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Crítica y barbarie el blog de Ignacio Castro Rey


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22 de marzo, 2014

Russian green

 

¿Cuándo se ha visto a los soldados del Tío Sam entrar en cualquier sitio sin disparar a mansalva sobre todo lo que se mueva? Comparada con esa metodología wasp, armada hasta los dientes sobre gente depauperada, la entrada en Crimea ha sido ejemplar. Ni un solo tiro. Los únicos dos muertos ucranianos han sido bajo balas y condiciones aún por investigar.

 

De cualquier modo, no sólo es el precedente vergonzoso de Kósovo el que da alas a la política rusa de “hechos consumados”. Entonces las potencias occidentales, aprovechando el aniversario de una OTAN que se creía sin enemigos serios, bombardearon todo lo que se movía y lo que no. Incluyeron puentes, trenes y hospitales, colas de gente comprando tabaco, la Embajada China, centros de televisión y autobuses de línea. Los viejos, las mujeres y los niños primero, por supuesto, blancos fáciles para el flamante mercado tecnológico de las nuevas armas. Y en efecto, a 3.000 metros de altura es imposible distinguir un tractor de un tanque, una boda de una reunión militar, un niño reventado de un soldado muerto en combate. De ahí que un apuesto piloto español pueda decir, con pulcro aire democrático: “Hacemos nuestra labor con la misma limpieza con la que un panadero hace su trabajo”. Terrible error el nuestro, particularmente el de España, producto de una euro-creencia bastante provinciana.

 

Solo después de aquel tiro al blanco, informativo y militar, Europa pudo hacer su democrática labor de limpieza étnica en los Balcanes. Con cada mochuelo en su olivo y Alemania ampliando su mercado entre simpáticas naciones del tamaño de Baviera. En 1999 no tuvimos piedad con el malo oficial, satanizado en nuestro western en blanco y negro. Aquellos serbios representaban los restos de un poder eslavo que siempre hemos odiado y además permitían hacer un gesto amistoso a unos musulmanes que, por fin, aparecían como víctimas de otros. Hasta el impecable estado de Israel se apuntó a aquella guerra santa democrática en la que matábamos varios pájaros de un solo tiro, “daños colaterales” aparte. Todo lo que entonces no quisimos ni pudimos ver, incluida la mafia kosovar a la que entregamos el territorio que un día fue el corazón de Serbia, lo cuentan unos pocos documentos escondidos. Entre ellos, el impresionante trabajo de Teresa Aranguren que se encuentra aquí. Pasen, pasen y vean, si quieren entender hasta qué punto le hemos dado a los rusos el derecho a hacer casi lo que quieran en el Este. Un Este que, por cierto, es para ellos su Oeste.

 

Pero no sólo ha sido esto. Antes y después, capitaneados por el amigo americano y aprovechando el estancamiento ruso, no hemos perdido ocasión de demostrar quién tenía la justicia implacable del acero. Y además, hablando en plata, sobre enemigos destartalados como Sadam Hussein, previamente demonizados como herederos de Hitler. Al final va a resultar que Putin tiene algo de razón y que no tenemos otro lenguaje que el de la fuerza, aplicada preferentemente a viejas naciones exhaustas: Irak, Afganistán, Libia… Así es nuestra gloriosa lista de éxitos. Sólo la presión rusa evitó que Obama, no menos blanco que Clinton, cometiera el mismo “error” en Siria.

 

Pero hay más, pues también en las fronteras de la antes temible URSS hemos hecho todo lo imaginable. En el caso de Georgia, sin apenas entender de geografía –como corresponde a un buen paleto de Texas, Washington o Bruselas– primero agitamos las aguas, siguiendo las prisas de una lejana estrategia anclada en el pasado. Después, cuando todo se tuerce, escondemos la mano y gesticulamos escandalizadas condenas. Dejamos entonces a nuestros “aliados” locales tirados -¿qué podíamos hacer, en realidad, si era sólo un experimento?- cuando el oso ruso se movió para defender sus fronteras. Hicimos el ridículo entonces y lo hemos vuelto a hacer ahora, en Ucrania. No olvidemos, para empezar, que hace tiempo que –salvo en países arrasados- sólo podemos ganar batallas aéreas, guerras que simbolizan la distancia sideral de América con respecto a todo lo que sea mundo. La propia Alemania, por no hablar de Japón, sabe algo de esto.

 

Pero no, no era suficiente. Hasta ayer estuvimos agitando otras fronteras rusas, animando la caída, incluso por la fuerza, de un gobierno democráticamente elegido y hostigando todo lo que oliera a ruso en Ucrania. Apoyamos además una oposición que, francamente, tenía todavía menos pedigree democrático que el gobierno legal de Yanukóvich. Tanto él como Yulia Timoshenko no parecen especialmente modélicos, pero al menos el primero tenía el apoyo de las sacrosantas urnas. Esto no fue suficiente desde el momento en que empezó a perjudicar los intereses todavía más sagrados de nuestra economía, favoreciendo al proyecto de una alianza “euroasiática” entre las antiguas repúblicas soviéticas. ¿Es tan extraño que Rusia se niegue a reconocer la irrupción de un gobierno no elegido por nadie y aupado por la presión armada de grupos en extremo oscuros? Cuando además, la víspera, se había logrado un acuerdo para convocar elecciones anticipadas. Como dice un día Putin con su habitual ironía, casi más gallega que rusa: ¿Qué les parecería si yo apareciese un día al lado de las manifestantes griegos contra la Unión Europea?

 

Al menos desde que Estados Unidos cree detentar un poder único, la jugada es siempre la misma: fragmentar y federar, balcanizar y asociar. De esta manera, nuestro cielo democrático destruye potenciales enemigos y gana pequeños países que pueden ser gobernados por una sola de nuestras empresas multinacionales. Recordemos que el propio Bin Laden fue en su día un aliado en la lucha antisoviética de Afganistán. Lejos incluso de Rusia, el guión ha sido el siguiente. Primero nuestros dictadores depauperan una vieja nación milenaria, sea Irak, Libia o Siria. Después completamos la labor derribando al tirano y fragmentando la nación en cien etnias.

 

Para el Occidente de hoy, incluso en el plano vital, el modelo es la soltería conectada, el aislamiento que multiplica los contactos. Barras y estrellas: definir perfiles y asociarlos, como en Facebook. Ése ha sido el abc de toda la inteligencia exterior norteamericana, incluso en los casos recientes de Libia y Siria. ¿Qué otra cosa hemos conseguido que resucitar el tribalismo y la guerra civil étnica que le conviene a las empresas globales? Es el momento de recordar además otra verdad sencilla. Aparte del interés de las grandes potencias occidentales en eliminar la competencia y balcanizar a medio mundo, el control estricto de los ciudadanos que exige el actual poder microfísico, que debe tutear al ciudadano, se acopla mejor a estados pequeños y ágiles. Así pues, sobre las motivaciones geoestratégicas, no hay ninguna razón para no vincular el movimiento secesionista actual –en auge desde la caída del Muro– a la estatalización minuciosa de la vida. En resumen, a su control estricto por el Estado-mercado, maternal y sonriente, aliado de la medicina y la socialización a ultranza en las pequeñas regiones.

 

¿Nos extraña realmente que la nación de Sokurov no entre en este juego? En verde o rojo, el problema es la cultura comunitaria rusa, no su ideología política. Y en nuestro caso ocurre lo mismo. Gobierne la derecha o la izquierda somos igual de racistas con todas las culturas comunitarias que nos rodean, sean los latinoamericanos, los musulmanes o los eslavos. Si repasásemos la lista de las naciones que hemos bombardeado y destrozado en los últimos años, descubriríamos que no hablan inglés, que son una presa fácil y que son profundamente comunitarias.

 

Putin no será un santo, pero se ha quejado en público de este juego perverso, que sólo favorece a una elite que no es de este mundo. Ya saben, esa azulada alianza de viejos y nuevos Elegidos. Sólo el peso actual de Moscú ha impedido que tal estrategia se consume en Irán y Siria.

 

¿Aislar a Rusia? ¿Retirar el visado a treinta personalidades cercanas al Kremlin? ¿Bajar la nota crediticia a través de Fitch y Standard & Poor’s, dos empresas cuya neutralidad es prestigiosa en el mundo entero? Si alguien se hubiese tomado la molestia de recordar un mapa del mundo entendería la unanimidad de la población rusa en torno a su líder y también la tranquila resolución de éste. La dependencia de media Europa del gas y el petróleo rusos es sólo un síntoma de nuestra relación histórica, cultural y geográfica, mal que le pese a los intelectuales que rodean a Obama.

 

La Federación Rusa es la quinta parte de la tierra. Mientras en Moscú hay ya más millonarios que en Nueva York, San Petersburgo sigue pareciendo, desde hace dos siglos, más grande y cosmopolita que París. ¿No estábamos, como los jóvenes, a favor del tamaño? Así parece día a día, en esta sociedad que odia el demonio de la cualidad real como si fuera la peste. Pero el problema europeo con Rusia es cultural, problema acentuado por la penetración –también en Francia– de la simplicidad estadounidense. Los rusos aún pueden morir por algo y esto, en medio del reino traslúcido de la macroeconomía, es algo que nos supera. No soportamos que no se hayan resignado al Fin de la Historia y no tomen por religión a Apple y McDonald’s.

 

No entendemos tampoco su apego mítico a un territorio, a una cultura compleja y rugosa. Tolstoy, Dostievsky o Tarkovsky expresan una religión del afecto, ajena al reino de la economía, que se sigue expresando en el perfil de otras tecnologías y en la estética tosca de otras armas. Así como en las naves Soyuz, en las que han viajado unos cuantos millonarios globales.

 

¿Habrán Obama o Cameron leído algo del Chéjov que un día cambió la escena teatral en Inglaterra y Estados Unidos? No importa, la nación de Chéjov está casi habituada al desprecio. Nuestra única salvación es que los rusos nos entienden mucho mejor que nosotros a ellos. Hasta nos admiran, lo cual resulta casi incomprensible. Simplemente, no están en absoluto dispuestos a correr la suerte de las otras culturas que hemos pulverizado. Más vale que nos hagamos cuanto antes a la idea.

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