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El mirador el blog de Alfonso Armada


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28 de agosto, 2013

Ah, la cultura, los fractales y el calor estéril

 

 

Sé que los fractales son otra cosa, pero mientras rumiaba el post de esta semana me acordé del artículo de Rafael Sánchez Ferlosio titulado algo así como La cultura, ese invento del gobierno. Cuál no sería mi sorpresa cuando, al llegar al periódico donde trabajo, sobre mi escritorio tenía un gran sobre con el último número de Carta, que lleva como gps en versalitas una descripción que no se para en barras: “revista de pensamiento y debate del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía”. La última página recoge un poema de Ezra Pound, With Usura (es decir, Con Usura), donde se pueden leer versos como:

 

“Con usura el hombre no puede tener casa de buena piedra

con cada canto de liso corte y acomodo

para que el dibujo les cubra la cara,

con usura

no hay para el hombre paraísos pintados en los muros de su iglesia”

 

así arranca, y algo más abajo, continúa:

 

“El picapedrero se aparta de la piedra

el tejedor de su telar

con usura

no llega lana al mercado

la oveja nada vale con usura

Usura es un ántrax, usura

mella la aguja en las manos de la muchacha”

 

y termina así:

 

“Han traído putas para Eleusis

Se sientan cadáveres al banquete

a petición de usura”.

 

El propio Pound añadió una nota bene al pie de su poema, que reza: Usura: gravamen por el uso de poder adquisitivo, impuesto sin relación a la producción, a veces sin relación a las posibilidades de la producción. (De ahí la quiebra del banco de los Medici). [Traducción de José Vázquez Amaral, Cantares completos. Cátedra, 2006].

 

Pero en las dos páginas anteriores se reproduce, en su integridad, el largo artículo que el autor de El Jarama escribió en El País el 22 de noviembre de 1984. El título era el que recordaba. Confiesa Ferlosio en el primer largo párrafo (largo como esas tiradas de prosa compacta, como de muralla china, que tanto apreciaba Franz Kafka) que tal vez esté la mañana en la que escribe un poco fuera de sí “para escribir con la serenidad debida”, pero cuenta que acaba de recibir “la gota que colma el vaso”. Los más constantes lectores del escritor recordarán el asunto: la invitación que el jefe de un organismo paraestatal le hacía, tuteándole sin conocerle, para que escribiera un texto de dos-tres folios para un catálogo que acompañaría “una muestra de pintores actuales, que en lugar de pintar lienzos lo harían sobre abanicos”. El jerifalte, para animar a su presa, añade: “Hemos invitado a los principales prosistas y poetas, cuya aportación creemos que podría ser muy interesante, y entre los que encontrarás a muchos amigos”.

 

Tacha Ferlosio la iniciativa de “descomunal parida” y de “indecente y repugnante monada cultural”. ¿Cuántas no se han seguido perpetrando desde aquel lejanisimo mes de noviembre de 1984? Mientras fui corresponsal de ABC en Nueva York raro era el mes en que una delegación de algún gobierno autonómico español no desembarcaba en Manhattan con su séquito de periodistas para anunciar que Castilla y León (o Galicia, o Cataluña, o Andalucía, o Extremadura, o Valencia, o Madrid…) habían “conquistado Nueva York”. Éramos ricos, no sé si lo recuerdan. Por eso era posible que la comunidad autónoma de Castilla y León modificara, a base de talonario, la programación del Museo Americano de Historia Natural para volcar en un ala de la prestigiosa institución los hallazgos de Atapuerca, o alquilara el Carnegie Hall para ofrecer un concierto para el que después se veía obligada a regalar entradas entre la comunidad hispanohablante para que no deslucieran las filas de butacas vacías. O que el ayuntamiento de Granada organizara una fastuosa cena con espectáculo en unos salones del hotel Waldorf Astoria para presentar el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca, y convidar al evento a todos los partidos políticos presentes en el consistorio, concejales, cónyuges, afines, plumillas y cámaras, por una cantidad que hacía palidecer el de propio galardón. O la secretaría de Estado para la Cooperación Internacional dedicó un millón de dólares a explicar a la capital del mundo el gran momento del arte español, montar en una antigua escuela pública de Queens reconvertida en espacio alternativo del Museo de Arte Moderno (MoMA) una exposición pomposamente titulada El real viaje Real, para cuya inauguración se trajo a un elenco de cocineros que hicieron del arte más reciente un plato más digerible, y con un catálogo que incluía el soroche andino como gran fuente de inspiración de uno de los visionarios comisarios. La cantinela y el dispendio eran constantes, sin que la mayor parte de las veces los medios de comunicación neoyorquinos dedicaran a tan ínclitos eventos más que un elocuente silencio. Pero si uno leía la prensa de compañía o sintonizaba las televisoras del menganito de turno era evidente que el gasto estaba justificado. Misión cumplida. La comunidad autónoma había puesto su pica en Flandes, conquistado Nueva York. ¡Qué fatiga!

 

En su inolvidable artículo, Sánchez Ferlosio no deja de señalar la falta de respeto de los intelectuales por nada, ni siquiera por sí mismos: “El autor de la carta se aprovecha de que los llamados intelectuales, teniendo precisamente por gaje del oficio el de no respetar nada ni nadie, no pueden sentir respeto alguno hacia sí mismos ni, por tanto, se van a dar jamás por insultados al verse destinatarios de una carta así, como se darían, en cambio, los miembros de cualquier otro gremio. No es esa, por consiguiente, la cuestión, sino la del insulto que el hábito generalizado de tales despilfarros es para el presupuesto y el contribuyente, así como el mal ejemplo y la degeneración que para cualquier idea de cultura supone la proliferación de mamarrachadas semejantes, de las que el actual Ministerio de Cultura –precedido tal vez por algunos ayuntamientos socialistas- es el primer y más entusiástico adalid. Pero, aunque los intelectuales estén excluidos del derecho a sentirse insultados por nada ni por nadie, sí pueden dolerse íntimamente por la constatación de su propia nulidad, y nada se la confirma tan palmariamente como la incondicionalidad ante la firma que caracteriza los actuales usos del tráfico cultural. Cuántas veces, en los últimos tiempos, he tenido que soportar que me dijeran: ‘Nada, dos o tres folios sobre cualquier cosa, lo que tú quieras, lo que se te ocurra... ¡Vamos, no me dirás que si tú te pones a la máquina...!”.

 

Recuerda el autor de Industrias y andanzas de Alfanhuí una frase que hizo fortuna en aquel tiempo y que no nos ha abandonado, y a la que al parecer era muy aficionado un antiguo rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), Santiago Roldán, la de que “la cultura es una fiesta”, y cuyo predicamento no se ha evaporado del todo, aunque la cuantía de los caudales disponibles para esa constatación sean ahora mucho menor. Escribe Ferlosio: “No se diría sino que una férrea ley del silencio prohíbe tratar de desvelar el lado negro, oscurantista, de las fiestas, lo que hay en ellas de represivo acto inmemorial entre la desesperación y el conformismo, y que, a mi entender, podría dar razón del hecho de que en el síndrome festivo aparezcan justamente la compulsión a la destrucción de bienes o el simple despilfarro”.

 

Es como si estuviera refiriéndose a la infausta Tomatina de Buñol que, como todos los años por estas fechas, viene a dar buena cuenta de nuestra imparable degradación. Como dijo el más lúcido de los marxistas, partiendo de la nada hemos alcanzado las más cumbres de la miseria. O algo así.

 

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