Gran emblema de Mustafal Kemal Atatürk en la que asegura que ciudades como Diyarbakir, Erzurum, Istanbul... pertenecen a la raza turca, ignorando el sentimiento kurdo y sometiéndolo a invisibilidad. Diyarbakir.

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    El avance del Estado Islámico en Siria amenaza la tregua kurda en Turquía

    Texto y fotos: Josune Murgoitio - 16-10-2014

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    A punto de aterrizar en la que se considera la capital kurda de Turquía, y bajo la advertencia previa de que se trata de un lugar muy peligroso, se avista la ciudad amurallada de Diyarbakir. La presencia de terroristas del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK, en turco), la delincuencia de sus gentes pobres y el machismo que caracteriza al hombre kurdo, peligroso, insolente, hace poco atractivo el viaje. Sobre la base de prejuicios y enconos mutuos sigue abierta una herida que el estallido social en el parque Gezi de la capital turca no logró borrar. La discordia entre las fuerzas de seguridad de Turquía, del gobierno por tanto, y los para unos guerrilleros y para otros terroristas del Partido de los Trabajadores del Kurdistán sigue presente cuarenta años después -y con un saldo aproximado de 40.000 muertos-, y la desconfianza generalizada es mutua. Pero también el rechazo en el horizonte social que produce la reivindicación de la independencia del Kurdistán, rebajada en la actualidad a la autonomía y el reconocimiento de los derechos del pueblo kurdo: identidad, idioma, convivencia mutua sobre el respeto de esos derechos.

     

    El dolor de los muertos, la humillación, el odio invisible y los prejuicios se han suavizado a raíz del proceso de paz abierto de forma unilateral por el Partido de los Trabajadores del Kurdistán hace 18 meses. Una tregua con algunos rasgos similares a la que vive Euskadi, pero de fondo distinto, siempre al borde de la ruptura: la desconfianza de los kurdos hacia los pasos del Gobierno de Erdogán, la reivindicación no atendida a lo largo de 40 años de que son kurdos. Son visibles, son distintos, tienen rasgos propios. El riesgo de ruptura se ha agudizado aún más a raíz de la incertidumbre que crea el avance yihadista en Kobane (zona kurda en Siria) del denominado Estado Islámico, contra quien luchan los peshmergas (combatientes kurdos, cuya traducción literal sería “aquellos que enfrentan la muerte”), y que lo hacen, según las informaciones ofrecidas por los medios, una vez más en solitario.

     

    A diferencia de aeropuertos como los de Estambul o Izmir (oeste de Turquía), el de Diyarbakir (Amed, en kurdo) cuenta con medidas policiales añadidas a su salida, un ambiente de hostigamiento que se percibe nada más aterrizar. Después, paseando por sus calles, y por el distrito centro, conocido como Sur, la impresión de hostilidad se confirma ante la fuerte presencia de vehículos policiales blindados, militares que sostienen sus armas mirando para todos los lados, como si trataran de recordarles que no se trata de territorio kurdo, sino turco. En realidad, algunas voces afirman que no se trata de ninguno de los dos, ya que allí vivían los armenios, que huyeron cuando los turcos llevaron a cabo un genocidio que a día de hoy todavía no reconocen.

     

    Diyarbakir cuenta con la segunda muralla más larga del mundo después de China. Con una longitud de 5,5 kilómetros, aprisiona el centro. Calles sucias y feas, pero con bellas construcciones cuando se camina despacio. Entonces llegan las sorpresas. Edificios como la Casa de los Cantantes, Mala Dergbes, un patio abierto al público, al que acuden 35 ancianos entre las nueve y las cinco de la tarde para cantar sus experiencias a cambio de unos 800 liras (aproximadamente 350 euros al mes), que el ayuntamiento de Diyarbakir costea. “Los soldados turcos llegaron y quemaron nuestras casas; tenemos que levantarnos y luchar; somos los hijos del Kurdistán, seremos tachados de kurdos, eso no puede cambiarse; no queremos más lucha ni más hijos muertos”, entonaba uno de los ancianos, en compañía de los restantes, y de dos policías que controlaban, sin saber el qué; a ambos se les servía té, como al resto. Las letras corresponden por regla general al sufrimiento que han experimentado a lo largo de esos 40 años de invisibilidad, en el que casi todos han perdido algún hijo o lo tienen en las montañas, tal y como ellos dicen, lo que significa que militan en el Partido de los Trabajadores del Kurdistán.

     

     

    Ni rastro de banderas turcas

     

    En Diyarbakir llega a sentirse cierto impacto visual: no se observan banderas, ni la de color rojo y blanco, con la luna y la estrella que caracteriza a Turquía, a excepción de una minúscula acompañada de un retrato minúsculo también de Mustafá Kemal Atatürk en esa misma muralla. Tampoco aparece por ningún lado la bandera que los habitantes de Diyarbakir entienden suya y sienten propia: color verde, amarillo y rojo, perteneciente a la inexistente Kurdistán, a excepción quizás del edificio del partido pro-kurdo BDP.

     

    Se trata de un Kurdistán fantasioso que agruparía a la mayor etnia del mundo sin Estado ni amigos, a excepción de las montañas, 22 de millones de personas, que se dividen entre Turquía, Siria, Irán e Irak, aunque en este último país los kurdos cuenten con un estatus especial que les hace funcionar prácticamente como un Estado independiente. En Turquía viven aproximadamente 15 millones de kurdos, alrededor del 20 por ciento de la población de Turquía, asentados en el este del país. Debido a las condiciones de pobreza y vida restrictiva por la asimilación a Oriente Medio, muchos han emigrado a Alemania o Francia, o se han trasladado al oeste de Turquía y viven en barrios aislados de Estambul o Esmirna, entre otras.

     

    Hace ya un año y medio que el movimiento Gezi desató conciencias, y con ellas, miles de banderas, con la exhibición también de retratos de Mustafa Kemal Atatürk, padre de la República de Turquía, adorado por separar Estado y religión, principio laico que se defiende entre quienes señalan al Partido de la Libertad y Justicia en su intento de “islamizar” Turquía. Cualquier enseña de patriotismo turco se mostraba para protestar contra la amenaza de un islamismo moderado que oculta críticas, y la duda. Gezi ayudó a cuestionar la calidad democrática de Turquía, la solidaridad en la resistencia entre los manifestantes no contaba con precedentes, no se sabía cómo actuar. Incluso los prejuicios generalizados intercalados hasta entonces se suavizaron sobre la base de otra inquietud: la manipulación mediática del excesivo uso de la fuerza por parte de los cuerpos de seguridad. Llevó a muchos ciudadanos turcos a preguntarse si los medios y las autoridades no les habrían mentido también respecto de los kurdos, tras comprobar que lo hicieron con ellos mismos, en manifestaciones donde miles de ciudadanos participaban de forma pacífica. Los medios, o los mostraban como instigadores de la violencia o no los mostraban en absoluto. Por no hablar de la época de los altercados continuos en Diyarbakir, considerada capital kurda en el este del país, un foco de conflicto silenciado. ¿Habrían mentido también respecto de ellos? ¿Les habían mentido retratando a los kurdos como los insinuadores de las imágenes de violencia que se mostraban desde Diyarbakir?

     

    “Enarbolar banderas turcas es una forma de censura invisible hacia los kurdos”, opina un abogado kurdo en Kadiköy, un barrio situado en la parte asiática de Estambul, conocido por su apertura ideológica y la posibilidad de tomarse una cerveza en sus terrazas, en un sentido similar a los aires europeístas de Taksim, en el otro extremo del Cuerno de Oro, en Europa. Las banderas turcas continúan invadiendo la gran metrópoli, y el barrio Taksim ha recuperado más o menos la tranquilidad tras el estallido social Gezi, cuando miles de ciudadanos protestaron contra el rumbo político del que hasta hace poco era el primer ministro Recep Tayyip Erdogán, líder del Partido por la Libertad y la Democracia (AKP, en turco), actual presidente de la República de Turquía. El pasado agosto ganó las elecciones generales.

     

    A pesar de la relativa calma, las huellas Gezi se perciben aún en la gran metrópoli: los choques entre policía y manifestantes se dan en muchas ocasiones, se percibe tensión social. Ante los supuestos casos de corrupción que salpicaron al Partido por la Libertad y la Democracia el pasado marzo, y que supuso el cierre de Youtube y Twitter para que no se difundieran rumores, la sensación de la población era de auténtica cárcel, aunque se lo tomaban con relativo humor. Y eso a pesar de la dureza de la represión. A raíz de Gezi muchos resultaron magullados, y algunos sufrieron un impacto mortal por parte de las fuerzas de seguridad, como Berkin Elvan, un chaval de tan solo 15 años. Recibió el golpe de un bote de gas disparado por la policía, entró en coma y murió. La rabia de una ciudadanía incapaz de cambiar su destino está creciendo. Disturbios silenciosos entre los que desaprueban los intentos del AKP de “islamizar” Turquía, y los que, sin embargo, les brindan apoyo. En ese contexto, los kurdos continúan siendo invisibles.

     

    Sin embargo, en este ambiente de tensión, la vida cotidiana en Estambul se desarrolla en términos normales: ajetreo, trabajo, relaciones afectivas, amigos. También la inestabilidad y caos propio del país y el sometimiento a un sistema económico siempre al borde del precipicio, objeto de amenaza por una crisis que todo lo devore, al estilo destartalado de España; corrupción, boom inmobiliario, desigualdad, pobreza. 

     

     

    Las dos Turquías

     

    “Desde 1923 los gobiernos de Turquía no se han volcado en el este, utilizándolo para agricultura, mientras concentraban la industria en el oeste. El oeste ha ido asimilándose a Europa; y el este, a la vida de Oriente Medio”, señala Asu, una joven residente en Esmirna, situada en el sudoeste de Turquía. La falta de desarrollo económico, las huellas de la guerra que perdieron, los daños aún existentes en la población, marcan la vida cotidiana de los habitantes de Diyarbakir, Batman o Hasankeyf, entre otras ciudades de esta zona del país.

     

    En el oeste se percibe la rivalidad entre los devotos del legendario Atatürk y los partidarios del primer ministro Erdogán, pero el ambiente es tolerable. Es en el este de Turquía, sin embargo, en Diyarbakir, donde se siente una suerte de paranoia social generalizada. Los vecinos de Diyarbakir hablan de política en zonas muy limitadas, no suelen hacerlo abiertamente y ante desconocidos. Están convencidos de que la policía turca les tiene pinchados los móviles, y la comunicación a través de estos aparatos suele ser muy cauta. Tienen miedo de que les espíen. Se evita hablar de política cuando hay algún teléfono móvil cerca, aunque esté apagado. Miran para un lado y otro, como si trataran de asegurarse de que nadie les vigila. Se les ve apagados, cansados de luchar. Es el cansancio de los muertos, de las reivindicaciones históricas, de la invisibilidad a la que han sido sometidos, la incomprensión con la que todavía se encuentran. La lengua kurda ha sido reconocida como una materia optativa en la escuela, lo que supone un avance, como el poder utilizarlo ante los tribunales. Son pequeños pasos, pero todavía no han conseguido que se normalice en todos los colegios. El kurdo ha sido limitado por los sucesivos gobiernos a idioma de transmisión oral. Aunque en la actualidad existen escuelas privadas donde puede estudiarse, lo cierto es que muchos kurdos no hablan kurdo, lo que les priva de un ingrediente que suelen esgrimir los nacionalistas: identidad unida al idioma propio que supone un elemento que diferencia. ¿Qué es lo que hace a un kurdo ser kurdo? ¿En qué se diferencia de un turco?

     

    “Nosotros creemos que el problema no radica en nacionalismos, sino en la mentalidad imperante de una única nación con una única identidad y lengua. Los kurdos no solo luchan por sus derechos, sino por los derechos de los árabes, alevís… lo único que queremos es vivir en igualdad, el respeto a nuestros derechos y la convivencia mutua. Las fronteras no tienen importancia cuando vivimos en democracia”, opinaba Abdullah Demirbas, alcalde del distrito sur de Diyarbakir.

     

     

    Un muro social

     

    “Existe un muro entre turcos y kurdos”, afirma un joven periodista de Diyarbakir en un bar con un patio precioso, con velas encendidas. Solo pueden tomarse dos copas de vino como máximo. No quieren borrachos, ni hacerse con la fama de que las personas acuden allí a enajenarse. Las condiciones de vida en el exterior no lo permitirían: se percibe una atmósfera más restrictiva que en otros lugares. Apenas hay mujeres sin velo, y hay que tener cierto cuidado. “Existe algo entre un kurdo y un turco que les impide hablar con total libertad”, explica el periodista. “Cuando hablas sobre el problema kurdo se corta la relación”. Lo ejemplificaba con el caso de una mujer kurda muy rica cuyos amigos turcos la visitaban en Diyarbakir. Respetaban su condición de kurda, pero rompieron la amistad cuando la vieron vestida con el traje típico de Newroz (fiesta kurda por excelencia que se celebra el 21 de marzo y conmemora el inicio de la primavera, durante muchos años prohibida por el Gobierno turco).

     

    “Estudié en la Universidad de Ankara y al acabar la carrera hablaba inglés y francés. Un turco me preguntó de dónde era y respondí que kurda. Me dijo que no podía ser kurda si sabía inglés y francés”, dice una profesora de inglés en Diyarbakir. “Otro me dijo que no podía ser kurda porque las kurdas son feas”.

     

    “Los turcos cambian. A solas con un kurdo se muestran más cercanos. Pero cuando se juntan entre ellos, el kurdo se siente discriminado e inferior”, afirma el joven periodista. Asu admitió que algunos turcos tienen prejuicios, pero advierte que a veces sucede también al revés, y alerta de que dichos prejuicios provienen de la existencia del Partido de los Trabajadores del Kurdistán y de los gobiernos. Jóvenes turcos niegan la existencia de una separación social con los kurdos e insisten en que tienen relaciones de amistad con ellos, y que se respetan mutuamente. Sin embargo, no se entiende, en términos generales, la necesidad de la población kurda de querer recibir una educación en kurdo, ni tampoco la necesidad que tienen de que se les reconozca como diferentes, con una identidad distinta a la que Atatürk impuso con fuerza. Mientras se niega tajantemente la separación social entre ellos, no son pocos los turcos que menosprecian abiertamente una tienda turca a la que califican de hortera por su decoración. Ante un suceso de violencia de género, no dejan de recalcar que se trata de kurdos porque los kurdos tienen fama de machistas. Por no hablar del desconocimiento de la verdadera situación de Diyarbakir, asunto que muchos despachan diciendo que si quieren independizarse pueden irse a Irak o Siria, porque Turquía es Turquía y en Turquía se habla turco, no kurdo.

     

     

    ¿Guerrilleros o terroristas?

     

    Una circunstancia que también marca la diferencia entre el oeste y este de Turquía es la visión del Partido de los Trabajadores del Kurdistán. Para Estados Unidos, la Unión Europea y la propia Turquía, el PKK es una organización terrorista. Mientras que entre la población del oeste reina el recelo a que el proceso de paz implique concesiones a los “terroristas” del PKK a causa de los numerosos atentados perpetrados, las cosas cambian de forma sustancial en Diyarbakir. En la capital kurda se enorgullecen del PKK, el partido que consideran que defiende sus derechos como pueblo. Algunos incluso reconocen la satisfacción que les produce tener algún familiar en las montañas, y preguntan abiertamente si ocurre lo mismo con ETA. El líder encarcelado, Abdullah Öcalan, es celebrado en el este y menospreciado en el oeste, sobre todo entre los jóvenes turcos, que lo acusan de estar involucrado en el tráfico de drogas.

     

    En la actualidad, los kurdos aparecen en los titulares de muchas noticias convertidos en luchadores solitarios contra el avance yihadista, que siembra horror: asesinatos a sangre fría de periodistas occidentales, población sometida al terror (aunque alimentada), y mujeres de nuevo esclavizadas. Una vez más, los kurdos reclaman ayuda para la lucha contra el denominado Estado Islámico. Lo que de nuevo es visibilidad. El gobierno de Erdogán se enfrenta al dilema de necesitar a los kurdos para frenar el avance del Estado Islámico, pero no quiere apoyarlos abiertamente, y al parecer entorpece la llegada de refugiados kurdos sirios que huyen del horror.

     

    "Las instituciones políticas kurdas no confían en la sinceridad de Turquía en el proceso de paz", advierte Sirry Sureya Onder, diputado del partido prokurdo HDP, tras una visita que realizó al comando central del Partido de los Trabajadores del Kurdistán situado en Irak. Dice que la cúpula del partido cree que “el proceso de paz ha llegado a su fin”. Ese es el mensaje que al parecer quiere comunicar a Abdullah Öcalan cuando lo visite. Öcalan ya ha anunciado desde la prisión de que en caso de que Kobane cayera, el Gobierno de Turquía sería responsable de la ruptura del proceso de paz.

     

    Son declaraciones que evidencian la fragilidad de las negociaciones. Se habló de la posibilidad de que los kurdos que habitan el norte del Siria, de donde huyen a causa del avance yihadista, pudieran acceder a una cierta autonomía, y que se pudiera sumar a la que ya disfrutan los que habitan en el norte de Irak. Pero supondría una presión extra sobre las fronteras del Estado turco, fronteras que comparte con Siria, Irak e Irán. Ahora se suman los recelos que han surgido por la liberación de 47 ciudadanos turcos secuestrados por el Estado Islámico. El primer ministro Erdogán reconoció que hubo un “acuerdo político y diplomático con el Estado Islámico”, pero no monetario, y que se alcanzó a través del intercambio de rehenes. En este sentido, el diputado Sirry Sureya añade que “el Gobierno (turco) está firmando acuerdos de intercambio de prisioneros (del EI) por rehenes (turcos), pero no hace nada para los presos kurdos”.

     

     

     

    Josune Murgoitio es periodista y escritora interesada en los conflictos independentistas y separatistas, los procesos de paz y los derechos humanos. En fronterad ha publicado Las minorías turcas reivindican democracia. En Twitter: @josmurgui

     

     

     

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