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El mirador el blog de Alfonso Armada


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13 de agosto, 2015

Un verano con sarmientos de lluvia y humo

 

 

Lo iba guiando por la pieza que hacía las veces de salón. No encendía la luz. En el sofá, se inclinó y le susurró al oído:

        “Cuando tenga que irme de aquí, ¿me acogerás en tu habitación de la plaza Blanche?”

        Le acariciaba la frente. Y le decía, sin subir la voz:

        “Haz como si no nos hubiéramos conocido antes. Es fácil…”

        Sí, bien pensado era fácil, ya que ella le había dicho que había cambiado de apellido, e incluso de nombre.

Patrick Modiano, Para que no te pierdas en el barrio

 

 

Una sirena de un barco que no vemos

gime

haciendo jirones la niebla

que ha venido a coser

la costa 

Cabo de Home

y el mar abierto

donde cada día se pierde un carguero

con todas las fantasías

que hemos ido urdiendo

desde que mi padre

parecía un faro intratable.

 

Cierto que cuando nos damos cuenta

de que la vida va en serio

no podemos volver

a los primeros labios de papel,

a los pechos cubiertos

como la inocencia

de ceniza.

 

Nos gusta pensar

que estamos a tiempo

de redimirnos.

Nos quedan esas jaculatorias

de cuando Dios vigilaba:

el corazón

y el mar entre las piernas

aquellas algas

salobres, agrestes, ebrias

un aroma para perder la voz.

Cómo quemaba la boca

aquella fiebre,

cómo nos costaba respirar

ante la carta manuscrita

como una flor de hierro

dulcísima

que acababa siendo un erizo

inmóvil

encerrado sobre sí mismo

mientras soñábamos

primero con una habitación de hotel

luego con una cama, una silla, una mesa

en la plaza de Blanche,

donde correr por fin

todos los riesgos,

mientras un barco que remonta

la corriente del Sena

desde Finisterre

viene lastrado

de grandes temporadas de lluvia

y calendarios,

este mismo gallo incansable

que no deja de picotear

los ojos de los muertos.

 

Queda verano

para el olvido

y para los crímenes,

para los que nadan a la desesperada

y para los que seguimos

como si nada

ensimismados

en nuestros asuntos

turbios

un mecanismo

de carne, liquen

cielo de humo

rosa enfermo de incendios

lo que no hemos sabido salvar

de nuestros mejores rasgos.

 

Un tren se arranca del muelle

con la misma potencia que un cuerpo

se aparta de su huella

en la piel carbón

de lo que queríamos ser a toda costa.

Plegarias atendidas.

Y tantos lamentos.

 

Volverá a llover.

Alguien que ya no sabemos ser

ha dejado una luz encendida

en la ventana

que da a la plaza Blanche.

Gracias a Modiano,

que entiende

que nada es remediable.

Pero no hay que llorar por ello.

Los besos que saben a niebla

son los que tienen que ver

con la realidad engañosa,

con el mapa borroso del deseo.

Con la verdad íntima

que es la del clima,

con los revisores

que no van a tener piedad

de nadie,

pero sobre todo

de los polizones.

Nadie nos va a salvar de nada.

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