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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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22 de julio, 2015

Degeneración

 

Phnom Penh se ha convertido en el convento –porque se cagan dentro– de los que se envuelven en la bandera del género, que para el que aún no lo sepa es como llaman la mayoría a lo humano camuflado en lo femenino. Una conocida que da clases de género en un colegio camboyano sigue sin salir a la calle para manifestarse. Porque el texto que hoy están leyendo versa sobre un señor empresario, camboyano, que además de millonario, droga a las señoras antes de beneficiárselas cuando no directamente las mete de hostias. El delincuente se llama Sok Bun y se encontraba escondido en Singapur, paraíso de arpías –esencialmente si disponen de dinero en abundancia–, donde escapó tras levantarse un revuelo sobrenatural entre la plebe jemer, ya que en un restaurante de cocina nipona golpeó hace una semana y sin cesar a una conocida actriz y presentadora de televisión que se hace llamar Sasa aunque en realidad fuera registrada al nacer como Ek Socheata. Las imágenes no sólo son conocidísimas en Camboya sino que ya han dado la vuelta al mundo, que hasta mi madre me confesó que no sé cuál informativo televisado las mostró durante el mediodía. El pre-asesino exigía inmunidad y lo más hilarante, “seguridad y libertad” para poder volver a Camboya. Este pedido se lo hizo a Hun Sen, el corrupto hasta límites insospechados primer ministro-cacique de Camboya que durante buena parte de su vida fue gerifalte en los maquiavélicos Jemeres Rojos. Para enredar aún más el entuerto recordar que esa broma de la ONU llamada Tribunal Penal Internacional, que en teoría juzga desde hace cinco años a los culpables de la masacre realizada hace más de tres décadas contra el pueblo camboyano, ha sido incapaz de siquiera citar a Hun Sen para tomarle declaración, cuando era un miembro clave de aquella banda enferma tutelada por Pol Pot, que a algunos parias occidentales les sirve para adornar las paredes de su casa con posters o directamente para vestirse con camisetas seriagrafiadas con todo su rostro, y nunca mejor dicho.

 

Volviendo al asunto de marras, el desgraciado de Sok Bun, que llevaba dos citas exitosas con una ciudadana japonesa ­–en ambos casos la drogó para luego violarla– intentó de nuevo beneficiarse a la nipona mientras cenaba en un restaurante japonés de Phnom Penh, capital camboyana, cuando Sasa, la actriz y presentadora que fue requerida a participar en el ágape por la japonesa que ya sospechaba de algo, salió en su defensa: Sok Bun comenzó a besarla y meterle mano cuando la japonesa había perdido el conocimiento –luego quedó claro que el empresario camboyano la drogó metiéndole algo en su bebida. Y a partir de ahí, un diluvio de patadas y puñetazos contra Sasa, más el broche final realizado a manos de uno de sus guardaespaldas que asomándose al casting hollywoodiense le puso su pistola en la cabeza, que en aquellos momentos agonizaba desangrándose mientras su amiga nipona dormía sin haberlo querido tras haber sido drogada. ¿Quién da menos?

 

Para los que siguen pensando –algunos hasta se atreven a insinuarlo– que Oriente es como Occidente recordarles que ni mucho menos. Que aquí ya no queda nada más que conciencia matona, glutamato monosódico, Lexus a cholón, chanchullos y coimas, nulo nivel intelectual, dinero sobre cualquier modal, y futuro negro negrísimo por mucho que lleguen hordas de cooperantes y profesores occidentales que de manera estúpida siguen promoviendo la igualdad de géneros cuando desde la paliza de Sok Bun a Sasa y el par de violaciones a la ciudadana nipona nadie ha dicho esta boca es mía. Porque, recordémoslo: a esta zona del mundo no se la romaniza, por llamarlo de alguna manera entre culta y conservadora, contándoles a sus infantes que todos somos iguales, y que tanto ellos como ellas deben fregar, cuando esos mismos muchachetes, al llegar a sus casas, se encuentran –y a diario– al padre tumbado en el suelo durmiendo la pea, y a la madre, cosida a partos, cocinando arroz con tropezones y glutamato para siete seres vivos sin más futuro que jugar a la lotería, en el caso de ellos, o casarse con un señor rico y apuesto en el caso de ellas.

 

Llevo dos años y medio en Camboya y la diferencia entre el hombre y la mujer es abrumadoramente humillante. Aquí la mujer, aparte de recibir palizas, se hace cargo de la carga de trabajo, dentro y fuera de casa, mientras el pillo oriundo se gasta lo ganado por ella en apuestas legales o ilegales, alcohol adulterado, y putas sidosas, que por esos lares las hay más que limpias. Y cuando el matrimonio ya no aguanta más, él se va con una moza más joven que su actual señora a la que le ha prometido el cielo, como lo hizo con la anterior, cuando en el previo acuerdo él ya venía calentito; y del mismo infierno.

 

Sok Bun, el empresario violento, ya está en prisión tras negociar su entrega con el gobierno camboyano. Pero debe saberse que su caso es un ejemplo claro de cárcel con puertas giratorias, donde los medios emitirán su entrada en todos los informativos pero nunca su plácida salida después de haber llenado los bolsillos de los corruptos funcionarios y políticos. Porque no se deben sorprender si les aseguro que en este país sin principios, modales y en donde la sonrisa oculta la verdadera depreciación y degeneración de un pueblo agarrado a un iPhone 6, lo que seguro ocurrirá es que Sasa cobrará un dinero –lo invertirá en otro Lexus mientras sus morados desaparecen–, el empresario regalará otro coche o maletín al primer ministro Hun Sen y sus secuaces, y la vida seguirá como decía aquel famoso tango. No olviden que este gobierno aceptó hace dos años el indulto con el que el rey concedió la libertad a Alexandar Trofimov, un pederasta ruso al que le pillaron acostándose, en al menos una docena de ocasiones, con niñas de entre 5 y 11 años. Y cuando digo acostándose quiero aclarar que las penetró a todas. Putrefacción en estado puro. Y los cooperantes manteniendo las distancias, no vaya a ser que alguien se sienta ofendido, cuando una parte importante de las agencias de cooperación españolas se dedican –porque las subvenciones públicas se consiguen según sople el viento, cuando en teoría ONG significa ‘organización no gubernamental’– al asunto este del género que tanta vergüenza ajena genera: sobre todo cuando de verdad hay que tomar cartas en el asunto y los que pueden miran para otro lado.

 

 

Joaquín Campos, 17/07/15, Phnom Penh. 

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