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La vida en Comala City el blog de Bruno H. Piché


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20 de septiembre, 2014

100 de Bioy

 

Hace apenas una semana que el debido descuido dominical trajo hasta la mesa en que me siento a desayunar una noticia que no es tal, no al menos en un año prodigo —empiezan a ser nauseabundos, tanto festejo y rememoración— en efemérides y centenarios. Así que ahí estaba yo, como cualquier domingo, entre el café, el pan tostado y el crujiente periódico del día cuando me brincó al rostro la nota acerca del (in)esperado centenario de Adolfo Bioy Casares. Tras leer el artículo de marras, en el que se abunda acerca de las muchas formas en que los argentinos conmemorarán a Bioy, la obligada conferencia en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, ciclos de cine, exposiciones de fotografía, suyas —no olvidar que Bioy escribió la novela La aventura de un fotógrafo en La Plata— y de otros, quizás una obra de teatro, yo mismo decidí dedicarle un espacio, aquí en Comala City, al escritor de menuda figura, siempre elegantísimo y siempre, en mi muy caprichoso gusto de lector, más persistente en su cercanía y humanidad, menos intimidante y más cotidiano que Borges, el titán junto al cual Bioy usualmente aparece un poco a la sombra, como un escritor de talentos mayores, sin duda, pero no como el gran maestro de la prosa de ficción y ensayística capaz de reclutar, al menos en mi prejuicio, a más lectores antes que aspirantes a escritores —una verdadera epidemia entre los devotos de Borges, la figura mayor convertida en una intocable y marmórea estatua gracias a sus más solemnes, y por ende idiotas, adoradores.

 

Mi historia como lector de Bioy es el recuento biográfico lo mismo de un nómada que de un animal sedentario.

 

Con ello me refiero en esencia a que los encuentros que, como lector, tuve con su obra ocurrieron la mayoría de las ocasiones en autobuses, aviones, en aeropuertos, en salas de espera de médicos, dentistas, homeópatas y de un osteópata al que un día decidí no ver más porque al salir de su consultorio siempre terminaba con más dolores de espalda luego de salvajes masajes y flexiones imposibles, propias de la lucha grecorromana antes que de una ciencia cuestionable. A lo largo de los años, he sido un fiel lector de Bioy, pero fue sobre  todo hacia el inicio de mi veintena, es decir en el año 3 Conejo de Comala City, cuando la frecuentación de su obra, se volvió, creo, parte de mi propia historia.

 

Para el caso, Ricardo Piglia lo dice mejor, escribe con la mayor claridad acerca del prodigio al que quiero referirme: “Para poder definir al lector, diría Macedonio, primero hay que saber encontrarlo. Es decir, nombrarlo, individualizarlo, constar su historia. La literatura hace eso: le da, al lector, un nombre y una historia, lo sustrae de la práctica múltiple y anónima, lo hace visible en un contexto preciso, lo integra en una narración particular.”

 

Y pues eso: que a los veinte años la lectura de Bioy me vino a convertir en otra clase de individuo, el tipo de individuo que le debe al autor de La invención de Morel, el desmesurado propósito de contar su propia historia como lector, en un periodo específico de su vida, es decir: mi vida a los tremebundos veintitantos, años sembrados lo mismo de dicha que de infortunios y a los cuales no regresaría ni en sueños, es decir: en mis pesadillas, ahora que cargo en mi cuenta personal el doble de años de los que tenía entonces.

 

 

 

Entonces: gracias a Bioy soy capaz de recordar la historia de mi propio entonces.

 

Entonces solía pasar las largas vacaciones de verano en la ciudad de mi madre y mis ancestros, Montreal.

 

Entonces leía y releía Historias desaforadas a bordo de un autobús que cruzaba la ciudad, no sin dar largos rodeos y orillarse continuamente para recibir a otros pasajeros, desde el norte hasta el centro y el sur, hasta el Vieux Montreál, el autobús con ruta número 55, la misma que recorría con el propósito expreso de volver a abrir las páginas del breve volumen y acompañar una vez más al profesor Felix Hernández en su “Planes para una fuga al Carmelo”, relato emocionante y señorial si los hay.

 

Entonces, en la misma ciudad, la isla inaparente a la que vine al mundo apenas a  unos meses de una histórica tormenta de nieve que sólo mis mayores rememoran —cuentan que mi abuelo, hombre de campo en plena ciudad, iba de un lado a otro acarreando víveres en una carreta acondicionada con skies en lugar de ruedas y tirada por un par de imponentes percherones—, en mis múltiples recorridos a bordo de un vagón de metro, entre pasajeros caralarga y con la mirada puesta en una imprecisa y quizá gratuita Nada, leí y volví a leer la increíble y humana ordalía del peripatético personaje de Bioy que debe cruzar la serranía del Pardo para cerrar un trato en la recóndita estancia de don Juan Pees, a la víspera de las Navidades de 1929. El camino se presenta amenazante, es preciso colocar cadenas en las llantas de vehículo, un Nash con suficientes caballos de fuerza, que servirá para lograr una proeza que entonces asumí como propia mientras circulo a cien kilómetros por hora a través de las venas subterráneas de Montreal:

 

—Mañana cerramos trato.

 —Mañana es Navidad —observó el señor pasajero.

—¿Qué hay con eso? —dije.

—El campo de don Juan en Pardo —dijo o preguntó uno de los viajantes.

—En Pardo.

—Si vas en auto, por Cacharí, te conviene largarte ahora —dijo el viajante y con un vago ademán señaló la ventana.

Entonces oí la lluvia. Llovía a cántaros.

—Dentro de un rato por ese camino no pasa nadie. Te juro: ni un alma.

Me dejé estar, porque no me gusta que den órdenes. Siempre tuve fe para manejar en el barro, pero soplaba viento del este, quizá lloviera mucho y si no quería que la noche me agarrara en el camino, lo mejor era salir cuanto antes.

 

Entonces, como ahora, yo tampoco era bueno para recibir órdenes.

 

Entonces, a diferencia de ahora, era capaz de manejar en cualquier carretera diez o doce horas sin parar. Lejos, muy lejos de Montreal, en el increíblemente bello y arrebatador Canadá atlántico, en la ciudad de Moncton, provincia de New Brunswick, una ciudad a la que me iría a vivir mañana mismo, volví a leer Historias de amor. Entonces creía que la lectura de aquel volumen me traería la comprensión del carácter femenino.

 

Es obvio que entonces era entonces.

 

Entonces me ocurría con frecuencia vivir historias de desamor. Pero no me cansaba. O algo en mí no quería rendir la plaza. Entonces el corazón me estallaba maniáticamente. No guardo rencores como tampoco llevo alojada en el corazón la más pequeña esquirla.

 

Entonces sobreviví.

 

Entonces, tiempo después, puse en práctica mi propio plan de evasión y me fui a vivir a Londres. No recuerdo el por qué de la insistencia, pero llevaba en la maleta las novelas El sueño de los héroes, Dormir al sol y Diario de la guerra del cerdo, además de La trama celeste, el libro de relatos que contiene uno de mis preferidos, “En memoria de Paulina” y en el cual el protagonista, que pude ser yo mismo, confiesa: “yo soy un hombre cansado, frívolamente preocupado con una mujer.” Incontables mañanas a bordo del tube londinense las viví entre las frases como dardos escritas por Bioy. Esto incluye los fragmentos escritos por otros que el escritor argentino, a lo largo de los años, fue recabando en un pequeño libro que contiene varios y vastos universos: De jardines ajenos. Desde la parte superior de los autobuses de dos pisos, los célebres double-deckers, escudriñé ángulos imposibles del laberinto londinense. Allá arriba también leía las frases que Bioy recogió, supongo que no sin cierto afán de coleccionista:

 

La Regla n.ͦ 1 es no sudar por insignificancias. La Regla n.ͦ 2 es: todo es insignificancia. Y si usted no puede huir, déjese llevar [if you can’t flee, flow].

                                    Robert Eliot, cardiólogo de la Universidad de Nebraska,

                                   sobre cómo combatir el stress

 

Entonces cargaba también con la legendaria antología de ensayistas ingleses preparada por  Bioy. Alguna vez, harto de la llovizna que no paraba de caer sobre lo que entonces me parecía el mundo todo, recluido en mi habitación de la residencia de estudiantes en el inagotable barrio de Hampstead, me sentí al mismo tiempo angustiado y libre de fardos fatuos al leer en el espléndido prólogo a Ensayistas ingleses esto de Bioy acerca de William Hazlitt, acerca de ti y de mí, acerca de prácticamente cualquiera y que, desde entonces, he citado a la menor provocación en textos sepultados quién sabe dónde: “Hay obras que siguen un patético destino de infelicidad. Lo que un hombre trabajó con su más lúcido fervor se marchita, como calcinado por una secreta voluntad de morir, y lo que hizo como en un juego, o para cumplir con un compromiso, perdura, como si la creación despreocupada comunicara un hálito inmortal.”

 

Una vida después, cuando pasé más de cuatro años en la ciudad de Chicago y me aficioné a Saul Bellow, hice un viaje Buenos Aires, donde adquirí el libro de ensayos de Bioy que incluye el prólogo referido: La otra aventura.

 

Fue entonces en el pequeño cine de Hampstead donde vi por primera vez The Wonder Boys, la película en la que el actor Michael Douglas encarna a un destemplado escritor y profesor de literatura quien justificadamente cree que es imposible posible enseñarle a alguien a escribir.

 

Fue entonces, en la oscuridad a medias del pequeño cine de arte del barrio de Hampstead, cuando viví en carne propia otra frase de Bioy, esta vez proveniente de sus Memorias, que tampoco me canso de citar: “ahora pienso que la sala de un cinematógrafo es el lugar que yo elegiría para esperar el fin del mundo.”

 

Entonces, leyendo y releyendo en varios sitios que ahora se me escapan La invención de Morel y las Memorias de Bioy, supe que es posible cambiar y escribir: “Como los libros son nuestra expresión, mi meta era cambiarme a mí mismo. Creo que lo conseguí.”

 

Entonces, hace años, comencé a escribir un libro que me tomó una eternidad y en el cual aparece entre sus páginas la primera y perturbadora frase de La invención de Morel: “Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro: el verano se adelantó.”

 

Entonces, igualmente hace otra vida, en la atiborrada sala de espera de un médico homeópata que no me curó de nada, consumí largas horas que se tornaban minutos entre los Cuentos breves y extraordinarios que Bioy y Borges extrajeron de cuantiosas literaturas. Entre enfermos y enfermos de aburrimiento, leí también en una página del librito De las cosas maravillosas: “Nuestro mundo es implacable, pero abunda en cosas maravillosas. Haré, al azar, una lista: un rostro de mujer; la libertad para quien está preso; la salud para quien está enfermo; algo que ve un chico en una juguetería; un cambio de luz después de la lluvia, que infunde intensidad en los colores de la tarde; una música; un poema; un premio inesperado; para algunos, por increíble que parezca, la esperanza de escribir una buena historia…”

 

 

Hace algunos meses, con absoluta despreocupación, casi que con inconsciencia, releí lo siguiente en otro más de los formidables relatos que escribió Bioy, “Clave para un amor”: “tarde o temprano, la desgracia llega.”

 

A sus cien, me atrevo a enmendarle la plana a uno de mis escritores —digo lo obvio— preferidos: tarde o temprano, la dicha, la gran dicha, también llega y barre consigo desgracias previas.

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