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La vida en Comala City el blog de Bruno H. Piché


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25 de noviembre, 2018

Tiene usted nueve años de vida

 

para Jesús Silva-Herzog Márquez,

amigo y crítico necesario

 

Comienzo por aclarar que me siento a escribir estas líneas después de un largo día en el cual, creo o así me lo parece, fui e hice el trabajo de dos tres personas, el más sano día de locos.

 

No se asuste el lector: no está leyendo a un personaje diagnosticado con bipolaridad de ningún tipo. La culpa es más bien de estos días, los que nos arrojan a un mundo donde se impone la esquizofrenia, la demencia, el daño que algunas personas insisten en infligirse, en seguir en lo mismo, atrapados como esas moscas dentro de un jarro de vidrio con las que uno jugaba en la infancia.

 

Algunos ejemplos a ambos lados del Atlántico que demuestran que mi psiquiatra, todo un profesional, no miente.

 

Cuando usted lea esto, en Comala City los diarios amanecerán sembrados de malas noticias:

 

En unas horas sabremos si el impopular Pedro Sánchez logrará lo que a mí me parecería una genialidad política: torpedear el Brexit por vía de una islita que ni la debe ni la teme, Gibraltar (los mejores logros en política parten siempre de lo diminuto, de lo pequeño) y complicarle la pérfida vida Albión a Theresa May y sus ambiciones políticas de quinto nivel, consistentes en desarmar el proyecto de la Unión Europea con tal de mantenerse en el poder.

 

Los migrantes, objeto no sólo de extorsión, abuso y violencia, sino también de la xenofobia que recientemente le ha dado por mostrar a cierto sector de la población y mostrarse como perfectos y ejemplares nazis del año 1933; la impugnación y ataque, bajo cualquier sofisma presentado como “racional” argumento, en contra del próximo presidente de México, sí, él mismo que eligieron los mexicanos según las leyes vigentes y que ahora sus detractores, de un fenotipo especial: reaccionario, racista, de clase media aspiracional puesta en jaque, cuestionan como disfuncionales y padecen de una súbita nostalgia de los tiempos en que las leyes estaban a todo dar: ¿para qué cambiarlas? —se preguntan— si antes el país funcionaba como tren bala, un modelo de máximo rendimiento que llaman el Shinkansen Tenochtitlán XL Super Sport.

 

El presidente Trump volverá a fanfarronear —sus ocurrencias nos cuestan y le cuestan a Estados Unidos una fortuna— con cerrar la frontera al comercio de bienes y servicios, una frontera por la que cruzan 615 mil millones de dólares al año, y dependiendo del día hasta dos mil millones por día, nada más, amigas y amigos.

 

La culpa, obviamente, será atribuida al político que ganó masivamente las elecciones y quien recibirá el cargo de presidente de la República el próximo 1º de diciembre, seis días.

 

Pero escribo estas líneas porque hace varias semanas que mi generoso amigo Alfonso Armada me pidió algo para celebrar los nueve años de existencia de la revista digital que fundó, un modelo entre las revistas literarias y periodísticas de la biosfera digital, fronterad.com. Alfonso no necesita mayor presentación, pero digamos que fue corresponsal del diario madrileño ABC en Nueva York, adjunto al director durante un tiempo a su regreso a España, actual presidente de la sección española de Reporteros sin fronteras y autor de un espléndido y bello texto —empuje usted la puerta y entre — como este, con el cual celebró la fiesta que yo, siempre arriba, volando por los aires, me perdí.

 

Cuento mi historia, una historia de amistad con Alfonso en un tris. Y paciencia para lo que sigue después. Recuerden que estoy de fiesta, aunque sea con una semana de retraso

 

Hubo un tiempo en que me la vivía, no me pregunten ahora el por qué, esa es otra histeria, conduciendo a Sevilla todos los fines de semana. En aquel entonces, Sevilla me ofreció otro planeta, otra vida muy distinta a la que llevaba en otra ciudad europea. Un buen día, metido hasta los codos en la librería Beta de la calle de Sierpes, que entonces estaba alojada en el antiguo teatro Imperial, me encontré con un libro de título Nueva York. El deseo y la quimera que me llamó la atención por dos razones principales: la primera, que trataba de Nueva York, una especie de ensayo literario y a la vez crónica, inteligente y eruditamente sembrada de referencias acerca de la Gran Manzana Podrida; la segunda, en forma de pregunta: ¿quién en su sano juicio era capaz de escribir sobre Nueva York entrado ya el siglo XXI? ¿Qué se podía decir acerca de la gran Babel sin precipitarse a las insanas cañerías de esa ciudad? Sorpresa: resultó que mucho.

 

Compré el libro. Lo hubiera robado de ser necesario, pero su precio era razonable.

 

Así conocí a Alfonso Armada y él no me conoció a mí, leyéndolo en los restaurantes del barrio de Triana y en los bares y cafés en los alrededores de la Giralda, la catedral sevillana. Meses o años más tarde, no lo recuerdo porque premeditadamente padezco de desmemoria digital —borro emails, hilos de conversaciones en WhatsApp que me deprimen o me repelen—, nos pusimos en contacto. Con la generosidad que le conocemos sus amigos, me invitó a colaborar en fronterad.com.

 

Cómo no, muchas gracias. Se trataba y se trata de la revista digital en lengua castellana más leída en la red.

 

Dato adicional e importantísimo en esta breve historia que está a punto de terminar: mi hermano Sergio González Rodríguez, fallecido el 3 de abril de 2017 y a quien dedico mi novela La mala costumbre de la esperanza —la vida y sus cosas: publicada el mismo mes de su muerte con un prólogo para mi libro que me envió exactos dos días antes de adelantársenos en el viaje al otro lado de la barda—, mantenía un blog en fronterad.com que usted, lector, todavía puede leer y debería consultar.

 

Empecé a colaborar, Alfonso vino a México a un encuentro internacional de periodistas en el Museo de Antropología y una noche los tres amigos nos fuimos a cenar y charlar y chismear a gusto. Tiempo después Alfonso me abrió este espacio que usted está leyendo en el año de 2014, el blog La vida en Comala City, con plena libertad para hacer lo que se me diera la gana, incluso escribir en contra de Comala y sus gentes.

 

En Comala City he escrito de todo: ciudades, músicos, fobias y filias, películas, viajes, imágenes, lecturas que he hecho y cuyo efecto en mí ha sido tal que si no escribo algo empiezo a enfermarme, a podrirme por dentro.

 

Entenderán ustedes, entenderás querido Alfonso, que para un diabético tipo 1, según la OMC un padecimiento de mayor recurrencia entre la temprana infancia, más vale no podrirse y seguir siendo, como me gusta, un niño toda la vida —aunque en ocasiones ello me traiga los más anodinos y baladíes problemas de esa otra especie, los adultos.

 

Nueve años y contando, Alfonso.

 

Hoy los salones de la Feria Internacional del Libro (FIL) ya están y seguirán colmados a tope de esa estrafalaria y singular fauna que adquiere libros —me consta por experiencia propia que hay quienes se desplazan siete o diez horas o más en carretera provenientes de todos lados para hacer sus compras en tiempo récord para luego regresar antes del anochecer a sus remotos lugares de origen— y no sólo eso: compran libros y los leen, a diferencia de nuestras clases que el barón von Humboldt llamó “ilustradas” y el único lustre que se les conoce es su aparente vida sin vida y su total indiferencia por libros, cine, pintura y artes en general. Eso sí, cuelgan caros cuadros en los muros de sus casas sin siquiera voltear a verlos. El simulacro como identidad vital. ¿Quién puede vivir así, siguiendo el trazo de su vida por pura inercia? Ni los borregos, que son animales nobles.

 

 

Para cuando usted lea estas líneas, Ida Vitale habrá recibido el Premio de la FIL, no poca cosa, menos tratándose de un premio dedicado a la poesía, el menos comercial de los géneros literarios.

 

Muerto el insoportable e inmamable Saramago, el tanque de guerra de la narrativa portuguesa António Lobo Antunes, quien recibió el Premio de la FIL en 2008 pero que ahora regresa a Guadalajara, seguramente impaciente como lo conocí y traté cuando viví y trabajé en Lisboa, fumando un cigarrillo tras otro, mal encarado pero cariñoso y cuidadosísimo de las palabras (ahora que lo pienso, recuerdo que casi todos los lisboetas son así), habrá pronunciado un discurso como representante literario emblemático de Portugal, el país invitado de honor de la FIL 2018.

 

 

 

No me extrañaría que dijera algo parecido a lo que se publicó el día de hoy en El País y que mañana usted solamente lo hallará en el basurero de la historia:

 

“Quien apuesta por el futuro se resigna a perder el presente”.

 

Mi memoria es una inmensa piscina, cabe de todo.

 

Por eso ahora recuerdo las rarísimas pero a su manera aleccionadoras conversaciones en portuñol que sostenía dos o tres veces al mes con António Lobo Antunes durante el año que estuve en Lisboa, y cuyo hermano ya fallecido, el neurólogo João Lobo Antunes, fue el primer especialista en indagar el mal que padeció el hermano mayor de mi querido Rafael Pérez Gay: Pepe, o Chema, como también se le conocía al estupendo escritor y director fundador del Canal 22 y cuyo lento desvanecimiento en las tinieblas de la mente cuenta el propio Rafa en breve pero potente mezcla de parte médico y de informe de alta carga emocional, en El cerebro de mi hermano, Premio Mazatlán 2014.

 

Conozco lectores de ese inigualable libro de la literatura mexicana cuya idea de la salud, del amor de hermanos y la muerte ha cambiado de tajo, como cambian los semáforos de rojo a verde, y desafortunadamente también conozco y tengo que tratar todos los días con idiotas que jamás leerían ese libro ni en su lecho de muerte.

 

Lobo Antunes, lo sé yo, habla como escribe. O piensa hablando, con digresiones interesantísimas pero no siempre fáciles de seguir. Y además te echa enormes bocanadas de humo de cigarrillo en pleno rostro, como para apendejarte y provocarte perderle la pista y dejarlo en paz en su silencio, su idioma favorito. Gran tipo, Antonio, o romancista que ha hecho de Lisboa, ciudad que yo detesto, el centro neurálgico de buena parte de su obra.

 

Espero que la FIL contribuya a que sus lectores regresen, y quienes no lo conocen se acerquen a sus libros. Firmo cheque en blanco: no se decepcionarán.

 

Termino ya mi fiesta a destiempo por los nueve años de fronterad.com recordando, mi memoria, creo que ya lo dije, es una piscina donde lo mismo nadan a sus anchas los más bellos peces que tiburones hambrientos y estrellas ninja del dolor, recordando una entrada del 7 de agosto de 2017, en la cual escribí acerca de un libro, Despedida que no cesa, que me sacudió y conmovió como si viajara en un avión a punto de estrellarse.

 

En dicha entrada de Comala City, comencé haciendo referencia al músico y escritor Nick Cave — quien se presentó hace un par de meses en estos lares—, impresionado primero por el lanzamiento de un nuevo álbum, Skeleton Tree luego del suicidio de su hijo Arthur, de sólo quince años de edad.

 

 

 

A la par del álbum, se estrenó un documental —si usa usted el corazón para algo más que bombear sangre, no sea bruto, empuje y vea— One More Time With Feeling, una crónica de la grabación del álbum, pero sobre todo, un largo monólogo, una demencial y a la vez lúcida conversación de Nick Cave consigo mismo que reproduzco en traducción aquí porque la otra noche, víctima del insomnio, puse el DVD y me senté frente al televisor y regresaron los últimos nueve años de fronterad.com:

 

La mayoría de nosotros no queremos cambiar, en realidad.

Me digo: ¿por qué deberíamos?

Lo que queremos son apenas modificaciones del modelo original.

Seguimos siendo los mismos pero, con cierta vana esperanza, una mejor versión de nosotros mismos.

¿Pero qué ocurre cuando acontece algo que va más allá de lo catastrófico, y entonces simplemente cambiamos?

Cambiamos de la persona que conocemos, a la persona que desconocemos.

Y entonces cuando te miras al espejo, ¿reconoces a la persona que eras antes o a la persona distinta que se halla debajo de tu piel?

 

Acabé de ver el documental, se encendió el día.

 

Atolondrado pero con esa lucidez que otorga el insomnio, el hecho de no haber dormido ni un minuto de la oscura noche, por circunstancias que me pegaron en pleno rostro dejándome casi noqueado, decepcionado pero también esperanzado, me fui al trabajo. Los mismos personajes de siempre, su poca o nula imaginación arrinconada en una esquina de sus oficinas, reacios a sentir algo y entusiasmados como paletos con la rutinaria faena burocrática.

 

A pesar de ellos o por ellos, por la compasión que en mis buenos ratos me provocan, he pasado días regresando a este pasaje del documental de Nick Cave y escuchando Skeleton Tree en casa y en la oficina, que resume la esencia e historia de estos últimos nueve años y anuncia los siguientes, cuantos sean, de mí y de ti, entusiasta como estás ante lo incierto, o de ti que ayer estabas cerca y ahora estás más allá de allá, lejos en la galaxia de Orión, incapaz y sin interés en cambiar, así te lleve la vida entre las patas.

 

Menos mal que, lo quiera uno o no, el cambio, los pequeños y grandes cambios en nuestras vidas nos aguardan, cielos abiertos o nubarrones, a la vuelta de la esquina.

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