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El dueño pálido de la tabaquería el blog de Ernesto Pérez Zúñiga


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28 de febrero, 2012

Dónde están los intelectuales

 

Preguntan dónde están y llevan publicando a los mismos desde los tiempos de la Biblia,

teníamos dientes de leche,

los profetas son Jeremías, Isaías,

casi eternos, cada uno con su columna fija en el diario, donde permanecen o llegaron los nuevos profetas, una marca que había que vender,

todo es negocio, ya lo decía el Padrino.

Los intelectuales nos rodean, veámoslo, escriben libros (muchos de ensayo), artículos (en donde pueden, en donde les dejan, en donde les piden, ahora hay un lugar menos), firman manifiestos, algunos, demasiados, uno al mes, por ejemplo, los blogs están llenos de sus ideas, de su participación, a veces parece que no tienen tiempo para otra cosa,

escriben en revistas digitales, otras de papel de escasa pegada, no hay dinero para pagar sus artículos,

pero aquellos que lo tienen (cada vez menos, todos golpeados por la crisis) siguen publicando a los mismos desde los tiempos del Génesis de la Democracia, exagero, dejémoslo en el Nuevo Testamento,

los evangelistas son Juan, Mateo.

Y hoy algunos editores miran sus propias manos y preguntan dónde están.

Fuera, por todas partes, allá donde mires hay un intelectual en el 15M, en el 16A, en el 17M, en el 18J (por Junio, tate), y así hasta llegar a San Fermín, solo que ahora escriben en cualquier lugar de la red, a algunos difíciles de llegar, a otros se llega con excesiva facilidad.

Suele ocurrir que falte trabajo y tiempo allá donde falta dinero, porque hasta los intelectuales tienen que buscar sustento (también es una excusa),

por eso también, también

me pregunto dónde están los editores de los intelectuales, son ellos los que hacen mucha falta. Observan, corrigen, seleccionan, cuidan para los lectores los textos más exigentes del bosque de la realidad. Llenan sus publicaciones, las multiplican por dentro, y hasta el número de lectores crece, parece el milagro del pan y los peces ahora que ya no editan cada día la Biblia, sueño a lo Quevedo.

 


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