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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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27 de enero, 2016

Confesar

 

Si el gobierno chino me retuviera contra mi voluntad y me obligara a declarar ante una cámara de la televisión estatal CCTV lo primero que diría es: “Hans Dietmar Schweisgut maricón, y Peter Dahlin ídem”. Reconozco que difícilmente sería emitido ese mensaje, por altisonante, en donde querría cargar las tintas contra el ruinoso, por sus actitudes pusilánimes, embajador de la Unión Europea en China, que exige soluciones por las desapariciones de tres ciudadanos europeos de unas maneras tan fláccidas que sólo me queda calificarlo como antes he dicho. Y sobre Dahlin, cofundador de la ONG China Action, que llevaba años luchando por las libertades en un país donde no hay atisbo de las mismas, remarcar el mismo calificativo por su penosa declaración ante la cámara de la CCTV, detenido y procurando ser todo lo políticamente correcto que le exigía el guión de sus secuestradores: “He violado la ley china con mis actividades aquí. He causado daño al gobierno chino y he dañado los sentimientos de la sociedad china. Me disculpo sinceramente por todo ello. Siento mucho todo lo que ha ocurrido”. Para terminar con la vomitiva coletilla a la que sólo un sueco podría sacarle tanto brillo: “No tengo ninguna queja. El trato que se me han dado ha sido justo. Me han proporcionado buena comida, muchas horas de sueño y no he sufrido maltrato de ningún tipo”. Puro síndrome de Estocolmo. Que me imagino al pijo-sueco, en su etapa escolar, confesando ante el profesor quién y dónde había escondido las tizas, si es que después de su detención no se atreve con un libro de cocina: La cocina china cuando estás detenido. Y como venía diciendo ante este secuestro y el de dos libreros de Hong Kong con pasaportes también sueco y británico, el embajador europeo emite notas ridículas desde el sofá de su embajada, en donde “urge a las autoridades chinas a cambiar de actitud”. Si lo veo no lo creo. ¿Se imaginan el caso contrario? Bueno, ya sabrán que Rajoy y sus secuaces cambiaron leyes para que no se juzgara a Hu Jintao y Jiang Zemin, ex presidentes chinos, además de a otros seis altos cargos de gobiernos del incorregible PCCh, por genocidio en el Tíbet. Para colaborar con la causa, el juez Andreu dejó en libertad a la práctica totalidad de los mafiosos dirigidos por Gao Ping que trituraban nuestra economía sin que nadie se inmutara. Ley de reciprocidad 0; China 7. Que a este paso nos acabarán eliminando sin necesidad de prórroga. O como decía mi ídolo Friedrich Nietzsche, “That which you call moderation, I call mediocrity (Aquello a los que llamas moderación yo lo llamo mediocridad)”.

 

Mientras China secuestra a ciudadanos europeos –a uno de ellos lo hicieron desaparecer en Tailandia ante la pasividad de la autoridades tailandesas; a otro en Hong Kong conminados con las ex democráticas fuerzas del orden que un día fueron casi británicas– nuestros gobiernos miran para otro lado. ¿Se imaginan a uno de los nuestros desaparecido en Michigan? ¡Madre de Dios! Manifestaciones frente a todas y cada una de las embajadas norteamericanas en suelo europeo, anulación de pedidos de Coca-Cola sustituida por la no menos excitante Inca Kola, nuestros políticos más progres enarbolando la bandera del anti-capitalismo, gentes sin la ESO tatuándose fotos del Che, Chávez y similares, señoras horondas de nuestros queridos y prescindibles extrarradios rompiendo escaparates del McDonald’s tras haberse agenciado minutos antes varios menús con patatas fritas gigantes y refrescos azucarados…

 

Pero repito, ensoñando –en mi próximo viaje a China, que se producirá antes de sesenta días, van y me acusan de lo que les dé la gana– con una declaración en abierto en la CCTV puedo asegurar que o iban a tener problemas con mis ganas de hablar o con las de que repitiera al dedillo sus guiones para retrasados. Y por añadir, entre líneas, colaría un “aconsejo al gobierno chino que invierta más en lectura; que aquí no lee ni Cristo”. Por fomentar la cultura.

 

Yo, por cerrar este texto, y si fuera el editor de esos videos tan sumamente sórdidos, pondría, antes de la emisión de las imágenes propagandísticas –tan similares a los del ISIS, aunque sin cuchillo (aún)–, una frase tan vinícola como contundente: “Contiene sulfitos”. Porque el poso incomparable de esta China ha conseguido, mucho más rápido que Usain Bolt corre los cien metros, convencernos de que un tipo que lucha por las libertades debe pasar a la sombra mucho más tiempo que otro que mete contenedores repletos de mercancías sin declarar y luego los saca atestados de fajos de billetes de 500 euros ganados en negro.

 

 

Joaquín Campos, 23/01/16, Phnom Penh. 

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