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La aldea digital el blog de Jaime G. Mora


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23 de diciembre, 2013

El mercadillo

 

En la redacción hay dos momentos que le provocan a uno un sobresalto similar al que sufren los conejos en plena noche, cuando vagan por los arcenes de las carreteras y son deslumbrados por las luces de un coche.

 

Uno es cuando suena la campana con la que el jefe reúne a los jefes para hacer el periódico de mañana. Con el tiempo, me he terminado acostumbrando a su sonido, como me he hecho a los teléfonos que nadie coge, pero cuando estoy con la guardia baja…

 

El segundo momento tiene que ver con un correo electrónico:

 

“Detrás de Cultura tenéis un mercadillo navideño de libros”.

 

De vez en cuando tenemos esta alegría. Los compañeros de Cultura, que ya no saben qué hacer con tantos títulos, los guardan pacientemente hasta que deciden agitar al personal.

 

El correo de hoy llegó pasadas las 11.30 horas. Resaca del sorteo de la Lotería —todos pobres—, previa de la Nochebuena… Siendo tan temprano estábamos los chicos de la web y algún que otro madrugador más. I envía el correo y yo, sin terminar de abrirlo, ya estoy en pie de camino al mercadillo.

 

La redacción está organizada de forma circular. En el centro se sitúa el ‘rosco’, del que nacen las distintas secciones. Se distribuyen como esos soles y sus rayos que dibujan los niños. Me levanto y, de camino, veo a otros compañeros caminar en la misma dirección. La situación me recuerda a la de esos atletas que, pasados los 400 metros, abandonan sus calles para agruparse todos en la primera, la inferior, donde se reparten codazos para ganar la mejor posición.

 

Pese a que parto desde un punto lejano, llego de los primeros. La situación exige determinación y, sobre todo, velocidad. Hay una montaña de libros y poco tiempo para elegir los más interesantes. Si uno se despista está perdido.

 

Es el “quien se mueva no sale en la foto” que le atribuyen a Guerra.

 

Comienza la batalla: con la mano derecha descubro el título y autor del libro y con la izquierda lo descarto. Es un movimiento mecánico; a veces, de dos en dos o de tres en tres. ‘Cienciología’, de Lawrence Wright (Debate), para mí. J lo sacó hace unos días de no se sabe dónde y vino a enseñármelo. Presumido. Qué se habrá creído…

 

Veo uno de Günter Grass y me pienso si cogerlo o no. No me interesa demasiado, me digo, lo dejo para que se lo lleve otro. Y en ese medio segundo seguro que alguien ha cazado un libro que quedaría estupendo en mi estantería. El de Herralde (Anagrama), para mí. Uy. Las clases de literatura de Cortázar (Alfaguara). Ahí saco un poco el codo.

 

Alrededor de la mesa ya no cabe nadie más. Hay quien hace algún comentario divertido, por restarle tensión al asunto. Hay quien le sigue el juego. Nadie pierde de vista los títulos. A es un veterano. Se conoce a los autores mejor que nadie y eso le permite que su combo ‘mano-derecha-mano-izquierda’ sea el de un velocista. Tiene además una biblioteca generosa, lo que le hace repartir juego como Xavi en sus mejores tiempos.

 

“Toma —me dice—, este para ti”. “¿Pero dónde vas?”, le respondo, al ver que me está cargando con los diarios de Alejandra Pizarnik (Lumen). Más de mil páginas. 1.100 páginas. ‘Entresuelo’, de Daniel Gascón (Mondadori). No lo compré en su día porque no se puede tener todo. Ya lo tengo. ‘Oh, América’, de Marcella Olschki (Periférica). Oh, América. No necesito mucha más información, pero acudo al sumario de la contraportada: “‘Oh, América’ dibuja de un modo tan divertido como lúcido una época fascinante y una nación tan grande como contradictoria, y lo hace a través de una voz…” Qué demonios, me lo quedo.

 

—Otro para ti —me vuelve a decir A.

—Pero mira los que llevo ya…

—Da igual, quédatelo.

 

Es ‘La historia falsa y otros escritos’, de Luciano Canfora (Capitán Swing). Suena la campana.

 

—Y este también.

 

Yo ya no me resisto. Es John Gray: ‘El silencio de los animales. Sobre el progreso y otros mitos modernos’ (Sexto piso). Todavía me da tiempo a quedarme con el ‘Ha vuelto’ de Timur Vermes (Seix Barral), ese libro que lleva un flequillo de Hitler en su portada y que tantas páginas ocupó en los periódicos. I apenas se ha movido de su sitio, de espaldas a nosotros, como si ella no tuviera nada que ver. A estas alturas quedan los libros que nadie quiere.

 

Momento de replegarse.

 

Qué codicia la mía. ¿Dónde los voy a guardar, si ya no me queda sitio en mi casa? ¿Y cuándo los voy a leer? Estos días he visto a mucha gente compartir un artículo en el que Gumersindo Lafuente ruega por un Jeff Bezos español. Yo lo que necesito es un mecenas que me mantenga para que me pueda dedicar sólo a leer.

 

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