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10 de septiembre, 2018

En agosto no hay paraíso

 

Tengo el sueño de un paraíso en la tierra. Tiene que estar en Galicia, supongo que por marcas indelebles de la infancia. Consiste sobre todo en naturaleza: mar o ríos, árboles grandes, viento susurrante, paxariños piadores, vistas hermosas. Y está  en una tierra fragante: huele a hierba, a eucalipto, laurel, vacas, buxo, es igual. También incluye personas queridas, y tiempo, mucho tiempo para andar, hablar, callarse, perderlo. Y otras cosas.

 

Lo del tiempo no es ninguna tontería, sobre todo si va unido al silencio, porque cuando tienes ese tiempo (o quizás cuando él te tiene a ti),  a veces se abre un hueco por donde aflora un descubrimiento que hasta ese momento, siempre dentro del ruido y la prisa, estaba velado.

 

Puesta a soñar, también exijo que ese paraíso sea estable: nada de descubrir cada vez el territorio (dónde hacen aaquí el pan bueno?), y la intrincada logística de las casas, la cafetera o la luz de la mesilla que necesito y que casi siempre fallan. Al contrario, lo que busco es reencontrarme con un lugar y reconocerlo, al margen de sus (improbables…) defectos.

 

Durante doce años tuve un lugar que se le acercaba, pero por motivos muy racionales se terminó, y sigo agradecida por el tiempo que pasé allí, por su paisaje y su gente, sus encantos y también sus defectillos. Ahora voy cambiando cada año, una peregrinación con suerte variable.

 

Este agosto llevo semanas disfrutando de una playa inacabable en marea baja, donde a la gente, escasa y dispersa, se la ve pequeñita y encantadora,  con grandes rocas llenas de vida y formas extrañas, lagunas naturales y gaviotas escandalosas, arena fina y dorada…es decir, que cumple todos los requisitos de lugar paradisiaco. Y con eso y con muchas caminatas en soledad para alcanzarlo, también he hecho mi descubrimiento, modesto y prosaico, porque para empezar es una duda: no sé volveré a buscar el paraíso en agosto, porque no basta el territorio. Agosto, también en  un lugar así, es colas para comprar, para comer,  coches atascando las calles, basura desbordando los contenedores, fiestas que ya no me hacen gracia pero sí me hacen demasiado ruido… Siempre me quedará junio, septiembre, incluso julio. Fácil de adivinar: estoy jubilada…

 

Así que, ahora que sé que en agosto no hay paraíso,  he empezado a pensar en soluciones. Te quedarás en casa, me digo, atrincherada contra el calor, con la expectativa de algún viaje improvisado, o de tal o cual festival, de una vuelta a las verbenas… ¿Y si el agosto del futuro es ese pequeño (¡y desconocido!) pueblo serrano, tranquilo, fresco y con un río que al menos tiene pozas donde remojarse? Por favor, que al menos tenga cerca un centro de salud…

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