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Crónicas de asalto el blog de Antonio Mérida Ordás


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30 de marzo, 2016

Andar por el amor disimulando

 

El amor empieza por una metáfora.

La insoportable levedad del ser, Milan Kundera

 

 

 

“¿Qué es el vértigo? ¿El miedo a la caída? ¿Pero por qué también nos da vértigo en un mirador provisto de una valla segura? El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados”.

 

Conozco una chica, de ojos azules y uñas rojas, que se defiende espantada ante este miedo más que nadie, hasta el punto de cambiar la expresión de su cara al menor de los síntomas y que en su mirada se reduzca el día a cenizas. No sube a la Torre Eiffel, ni al mirador de turno, y al ir en una ocasión al teatro donde sus entradas ocupaban un palco en lo más alto pasó la obra entera sentada en el pasillo. Es una atracción matemática lo suyo por el vacío.

 

El escritor checo decía también que las metáforas son peligrosas. Y que el amor empieza por una metáfora. El romance de los protagonistas de su novela parte de 6 casualidades, y así cada uno de ellos se convierte para el otro en 6 casualidades infinitas. Esto, no cabe duda, las convierte en una carga cuando podrían haber sido una nostalgia. Lo cual es triste, bien mirado. Si los dos se separasen, si siguieran dos caminos diferentes, aquellas 6 casualidades no serían otra cosa que un recuerdo legítimo de su relación inevitable, de una causalidad hecha de casualidades, de algo que ya fue. Serían en la memoria una ternura y una lástima agradable, una gracieta. Pero es que 6 son muchas, demasiadas para considerarse algo casual asecas, porque casual asecas debería reducirse a lo fortuito de un momento único, y no una sucesión elaborada de acontecimientos. Tan elaborada. Y ahí es donde empieza su romance: cuando ellos mismos son los que convierten un azar momentáneo en una acumulación de hechos que unen por justificarse. Son los culpables de entrelazar los hilos que contarán su historia, y así quedan voluntariamente unidos. Por esto hacen de sus caminos uno solo, de forma inconsciente, claro, o tan premeditada como puede premeditarse un destino inventado. Porque sin darse cuenta sucumben al amor, a la metáfora que representa el amor de uno en la vida del otro.

 

“El amor empieza en el momento en que una mujer inscribe su primera palabra en nuestra memoria poética”.

 

 

Ahora bien, si en un primer momento al darse 6 casualidades sienten vértigo, según la explicación del autor, cuál sería la justificación del cuerpo. Porque un amor tan largo produce vértigo, no cabe duda, por más que sea inadvertido. La profundidad que se abre ante ellos les atrae y les seduce, e incluso son ellos mismos quienes, por pura inconsciencia, claro, la agrandan. Entonces sienten el deseo de caer, de precipitarse de forma involuntaria hacia el vacío, y ante esto reaccionan defendiéndose espantados. ¿Cuál es el espanto aquí? ¿Refugiarse en el amor, en sus metáforas? ¿En 6 casualidades? ¿O hacer de todo esto una nostalgia siguiendo por caminos separados? La defensa aquí, el espanto, es alejarse de la profundidad haciendo como que la caída o la no caída no tiene nada de voluntario. Lo cual es, en definitiva, andar por el amor como quien no quiere la cosa, disimulando.

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Justo ayer vagaba por estos mismos textos para escribir una entrada en un blog personal abordando uno de los temas que planteas: Vestir la cobardía de espanto para eliminar el peso de la culpa haciéndola involuntaria, lo que nos convierte en más cobardes si cabe.

Ayer no conocía ni siquiera la existencia de esta revista digital. Hoy aparece ante mis ojos este post... Benditas casualidades.

Bonita entrada!

 

 

 

 

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