Policías vestidos de civil detienen a un manifestante que pide a la comunidad internacional que investigue la desaparición y muerte de oponentes políticos de Lukashenko/Corbis

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    Bielorrusia, en los ojos de Olga Karatch, una disidente

    Lino González Veiguela - 20-01-2011

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    Ser activista pro derechos humanos en Bielorrusia no es fácil. Tampoco lo es ser un periodista independiente. Junto a los candidatos electorales de la oposición, los activistas y los periodistas son los primeros objetivos de las autoridades bielorrusas a la hora de ejercer la represión social que les asegura el control del país. Olga Karatch (Vitebsk, 1979), además de dirigir una de las redes de asociaciones de derechos humanos más importantes de Bielorrusia, llamada Nash Dom (Nuestra Casa), es también la directora del diario El correo de Vitebsk, ciudad en la que vive, situada al norte del país, y en cuyo ayuntamiento fue concejal de 2003 a 2007.

           Un par de semanas antes de las elecciones presidenciales que tuvieron lugar el pasado 19 de diciembre Olga Karatch comentaba, en una conversación mantenida con esta revista, que no esperaba ningún cambio significativo en el país. La oposición estaba demasiado fragmentada. Además, era de esperar que las autoridades, como así ha ocurrido, pusieran en funcionamiento todos los mecanismos de fraude electoral masivo de los que el régimen pudiera servirse. Con este escenario, Karatch asumía ya antes de que se abrieran las urnas que ninguno de los nueve candidatos opositores podría obtener un porcentaje significativo de los votos que pusiera en riesgo una nueva victoria de Alexander Lukashenko, en el poder desde hace más de diecisiete años, y mucho menos alcanzar el 51% de los sufragios. Tampoco esperaba que las manifestaciones de protesta, que la oposición iba a llevar a cabo tras las fraudulentas elecciones, obtuviesen más resultados que las que celebraron tras los comicios presidenciales de 2006. Lukashenko seguiría en el poder y la sociedad bielorrusa tendría que continuar sufriendo la represión y la incompetencia de un régimen tan absurdo como brutal.

           Habíamos quedado con Karatch en mantener una charla pasadas las elecciones para que ofreciera su versión de cómo se había vivido la jornada electoral en el país. También para que nos contara lo que había visto en las calles de Minsk, ciudad en la que pasaría la jornada electoral y en la que tuvieron lugar las manifestaciones de protesta. Días después de las elecciones envió un correo electrónico en el que afirmaba que la reacción policial había sido muy violenta. Algunas escenas de esa represión pudieron verse en los informativos españoles. También se mostraba preocupada por las acciones represivas que, preveía, estaban por llegar en las siguientes semanas por parte del régimen. La actividad en Nash Dom era intensa, nos decía. Algunos de sus miembros habían sido detenidos en Minsk. Las detenciones masivas comenzaban a producirse en esos días.

           Siente de los nueve candidatos electorales de la oposición han sido detenidos tras las elecciones. También han sido arrestados decenas de activistas y periodistas, tanto bielorrusos como los corresponsales extranjeros del diario polaco Gazeta Wyborcza y de la revista rusa Novaya Gazeta. Algunos continúan aún en prisión. También han sido numerosos los registros policiales, incluida la sede del PEN International, y se han puesto en práctica medidas de intimidación tan abyectas como las amenazas contra uno de los candidatos presidenciales de quitarle a su hijo. Las autoridades aducen que tanto él como su mujer se encuentran detenidos y que el Estado está obligado a hacerse cargo de los niños desamparados. Poco importa que el pequeño cuente con una abuela que lo está cuidando.

           En sus correos Karatch comentaba que esperaba poder tener tiempo “en los próximos días” para explicar con más detalle cómo se estaba desarrollando la represión en todo el país. Consideraba importante, además, que se supiera lo que estaba ocurriendo en esos momentos en toda Bielorrusia. Los observadores electorales internacionales habían regre

    sado ya a sus países, la oficina de representación de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE) en Minks había sido cerrada y en los principales medios occientales Bielorrusia ya no era noticia, una vez que sus enviados especiales habían abandonado el país pocas horas después de la jornada electoral.

           Los días pasaban y la represión era cada vez más intensa. Karatch tardaba en ocasiones hasta varios días en responder a nuestros mensajes. Repetía que en cuanto pudiera explicaría con más calma cómo se estaba desarrollando la situación. En uno de los últimos correos electrónicos que nos envió Karatch antes del cierre de esta edición nos decía que el KGB estaba procediendo a registros en los medios independientes. Habían comenzado su labor represiva en Minsk, pero parecía que una vez limpiada la capital iban a comenzar su tarea en el resto del país. “En nuestro periódico estamos ya preparados y esperamos la visita de los agentes de un momento a otro”, añadía.

           A continuación ofrecemos un texto en el que Olga Karatch explica su ya larga relación con el KGB bielorruso y con otras fuerzas de seguridad bielorrusas. La idea era completar este texto con algunos párrafos relativos a las recientes elecciones y a la posterior campaña de represión que aún está en marcha. Las circunstancias han impedido ofrecer esas declaraciones de la periodista y activista. Al igual que Olga Karatch y sus compañeros de redacción, muchos en Bielorrusia viven esperando que de un momento a otro los servicios secretos o la policía irrumpan en sus casas o en sus trabajos y los detengan. Algunos, los que tengan más suerte, tal vez puedan salir en libertad en unos días o en unas semanas. De hecho muchos han sido ya liberados. Otros, menos afortunados, tal vez tengan que arrostrar meses o incluso años de prisión. No sería algo inédito en el país donde el KGB aún conserva su nombre con orgullo.

     


     

     

    Olga Karatch: “El primer arresto es como el primer amor”

     

           He tenido que vérmelas varias veces con la KGB y con otras fuerzas del orden bielorrusas. Recuerdo muy bien mi primer arresto. El primer arresto es como el primer amor, nunca se olvida. Sucedió en 1999, el mismo día que concluía por ley el primer mandato presidencial de Lukashenko. Distribuíamos octavillas en la calle, informando a la gente de que al día siguiente Lukashenko dejaría de ser presidente. De pronto apareció un grupo de policías. No eran muchos, unos quince, todos uniformados. Nunca olvidaré lo que sentí mientras me escoltaban armados con subfusiles de asalto, como si fuera una peligrosa delincuente. Los transeúntes que pasaban me miraban sorprendidos, preguntándose a buen seguro ¿qué clase de crimen habrá cometido esta chica? El trayecto a pie hasta la comisaría fue como una especie de vía crucis hasta el monte Calvario, atravesando la ciudad de Vitebsk, mi ciudad, escoltada por aquellos policías armados. Caminaba erguida, manteniendo la compostura, pero en realidad estaba terriblemente asustada. La primera vez que te detienen no sabes qué esperar, pero tratas de no mostrarte asustada.

           Otras chicas fueron detenidas ese día -aunque sería mejor decir secuestradas- de un modo distinto: un coche de policía se detuvo a su lado, los policías apuntaron sus armas contra ellas y les ordenaron subir al coche. ¿Qué puede sentir una chica de veinte años cuando ve a varias armas reales apuntando contra ella? Luego vino la parte oficial del arresto en la comisaría. Éramos tres chicas, todas de unos veinte años, todas con coletas. Estamos a mediados del verano, y tratamos de sonreír… Hay árboles verdes tras las ventanas, el sol está brillando a través de las hojas y de las barras metálicas que protegen las ventanas. Aún no podemos asumir que todo lo que está sucediendo sea real, que estemos en una comisaría, arrestadas, y que podemos ser enviadas a prisión. Los policías son chicos jóvenes como nosotras, y también tratan de sonreír. A sus ojos, no aparentamos ser miembros de esa “horrible oposición” sobre la que sus jefes les advierten cada mañana. Los muchachos quieren tocarnos para comprobar si somos diferentes de las chicas normales de veinte años. Y nos tocan. Los pechos, los muslos. Esto nos hace enfadar, tratamos de defendernos, y los chicos parecen sorprendidos: mira, son de la oposición ¡pero reaccionan como chicas normales! Por desgracia para nosotras, en esos momentos una gran cucaracha aparece corriendo por el banco en el que estamos sentadas. Normalmente las cucarachas en Vitebsk son pequeñas y rojas, pero esta es grande y negra. Dejamos escapar un grito y saltamos del banco para evitar que nos alcance. Los policías descubren entonces que pueden divertirse: atrapan la cucaracha y comienzan a hostigarnos, quieren ponérnosla sobre las camisetas para ver nuestra reacción... Para ellos no somos muy diferentes de aquella cucaracha. En aquellos días ni nosotras ni nuestros acosadores teníamos ni la más mínima idea de que una persona arrestada tenía algunos derechos.

     


     

    En 2001, las fuerzas de seguridad bielorrusas cambiaron su estrategia. Comenzaron a detenerme rutinariamente, cada día, durante un todo un mes. En ocasiones hasta dos veces al día. Pasaba en comisaría las tres horas que permitía la ley retener a un detenido sin presentar cargos y después era puesta en libertad. En Bielorrusia no había teléfonos móviles en aquella época, así que no podía informar a mi familia de que había sido detenida. En ocasiones, cuando me retrasaba y llegaba a casa un poco más tarde de lo que había dicho, encontraba a mi madre muy nerviosa, tras haber llamado a los hospitales de la ciudad y al depósito de cadáveres. Vivía sin saber si en la próxima hora sería detenida. Si me encontraban paseando a mi perro, entonces me detenían con mi perro, manteniéndonos a ambos en una celda durante las tres horas reglamentarias. Si me detenían haciendo la compra, me arrestaban con el cartón de leche y el pan que terminaba de comprar. Su hora preferida para detenerte era de noche, mientras regresabas a casa, para así tenerte entre rejas hasta la medianoche o hasta la madrugada. Al terminar el día, cuando sólo estás esperando llegar a casa para darte una ducha y tomar una taza de café caliente, te sorprendían seis o siete policías uniformados y armados que te introducían a la fuerza en un furgón policial y te conducían a la comisaría, donde pasarías las tres próximas horas en unas dependencias frías, oscuras y con un fuerte olor a tabaco. Durante esas tres horas, permanecerías sentada en un banco, sin hacer nada, sólo esperando. Esa espera podía convertirse en un tormento. A tu alrededor estaban muchos de los policías que te habían detenido, negándose a decirte por qué te habían detenido. Tienes 22 años, y quieres flores, amor, y la llegada de la primavera... O, en cualquier caso, quieres algo muy distinto a la perspectiva de un juicio y de una docena de sombríos policías rodeándote que se divierten poniendo el cañón de sus pistolas contra la cabeza de tu perrita y amenazando con apretar el gatillo. Protestas por estar en aquel banco, protestas también al ver que algunos de tus amigos son golpeados en la cabeza con enormes walkie-talkies. No quieres escuchar a un juez condenándote a 15 días de prisión -“para que así tengas tiempo de pensar en tu comportamiento”-, lo que suele significar tiempo para pensar en la conveniencia de interferir cuando los policías están golpeando a tus amigos. Desde el 2001 siento pánico cuando el teléfono suena de noche. Una llamada nocturna quiere decir un problema. Quiere decir que han detenido a alguno de tus compañeros, a alguno de nosotros, jóvenes que sólo quieren que llegue la primavera, que lleguen los cambios. Quiere decir otra noche sin dormir a la puerta de la comisaría, con la incertidumbre de no saber si liberarán al detenido o no.

     


     

    Otra época difícil fueron las semanas previas a la campaña electoral de 2006. El KGB no fue muy creativo, se limitaron a seguirme sin ninguna discreción durante un mes entero. Fue un mes muy difícil para mí. Algunos pueden pensar “Bien, vaya cosa, es sólo un coche aparcado frente a tu casa y algunos esbirros siguiendo tus pasos. Eso no duele. ¡No es nada serio!”. Se equivocan. Psicológicamente es muy difícil. Sientes constantemente la presencia de quienes te siguen, sus ojos fijos en ti. ¿Habéis visto alguna vez los ojos de uno de los esbirros del KGB, cadavéricos, fríos, vacíos? Como los de un lagarto o un hombre muerto. Nunca llegas a estar seguro de si lo único que pretenden es acosarte hasta que te vengas abajo, o si están planeando otra “desaparición política” y tú eres el número 1 en su lista. Te imponen la sensación de peligro continuo, de que algo muy malo puede suceder en cualquier momento. Mi madre no podía dormir por la noches, solía acercarse a al ventana para comprobar si ELLOS se habían ido. Pero ellos se mantenían en su puesto dentro de su coche. Me sentía como un ciervo acosado en una cacería.

           Escribimos una carta a la policía local, preguntando quiénes eran aquellos agentes vestidos de civil que me seguían, y les facilitamos el número de la matrícula del coche que utilizaban para seguirme y mantener la vigilancia sobre mí. La policía nos respondió que esa matrícula no existía. Entonces fotografiamos el coche con el número de matrícula bien visible, y adjuntamos esas fotos a a otra carta pidiendo explicaciones. La respuesta de la policía fue muy vaga, pero tras esa segunda carta la sombra del KGB desapareció. Tal vez un mes sea su límite, y no puedan permitirse gastar más recursos en alguien como yo. O probablemente ellos sólo estaban probándome para ver si me venía abajo.

     


     

     

    El registro de mi apartamento que tuvo lugar en 2007 cambió muchas cosas. Dentro de mí y en mi entorno más cercano. Alguien entro en mi casa y tocó mis libros con sus manos viscosas, rebuscó entre mi ropa interior, leyó mis cartas personales y ojeó mis fotos privadas. El KGB anula la intimidad de cualquier activista político en la actual Bielorrusia. Penetran en tu intimidad no porque consideren que pueda suponer un peligro para el régimen, sino porque no quieren que nada escape a su control. No pueden concebir que algo escape a su vigilancia. Quieren invadir todas las esferas de tu vida privada, llegando a rebuscar incluso entre tu basura. Consideran que el derecho a la intimidad es un límite inaceptable a su derecho a inmiscuirse en las vidas de los demás.

           En el folclore bielorruso hay unos personajes llamados niezhyts, palabra que podría traducirse como “muertos vivientes”. Según las leyendas populares, cuando una persona ha pecado mucho en su vida tendrá prohibido entrar en el reino de los muertos. Los niezhyts no son propiamente muertos, están condenados a vivir entre la gente normal, aunque en su interior estén muertos. Los niezhyts envidian a los vivos precisamente porque están vivos, mientras que ellos están obligados a llevar una existencia de muerte en vida. Los esbirros del KGB me recuerdan a estos niezhyts porque al igual que ellos irrumpen en las vidas de los demás, y sólo obtienen su vitalidad neutralizando la vitalidad de los otros. La obsesión que tienen por acosar a sus victimas y su gusto por la oscuridad de sus acciones es su principal característica. Se podría hablar incluso de una relación de amor/odio. Los esbirros del KGB son emocionalmente dependientes de sus víctimas. Odian a las personas que acosan, pero al mismo tiempo no pueden dejar de acosarlas. Diría que aman a sus víctimas en el sentido de que les dan sentido a sus vidas. No creo que sea sólo un trabajo para ellos, no tiene que ver únicamente con que reciban un salario del gobierno a cambio de sus servicios. Es algo más. Quizá nos envidien porque somos libres de elegir cómo queremos vivir nuestras vidas, mientras que ellos no son libres para elegir nada, ni siquiera a sus víctimas.

     


     

    Por lo general, la mayor parte de la información que obtiene el KGB sobre las personas investigadas es recogida por los llamados “agentes secretos”, gente que el KGB ha conseguido reclutar. Existen dos tipos de “agentes secretos”: aquellos que colaboran contra su voluntad, temerosos de sufrir represalias si no lo hacen, y aquellos que creen sinceramente que los activistas democráticos son enemigos que se oponen al mejor gobierno del mundo y que por lo tanto han de ser destruidos. ¿Por qué usar agentes y no sistemas de seguimiento modernos, como micrófonos ocultos y pinchazos telefónicos? La respuestas es muy sencilla: los agentes son más baratos. La mayoría de los agentes que facilitan información al KGB, al no formar parte de su plantilla, no reciben dinero a cambio, mientras que los sistemas de seguimiento electrónicos son caros de adquirir y mantener. Los agentes que colaboran con el KGB contra su voluntad son fáciles de detectar, dado que entienden que están traicionando a sus amigos, y tienen miedo y se sienten culpables y se delatan fácilmente. Los agentes voluntarios, en cambio, son más difíciles de detectar, porque son muy conscientes de su labor de espías. El KGB les ayuda en su labor, al extender rumores como el de que la organización cuenta con un sofisticado sistema de escuchas telefónicas, sabiendo que si la gente cree que sus teléfonos están intervenidos se cuidará mucho al hablar por teléfono, pero se sentirá libre al hablar en privado, facilitando así la labor de los agentes voluntarios.

           Por supuesto, el KGB también usa los sistemas de seguimiento más sofisticados, pero los reserva para .la gente que considera realmente peligrosa. Para controlar a la mayoría de los activistas democráticos es suficiente con reclutar a un “amigo” cercano, del que los activistas se fíen, que sea capaz de recopilar información fiable y útil para el KGB.

           La principal fortaleza del KGB es la mayor debilidad de la gente: el temor. Será muy difícil que el régimen pueda caer si la gente no lucha contra el temor que sienten. Sólo cuando los bielorrusos sepamos sobreponernos a este miedo podremos combatir al régimen de un modo efectivo.

     


     

    Bielorrusia es una país especial con un gobierno que amenaza los derechos y libertades de sus ciudadanos de un modo muy particular. O, para ser más precisos, que los viola y niega de un modo muy particular. Por ejemplo, el gobierno bielorruso “recomienda encarecidamente” a los viajeros que regresen al país de un viaje al extranjero no lo hagan con más de una muda completa. Si eres un viajero frecuente y en alguna ocasión te olvidas de esa recomendación, corres el riesgo de pagar tasas aduaneras extra por llevar en tu equipaje un par de calcetines de más. Si acudes a una agencia de viajes bielorrusa para contratar un viaje a un país europeo, tendrás que presentar un permiso especial de tu jefe laboral permitiéndote viajar durante tus vacaciones. Por lo general, la mayoría de los jefes suelen denegar estos permisos, para cubrirse las espaldas y evitarse posibles problemas con las autoridades.

           Bielorrusia es un país donde las autoridades pueden apropiarse del coche de un extranjero para entregárselo a la así llamada Administración presidencial, permitiendo que sus miembros lo puedan usar durante una temporada. Su lógica es simple: ¿para qué pagar por algo que puedo simplemente tomar? ¿Somos el poder supremo en este país, no? No sólo los extranjeros sufren los robos de las autoridades. El Gobierno bielorruso también roba a los empresarios locales para luego revender esos bienes a través de una cadena de tiendas de “bienes confiscados”. En esas tiendas, los miembros del Gobierno y la Administración tienen preferencia para adquirir lo que deseen a precios especiales. El resto se pone a la venta para que puedan comprarlo cualquier persona. A estas tiendas también van a parar bienes confiscados porque tienen una baja calidad o porque resultan incluso peligrosos. En los países civilizados, estos bienes son destruidos. Pero en Bielorrusia estos bienes son puestos en venta para beneficio de las autoridades. Y si éstas obtienen un provecho económico con su venta, ¿cómo van a ser peligrosos?

           En Bielorrusia existen todavía los llamados subbotniks, días en los que se supone que debes trabajar gratis obteniendo las autoridades el beneficio de este trabajo gratuito. Sólo en Bielorrusia las autoridades explican la existencia de este modalidad de trabajo sobre la base de “las peticiones de los propios trabajadores” para realizarlo. ¿Podrías encontrar en tú país un sólo trabajador que esté dispuesto a trabajar gratis, y que incluso se lo pida a sus superiores? Seguramente no. En Bielorrusia puedes encontrarlos con nombres y apellidos en las páginas de los periódicos oficiales y en la televisión.

           Sólo en Bielorrusia la contaminación radioactiva desaparece en veinte años, y la tierra se purifica milagrosamente. Las autoridades pueden informar de este milagro, al tiempo que anuncian que se procederá a cultivarlas y a construir viviendas en los terrenos adyacentes. Sólo en Bielorrusia la inflación disparada hace que los precios no dejen de crecer, pero las autoridades declaran orgullosamente que los países de la Europa occidental sienten envidia del milagro económico bielorruso. Sólo en Bielorrusia las autoridades han establecido una tasas de mortalidad tolerables para las maternidades, como las que se han establecido para el Ejército. Siempre que no se superen esas tasas no se investigan las muertes. Sólo cuando se supera ese número de muertes permitido se procede a una investigación y hasta es posible que algún responsable militar o sanitario sea castigado por ello. Se llega incluso de hablar de “mortalidad permitida” para referirse a estas tasas. Como si la angustia de una madre que recibe el cadáver de su hijo recién nacido o el cadáver de su hijo militar disminuyese sólo porque sus muertes están dentro del nivel permitido de mortalidad.

           Sólo en Bielorrusia las dependencias de un hospital donde los pacientes permanecen ingresados cuentan con un solo baño, tanto para mujeres como para hombres, con una puerta que no cierra. Así que no es difícil imaginarse la escena de un paciente que entra en el baño y se encuentra con otro paciente del sexo contrario que trata de cubrirse rápidamente sus partes íntimas... Conozco esta situación de primera mano, he sido una paciente de estos hospitales en varias ocasiones.

           Solo en Bielorrusia puedes ser internado en un psiquiátrico o en prisión durante varios años por el delito de reclamar buenas carreteras en las inmediaciones de tu casa o reparaciones en la entrada de tu edificio de apartamentos.

           Sólo en Bielorrusia todo lo que sucede a tu alrededor es tan absurdo que llegas a perder el sentido de la realidad.

     


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