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El mirador el blog de Alfonso Armada


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13 de febrero, 2019

¿Hay algún país para viejos?

 

 

 

De una reseña de uno de los dos ensayos que Aurelio Arteta ha dedicado a pensar la vejez y a pensar su vejez, es decir, a pensar a través de la observación de su propio cuerpo, rescato una cita que trae a colación Carlos García Gual y que pertenece a uno de los grandes escritores y pensadores centroeuropeos, Elias Canetti: “Todo lo que anotamos tiene un ápice de esperanza, por mucho que proceda de la desesperación… Es en la vejez donde esperanza y desesperación juegan su última partida”.

 

A la hora de preguntarse cuál es el verdadero sentido de la vida convoco apenas tres libros más: Todo se desmorona, de Chinua Achebe, y dos obras de Cioran, Breviario de podredumbre, que leí en Santiago de Compostela en tiempos peligrosos, porque mi alma estaba todavía muy verde, y Del inconveniente de haber nacido.

 

En la vejez somos expertos todos, porque la escuela es nuestro cuerpo, nuestro pupitre es nuestra propia carne. Ahora bien, no todos somos igual de aplicados. Hay los que quieren saber y los que no, los que hacen como si no se quisieran enterar del paso del tiempo y sus exigencias.

 

¿Hay países mejores y peores para viejos?

 

Envejecer es tomar conciencia, hacer recuento, poder hacerlo, y en ese arqueo acaso reconocerse y distinguir lo valioso de lo superfluo.

 

En la lotería de la vida no da lo mismo nacer, vivir o morir en un país que en otro. Podemos y debemos comparar para poder dilucidar. No es que las comparaciones sean odiosas, es que son necesarias. 

 

El cuerpo nos hace tomar conciencia. En la infancia la conciencia del cuerpo viene desde sus dimensiones hasta sus heridas, cuando jugábamos más a la intemperie, en la finca de mi abuela Emilia, y gracias a las heridas, cuando sangrábamos, teníamos experiencia del dolor. Pero eran dolores pasajeros, enfermedades del crecimiento, accidentes de la aventura de vivir.

 

Entonces el cuerpo parece inmortal. La vida parece no tener fin. El tiempo parece ilimitado. 

 

Hasta que empiezan a comparecer la vejez, la enfermedad, la muerte. Porque nos vienen a interpelar en los cuerpos de los otros, los queridos, los cercanos, que empiezan a caer en una tala seca que, cuando arranca, ya no termina nunca. O termina cuando somos nosotros los talados.

 

Llega la hora. Nos lo dicen, nos lo decimos. Si te quiero, decía Pedro Salinas, no es porque te lo diga, es porque me lo digo y me lo dicen. Si nos sentimos viejos es porque te lo dicen cuando te despiden, cuando te recolocan, te ponen en tu sitio, te dicen que ya no cuentan contigo, porque eres un aguafiestas, porque eres la estampa viva de la decadencia, porque afeas el paisaje de una realidad impecable que necesita cuerpos intachables para la batalla de vivir al límite, de gozar sin parar, de ser todo el tiempo.

 

La vejez es una interpelación, una carga de profundidad, una apelación a la verdad del fondo frente al brillo de la apariencia. 

  

Este seminario me ha obligado a pensar sobre algo que no es fácil pensar aunque esté en todas las tradiciones filosóficas y vitales, porque apela a la propia esencia vital, a algo que todos podemos experimentar en nuestra propia conciencia, en nuestro propio recorrido vital. Y que además viene pautado por la muerte de los que nos rodean, que nos recuerdan que la muerte es una catástrofe, una cita ineludible que tendemos que afrontar aunque no queramos. Y aunque queramos separar vejez y muerte son dos amigos que se miran a los ojos, que se rozan, que se huelen, y que se acaban abrazando.

 

Nombrar la vejez es nombrar el fin, el tramo que nos lleva a la casilla de salida.

 

¿Hay algún país para viejos?

 

Sí, Japón y España. Pero también… ¿Rusia? ¿Italia? ¿Francia? ¿Alemania? ¿Nueva Zelandia?… ¿Dónde se trata mejor a los viejos?

 

África es el continente más joven. ¿África nos salvará? Tal vez. Resulta paradójico, aunque explicable, nuestro miedo al otro, porque el otro puede ser nuestra salvación. En África, lejos de las ciudades que se van pareciendo tanto a las nuestras, todavía hay aldeas donde la voz de los ancianos se escucha. Pero también los viejos han de ganarse el respeto. Lo cuenta Trifonia Melibea Obono, cómo muchos ancianos han perpetuado los peores hábitos, los que pretenden que la condición de las mujeres permanezca inmuntable, su postergación. Tradiciones que no siempre son valiosas.

 

La vejez es un espejo. ¿Por eso nos incomoda tanto? Porque ve cómo ha ido cambiando nuestra máscara, hasta el punto de no poder separar la cara de la máscara, ha hecho masa con nuestra calavera. Piel y máscara han acabado por formar una sola forma que nos retrata, ¿con fidelidad? Es nuestro rostro, nuestro verdadero yo. Sí, incluso si nos hemos dedicado a desmentir las arrugas, a introducir correcciones de todo tipo para que esos surcos, como los anillos de los árboles, no le dijeran al otro cuántos años tenemos, en qué medida los avatares de la vida han esculpido nuestra cara. Los que más intervienen en el proceso de envejecimiento con técnicas contra el paso del tiempo más estridentemente hablan de sus estragos, los gritan al viento. Son rostros además que acaban adquiriendo una condición pétrea, son menos capaces de expresarse, porque quieren congelar en el tiempo, como estatuas, un proceso que es el curso mismo de la vida, el deterioro, las muescas del vivir, que son nuestra biografía material, nuestras huellas. Las huellas del tiempo vivido, nuestras evidencias. Mi rostro habla por mí, y lo completa con lo que digo, con lo que pienso, con lo que he sacado en claro de todo el tiempo que se me ha permitido, concedido, vivir, desde aquellos años de infancia en que parecíamos eternos.

 

¿Qué hacer con los ancianos? La pregunta ya lleva implícito un hecho contable, un grado de rentabilidad, de cosificación, de lectura de la vida y del tiempo y de la conversión de los seres en mercancías. El discurso aparentemente racional de las pensiones y de los recursos disponibles tiene mucho que ver con la ingeniería financiera que a fin de cuentas es también ingeniería de almas: se hacen planes de negocios y expectativas de crecimiento que cuando no se cumplen se esgrimen como armas para, apelando a una máxima de razón y rentabilidad, justificar despidos o reducciones de salarios. Cuando la lógica es una lógica forzada, una ideología que impregna las matemáticas. Ahí entra un discurso que tiene que ver con la eugenesia, con la rentabilidad de los cuerpos, que cuando dejan de ser bellos, útiles, explotables, hay que apartarlos para dar paso a nuevos cuerpos útiles e impecables. ¿Qué ideología está detrás de ese pensamiento?

 

Nuestra cabeza que no se rinde. Ese es el mejor país para viejos.

 

 

 

(Este texto constituyó en buena medida mi participación en el seminario Vejez, divino tesoro, que se está celebrando estos días en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Las Palmas de Gran Canaria).

 

Foto: Marta Armada

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