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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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14 de enero, 2014

Extensión de visado

 

Las cosas se están poniendo complicadas en Camboya. Desde la arritmia mi vida ha dado un giro brutal en donde ya estoy más que advertido de que el Cialis, el alcohol, el café y las sesiones extremas de sexo podrían llevarme a la tumba. Por eso he comenzado el año lleno de miedos y promesas, bebiendo zumos naturales como si quisiera redimir todos mis pecados alcohólicos por unos litros de piñas recién licuadas. La alimentación, al menos, siegue siendo la correcta, con una predominancia de verduras y pescados que hacen de mí un auténtico figurín calvo con melenas. Lo que peor llevo son las cajetillas de Marlboro, que se me cumulan en cada escondite de mi vida para recordarme que yo aún no estoy curado. Ayer, en uno de los bolsillos de unos vaqueros usados; esta mañana, en un cajón donde guardo los recibos que voy pagando, que no son todos los que me llegan; y hace un momento sobre la mesita de noche, debajo de la obra ‘Pablo Picasso’ de Eugenio d’Ors, publicada en 1946, donde se aprecia la excelente calidad literaria del escritor sin tener en cuenta si el lector es o no picassiano.

 

Lo que quiero decir con todo esto es que cuando dejas de fumar, beber, tomar Cialis y follar, y todo esto de golpe, tu cuerpo y mente cambian. Y lo que peor llevo son las caladas de Marlboro: el de la cajetilla roja. Y la alarma absoluta: saber que me dedico a cobrar por hacer el acto y que mi vida penderá de un hilo tanto si dejo el trabajo –¿desde cuándo fue fácil para una prostituta volver a la vida normal?– como si no. Porque cualquier clienta que no esté de buen ver o que me obligue a beber sin cesar llamará a la puerta de otra dosis de Cialis, puerta que conecta directamente con el infarto de miocardio.

 

Deseché hace un par de días una oferta. Aún no me sentía preparado. Demasiadas pruebas sobre si mi corazón está o no en buen estado que me han costado un ojo de la cara y parte del otro para que los médicos llegaran a una conclusión que sospecho no era necesaria haberla aprendido en la universidad: “Por lo pronto deje de fumar, beber, hacer deporte y practicar sexo, y sobre todo, de tomar Cialis, falsos o verdaderos”. Intenté reponerme de tan diabólico asunto masturbándome; como queriendo demostrarme a mí mismo que todo es una falacia y que a estas edades tan tempranas uno no se puede morir por hacer todos los días lo mismo. Y no sé si fue porque mi subconsciente está contra mí o porque el miedo me domina –o simplemente será que no estoy bien de salud y que aquel aviso coronario no iba de broma–, sentí segundos antes de eyacular manualmente un chasquido que asocié al corazón que casi me hace desmayarme. Corrí manchado al baño a mirarme en el espejo, me agarré el corazón pensando que ya estábamos otra vez con la misma cantinela, cuando descubrí que el chasquido había sido el de mi rodilla izquierda que justo antes del clímax había cedido levemente desde su posición inicial a la izquierda. Estaba un poco hipocondríaco, debo reconocerlo.

 

Pero mientras decidía si volver al ruedo o no, tramitando instancias para los trabajos menos espectaculares –entregué una solicitud de trabajo como reponedor en los supermercados Lucky así como dejé mi currículo en un par de agencias de viaje–, recordé –lo único bueno de dejar de beber es que recuperas cierta frescura– que mi visado anual de trabajo estaba a punto de vencer. Los visados en Camboya se sacan a la llegada al país, si lo haces en avión en sus dos aeropuertos internacionales (Phnom Penh y Siem Reap) y si llegas en autobús por donde hayas decidido entrar. Luego te buscas una agencia de viajes u hotel que te convertirá tu visado de turista o negocio en uno de trabajo por un año de duración. Coste aproximado: 280 dólares.

 

Por razones que no vienen al caso –simplemente esa mañana me levanté sospechosamente legal y sensato; repito: tanta variación me está cambiando metabolismo y mente– decidí presentarme en la sede del Ministerio del Interior, donde seguramente a salvo de comisiones extra, podría renovar más certeramente mi visado. Para empezar, en el cuartucho donde expenden los mismos, habían más funcionarios y uniformados que solicitantes, por lo que capté nada más cruzar el marco de la puerta que había gente que comenzaba a frotarse las manos.

 

En situaciones como ésa, y especialmente en Asia, un hombre prefiere ser atendido por una mujer, aunque esta rebase el medio siglo de vida. Por lo que de las numerosas mesas desordenadas, pedí audiencia con Phy, una señora seca al expresarse y pausada en sus esfuerzos laborales, ya que tras concederme el asiento tardó siete minutos en dirigirme la palabra, haciendo como que ordenaba papeles, mirándome fijamente a los ojos, y enviando mensajitos por el teléfono móvil, que al ser un Samsung de última generación, advertía de que aquello de renovar mi visado no iba a salirme precisamente gratis.

 

Según veo ya lleva trece meses en el país.

 

Sí. El primer mes con visado de negocios y desde hace un año con uno de trabajo.

 

Ya… ya veo. ¿Pero usted posee en Camboya algún negocio?

 

No exactamente.

 

¿Qué quiere decir con “no exactamente”? ¿Lo tiene o no lo tiene?

 

Mentir a una mujer es pan comido. Pero hacerlo a una mujer uniformada en terreno de juego ajeno, siempre te deja un sabor de boca que debe ser parecido al del conejo que sacan de la chistera y se enfrenta a un tsunami de aplausos enlatados.

 

Mire, intenté montar una empresa pero no me salió bien; por lo que me puse a dar clases de español en la universidad y a particulares.

 

¿Tiene pensado montar algún negocio o firmar un contrato laboral con alguna empresa?

 

De pronto, y ante la presión que recibía, lancé un órdago. Un órdago que en casi todos los países asiáticos es menos órdago que hacerlo en Luxemburgo. Conté hasta siete, que según los japoneses son las veces que tienes que contar antes de comentar algo trascendente, y recé tras soltarlo.

 

Mire, ¿cómo podríamos arreglar esto? Yo quiero estar en Camboya y necesito ese visado. Dígame cuánto cuesta y seguro que llegaremos a un acuerdo.

 

¿Acaso me quiere comprar?

 

Mientras mi corazón se salía de la caja torácica –por un momento divagué con que en Camboya la corrupción es una entelequia– Phy, que así se hacía llamar la funcionaria del Ministerio del Interior camboyano según indicaba una chapita con su nombre a la altura de su corazón, con una parsimonia irritante, extendió su mano derecha acercándola a mi mano izquierda de donde al abrir su palma dejó caer un minúsculo papel.

 

Nos vemos allí esta noche a eso de las ocho.

 

Me quedé tan estupefacto que Phy se mostró irritada, gritándome para que me marchara ante la mirada de sus compañeros de trabajo. El papel lo había convertido en una bola que yacía dentro de mi mano derecha, sudorosa y algo temblorosa. Ya en la calle me fui a una esquina, donde apostado detrás de un cerrajero que hace llaves y afila cuchillos bajo la eterna solana de Phnom Penh, y como si en vez de una nota me hubiera dado Phy un gramo de cocaína, descubrí el entuerto que no era más que una dirección: ‘Calle 214 esquina Norodom. La Residence’. Cuando llegué a casa, a eso de las tres de la tarde, verifiqué en internet que la cita sería en uno de los restaurantes más caros de la ciudad. No entendía nada. Pero me quedaban cinco horas para saciar mi curiosidad.

 

En esas cinco horas mi cabeza parecía el equivalente a un día en Quito: mañana fresca que torna a primaveral, medio día caluroso ciertamente molesto, tarde desapacible como otoñal, y noche fría, muy fría. Tanto registro en sólo cinco horas me hizo confirmar que la arritmia había afectado a mi estabilidad mental; porque de camino a la Residence me pasé por un cajero automático de donde saqué buena parte de mis ingresos (400 dólares) suponiendo que al no hacer el visado por una agencia de viajes el documento me saldría más barato aunque la comisión a Phy debería ser la diferencia y la cena. Pero nuevamente anduve poco avispado, porque al llegar al restaurante fui introducido en un privado donde Phy me esperaba con otro tipo de indumentaria: minifalda de color negro imitando al cuero, camisa donde tres de sus cinco botones estaba desatados, y maquillaje para amortajar a siete muertos. Fue darle la mano, en señal de bienvenida, y notar que aquello no iba a poder arreglarse sólo con billetes de dólares americanos.

 

Mira Aspersor, te he citado aquí porque para una mujer local y de mi edad, además de policía, le es muy difícil entablar amistad con extranjeros.

 

¿Es que quiere ser mi amiga?

 

Sí. Y practicar inglés. Y sentirme fuera de la disciplina de mi trabajo que no me permite intimar con tipos como tú.

 

Ya… ¿Qué quieres beber?

 

¿Te gusta el champán francés?

 

Me hubiera gustado más el champán uzbeco o el sudanés, pero resulta que no existen. Por lo que tras el amago de infarto tuve que poner a mi corazón de nuevo a prueba desollando aún más mi tarjeta de débito en una desilusionante comanda que tomó una camarera enardecida por la cuantía de la misma. Y eso que todo sólo había hecho más que empezar.

 

Taittinger Rosé, por favor. Y para comenzar foie gras mi-cuit con mango y Oporto. ¿Te parece bien, cariño?

 

Bueno, lo de “cariño”, aparte de a ridículo, sonó a simulación para irme al baño y salir a la carrera a la primera farmacia de guardia a pillarme una caja de Cialis, pero lo de pedir champán y foie cuando casi no habíamos saltado del trampolín me hizo, literalmente, tiritar.

 

¿Tienes frío? ¿Quieres que les diga que suban un poco la temperatura del aire acondicionado?

 

–No, qué va. Mejor dime qué vas a pedir de segundo plato.

 

Era para irme preparando. El corazón, de nuevo, me avisaba, con carreras molestas, altibajos y alteraciones del bombeo sanguíneo. La cuenta ya superaba los 150 dólares y aún me quedaba por descubrir si Phy era alcohólica –pedir dos botellas sería mi final–, y qué tipo de plato principal estaría dispuesta a dejarla saciada. Entre las opciones, dos peligrosísimas: ‘Langosta de Maine con boletus y naranja mediterránea’ (90 dólares) y ‘Steak Tartar de ternera de Kobe con mostaza en grano de Madagascar’ (110). Al instante se detuvo el tiempo, como si aquello fuera la final de los 100 metros lisos de las Olimpiadas que ustedes elijan; y por supuesto, eligió ternera japonesa. Ante el amago de infarto que se avecinaba rebusqué en el carísimo menú unas verduras a la plancha intentado paliar el agujero económico que iba a ser parte de mí por al menos tres meses. Pero resulta que en este tipo de sitios todo es complejo y cuesta sus buenas perras.

 

¿Lenguado? A mí no me gustan los pescados con espinas. ¿Por qué no bebes?

 

No bebo, puta corrupta, porque la botella de champán se está acabando y casi no hemos empezado los segundos platos. Y esto me va directamente a arruinar. Además, qué sabrás tú de pescados con o sin espinas si a ti lo único que te interesa es pedirte lo más caro y llevarte lo tuyo por cada visado renovado. Todo esto que acabo de contarles fue lo que no le dije a Phy; por miedo a represalias, expulsiones del país o cualquier nuevo episodio coronario en mi maltrecho corazón. Y claro, tuve que beber, por esa burda excusa que te obliga a no cesar en la ingesta si una dama te incita a brindar. Y como lo hacía compulsivamente, del orden de siete veces por minuto, no sólo cayó la segunda botella, sino que ya fuera de sí, dejó su asiento vacío para posar sus posaderas sobre mi entrepierna que naturalmente no reaccionaba ante semejante medio siglo mal llevado. “Me gustas”, me dijo. Pero lo que de verdad le gustaba era el champán, ya que se pidió otra botella –ya era la tercera– directamente sin consultarme. Acepté mi derrota e intenté calmar sus impulsos sexuales, cosa que tampoco puedo decir que me salió del todo bien, ya que al abonar los más de 400 dólares con mi ya sí reventada tarjeta de débito, fui obligado a morrearla con lo poco que a mí me gusta besar a tornillo a gentes tan ansiosas, que de la poca pericia por su falta de experiencia que tenía al besar parecía que en vez de un intercambio de lenguas te estuvieran haciendo una limpieza bucal. Fue tal su esfuerzo que debí quedarme con el 2% del bogavante que se le debió quedar atrapado entre sus dientes. Pedí ir al baño a desinfectarme pero cada decisión que tomaba era un nuevo error, ya que cuando me miraba al espejo desconsolado y hacía gárgaras con agua del grifo y jabón de manos, Phy abrió la puerta dejando caer su minifalda como al que se le cae una servilleta. Y la farmacia quedaba casi tan lejana como mi libido. Por lo que seduje a Phy con un sexo oral rebuscado en el que el recién enjuague bucal con el jabón de manos ayudó a que aquel pasaje de mi vida no hubiera sido tan dañino.

 

¿Por qué no me penetras? Te he traído aquí porque quería probar a un extranjero.

 

Mira Phy, yo sería capaz hasta de amarte. Pero tras tres botellas de champán a uno no se le levanta como a un niño de trece años. Debes perdonarme.

 

¿Podríamos quedar mañana?

 

Imposible: tengo una cena de negocios.

 

Perfecto. Pues pásate mañana por el ministerio y tráete 300 dólares que te ayudaré con tu visado.

 

Nos despedimos: ella cogió un tuk-tuk y yo me fui andando, que es lo que suele ocurrir cuando la mujer ya sabe que no le queda otra que pagar y yo sospechaba que los últimos emolumentos de los que disponía eran esos 400 dólares que saqué del cajero horas antes y de los que mañana me quedarán sólo cien. Por lo que puedo asegurar que Aspersor seguirá buscando clientas y si llegara el caso, tomando Cialis. No me queda otra. Y si muero en la contienda que me quiten lo bailado.

 

Joaquín Campos, 11/01/14, Phnom Penh.

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