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Grietas y otros ridículos el blog de Clara G. Pariente


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5 de diciembre, 2015

Y, sin embargo, a veces...

 

Hay demasiado pasado en el presente y demasiado poco futuro. Se sabe cuando te das cuenta de que el perdón ha quedado en segundo plano y la voluntad no basta para superarlo todo, aun cuando es aceptada comúnmente la idea de que se puede perdonar a fuerza de determinación.

 

Perdemos la paternidad del perdón cuando la cuestión ya no es de disculpa y nuestra capacidad de perdonar se independiza un rato. Puede que por escarmiento hayamos dejado de creer lo que nos dicen a la primera. Es frecuente escuchar el triste canto de sirena que sostiene a modo de dogma que no se ha de esperar nada de nadie. Llega un día en que la confianza deja de dar asco y desaparece sin pretenderlo, sin que nos digan dónde se esconde.

 

La negativa consciente de perdón supone un acto de arrogancia y, sin embargo, a veces no se puede perdonar. Ya no responden la voluntad ni el apetito en esa guerra de desgaste en la que se convierten ciertos afectos. La fría indiferencia hace acto de presencia como relevo a la suspicacia y lo que sea que fuese ha dejado de importarnos por sí solo. Por eso el verdadero perdón es, a todos los efectos, olvido.

 

Las relaciones humanas se traman con un delicado hilo de cristal que, de romperse, obliga a un esforzado remiendo. Toca entonces plantearse si el fino tejido se ha convertido en harapos y hemos de cambiar de paño, aunque para algunos siempre quede la belleza de algunas cosas inservibles.

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