únicos: el litoral de Pellestrina a San Piero in Volta, entre Lido y Chioggia, y el Casone in Zappa.

     

    La Compagnia está ubicada en San Giorgio Maggiore, sede de la Fundación Cini, a la que cedieron la isla para que recuperara los edificios en mal estado y dedicara este espacio privilegiado al cultivo de la cultura y de las artes italianas. Por hacerse una idea, en una sola mañana se puede visitar una exposición sobre el vidrio finlandés (Aalto, Wirkala), una casa de té japonesa diseñada por Sugimoto, Glass Tea, obras del español Jaume Plensa expuestas en la basílica de San Giorgio y unas diez exposiciones más.

     

    Esta fundación cedió a su vez a la Compagnia Della Vela los terrenos y las dos dársenas para desarrollar actividades relacionadas con el deporte de la vela. Recientemente la concesión se ha prorrogado hasta el año 2029. Tienen atracado un antiguo pesquero que servía para enseñar a los futuros marinos. La isla albergó una escuela náutica con más de cuatrocientos alumnos. Quizá con el tiempo logren reconvertirlo en una especie de club dentro del club para celebrar eventos.

     

    En el año 1990 el club saltó a la fama internacional en el mundo de la vela cuando al empresario Raul Gardini se le ocurrió montar un equipo que fuera capaz de retar al poseedor de la Copa América, en aquellos momentos el San Diego Club. Encargó construir Il Moro de Venecia, un velero que se volvió mítico. Esta competición es un reto entre clubes. Gardini consiguió convencer a los socios para lanzar el desafío. Como las arcas de la Compagnia estaba vacías, él se encargó de la financiar la aventura, que acabó en las aguas de San Diego. Il Moro de Venezia consiguió hacerse con el trofeo Louis Vuitton, la regata en la que participan los clubes que se atreven a desafiar al que posee la copa. El que gana la Vuitton pasa a la fase final. Il Moro fue el primer barco no anglosajón que ganó la Vuitton.

     

    Il Moro no pudo con el diseño más avanzado del barco de los de San Diego. Al año siguiente Gardini, al que llamaban Il Contadino, acabó con su vida días antes de ser detenido acusado de corrupción a gran escala. Decidió irse antes de caer de su Olimpo. Se gastó una auténtica fortuna en el desafío. Quizá si hubiera ganado no se hubieran atrevido a ir a por él. Sería un mito demasiado grande para Italia, de hecho los italianos hablaban en aquellos días de nuestro Moro. Lo hicieron suyo.

     

    La segunda versión de Il Moro de Venecia todavía existe. Se encuentra en la marina de Santa Elena, también en Venecia, cerca de donde se celebra la Bienal. Su actual armadora es Serena Zanelli, que proviene de la Perugia. Se enamoró de la leyenda y ha vuelto a ponerlo en el circuito de regatas. El año pasado participó en la Venice Hospitality Challenge, una de las regatas más bellas que se pueda imaginar: se celebra en el canal de la Giudecca con bordo en el bacino de San Marcos. Compiten ocho maxis (grandes veleros transoceánicos) patrocinados por los mejores hoteles de la ciudad. En octubre tienen la próxima cita.

     

    “Para los amantes de la vela, la última edición de la Copa América fue la de Valencia. La edición de San Francisco es otra historia. Los que navegamos no nos sentimos identificados con esos barcos, parece que se trata de una competición entre naves de la NASA”, dice Corrado Scrascia.

     

    De hecho la policía de San Francisco estuvo a punto de prohibir la regata ante el riesgo que ofrecían los catamaranes voladores con velas rígidas. Las imágenes de los reiterados accidentes son espectaculares. En uno de ellos perdió la vida el campeón olímpico Andrew Simpson.

     

    Según Scrascia, “vivir en Venecia es complicadísimo y muy caro. Los jóvenes se van. Se está convirtiendo en un enjambre de hoteles, pensiones y bed & breakfast. Cada vez quedamos menos venecianos. Quizá se tenga que poner algún límite a la entrada de turistas. Pero no todo es malo, por ejemplo el agua de la laguna se ha recuperado, el saneamiento ha funcionado, ha vuelto la vida, ahora hasta se puede pescar”.

     

    Es cierto se ven cañas de pescar en los canales. Salvando las distancias, igual que en la ría de Bilbao. Ejemplos de cómo se puede dar la vuelta a una situación desastrosa por la alta contaminación.

     

    La relación con el agua, con la mar, la tienen los venecianos inscrita en el ADN. Hay una ceremonia, la Fiesta de la Sensa, que se celebra en primavera el día de la Ascensión. Servía para recordar el matrimonio entre Venecia y el mar. Después de asistir a misa en San Marcos, el dogo (o dux, máximo magistrado de la ciudad) y un cortejo de principales desfilaba hasta la orilla del dique y embarcaban en el bucintoro (una nave especial para la ceremonia). Otra nave llevaba al patriarca. Acompañados por cientos de otras naves adornadas con sus mejores galas atravesaban la laguna hasta San Nicolo del Lido, el lugar de unión de la laguna con el Adriático. El patriarca bendecía las aguas y el dogo arrojaba un anillo de oro mientras recitaba: “Te desposamos, oh mar, como señal de verdadero y perpetuo dominio”. Muchos son los pintores que han plasmado ceremonia tan particular, pero pocos con tanto arte como Canaletto.

     

    Un notable veneciano, Gabriele Vendramin, que fue retratado junto a su familia por Tiziano, en el testamento otorgado en el año 1548, daba los siguientes consejos a sus sobrinos:

     

    “En el curso de vuestras vidas debéis atender a estas tres cosas con las cuales podéis honrar a vuestra familia y a vuestro país. La primera es llegar a dominar la navegación y el dominio de la guerra naval; la segunda, no abandonar el estudio de las letras; y la tercera, dedicaros al comercio de mercancías y no dejar jamás de pagar las deudas”.

     

    Los chavales venecianos sueñan con una pequeña fuera borda, como los de Barcelona con una moto. A través de los canales se agita la vida y moverse por ellos es adentrase en otro mundo. Si se lleva en el barco un dingy auxiliar con fueraborda, con menos de 9.9 hp (caballos de potencia) no se necesita permiso para adentrarse por los canales. Es preceptivo hacerlo: te sientes como un auténtico veneciano. Es otra dimensión de la ciudad.

     

    También lo es entrar en la marina de Caorle navegando por su estrecho y largo canal de poco fondo, acompañado por una pléyade de cisnes que han convertido este lugar en su residencia. Y ver amanecer sobre la laguna de Grado, la más natural, el inicio de la jornada para la increíble variedad de aves que viven en ella. Todo ello a poder ser bajo el dominio de un buen viento.

     

     

     

     

    Alejandro Ipiña es economista. Ha colaborado en las secciones de opinión de El Correo y El País (en especial en la edición para el País Vasco). Ahora mismo lo que más le gusta es contar historias reales o imaginadas. En FronteraD ha publicado, entre otros, Tras la belleza del vidrio venecianoSueños birmanos. Del jade a Suu Kyi en un país en la geopolítica asiáticaAdela, la hija de El Indio Fernández, en su voz más ínitma.

     

     

     

    Fotos: San Giorgio, de Corrado Scrascia, de la dársena y de San Marcos que se puede entrever a través de los mástiles.

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