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De libros raros, perdidos y olvidados el blog de Carlos G. Santa Cecilia


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24 de mayo, 2013

El fondo del cenote

 

Trabajar hoy en una gran biblioteca es chapotear en un cenote sagrado y recóndito, pero a veces te sumerges en las profundidades abisales y un descubrimiento casual, inesperado, te paraliza, te ilumina, te consuela. El ejemplar de Belleza, de Juan Ramón Jiménez (edición del autor y de Zenobia Camprubí; Madrid, 1923), contiene una rúbrica manuscrita de la que no hay constancia en registro alguno. En la soledad de la planta once del Depósito General, buscando la luz, descifras la dedicatoria:

 

dedicatoria  

 

En 1928 Manuel Altolaguirre era un poeta joven e impetuoso que había publicado un par de libros y anhelaba abrirse camino en el panorama literario que bullía a su alrededor. Unos años antes, en su Málaga natal, había fundado con Emilio Prados un taller tipográfico e imprenta en el que se publicó la revista Litoral. No tardó en convertirse en uno de los focos de la nueva lírica, con Verso y Prosa, de Guillén, en Murcia; Carmen, de Gerardo Diego, en Santander; Mediodía, en Sevilla; Meseta, en Valladolid… En 1927 Litoral conmemoró el tricentenario de la muerte de Góngora con un número triple que incluía obra gráfica de Picasso, Dalí y Juan Gris.

 

Los primeros versos de Altolaguirre, de corte vanguardista, se quebraron a raíz de la muerte de su madre en septiembre de 1926 y su voz se hizo más íntima y espiritual. Juan Ramón Jiménez, a quien dedicó su segundo libro, Ejemplo (9º suplemento de Litoral, 1927), era su gran devoción. A mediados de marzo de 1928, Altolaguirre llegó a Madrid, donde pudo por fin coincidir con su amigo Vicente Aleixandre. Asistieron juntos al estreno de la obra teatral Sinrazón, de Ignacio Sánchez Mejías, y alternaron con Dámaso Alonso, Salinas, Alberti, Benjamín Palencia, Juan Chabás y muchos otros.

 

Con Aleixandre visitó a Juan Ramón esos días y es posible imaginar que después del encuentro apretara con fuerza su ejemplar dedicado de Belleza flotando en un Madrid en el que estallaba la primavera poética de la que formaba parte. Nada más regresar a Málaga envía a su mentor sus nuevos poemas. En una carta a su amigo Ricardo Molinari, fechada el 15 de abril, se enorgullece de haber publicado sus versos en Ley, la revista de Juan Ramón (que solo alcanzó un número, en 1927). Insiste en otoño con la velada intención de que le escriba un prólogo o al menos unas palabras de aliento, pero no obtiene respuesta. A finales de año, de nuevo en Madrid, el poeta de Moguer le aconseja que no publique el libro, que no está maduro. Otros testimonios aseguran que le trató –o al menos así lo vivió Altolaguirre– con cierto desprecio.

 

El manuscrito de Alba quieta, el libro que le llevaba, durmió el sueño del olvido en el archivo de Juan Ramón Jiménez hasta que fue rescatado y publicado muchos años después de la muerte de ambos, en 2001. Altolaguirrre quedó probablemente desnortado, herido, y aunque algo después recuperó su senda poética se centró a partir de entonces en su faceta de editor. En 1930 compró una modesta máquina portátil de imprimir y editó a los clásicos (san Juan, fray Luis de León y Lope de  Vega) y a sus amigos poetas (Salinas, Guillén, Moreno Villa). También sus poemas en dos primeras series que recibieron grandes elogios de Azorín, por su contenido y por su factura: caracteres Bodoni, papel de hilo y sobrias cubiertas. Alfonso Reyes, desde Río de Janeiro, acogió estos cuadernos como los auténticos herederos de la tradición tipográfica que Juan Ramón Jiménez impusiera en los años veinte con la revista Índice.

 

Según Andrés Trapiello, Belleza, junto a su gemelo, Poesía, son “el último peldaño de su perfección tipográfica”. Despojados de todo –dibujos, cenefas, retratos–,  con el juego de tipos que el poeta compró después de patear muchos talleres, “son dos de los libros más hermosamente editados nunca en España”. Manuel Altolaguirre, por su parte, brilló en la edición y en la poesía con luz propia, publicó a la generación del 27 y alcanzó el difícil equilibrio entre fondo y forma. Un libro perdido en la inmensidad del depósito evoca un encuentro de un tiempo en el que la factura de las ediciones tenía importancia. Su signatura: BNE 7/29253.

 

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