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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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10 de septiembre, 2013

La hija del nuevo rico

 

Una nueva llamada de una dama con nivel de inglés dignísimo que me cita en una mansión de inusuales dimensiones, con jardinero, cocinera y tres miembros, al menos, de la seguridad privada más alguna limpiadora. Ninguna pregunta al llegar hasta que una señora del servicio me lleva hasta la parte de atrás de la casa; en ella, una piscina gigantesca con violentas sombras generadas por los muros levantados para mantener la privacidad del mastodóntico hogar. Fuera de la piscina cuatro tumbonas; y en dos de ellas, sobresaliendo, un par de cuerpos femeninos. Cuando quise darme la vuelta para despedir a la señora, ésta ya había desaparecido. Y cuando me planteaba acercarme para saludar, una de las muchachas, Sophan, de sospechosa edad juvenil –“Te juro que tengo dieciocho”- se me presenta como la autora de la llamada. A su lado, sonriente, Eleonor, su compañera de fatigas para la historia de aquella mañana en la que aburridas de pertenecer a las familias que pertenecen, decidieron abrir nuevas puertas en sus luchas contra la peor lacra de un millonario: el aburrimiento.

 

Serían las once de la mañana cuando sonó mi móvil. Yo estaba leyendo el primer volumen de las memorias de Roger Wolfe, Luz en la arena, digna obra que narra su infancia, cuando descubrí al otro lado del teléfono a una dama muy segura de lo que quería.

 

O sea que cincuenta dólares, ¿no?

 

Sí, cincuenta. Si quieres que me quede toda la noche serán cien.

 

No, no hará falta. Querría que vinieras a eso de las dos, debiendo marcharte alrededor de las cuatro.

 

Perfecto. ¿Hoy?

 

Sí. Vivo en la calle 342. Ahora te envío mi dirección exacta a tu móvil.

 

Y así hasta que de aquel par de tumbonas brotaron las efigies de dos milagros de la naturaleza que además de poseer el don de la belleza cargaban con la facultad de pertenecer a familias de alto copete. Nunca llegué a enterarme de quiénes eran los padres de Sophan, aunque tengo clarísimo que o trabajaban para el gobierno o con el gobierno. Quiero decir: o ministros o dueños de empresas estatales o conminadas éstas con el Estado. En el garaje de la mansión, a modo de muestrario, siete coches de alta cilindrada. Y las muchachas, que ya no sabían qué hacer para pasar de pantalla, con toda la colección táctil creada por Steve Jobs esparcida por el césped que rodeaba la piscina, con ropas compradas en sus numerosos viajes a Bangkok y Tokio, con motos de diseño para acudir a una universidad para los hijos de la elite del país, y con un claro síntoma de iniciativa: la curiosidad que mostraron para, tras arrebatar el periódico que nunca leían del despacho de su padre, buscar a la desesperada nuevos ratos que pasar sin caer en el aburrimiento más exasperante. Y allí que me presenté yo.

 

Sophan, espero y deseo que tengas, al menos, dieciocho años.

 

Debo tenerlos si voy a la universidad. ¿O es que tú nunca fuiste a la universidad?

 

Yo nunca perdí el tiempo en esa jaula de grillos.

 

A mí tampoco me gusta. Pero mi futuro depende de mis estudios.

 

¿En serio? ¿Tú te crees que con esta casa y otras que tendrán tus padres, más las conexiones con el poder, vas a necesitar muchas titulaciones?

 

Mi padre no tiene conexiones con nadie. Sólo tiene empresas exitosas.

 

Cada vez que intentaba saber sobre su edad real –que tranquilamente podría haber sido dieciocho, ya que en Asia todos aparentan menos años de los que tienen-, y cada vez que curioseaba en los negocios y patrimonio de sus padres, recibía silencios por respuesta. Eleonor, como ida, sólo acertaba a manejar la pantalla táctil de un móvil mucho más grande que su mano en donde debía estar chateando con desconocidos que como ella, buscan hacer amigos en la falsedad de internet.

 

Las chicas me invitaron a tomar un baño en la piscina a lo que en principio me negué por la falta de indumentaria adecuada. Pero Sophan, demasiado lanzada, permitió que mis calzoncillos, blancos con ribetes naranjas, pudieran pasar por bañador. Y debe saberse, por si alguien lo desconoce, que el cosido y elasticidad de la ropa interior masculina permite que el miembro baile y la erección, si se produjera, se expanda; cosa que no ocurre en el traje de baño, mucho más acorazado. Y claro, dar demasiadas explicaciones sobre las reacciones físicas del cuerpo de un hombre ante las arremetidas en tono de broma y ahogadillas de dos milagros de la naturaleza sobran. Sólo advertir que fue inevitable que aquello no cesara de crecer, con dos muchachas echándose encima de mí con la idea de hacerme cosquillas y demás bromas juveniles. Pero para el que crea que me aproveché de ellas nada más lejos de la realidad, porque al secarnos recibí el tiro de gracia, mucho antes de creerme lo que me estaba ocurriendo: “Aspersor, sube con mi amiga”.

 

En uno de los casos más estrambóticos de la historia de la humanidad, y en especial, de la historia de las relaciones sexuales, Sophan, camboyana recién entrada en la mayoría de edad, hija de multimillonarios, quería por alguna apuesta extraña o algo que ni se me pasa por la cabeza, pagar de su bolsillo –o del bolsillo de sus padres- una ración de sexo con un prostituto a su amiga Eleonor. Un nuevo desbarajuste de una humanidad que camina muy certera hacia el abismo más absoluto, por mucho que en el fondo me satisficiera ver a las nuevas generaciones salirse del tiesto, como poco. Hoy leí a Arcadi España una frase memorable: “Un adolescente de hoy habrá visto a más mujeres desnudas que el total de sus antepasados (¡antes de llegar a las amebas!) vio a lo largo de su vida”. Una verdad que se asemejaba a la rapidez de aquellas dos mozuelas que antes de cumplir dos décadas de vida ya querían saciar sus bajos instintos con un señor calvo con melenas que las doblaba en edad, que era extranjero, y que además, cobraba por ello.

 

Aunque las asociaciones más penosas del planeta se querellen contra mí debo contar que Eleonor no tuvo vergüenza alguna en desnudarse mientras subíamos unas escaleras interminables que nos unieron, en cuerpo y alma, en un ático desguarnecido, en donde hacerlo sobre el suelo fue lo único incomodo. Eleonor ni hablaba ni expresaba mueca alguna, llegándome a preocupar por mis acciones sexuales que creía le eran pasadas de moda. Pero en un momento del acto se abalanzo sobre mí, me rodeo con sus brazos, y me arañó la espalda con tanta fuerza que no hizo falta ser muy listo para deducir que aquello había sido un orgasmo. Y a lo mejor hasta el primero de su vida. ¿Quién sabe? Se lo pregunté, a posta, pero en vez de contestarme –la juventud de hoy no atiende a preguntas- me pasó la toalla con la que se había acabado de secar ya que nos habíamos duchado juntos sin ningún tipo de reparo tras un acto de seis minutos y medio; la espalda me escocía, señal de que el arañazo se había hecho fuerte dentro de mi panel de control de sentimientos; y a mi conciencia de superviviente en esta vida donde mi mayor inversión se realizó en restaurantes, bares, güisquerías y camellos le llamaba la atención el despropósito de geles y champús mal acomodados sobre las varias baldas de un baño que aparte de ser sólo para invitados estaba en pleno ático de una casa a la que deduje, al menos, nueve aseos más.

 

Desde la ventana de la buhardilla vi a Sophon nadando a estilo braza con una espalda que brillaba por el cloro del agua y unos escasos rayos de sol que superaban el violento muro levantado para aislar la mansión. El cielo se estaba oscureciendo y Eleonor me dejó a solas antes de decirme una frase que algún día debería rodar Hollywood con los actores adecuados: “Baja que te pagará Sophan”. Al bajar, me fui cruzando con todo el personal de la casa que en vez de rodearme y maniatarme, me saludaba como si yo fuera un invitado conocido o algo aún mejor: el primo del pueblo. Cuando llegué a la piscina nadie me volvió a dirigir la palabra. Sobre la mesita, una botella de agua Evian de un tercio de litro, un billete de cincuenta dólares y una nota explícita: “Gracias”. Me vestí –recalco que desde que nadé con las chicas iba en calzoncillos blancos con ribetes naranjas- y salí de la casa acompañado, esta vez, por un jardinero risueño, comprobando al coger el tuk-tuk que eran justo las cuatro de la tarde. De vuelta a mi hogar, y divisando no sé cuántos coches de gran cilindrada, elucubré con que alguno de ellos podrían ser los padres de una Sophan que trata a los putos con la misma eficacia que yo trataba a mis meretrices: hasta el acto con cariño y tras el orgasmo con desprecio. Como mandan los cánones.

 

Me había vuelto a dejar abierta la ventana de casa pero esta vez llegué antes de que la tormenta diaria se desatara. Y entonces soñé despierto con Sophan y Eleonor contándose los secretos de mi visita mientras la lluvia golpeaba el agua de una piscina que en el fondo se había construido para la diversión de aquellas muchachas.

 

Joaquín Campos, 06/09/13, Phnom Penh. 

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