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El laberinto español el blog de Cristina Vallejo


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29 de julio, 2018

La revolución iraní cumplirá 40 años entre el asedio americano y el descontento social

 

Cuando están a punto de cumplirse cuarenta años de la revolución islámica en Irán (será el año que viene), aporto una narración construida a partir de una especie de sondeo marcado por un extraño azar determinado por quienes se han acercado a nosotros para hablar de la situación de su país. Esto es un blog, estas líneas son para que queden por escrito las dos últimas semanas y no se pierdan en la pila de cuadernos de notas que vamos acumulando con el paso del tiempo -perdón por la autojusficación-, por lo tanto no hay que tomárselas como representativas de la opinión de la sociedad iraní, debido a que, por lo menos, existen los siguientes sesgos: los testimonios son de personas que hablan inglés, que viven en las grandes ciudades que visitamos (Teherán, Qom, Isfahan, Yazd y Shiraz) y que se acercan a nosotros para darnos la bienvenida y para charlar, sobre todo, contra el Gobierno.

 

Una buena aproximación para conocer qué ocurría antes de la revolución islámica de 1979, sobre lo que sucedió durante el siglo XX en Irán, puede ser el libro El Sha o la desmesura del poder, del periodista polaco Ryszard Kapuscinski, en el que relata el intervencionismo estadounidense, la megalomanía del último rey iraní, su desastrosa gestión económica (sobre todo la de los enormes recursos económicos que generó la fuerte subida del petróleo en los primeros años setenta y despilfarró) y su política represiva. Ahí se encuentran las causas del descontento y de la respuesta social: “Fue la voluntad del sha lo que hizo que la gente no tuviese más remedio que elegir entre la Savak (servicio de inteligencia y policía secreta) y los mulás. Y, naturalmente, eligió a los mulás”. Porque “la dictadura del sha con sus represalias y persecuciones condenaba a la emigración, al silencio o a las cadenas a los mejores hombres del Irán: a los escritores más insignes, a los científicos, a los pensadores”.

 

Detengámonos un poco más en el intervencionismo estadounidense (también británico) en los asuntos políticos del país, puesto que una de las cuestiones más relevantes para la revolución iraní fue la recuperación de la soberanía nacional y la independencia. Uno de los hitos quizás decisivos con vistas a la revolución posterior tuvo lugar en el año 1953, cuando la CIA organizó y dirigió el golpe que derrocó al primer ministro Mohammed Mossadegh, pero mantuvo en el trono al sha Reza Pahlevi. Mossadegh había nacionalizado la empresa británica Anglo-Iranian y toleraba al Tudeh, el partido comunista iraní. Estas dos cuestiones juntas hicieron temer a Occidente que se gestara una alianza entre Irán y la URSS y ese riesgo parece que había que atajarlo. Si Mossadegh acabó en la cárcel, los líderes del Tudeh, cuenta Kapuscinski, fueron asesinados.

 

El descontento generado por el intervencionismo y la lucha por la recuperación de la soberanía nacional como factores decisivos de las protestas que cristalizaron en una revolución y un cambio de régimen tuvieron un hito relevante en el otoño de 1979: el asalto y secuestro de la embajada de Estados Unidos en Teherán, rebautizada como “Nido del Espionaje Americano”. Ahora el edificio es un museo dedicado a mostrar ese acontecimiento, a explicar el afán de Washington por continuar con sus interferencias en la política iraní, además de a ilustrar cómo el nuevo régimen de los ayatolás usó la información que había en la embajada porque no pudieron destruir sus funcionarios para ajusticiar a los iraníes colaboracionistas con los americanos. Argo, la película de Ben Affleck sobre esos acontecimientos, se pudo ver libremente en Irán, y nos cuentan en el "Nido..." que, en líneas generales, es bastante fiel a lo que sucedió.

 

Ya no hay embajada estadounidense en Irán. Los iraníes que quieren viajar a Estados Unidos deben realizar sus trámites en la embajada suiza, al tiempo que los estadounidenses han de ir a la de Pakistán para hacer lo propio.

 

El antiamericanismo continúa presente en las calles de Teherán, aunque, posiblemente, como resto de otro tiempo. Ahora que la Casa Blanca vuelve a una política de confrontación con Irán, con más sanciones y recomendaciones a sus aliados de que no compren el petróleo que produce el país, nos hemos topado con ciudadanos que no consideran que EE.UU. sea su enemigo, sino que puede ser un aliado para favorecer el cambio de régimen que ansían. Incluso hay quien -una persona que nacería en los primeros compases del Gobierno islamista- afirma que la población iraní no supo valorar en su momento lo bien que el país estaba durante los tiempos del sha y recuerda los argumentos de este último para explicar la revolución islámica: Irán iba camino de convertirse en una potencia similar a la japonesa, pero había a quien no le venía bien y fue el intervencionismo extranjero el que motivó las revueltas. Kapuscinski no estaría muy de acuerdo con esta idea y, de hecho, ridiculiza a un sha hinchado de millones procedentes del crudo dando lecciones de desarrollo económico a Europa en los años setenta mientras las mercancías que compraba se quedaban varadas antes de llegar a unos puertos pequeños y antiguos y que no se había encargado de ampliar y modernizar. En todo caso, alguien que en 1979 se fue a Estados Unidos a completar sus estudios para quedarse allí para siempre y sólo volver en vacaciones afirma que Irán ha ido a peor desde la revolución islámica y que debería volverse a aliar con la primera potencia mundial.

 

 

La crisis económica y la compra masiva de divisa extranjera

 

El giro de la política exterior estadounidense en lo que a Irán se refiere y la asfixia económica que agravará pueden terminar haciendo estallar a la sociedad iraní. Precisamente, los problemas económicos son los que están extendiendo el descontento social. En primer lugar, el elevado desempleo, especialmente entre los jóvenes. Pero también la inflación, que sube como la espuma, con lo que la divisa local pierde poder adquisitivo y ello empuja a los iraníes a comprar masivamente, de manera muy visible, en las calles, en el bazar de Teherán, en el de Isfahán, al lado del santuario de Fátima en Qom (un lugar importante para el peregrinaje chiíta y para la revolución islámica, puesto que fue lugar de residencia de Jomeini)... dólares, euros y oro para proteger su patrimonio. Algunos conservan sus ahorros en divisa extranjera o en bienes tangibles en sus propios domicilios porque no confían en los bancos.

 

A la desconfianza generalizada en el sistema contribuye el hecho de que las autoridades establezcan un tipo de cambio hinchado respecto al que se ve en la calle (el banco central fija un precio que casi duplica al de mercado).

 

En la crisis económica, que puede ir a más, algunos ven un próximo detonante de un descontento de amplia base social y de gran envergadura que pondrá en grave peligro al régimen de los ayatolás. Pero estas maniobras de supervivencia de las clases medias pueden convertirse en una vacuna contra su movilización, al igual que sus propiedades inmobiliarias y los negocios que, quien más, quien menos, tiene. De hecho, las críticas al régimen conviven con mucho pesimismo respecto a la posibilidad de cambio: no hay que esperar una gran transformación en el país porque la conciencia social no ha cambiado lo suficiente para luchar contra la dictadura; la gente sigue sobreviviendo; el régimen seguirá encarcelando a los críticos... son algunas de las ideas que nos transmiten algunas personas con las que nos cruzamos por la calle.

 

También hay quien confía en la inevitabilidad de una revolución a corto plazo, “en los próximos dos a cinco años”, nos decía una chica en Teherán, aunque será dolorosa y violenta, según advierte; mientras que un señor que tenía veinte años durante la revolución islámica y entonces era activista de izquierdas confía en la fuerza movilizadora de las mujeres y en su protagonismo en los cambios que necesariamente tendrán que venir.

 

 

La izquierda y el islamismo

 

Precisamente, toparnos con el activista de izquierdas que apoyó la revolución nos recuerda estas líneas que habíamos visto en Leer Lolita en Teherán, de Azar Nafisi: “A pesar de los oscuros presagios, el Partido Tudeh, comunista, y la Organización Fedayah, maxista, apoyaban a los reaccionarios radicales frente a los que ellos denominaban liberales”. O, cuando más adelante, apunta que los marxistas iraníes “consideraban individualista y burgués centrarse en los derechos de las mujeres”.

 

¿Cómo es posible que la izquierda iraní apoyara la construcción de una teocracia, de un régimen dirigido por los ayatolás? Nuestro activista de izquierdas comenta que fue un error hacerlo, que fue una equivocación dar el poder a los religiosos. ¿Puede haber tenido que ver en ese error que la represión del sha se centrara en los grupos de izquierdas y que ello los dejara muy débiles? ¿Pudo influir el poder el Islam derivado de la enorme capacidad de socialización que tienen las mezquitas?

 

Justo después de encontrarnos con el activista de izquierdas hablamos en Qom con un estudioso chií que recibe a los visitantes extranjeros para enseñarles el santuario de Fátima. Considera que las manifestaciones de descontento de los iraníes son normales: se producen en todos los países del mundo. Se refiere a las de índole económica. Otra cosa sucede con las de las mujeres contra el velo: afirma que mientras la república iraní siga siendo islámica (algo que se aprobó en referéndum, recuerda), el código de vestimenta no variará. No descarta que se produzca un cambio de régimen, pues, pero sólo le resultará aceptable si viene “de dentro del país” y no “de fuera”. De hecho, confía en que la sociedad se olvidará de sus críticas al Gobierno y se unirá en su defensa en caso de hostilidades externas como las que se atisban procedentes de Estados Unidos. Argumenta que eso sucedió durante la guerra contra Irak, que comenzó en 1980 con un intento de invasión aprovechando la debilidad de un Gobierno recién estrenado y la soledad internacional en la que se encontraba. Se alistaron muchísimos voluntarios. También de minorías étnicas y religiosas. Ese conflicto continúa muy presente en las calles, avenidas y carreteras de Irán, con homenajes a sus “mártires”, a los combatientes que perdieron su vida en el campo de batalla, y en un museo en Teherán, en el que se aprovecha también para ensalzar la revolución islámica.

 

El régimen de los ayatolás confía, pues, al menos según las palabras de nuestro religioso, en que el descontento de los iraníes se transforme en defensa de su Gobierno si ven amenazada la soberanía y la independencia de su país.

 

 

Resentimiento por el castigo del aislamiento

 

Pero este argumento podría no funcionar en esta ocasión, si tenemos en cuenta lo molestos y hasta tristes que se encuentran muchos iraníes por el aislamiento que sufre su país en el mundo, y por la mala imagen que arrastra, cuando se saben mucho mejores que su Gobierno (lo son), aunque se les confunda o asimile con éste. Así lo manifiestan cuando nos preguntan qué pensamos de Irán y de sus habitantes y qué pensábamos de ellos antes de visitar el país. Es otra de las brechas abiertas entre el Gobierno de Irán y su sociedad: contra una población abierta, un régimen cerrado y opaco.

 

Pero hay más fracturas entre la sociedad y el régimen, además de esta última y la económica. Por ejemplo, la religiosa. Ello, por el castigo que impone a las mujeres con su vestimenta y lo que ello refleja sobre la consideración en la que se les tiene (aunque unas mujeres recién licenciadas con las que nos encontramos creen que el Gobierno parece estar aceptando mejor su progreso profesional si se mantiene el velo, casi lo único que 'choca' a la vista, además de los vagones sólo para mujeres en el metro y la reserva de asientos en el fondo de los autobuses para ellas, junto a los murales de Jomeini y Jamenei, cuando se pasea por unas ciudades iraníes que parecen más modernas de lo que pensábamos). También porque hay quien reclama la separación entre la religión y el Estado. O porque hay creyentes que consideran que Irán no es una verdadera república islámica, ya que en su opinión el Gobierno está violentando los principios del Islam con las prácticas que le atribuyen, como la corrupción, la defensa de intereses particulares en su gestión económica y el ejercicio de la violencia contra su propia población.

 

También hay una fractura entre la sociedad y los medios de comunicación: "La verdad no está en los medios, sino en Telegram", nos dice un chico en Yazd. Y el interés del Gobierno en el control de la información se manifiesta no sólo en que no hay televisiones privadas, sino en que la pública cuenta con una red internacional en varios idiomas (incluido el español, con Hispan TV) para dar voz al "eje de resistencia" que forma con Irak, Siria, Líbano en contraposición a Estados Unidos y Arabia Saudí.  

 

La República Islámica de Irán, en definitiva, va cumplir sus cuarenta años en horas muy bajas: asediada por la primera potencia mundial, con graves problemas económicos y con una sociedad crecientemente crítica y que se ha modernizado a espaldas de su Gobierno. Pero hay que plantearse también qué consecuencias puede tener para la región una caída forzada del régimen de los ayatolás, porque desaparecería un contrapoder frente a Arabia Saudí -Irán presume de combatir el wahabismo y el terrorismo-, por un lado, y a Israel, por otro. 

 

 

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