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    El Barça como justificación

    Jorge Martínez García - 27-03-2012

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    Me hice del Barça con cuatro años. Las malas lenguas comentan que antes era del Madrid, pero que tras pasar un verano en Tarragona, en casa de mis abuelos maternos, regresé reconvertido para siempre en culé y vistiendo la camiseta de Koeman. Esas mismas malas lenguas afirman que mis abuelos, blaugranas empedernidos, me compraron con la remera del central holandés. Mi padre, cuyos años de juventud coincidieron con la excelsa etapa de la quinta del buitre, era del Madrid, pero no forofo, y encajó la situación con elegancia. Curiosamente, mi primer recuerdo futbolístico y blaugrana, se remonta, tres años después de aquel verano, a la aciaga final de Champions del 94. Fui con mi padre al restaurante Miramar, en Cabo de Palos, y desde un taburete, junto a la barra y a mis tiernos siete años, vi cómo se desmoronaba un imperio. Recuerdo la tristeza y el rapto de inspiración que tuve cuando acabó el partido: sería culé hasta la muerte. A diferencia de la mayoría de niños que suelen elegir equipo en función del más popular y el que más gana en ese momento, yo me licencié blaugrana con uno de los episodios más funestos en la historia del club. Probablemente eso explique mi pesimismo crónico y el miedo que me invade cada que se acerca una gran cita. 

     

    La temporada siguiente las cosas se precipitaron. Laudrup se fue al Madrid y se devolvió a sí mismo un 5-0. Recuerdo que días después de ese partido coincidí con un chico del pueblo en la plaza que había frente al bar que regentaba su padre (todavía lo hace). El padre, blaugrana a morir, se lamentaba de que su hijo, hasta entonces culé, había apostatado tras el 5-0 y ahora era hincha apasionado del club blanco. En su caso, el chaval asimiló la sonrojante derrota como pudo: pasándose al bando contrario. Y ahí sigue. No lo critico, hay que recordar que a mí (supuestamente) me compraron con una camiseta. 

     

    Por aquel entonces yo ya había puesto toda la carne en el asador. Era un hincha absoluto. Durante un partido en el que al Barça no le iban bien las cosas, por poner un ejemplo, me puse a rezar. Al poco rato Bakero metió un gol in extremis que salvó el partido. Durante años he querido pensar que fue el del Kaiserlauten, pero es imposible, porque cuando ese encuentro se disputó, en 1992, yo tenía 5 años y aún no rezaba porque aún no le tenía miedo a la muerte. Además, en el partido que yo vi, el Barça vestía de verde y la gesta alemana se jugó de naranja. En cualquier caso recuerdo que estábamos en el salón, mi madre, mi padre y yo. Metió Bakero, y dije: “Ha metido porque he rezado”. Mis padres me miraron como alucinados, porque no son creyentes, ni practicantes, de hecho yo ni siquiera estoy bautizado. Fue una época en la que tuve la certeza de que tarde o temprano iba a morir Eso me hizo aferrarme a un rezo, marca de la casa, en el que incluía “a los niños pobres de África” y a mi abuela materna muerta, entre otras cosas. Todo para cubrirme las espaldas. La oración tenía que repetirla todas las noches para poder dormir en paz. Mi abuela materna, la que supuestamente me compró con la camiseta de Koeman, me exhortó a que en mi plegaría incluyese algún salmo oficial como el Ave María o Jesusito de mi vida. Así lo hice hasta que me cansé de rezar. Cuando fui consciente de que no servía para nada, apostaté, y me pasé al club de los hipocondríacos. Y aquí sigo. 

     

    Después de aquello el Barça comenzó un lento pero inexorable declive que desembocaría en los duros seis años sin títulos. Antes de atravesar el desierto, eso sí, se alzó, entre la temporada 96/97 y la 98/99, con una Recopa de Europa (de la mano de Robson y Ronaldo) y un par de ligas (de la mano de Van Gaal). La temporada 97/98 la recuerdo con especial cariño porque cuando acabó mi padre me regaló un vídeo (creo recordar que lo daban con el Sport) con los goles de todos los partidos del Barça en aquella liga. Veía la cinta una vez al día hasta que acabó jodiéndose. Mi parte favorita, obviamente, era el 2-3 en el Bernabéu, con la antológica celebración de Lucho (ídolo sin discusión) tras poner el 1-2 en el marcador. De aquellos años, que fue cuando empecé a ver fútbol de verdad, todos los fines de semana, me apasionaron, aparte de Luis Enrique, Ronaldo, Rivaldo, De la Peña y, sí, Luis Figo. Me gustaba tanto el portugués que enseguida le perdoné aquello. Para mí siempre será blaugrana. En resumen, el primer Barça de Van Gaal molaba. Era un equipo canchero, alegre y vacilón.

     

    En el año 2000 llegó Gaspart y con él, el desastre. Un goteo de fichajes, lamentable y continuo, cuyos nombres no voy a enunciar para no ofender a nadie, dio como resultado un Barça mediocre y trufado de tuercebotas. Apenas conservo algún recuerdo alegre de ese desastroso principio de siglo salvo algún que otro excelso partido, como un 0-6 a la Real Sociedad, un 7-0 al Athletic de Bilbao o un imperial 1-3 al Liverpool de Owen en Anfield. El tercer gol de ese encuentro, marcado por el enigmático Overmars, estuvo precedido por una jugada espectacular, un rondo eterno que entonces sorprendió y que ahora es pura rutina. Aún así, esos años estuvieron mucho más llenos de sombras que de claros. Ferrer, Rexach, Van Gaal (en su segunda etapa) y Antic (“antiguo” en catalán, como decía Buanfuente en Un altra cosa) encadenaron cinco temporadas funestas, semifinales de Champions contra el Madrid incluidas, y un 0-3 en casa frente al Sevilla que no sé por qué me marcó demasiado. Esos años era muy raro ver un partido en el Camp Nou que no acabase en la poco edificante pañolada. Un gesto que, desde entonces, no puedo ver reproducido en ningún sitio (ya sea en estaciones de tren, ya sea viendo un abuelo limpiarle los mocos a su nieto) sin sentir escalofríos. De aquella época, aparte de a Luis Enrique, idolatraba a Cocu. Siempre sentí una especie de vergüenza y algo de culpabilidad de que un profesional como él, un tipo tan ejemplar, no hubiese ganado nada, salvo una liga y 2 o 3 Copas Catalunyas, jugando seis años en un club como el Barça.  

     

    Quiso el destino que esos años de sequía y zozobra coincidiesen con toda mi adolescencia, etapa fundamental en el desarrollo de cualquier persona y que claramente abundaron en mi carácter inseguro, tímido y neurótico. Lo peor de aquello era el buen momento del Madrid. Recuerdo las distancias estratosféricas que separaban a ambos conjuntos. Cristalizadas, por ejemplo, en un gol de Xavi de churro que se le escapó a César y que sirvió para que el Barça arrancase un tristísimo empate a 1-1 en el Camp Nou. Durante esos años, la diversión futbolística consistía, básicamente, en intentar ganar al Madrid en el clásico, y celebrar por todo lo alto sus derrotas. Como aquella vez, en plena ESO y cadena SER mediante, que nos enterábamos que Boca le ganaba la Intercontinental al equipo blanco. Fue un recreo muy amargo y muy feliz.

     

    Esta época gris, como la segunda equipación que vestían entonces, tuvo un epílogo lamentable, que fue ver al equipo de mis amores jugarse en la última jornada de liga el pase a la UEFA ante el Celta, objetivo que se consiguió gracias a los goles de Saviola y Sorín, creo (no voy a comprobar esos datos para ahorrarme el bochorno de recordar tan aciago episodio). Este fue el quinto año de calvario, no el último. Porque aunque al siguiente, con Rijkaard, no se ganó nada, ya estaba Ronaldinho, aireando un Camp Nou que olía a humedad y a cerrado. 

     

    Como no hay mal que cien años dure, mi paso a la universidad coincidió con el despertar definitivo del Barça. Fue la temporada en la que se rescató el mítico Aquest any sí en las portadas de los periódicos. En la que llegaron Eto’o, Deco y Giuly, y sirvió, entre otras cosas, para que algún amigo de gustos futbolísticos algo disolutos y poco consistentes, se subiesen al nuevo barco que fletaban Rijkaard y Ronaldinho. Nada que objetar, porque aunque se tratase de personas de 18 años, en las que algo tan vital como el equipo de fútbol ya debería estar decidido, optaron por esperar a reunir toda la información posible y actuar en consecuencia. Se hicieron oficialmente del Barça cuando el ambiente invitaba a ello, como los que salieron del armario aprovechando el 15-M. No les culpo (como tampoco al apóstata del 5-0). Os recuerdo, además, para los infelices que todavía estéis leyendo, que a mí me compraron (supuestamente) con una camiseta, y por lo tanto no estoy en condiciones de emitir juicio de valor alguno. 

     

    Pude por fin disfrutar del fútbol, ser feliz, y liberarme de algún que otro complejo. Por aquel entonces mi personalidad ya estaba más o menos definida, por lo que la inseguridad, introspección y una incipiente neurosis fueron imposibles de corregir, pero más fáciles de sobrellevar.

     

    Sin embargo, a pesar de vivir atrapado en un bucle de vino y rosas en lo que a títulos y juego se refiere, de un par de años a esta parte noto cómo cada vez me cuesta más defender ante mí mismo las razones por las que seguir adorando el fútbol. Entiendo que es un deporte en muchos sentidos prostituido, cuyos principales protagonistas cobran sueldos obscenos en contraposición, no ya con la pobreza del tercer mundo, sino con los 625 euros mensuales que ingresan muchas familias españolas. Eso y ver cómo se ha infectado la prensa deportiva y por ende la sociedad con el bombardeo constante y tumefacto que emiten muchos medios de comunicación, el eco y la importancia que se les da a determinados personajes y lo frustrante que resulta ver que un tipo como, no sé, por ejemplo, Cazorla, se folla en una semana al cuádruple de tías que yo en un año, hacen que mi odio hacia el fútbol crezca por momentos. No le veo sentido alguno, como en su día no le vi sentido a lo de rezar. Pienso que el fútbol profesional, el de primer nivel, tal y como está concebido en la actualidad, debería de erradicarse y prohibirse. Puede que este hartazgo y este vacío interior esté influido, además, por las negras perspectivas de futuro y la falta de oportunidades entre la gente de mi generación. Cada vez me cuesta más emocionarme viendo un partido. Sufro algo parecido a una crisis de fe. 

     

    Sin embargo, a esta peligrosa tendencia se le han unido dos acontecimientos que hacen que mi desapego definitivo por fútbol se vaya retrasando. La primera es el Barça actual. Su modelo, estilo y filosofía hacen que todavía no claudique y albergue cierta esperanza para con el balompié. Y la segunda es la némesis de este Barça: El Madrid de Mou, aka el Voldemort de los banquillos, el capitán Ahab de la zona técnica. Cada vez que ambos equipos se enfrentan regresan mis instintos más primarios. Es por eso que ahora, pese a la crisis de fe, veo los clásicos más exaltado que nunca. Con las pulsaciones disparadas hasta que uno u otro equipo mete gol. Si lo hace primero el Madrid, me hundo y contemplo seriamente la idea de irme a mi casa (en el poco probable caso de que esté en un bar), y si ya lo estoy, me voy a mi habitación a “leer” o a “navegar” por internet para, de vez en cuando, rondar con precaución y como al descuido, el salón, que es donde veo los partidos. Si por el contrario mete el Barça primero, lo único que hago es tensar cada músculo de mi cuerpo y esperar que el árbitro pite el final cuanto antes. 

     

    El fútbol remite a la infancia, a los primeros recuerdos. La prueba está en que cuando de pequeño vivía alguna situación que me angustiaba o me producía mucho miedo me tapaba los oídos ipso facto, era un reflejo natural. A medida que cumplí años fui aparcando esa técnica de defensa, salvo en los Barça-Madrid, que la rescato cada vez que el equipo blanco cruza la línea del centro del campo. Cuando estoy en un bar no puedo hacerlo, lo paso muy mal y suelo acostarme con algunas décimas de fiebre de puro estrés.  

     

    Así, mientras me voy despidiendo poco a poco del fútbol, los Barça-Madrid actuales me mantienen vivo y maniacodepresivo, cosa que se agradece. Puedo decir que he encontrado en este equipo la excusa perfecta para poder seguir disfrutando del bochornoso circo con la conciencia más o menos tranquila. Este Barça, el de Guardiola, justifica, incluso, que comprasen (supuestamente) mi pasión con una camiseta.

     

     

     

    Jorge Martínez García ha trabajado como redactor y locutor de un magazine radiofónico online en Wroclaw (Polonia), como montador y transfert de piezas informativas para el telediario de la 7RM (televisión murciana) y como redactor del diario Información en Elche. En la actualidad colabora en Diario SIGLO XXI. En FronteraD ha publicado Paca.

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