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El mirador el blog de Alfonso Armada


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25 de mayo, 2018

La indecencia que sembró ETA sigue dando frutos obscenos

 

 

 

Todos los días. Forman parte del tejido de la ciudad. Se celebran mientras la ciudad sigue su curso.

 

Mientras caminaba hacia el Círculo de Bellas Artes, bordeando el parque del Retiro, clausurado porque el consistorio temía que una ráfaga de viento volviera a derribar un árbol, arrancara una rama, y causara otra vez la muerte de un inocente, observaba el cielo sombrío, ominoso, sí, amenazante, como si temiera que ángeles fieramente humanos estuvieran perpetrando alguna desgracia. Pero finalmente no descargó la lluvia prometida.

 

Parece dispuesto a hacerlo ahora, a las dos de la madrugada, cuando por fin he encontrado el momento de volver a escribir. Creo que será lo primero que escriba después de haber abandonado el diario Abc, hace casi dos meses. La tormenta, sorda, se mueve entre los cantiles de los tejados y los edificios más lejanos, como una orquesta errante, entre tímida y obscena, que quiere tocar, pero teme hacerlo ahora que los niños duermen. La lluvia, consecuente, se retrae. He abierto la ventana para apreciar las notas más graves, que parecen alejarse sobre unas nubes de estaño compradas a un ángel renegado. Huele a humedad, aunque no haya mucha tierra cerca de aquí de la que obtener esa mezcla oleaginosa de magma y agua.

 

Temí que ocurriera algo. Había algo frenético en el tráfico en torno a la plaza de Cibeles cuando eran cerca de las siete de la tarde. Cierta inquietud, como si alguien quisiera convertir las últimas noticias en una obra de arte perversa, en un charco de nitroglicerina, en un accidente que no lo pareciera. 

 

Ahora retiembla el cielo cobalto, casi negro. Como si los encargados de la percusión hubieran hecho como en el teatro: hicieran vibrar láminas de metal para imitar el sonido de la tormenta. ¿Pero qué necesidad tienen los hacedores de tormentas de imitar el sonido de la tormenta cuando ellos son la tormenta? ¿Qué sentido tendría que quisieran recrear en un teatro los misterios de la naturaleza, los fenómenos meteorológicos, la noche y sus promesas?

 

Si yo fuera el director de cualquiera de los viejos grandes periódicos de Madrid hubiera enviado a uno de mis mejores cronistas y a mi mejor fotógrafo y a un par de técnicos del departamento de multimedia a cubrir la presentación en la quinta planta del Círculo de Bellas Artes del libro La derrota del vencedor. La política antiterrorista del final de ETA, de Rogelio Alonso, que acaba de publicar Alianza Editorial. Y hubiera retransmitido el evento en directo (o en streaming, como se dice ahora). Estoy seguro de que tanto José Luis Rodríguez Zapatero como Mariano Rajoy, o como Alfredo Pérez Rubalcaba y Jorge Fernández Díaz, y muchos otros ciudadanos como ellos, no se hubieran perdido ni una sílaba de lo que se dijo durante las cerca de dos horas sofocantes, ardientes, cargadas de amarga lucidez política, en la sala Ramón Gómez de la Serna del Círculo de Bellas Artes de Madrid.

 

Todas las tardes hay eventos prescindibles y reveladores en Madrid. Raras conferencias, estrenos teatrales, lecturas poéticas, conversaciones, conciertos se quedan a veces grabados de manera insólita para siempre en la memoria de los que han acertado a atravesar la maleza urbana, han sabido separar las voces de los ecos y han ido a prestar atención a lo que merece la pena, a lo que no se puede dejar de lado.

 

Yo no sé cómo funcionan los directores, los directores adjuntos, los subdirectores, los redactores jefes de los principales periódicos que se publican en Madrid; de las emisoras de radio, de los canales de televisión, de las páginas web que se editan en la capital de este fatigoso país. He estado en eventos en los que se contaban tres, siete, nueve, y hasta veinticinco cámaras de televisión sobre sus trípodes, al fondo, como una orquesta espectral. Y fotógrafos haciendo su trabajo codicioso, buscando su mejor ángulo, y la mesa de los que van a intervenir poblada de micrófonos de canales vistosos, llamativos, estridentes, que llenan las horas con sus cánticos de sirena, con sus cánticos a secas. Y plumillas, claro. No sé cuántos había de estos últimos. Ya no conozco a casi nadie, aunque conozco a muchos. Pero ayer no vi más a una muchacha que se acercó dos veces a la mesa para tomar fotografías. Aparte de los teléfonos móviles de algunos de los presentes, no vi nada más. A nadie más. Ni una cámara de televisión, ni un fotógrafo, ni una emisora de radio, ninguna unidad de streaming… Y no sé cuántos plumillas… ¿Porque no era importante lo que allí se iba a decir, lo que allí se dijo?

 

Ni siquiera yo, que iba en son de paz, como amigo de Rogelio, pero sin ánimo de hacer nada, de escribir nada. Escuché las palabras de Ángeles Escrivá, que venía con su texto manuscrito, y lo leyó, concienzudamente, y dijo lo que después se repetiría: que este libro es necesario, que este libro es imprescindible. Se dice de muchos libros. Lo dicen en las presentaciones los amigos, que quieren agradar al autor que sale al ruedo, que se arriesga. Esta tarde (ya puedo escribir ayer. La tormenta se ha desvanecido. La lluvia no ha sido más que una aparición leve, fantasmal. Ahora canta el coro unicelular del camión de la basura. Cierro la ventana. Se cuela el frío de la madrugada). Luego habló Gervasio Sánchez, mi querido Gervasio Sánchez, y habló de la indecencia. Y por último intervino Fernando Savater, sin papeles, para hacer hincapié en la tesis fundamental de este libro, de La derrota del vencedor, del triunfo político de ETA. Y yo seguí sin tomar notas. A cada intervención, en una gran sala saturada, donde hacía calor, y nos mareábamos, los aplausos eran más cerrados, más cálidos. Y el dolor se hacía más patente. Y la indignación moral más constante. Y la carga política más manifiesta.

 

Entonces tomó la palabra el autor. Llevaba su libro, recién comprado, en una bolsa de papel, blanca y negra, de la librería Antonio Machado. Con la silueta del poeta grabada en los laterales. Me había quitado la chaqueta porque hacía un calor de mil demonios. Y sobre ella la bolsa con el libro, en el regazo, como un niño que espera. Una cara de la bolsa acabó llena de garabatos. Los que fui finalmente anotando, abrumado. Lo primero que escribí fue “Una sociedad indecente”. Se refería a la sociedad vasca contemporánea. Una sociedad indecente en la que ETA “ha conseguido significativos logros políticos”. Una sociedad indecente en la que “ETA ha sido indultada políticamente, socialmente, a pesar de que sigue matando políticamente, socialmente, civilmente”.

 

Tomé algunas notas más de forma desordenada. Recalcó Rogelio Alonso que “el antónimo del olvido no es el recuerdo. El antónimo del olvido es la justicia”. Por eso recordó que el PNV y el PSOE acudieron en auxilio de ETA cuando la organización terrorista que tanto daño hizo y sigue haciendo a España estaba a punto de ser derrotada políticamente y policialmente. Y cómo el PP heredó esa política y compró la mercancía averiada de que ETA había sido completamente derrotada y no conseguiría nada de lo que pretendía. Porque a la indecencia de la sociedad vasca, de buena parte de la sociedad vasca, que prefiere pasar página, que prefiere evitar que se haga justicia, se une la indecencia política de gobierno. Recurrió Rogelio Alonso a Hannah Arendt para recordar que lo que se ha instalado en nuestra querida España es “una mentira política organizada en la que se ha banalizado el sufrimiento”. Y que el PNV, que compartía los fines de ETA, se benefició de sus medios. Por eso hizo hincapié en todos los que murieron “defendiendo nuestra libertad. Por eso murieron”. Por eso recordó que "Fernando Buesa, Gregorio Ordóñez y Miguel Ángel Blanco estarían vivos si hubieran sido nacionalistas”.

 

No, esta no es la crónica de lo que ayer se vivió en la quinta planta del Círculo de Bellas Artes de Madrid, mientras al mismo tiempo en otros ámbitos se celebraban otros actos, otros eventos, y la gente volvía, cenaba, bebía, reía, lloraba, vivía bajo la amenaza fantasma de una tormenta que no se desató. Ni siquiera de madrugada.

 

He intentado interpretar mis propias notas. No está el nombre de Aurelio Arteta en ellas, pese a que fue citado en más de una ocasión durante el acto. Mi querido amigo Aurelio Arteta. Yo recuerdo cómo temía Aurelio que el final de ETA fuera algo así, con la sociedad enferma empeñándose en olvidar, en seguir enferma, mientras se homenajea a los asesinos, decenas de crímenes siguen sin resolverse, y los partidos celebran que la derrota de ETA se haya producido sin haber hecho la menor concesión a la banda. “Una mentira políticamente organizada”. En ‘¿El mejor final?’, la introducción a este libro que yo también creo necesario, imprescindible, escrito por alguien que estudió a fondo, sobre el terreno, el terrorismo del IRA primero y el de ETA después, y que cuenta con documentos de los servicios de inteligencia y de la policía, amén de numerosísimas entrevistas y análisis, se cita precisamente un artículo de Aurelio Arteta publicado en El País y titulado ‘La derrota del vencedor’. "Este libro demuestra, precisamente por respeto a la verdad y a las víctimas, que las afirmaciones del que fuera ministro del Interior entre 2006 y 2011 son falsas. Después de décadas de violencia, el proceso de finalización del terrorismo de ETA presenta numerosos déficits que demuestran que otro final era posible y que, desgraciadamente para la democracia, la banda sí ha logrado importantes objetivos políticos. Además, lejos de reconocer 'su derrota', ETA reivindica la eficacia de su terrorismo. Como el profesor Aurelio Arteta ha señalado, el hecho de que ETA 'no haya conseguido sus objetivos máximos no significa que se haya conformado con otros insignificantes'”.

 

Cuando dirigía el Máster de ABC/UCM invité a Rogelio a que impartiera una asignatura sobre cómo informar de terrorismo. Es una lástima que no la siga impartiendo allí, en el seno de un periódico donde debiera haber tanta hambre y necesidad de entender el mundo, las noticias y su lado oscuro, la indecencia de una sociedad y de un gobierno que quieren olvidar, y que si recuerdan lo hacen con el sentimentalismo, no con la justicia.

 

La noche se adensa. Necesitaba volver a escribir. Aunque sea apenas este balbuceo antes de que el cansancio, la noche, el olvido me cobren. 

 

 

Finalmente los cielos se abrieron y la orquesta renegada llovió con toda su furia, entre relámpagos espectrales, sobre la ciudad en la que casi nadie se mantenía vigilante ante lo que nos espera.

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