`Salle des Fêtes´ / Agathe Poupeney/PhotoScene.fr

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    El abucheo, la expresión de un desencanto

    Gemelas Zozaya - 27-05-2010

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    Acumulábamos una gran expectación ante la obra de inauguración del Festival de Otoño. Y no era para tanto. Salle des Fêtes alternaba gags gestuales y sonoros con pseudo críticas musicales consistentes en interpretar canciones famosas. Eso sí, intentando hacer gracia, mediante recursos como el baile arrítmico, el canto desentonado y algún gallito. La primera vez o la segunda hacía reír, pero a la tercera, nada… y a la décima... La reiteración puede acabar con el entretenimiento del espectador más conformista. En Salle des Fêtes pareció desembocar en una apología de programas del estilo Operación Triunfo.

           En definitiva, ¿qué quería contar la obra? En teoría, la vida cotidiana de una sala de fiestas. Pero tiene que haber algo de fondo, ¿no nos habremos enterado del mensaje de la obra? Es más, ¿tenía mensaje? Tuviera o no mensaje, fue tan difícil captarlo que aún estamos buscándolo. Seguimos preguntándonos si nos perdimos algo. Aunque la actuación fuese buena, seguía ahogándose en el bar del vacío. Y es que, en una obra, además de representar algo, hay que aportar o contar algo. Porque de otra manera, cualquiera puede subirse al escenario a hacer gansadas en nombre del arte.

           Pero no todo fueron descontentos. Alguien también nos dijo que le había gustado, aunque no sabía porqué. Sí, un amigo, de los muchos que había en el teatro. Pero en absoluto representaba el sentir común del pulso predominante en la sala. Así lo demostraron los escasos aplausos regalados, que evitaron a los actores el esfuerzo de salir más de dos veces a doblar el cuello al escenario.

           La decepción aumentó en otra de las promesas de la modernidad escénica en el Circo Price. La compañía de Philippe Decouflé afirmaba acercarse, con Coeurs Croisées, a la comicidad de Buster Keaton y de los Hermanos Marx. Eso sí que tiene gracia, porque la obra carecía de golpes de humor. En cambio, abundaban los juegos burdos ligados al desnudo. Y es que la obra también se vendía como un prometedor ejemplo de striptease, donde “todo en escena se convierte en un pretexto para quitarse la ropa”. En efecto. ¿De qué trataba la obra? De desnudarse ¿Qué querían enseñar? El desnudo. ¡Buen argumento! ¡Qué rompedor, hoy día, en pleno siglo XXI!

           El problema radica acaso en la descripción con que se definían. Si querían desnudarse, en vez de compararse con humoristas, mejor se hubieran comparado con el decimonónico teatro de Los bufos Arderius. La mención a aquel género de la segunda mitad del siglo XIX viene totalmente al caso. Sirve para recordar que la carne estaba censurada en las tablas de entonces, que el desnudo era moderno desde principios del siglo XX, desfachatado durante dictadura franquista y rompedor en los años del destape. Pero hoy en día, salvo que tenga un buen guión detrás, un desnudo apenas significa nada en una obra.

           Cuando acabó la obra de Decouflé, quien había aguantado hasta el final pudo mostrar su desencanto. Según datos del abucheómetro, chifló el treinta por cien del Price. Y estaba en su legítimo derecho. Históricamente se ha abucheado y pataleado en el teatro. Es una licencia que existe para manifestar el descontento con la representación de la obra. Hasta mediado el siglo XIX, era común asistir con comida a las representaciones, por lo que no era extraño ver tomates cayendo sobre los actores. Sin tener que llegar tan lejos, actualmente también existen formas que no dañan la integridad física del actor, pero que tampoco constriñen la libertad de expresión del espectador. Marcharse de la obra es una de esas formas de queja. Pero si resulta que el espectador se queda para ver si al final los del estriptis se casan, también se podrá quejar si ni eso ni nada interesante sucede. Y abuchear o chiflar desahoga bastante.

           Si los descontentos no se manifiestan públicamente, se le hace un flaco favor al arte. ¿Hay que seguir callando? ¿Qué valor tiene el silencio después de una obra en la que no se ha aplaudido con convencimiento? En cambio, ¿qué se gana con la crítica? Es una forma de exigir buen arte; de hacer saber que hay criterio; de evitar que se pierda tanto dinero en subvenciones teatrales desacertadas. Acaso así se logre conseguir que una mala obra no ocupe una sala pública y, sobre todo, que deje el sitio a una obra de calidad, que hay muchas en España.

           Así, señoras y señores, animamos a que expresen su opinión abiertamente. Cuando lo merezcan los actores, aplaudan bravamente o, en el otro extremo, abucheen, chiflen o pataleen. Desahoguen el alma y la adrenalina teatral. Así se podrá recuperar el verdadero espíritu de la crítica artística pública.

     


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