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El mirador el blog de Alfonso Armada


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23 de marzo, 2019

'Moby Dick': la imaginación y el deseo

 

 

Es este Moby Dick encarnado por José María Pou en estado de gracia (aunque tal vez sería más apropiado decir “de posesión”) una obra muy extraña.

 

Si observamos la cartelera teatral madrileña, y comparamos el montaje de Andrés Lima con otras funciones, podríamos pensar que lo que ha logrado de manera verdaderamente titánica Juan Cavestany con la novela de Herman Melville no es más que una ocurrencia, un viaje iniciático al territorio de un gran novelista estadounidense que en realidad no tiene nada que decirnos. Es decir, que la belleza o el terror de la función se agota en sus rasgos excéntricos y poco más…

 

Y sin embargo ocurre todo lo contrario. Y tal vez eso explique la expectación que se palpaba en la calle, con una larguísima cola para entrar, y sobre todo el extraordinario silencio y fervor que cuaja en la sala, y no solo para escuchar el estremecimiento de las jarcias o de las cuadernas. Algo más ocurre aquí.

 

Hacía años que no ingresábamos en un teatro que todavía habita (para bien o para mal) el fantasma de Lina Morgan. No se había levantado el telón y ya había empezado a pensar en que a pesar de que el teatro (las butacas del primer anfiteatro son incómodas, estrechas y están como vencidas) necesita una buena reforma estoy seguro de que maravillaría a Alejandro González Iñárritu o a María Irene Fornés: porque en él habían ocurrido cosas tan íntimas como memorables. Entonces sentí que si algún día regreso al teatro debería ser un lugar así, con una obra que ni siquiera podría nombrar, y en la que, tal vez, incluso debería volver a actuar. 

 

Juan Cavestany cuenta en el programa que cuando preparaba este envite inusitado lo hacía de noche, sentado en el borde de una silla dura y en una postura incómoda. Creo que se nota. No digo que lo notaríamos si no lo supiéramos, pero esa incomodidad está en nosotros. Incluso en las fotos que acompañan los textos del director de escena y del dramaturgo en el programa de mano: es como si los tres (Pou incluido) se hubieran embarcado en este Pequod inmóvil que está encerrado en el astillero de La Latina, como un cetáceo que necesita respiración asistida, ventiladores y constantes baldes de agua salobre para que su corazón no deje de latir.

 

Es imprescindible citar el espacio escénico creado por Beatriz San Juan. Porque se impone como una presencia desde el primer instante. El teatro no es más que una prolongación de esa proa (que a veces es popa), y que nos permite que desde el castillo veamos la función a salvo, aunque a veces nos salpiquen las olas y sobre todo la requisitoria de Ahab/Pou.

 

La iluminación de Valentín Álvarez me trae a la memoria las covachuelas de los leguleyos de Franz Kafka en El proceso. Aunque aquí sea una suerte de empalizada, de rendijas, obra muerta, sentina, cuadernas por las que la luz se ríe y nos inquieta. La música y el espacio sonoro de Jaume Manresa también contribuyen a que el viaje sea sensorial, y que lo que Jacob Torres como Starbuck, Ismael y otros; Oscar Kapoya, como Pip y otros, y sobre todo Pou como Ahab nos digan no se escuche como en un teatro, sino como en un templo, en una almadía, en la cubierta de un navío azotado por todas las incertidumbres. Ahí juega un papel crucial el vídeo de Miquel Àngel Raió. Porque una puesta en escena no es más que una estilización del mundo. Y esa pantalla de mar hacia la que avanza incesante el Pequod, en el que nos internamos con él, se convierte en una caja de resonancia para la imaginación, como el propio Pou/Ahab se encarga de recordarnos al inicio de la travesía/función: para este viaje tendremos que poner a prueba nuestra imaginación.

 

¿En qué teatro de Madrid tenemos a una marinería de tres embarcados en un ballenero que va camino inexorable de su propia destrucción? ¿Tiene algo que ver eso con nuestra vida política, nuestra precariedad laboral, la omnipresencia de líderes obcecados que nos llevan al abismo?

 

Es mucho más que eso. 

 

 

Es cierto que la fábula maléfica de Ahab, esa búsqueda de la ballena que para él encarna el mal y que acaba llevando a su alma y a toda la tripulación al infierno, impregna esta función de forma estremecedora. Y que este trabajo de Pou resonará en su memoria y en la nuestra como un desafío (como él se ha encargado de recordar) que evoca al rey Lear. Es cierto que su soledad y su locura nos asombran y estremecen.

 

Pero es que en los raros momentos de calma chicha, o de susurros, o e confidencias, con los reflejos del mar en la noche, destellos, sonidos, ráfagas de vientos, órdenes, sentimos un misterioso temblor, como si nos hubieran convocado a algo más en este teatro. Algo que seguramente no está en la conciencia de Jesús Cimarro, el director gerente, ni de los acomodadores, ni de Pou, ni de Lima, ni de Cavestany. Ocurre porque han convocado a espíritus, fuerzas, emociones que por supuesto apelan a la razón, y así lo dilucidamos, pero también al arte, y con resonancias filosóficas que en el gran silencio y soledad del mar palpitan como si en realidad nosotros participáramos (como de hecho lo hacemos: sin nuestra participación el teatro no existe) de esa invocación y de ese misterio que aquí cuaja y se consagra algunas tardes, algunas noches, como la de hoy.

 

Este teatro, esta función de Moby Dick, es más que una función de teatro. Y no es más que eso. Nada más y nada menos.

 

Pero he escuchado y sentido los silencios y las palabras, y en más de una ocasión he pensado que yo estaba mucho más cerca, mucho más dentro. Y deseé volver al mar, volver a embarcarme, sin rumbo y sin conciencia del tiempo. Y volver también al teatro, donde se pueden suscitar realidades que no son ni un reflejo ni un espejo, sino otra cosa que no le da más sentido a nuestra existencia, pero nos hace pensar qué estamos haciendo aquí, qué podemos esperar, qué seremos finalmente, y qué podemos esgrimir como atenuante o agravante cuando nos llegue, como a Ahab, el momento de rendir cuentas, o tan solo de entregar el alma a la nada. Al océano nocturno.

 

 

 

 

 

Fotos: David Ruano

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