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La vida en Comala City el blog de Bruno H. Piché


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4 de noviembre, 2015

Algunos atajos y rodeos

 

 

Hace poco Javier Marías tronaba, con justificada razón, en contra de las que llama las secciones “de peso” del diario de todos los días, que, a su vez, nos hunden cada mañana el ánimo. Lo pueden leer aquí, vale la pena compartir sus enojos, en especial quienes también leemos el periódico en papel y “estamos acostumbrados a empezar por lo malo: política nacional e internacional, opinión pesimista o peregrina o (qué alivio) a veces balsámica; economía, sucesos, salud (casi siempre mala y desalentadora, cuando no alarmante)”.

 

No sé si a ustedes les ocurra lo mismo, pero para mí la sección internacional se ha vuelto extrañamente una y la misma: que me acribillen a tiros los familiares de las víctimas, pero ya no distingo el avión derribado el mes pasado del que fue arrancado de los aires apenas hace dos semanas; el ataque terrorista acontecido ayer en  X lugar, con todo su caos y alboroto, se parece, qué digo: es casi idéntico al de hoy, en Y sitio. Un ejercicio tan ocioso como quizá revelador de los tiempos que vivimos, sería comparar las notas del atentado terrorista X con el atentado Y, para enseguida cotejar las frases de la nota periodística. En mis pesadillas, las frases son las mismas, las comas y punto y coma los mismos: solamente cambian los nombres propios, el número de víctimas fatales, etcétera.

 

Lo mismo ocurre con la sección dedicada a la política, sea internacional o local (dependiendo del lugar donde usted esté, preferiblemente no, leyendo estas líneas).

 

En cualquier caso, el veredicto de Javier Marías es sumario, como suelen ser los suyos. Leamos: “Cuando la estupidez se apodera de las secciones amables del periódico; cuando éstas prolongan la irritación, en vez de apaciguar, es síntoma de que todo es ominoso y anda fatal. No es de extrañar que luego la gente vote o ensalce a idiotas, pirados o malvados, y que las secciones ‘de peso’ nos hundan cada mañana el ánimo”.

 

Tengo para mí que entre esas secciones de peso, el artículo de opinión también salva, quiero decir que, aunque sea por un minuto, lo salva a uno, el lector, así sea por la vía negativa.

 

Para ilustrar ese caso, podría referirme, para ser más precisos (y limitándome a quienes escriben y publican en español), a las columnas que, en las circunstancias más insólitas, han firmado plumas tan dispares pero grávidas como Borges, Ortega y Gasset, Jorge Cuesta, Octavio Paz, Rafael Argullol, José María Pérez Gay, Roberto Bolaño, Martín Caparrós, Roger Bartra, Guillermo Fadanelli, por enumerar al puño de autores que me caben en el ídem.

 

Sin ser exhaustivo, entre la que Marías llama “la opinión balsámica” de los periódicos y que yo rebautizo como “balsámica sólo en apariencia, desfilan los obligados nombres de Alfonso Reyes, Josep Pla, Salvador Novo, Salvador Elizondo, Jorge Ibargüengoitia, Rafael Pérez Gay, Juan Villoro, Francisco Hinojosa, Carlos Velázquez.

 

Ya aclaré antes que avanzo en estas breves líneas tragándome lustros, décadas y hasta de un siglo completo, lo mismo grávidas que optimistas plumas en las secciones de opinión publicadas en cientos de diarios y revistas de todos los tiempos, o al menos de los tiempos en que quien esto escribe y seguramente quien esto lee, les ha tocado atestiguar de la única manera posible: la lectura, la lectura directa que llama al asombro, con suerte una dicha momentánea, antes que a las intermediaciones críticas que celebran la —muchas veces en exceso solitaria— trayectoria del escritor de menudencias y minucias, como si revelaran en esas vidas un destino que estaba escrito, y no el producto azaroso e incierto de todos los días.

 

Me faltan por descifrar bien a bien los cinco tomos de obra periodística de Gabriel García Márquez, que lo mismo contienen algo de detritus que una descomunal escuela de escritura gracias a la cual es posible ahorrarse la matrícula en una escuela de periodismo, o mejor aún, en alguna facultad de letras.

 

Llegado este punto, siempre es bueno citar Bioy, quien acertada y fatídicamente escribió en uno de estos textos misceláneos incluido en La otra aventura, acerca del gran púgil de la opinión lo mismo balsámica que alta y corrosivamente pesimista, que fue William Hazlitt, cuya obra cifra la de sus congéneres en el ejercicio de pergeñar la página dedicada al día de hoy, hoy y y nada más: “Hay obras que siguen un patético destino de infelicidad. Lo que un hombre trabajó con su más lúcido fervor se marchita, como calcinado por una secreta voluntad de morir, y lo que hizo como en un juego, o para cumplir con un compromiso, perdura, como si la creación despreocupada comunicara un hálito inmortal”.

 

Transcrito lo anterior, al menos para mí siempre es motivo de patético destino de felicidad y regocijo, que un editor tenga las agallas para ir a contra corriente  del imperativo mercado, y se decida a reunir en un volumen o los que sean necesarios, la obra despreocupada que si bien en contadas ocasiones transmite soplo alguno de inmortalidad, al menos funciona como un óptimo reintegro de la dicha que le causó al lector la primera lectura en los periódicos con los que nos hundimos y hundimos en nuestras mañanas en la ruina de ayer y de hoy y de muy probablemente mañana, que todos los días son el mismo fango.

 

Así me ocurrió con Eliseo Alberto, uno de los mejores prosistas a la que cualquier sección de opinión podía aspirar.

 

Así ocurrió con Eliseo Alberto, mejor conocido como Lichi, quien —sospecho— escribía, primero, para no caer de lleno en el depresivo fango de la cotidianeidad; segundo, para compartir una dicha, cualquiera, mínima o mayor, con sus lectores, donde fuera que éstos se hallaran, y vaya que los tenía en todo el orbe y, tercero, para pagar las cuentas, incluida la de los hospitales, según el testimonio que dejó en Viento a favor, tercero volumen en las que sus editores reunieron sus columnas de opinión triste, desoladora, balsámica y esperanzadora, el último de una serie que incluyó La vida alcanza y Una noche dentro de la noche.

 

 

Hace un par de meses, la misma editorial que procuró que las columnas de opinión de Lichi no estuvieran exentas del hálito inmortal que le sobreviven, me refiero a Ediciones Cal y Arena, rescató en el libro de críptico título, Atajos y rodeos (digo esto porque no encuentro entre sus páginas asomo alguno de ambos, sino sobre todo recorridos que, a pesar de o gracias a su aparente sinuosidad, pocas veces conllevan al desvarío del paseante), las crónicas, lecturas, personajes y reflexiones que, acerca de ese monstruo llamado Ciudad de México, escribió el poeta Julio Trujillo entre agosto de 2009 y febrero de 2012.

 

 

Sé que tres años parecen poco. No lo son cuando el personaje principal, a la vez movedizo telón de fondo, el vehículo para la escritura, el espanto y el descubrimiento es, precisamente, esa madre de todas las mega-urbes conocida como Ciudad de México o Distrito Federal.

 

En tres años de vida en el defectuoso, se los digo por experiencia y por las experiencias de los locos que se atreven a escribir acerca de semejante experimento humano, todo, o casi todo, puede pasar: ser víctima de atraco, caer en shock por efecto de un virus o bacteria, no se diga por causa de los demasiados apretones que, casi de manera gratuita si se le compara con Tokio o Nueva York, ofrece el servicio de transporte público de la ominosa urbe; las infinitas interrupciones provenientes del mundo exterior que tiene que padecer quien, un buen día, decidió explotar las interioridades de su casa con fines comerciales, el llamado free-lance; las sorpresas y asombros a los que se somete ese mismo free-lance cada vez que se aventura fuera de las interioridades para ir en busca de aquello que siempre termina por escapársele, me refiero lo mismo a la desaparición de la primerísima cantina, que a la aparición estadística y real de más de cinco millones de canes, de razas varias porque el DF es, me consta, cada día más tolerante, no sólo con los perros, sino también con sus muy variopintos dueños; a las muchas clases de árboles que, contra lo que se suele creer, enverdecen la grisácea urbe de cemento armado y desarmado; a los mejores, quizás también los peores lugares para soltar libremente piernas y brazos en pos de una salud sino mejorada, al menos no más deteriorada; marchas proletarias y zombies; a charlas con taxis que, en formas que sólo se entienden en el momento que ocurren, remiten a los escarceos retóricos de los miembros de la antigua Ágora.

 

Todo ello sin omitir el necesario repliegue en sí mismo, que en la Ciudad de México puede significar muchas cosas.

 

Sin embargo, muchas veces dicha fuga hacia adentro, hacia las interioridades de la casa, único espacio que, en el contexto de la Ciudad de México, es el último reducto de la esfera privada —y a veces ni siquiera eso— termina por convertirse en un viaje alrededor de las cuatro paredes de la habitación en la que hay sí hay maldita conexión, así sea para delatar la ignominia en la que se hallan sumidas otras ciudades mexicanas, como le tocó experimentar al poeta y escritor de columnas de opinión que aspiraron a la categoría de balsámica en tanto lo suyo, durante esos tres aciagos años, fue reconfortar, antes que espantar, así viniera el espanto y barriera con todo. Acerca de ello escribe Julio Trujillo en una página que vale la pena porque no es, precisamente, representativa de cuanto el lector encontrará en Atajos y rodeos, toda vez que la realidad de la Ciudad de México ha terminado por superar y volver, por mucho, sus atajos y rodeos en simple anécdota, una prueba, digamos que intuitiva, no estadística, válida solamente para el día en que su autor le dedico los siguientes párrafos:

 

La relación entre el número de asesinatos dolosos por cada 100 000 habitantes es el punto de partida de su medición [de la que el autor halló en el sitio de la Organización Mundial de la Organización Mundial de la Salud], y en México dicha cifra es de 11.6, que comparada con Brasil (25), Colombia (38) o Venezuela (¡75!), no parece ser de las peores. Comparada con Canadá (1.7), nuestra cifra sí se sonroja un poco, además de que dobleteamos a la cifra estadounidense (5.2), pero según dicha tabla somos un país latinoamericano que no destaca por su violencia.

 

Me asomo a otra página de internet (una importante agencia de viajes) en la que se ruega a quienes viajan a Nueva Orleans que no salgan de las zonas estrictamente turísticas, pues si lo hacen lo más probable es que sean asaltados. La “capital del crimen” en Estados Unidos es comparada con Caracas y Mogadiscio, en Somalia. Por ahí, es cierto, se asoma Ciudad Juárez, pero ni una palabra de la Ciudad de México. Otra página enlista las diez ciudades más peligrosas de Latinoamérica, pero no consigo dar con sus fuentes, así que hay que tomar sus resultados con escepticismo: Pernambuco, Caracas, Guatemala, San Salvador, Cali, São Paulo y Medellín. La ausencia de Ciudad Juárez es sospechosa, pero un estudio de la empresa alemana Siemens, también sobre ciudades peligrosas, sí la incluye, además de Bagdad, Detroit, Karachi, Chechenia, Mogadiscio, Caracas, Nueva Orleans, Ciudad del Cabo y Río de Janeiro.

 

La que quiso ser una opinión balsámica —coño, aquí hay datos duros, así sean contradictorios en ocasiones, aquí no aplica aquella conocida máxima de Hegel y su forma tan especial de tratar a la realidad— terminó por rendir un reporte de esos que le ponen los pelos de punta a Javier Marías, en lo que “todo es ominoso y anda fatal”.

 

A menos de que se trate de un absoluto mentecato que se cree capaz de visiones extraordinarias, quien escribe una columna semanal sabe que su “opinión”, una vez publicada, transita hacia el país de los sueños, los mismos que aterrizan en la versión que del Monumento a la Revolución ofrece el cronista, firmemente anclados en un libro que ya nadie lee —para eso están quienes tienen el compromiso de entregar sus cuartillas a los impacientes miembros de la Redacción— y que casi suena a un célebre poema de Samuel Taylor Coleridge: El sueño inconcluso de Émile Bénard y su Palacio Legislativo.

 

A lo largo de Atajos y rodeos el lector encuentra a un obsesivo perseguidor de sus mayores en el arte de escribir y cronicar a la Gran Tenochtitlán, actual y de otros tiempos. Me refiero, principalmente, a Manuel Gutiérrez Nájera, el muy porfiriano duque de Job, a Ramón López Velarde, a don Artemio de Valle Arizpe… pero sobre todo a Salvador Novo, la más huidiza figura de la crónica citadina.

 

Entre los mercados, los policías, las mujeres gordas, los pájaros y la poesía de la Ciudad de México a las que Novo dedico páginas que son opiniones insuperables, Julio Trujillo siempre regresa con una torta —voz muy mexicana y muy arbitraria para bocadillo, porque no son lo mismo, como insiste el autor vuelto gourmet, incansable sibarita. Sí, una torta, sea de pavo, de lomo con rajas, de queso de puerco, de chorizo, de bacalao, o bien hasta la descomunal Torta Gladiador.

 

Una torta bajo el brazo, parece sugerir el autor de Atajos y rodeos, redimirá a la impenitente Ciudad de México del siglo XXI, adicta como sus habitantes, a la demasiada comida chatarra.

 

Si el presente se llama diabetes, mutilaciones de pies y manos incluidas, ojalá el futuro rebose de tortas y sanos gordinflones. Ello significaría contrariar una vez más a Javier Marías; en otras palabras, a convertir las secciones de peso en levantadores instantáneos del ánimo sin importar la maldita sección del periódico que uno se coloque frente a las narices.

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