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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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1 de octubre, 2013

Mi amol (mi heroína)

 

No soporto los acentos. Por eso abandoné el que traía conmigo desde mi niñez malagueña para pertenecer al grupo de los neutros. Pero nunca sospeché que al intentar expresarme en inglés iba a proclamar el más cutre de los dejes españoles que jamás se escucharon. Y ahora, la verdad, no tengo más tiempo para modificar mi voz. Yurina, una cubana que sólo me informó sobre eso –“Me llamo Yurina y soy cubana, mi amol”- me citó a tres días vista de uno de los mayores despropósitos a los que jamás haya acontecido mi cuerpo y alma.

 

Esta historia se sale un poco de lo que es Aspersor, dejando de lado el humor para centrarnos en un deleite de dramas cuasi mortíferos de donde salí indemne, al menos hasta estos mismos instantes en donde golpeo el teclado con temblores y miedos, por la curiosidad que siempre atesoré, que no iba a ser menos en estos albores de la muerte que creí vivir tras aquella maldita noche en la que me fui al Pontoon a darme un garbeo, haciéndome el soltero o el prostituto, y me llevé a las primeras de cambio a una mujer de extraño gesto que tras montarme en un tuk-tuk me hizo una pregunta que podría sonar a improcedente.

 

¿Tienes cocaína?

 

No. ¿Tú sabes dónde pillar?

 

Sí, vamos.

 

Y sin quererlo ni beberlo, muy lejos de querer volver a saborear las mieles de la resaca, acepté aquel trato que no tenía pinta de que me fuera a salir gratis. De camino a las afueras de Phnom Penh, borracho como una cuba –porque solamente borracho suelo ir al Pontoon pensándome lo de cobrar o pagar por hacer el acto-, fui intentado atar cabos en mi absoluta pérdida de conciencia. Para empezar, me pidió setenta dólares, desapareciendo de la escena y dejándome con otros cinco en el bolsillo y el conductor del tuk-tuk atándome en corto. Al minuto reaccioné, yéndome a por ella y dándome de narices con la nada. “Timo de la estampita –me dije–, a estas alturas de la vida”. Pero en un abrir y cerrar de ojos Sophy apareció y me pidió otros cinco minutos. Esta vez me quedé más tranquilo porque la vi meterse en una especie de locutorio repleto de ordenadores obsoletos y vacío de gentes. Mi reloj interior no debía marchar muy correctamente porque debieron pasar escasos segundos hasta que crucé el local, plantándome en una trastienda convertida en fumadero. Entre aquellos siete maleantes, Sophy, que con un gesto entre cariñoso y vertiginoso, me rogó que la esperara fuera.

 

En mi eterno nublado alcohólico fui incapaz de descifrar aquella imagen. Y cuando Sophy apareció con una bolsa repleta de polvo blanco me di por satisfecho invitando al del tuk-tuk a que arrancara para llevarnos a casa. Durante el trayecto, nos cogimos de las manos y nos juramos amor eterno, cuando aún no sabía si iba a cobrar, a pagar o a pasar una noche de soltero con otra como yo. Creo que nos besamos a tornillo. Y recuerdo que le confesé que hacía “más de un año” que no me metía.

 

Ya en casa procedimos al volcado de parte de la bolsa sobre una revista que en su contraportada mostraba a una cantonesa de las líneas aéreas Cathay Pacific, compañía con la que tres años antes estuve a punto de morir en un complejísimo aterrizaje en el aeropuerto de Taipéi. Seguramente aquello fue un aviso a navegantes pero yo andaba a las mías, interponiendo una nueva demanda contra mi salud, estabilidad mental y económica.

 

La primera raya fue gigantesca. Y me picó tanto que no caí en su ilegalidad. Simplemente, me dije, “hacía tanto tiempo”. La segunda, con el surco ya cavado, entró mejor. Pero por alguna extraña razón de mi consciencia, que aún me intentaba sacar de aquel hoyo que se convertiría en agujero negro en muy poco tiempo, me decanté por fumar chinos, algo muy extraño cuando lo que nos estábamos metiendo era, en teoría, cocaína. La destreza de Sophy, y su afán por el papel de aluminio y la pajita, me hicieron dudar de que aquello fuera lo que en realidad creía que era.

 

Esto no es cocaína. ¡Es heroína!

 

¿Qué dices? No me asustes.

 

Y como abducido, dejé de teorizar sobre algo que era trascendente para seguir fumando de manera yonqui en la habitación de mi casa, donde sin quererlo ni beberlo yo estaba en calzoncillos y Sophy en ropa interior. Otro dato que con el tiempo pasado se ve clarividente fue que camino de casa, a lomos de aquel desvencijado tuk-tuk, mi erección era abismal y que tras la cata de la bolsa aquello se transformó en una peladilla.

 

A eso de las seis de la mañana comencé a sentirme mal. Y Sophy, muy ducha, me llevó a darme una en la que me frotó con rigor y me lavó una melena que al salir del baño caía congelada sobre mi desnuda espalda. Juro que me dormí. Absolutamente en paz. Sin hacerme más preguntas que en aquellos instantes nunca hubieran encontrado una sola respuesta.

 

A eso de las once, como cuatro horas después, desperté. Y la paz seguía inundando aquel colchón que en menos de diez segundos mutó en infierno puro. Porque en ese levísimo instante de tiempo descubrí que estaba fatal. Muy mal. Con temblores, taquicardias y miedos internos. La cabeza me iba a explotar y la peladilla ya no era ni eso. Sophy dormía a pierna suelta por lo que me acerqué al baño a intentar orinar, comprobando que dos vicisitudes dominaban mi cuerpo: ni podía mear, aunque tenía unas ganas enormes, ni mantenía equilibrio alguno.

 

Aquel pasillo de casa, siempre tan favorable, se había transformado en una leve pesadilla que dio paso a otras mucho mayores cuando intenté recuperar el sueño en un imposible de yonqui novicio, en un quiero y no puedo, en una taquicardia constante en donde mi consciencia, que horas antes me intentaba ayudar, ya sólo dirigía mi cerebro hacia la palabra muerte. Sophy recuperó las ganas de fumar, por lo que en medio de aquel desbarajuste corroboré que ni Sophy me iba a pagar por follar, ni por supuesto yo a ella –“será imposible hacer el acto”, me dije–; y lo más importante: que aquello había sido heroína, y muy posiblemente de la mala.

 

Quiero morirme. Me encuentro fatal. Estoy muy mareado.

 

No te preocupes. Yo te ayudaré.

 

Era heroína. Lo sé. Hace años tomé infusiones de opio y casi me ingresan.

 

Posiblemente.

 

No tenía capacidad alguna para la pelea. Siquiera para el reproche o el debate. Además de que aquella sustancia me había dejado tan patidifuso que Sophy, mi incierta asesina, era, a fin de cuentas, la única persona del mundo que en ese momento podía ayudarme. Y ella impertérrita, fumando a destajo, ya desnuda como una recién nacida, cuando mi síndrome de Estocolmo tomaba forma ayudado por una consciencia, que aunque llegó ha advertirme previamente, se había transformado en una secuencia imparable de información mortecina, negativa, desasosegante. Quería morirme. De hecho llegué a asumir en bastantes momentos de aquella mañana que iba a perecer víctima de un infarto, y que tras analizar mi sangre los del hospital darían a bombo y platillo la buena nueva: “Joaquín Campos era heroinómano”. ¿Cuántos habrán muertos con calificativos menos ajustados a la realidad? ¿Por qué a mí, que hubiera preferido pasar a la historia como uno de esos infartados a los que les revienta el corazón en plena epopeya sexual, o masturbándose con una cuerda atada al cuello y al armario de la habitación de un hotelucho de cuarta que le asfixia hasta un orgasmo definitivo? Porque en el fondo David Carradine es el perfecto súper héroe: trabajó para Tarantino y murió de puro placer fuera de toda explicación enciclopédica formada por setenta tomos comprados bajo la broma de la domiciliación bancaria.

 

A eso la de la una de la tarde, y cuando dormir fue un imposible lleno de fantasmas y corazones que se salían por la boca, salí desesperado a un pasillo de mi casa que ya era, oficialmente, la antesala del infierno, donde vomité extrañas cantidades de agua, mientras mear seguía siéndome imposible y las lágrimas brotaban como miedos escénicos. Y en ese mismos instante, arrodillado ante mi librería convertida en acequia de vómitos, me preguntaba en absoluta disidencia con mi consciencia, el porqué de poder expulsar líquido bucalmente –vómitos imparables, cataratas de sudor: mis axilas eran manantiales-, mientras mi vejiga seguía reteniendo lo que de verdad quería quitarme de encima. “Por eso, –me dije, en otro momento cum laude de mi locura absoluta–, la heroína, en el fondo, debe ser una contradicción tan constante, que no sabes ni cuando la planeas tomar, ni cuando tenías pensada comprarla, ni con quién, ni por supuesto cómo expulsarla”.

 

A las tres de la tarde no podía beber agua. Y a las cinco, mediante los consejos de una heroinómana, Sophy, –algo así como los de una novia en ciernes o un casco azul: peligros ambos con diferentes indumentarias; más peligrosa la futura novia que cambia de traje cada día-, intenté dar bocado a un vergonzante arroz hervido con tropezones de verduras colmados de excitantes, en este caso saborizantes, que sumados a la heroína que se había hecho fuerte en mis conductos sanguíneos, borraron de cuajo mi apetito y clausuraron, de nuevo, mi enésimo acercamiento a una realidad que seguía bien lejos. La de veces que me acerqué a la ventana de casa clamando a esos supuestos ángeles que sobrevuelan nuestras cabezas a que me sacaran de aquel infierno en el que me metí sin querer aunque con una culpabilidad parecida al que asesta siete tiros a bocajarro a otra persona y es grabado por una cámara de seguridad.

 

Creo que por culpa de sus consejos “Bebe y come”, –que me decía una Sophy imparable en la gesta de acabarse la bolsa que doce horas antes había pagado de mi bolsillo– conseguí pegar ojo, que al rato de dormirme –porque los que salen a follar borrachos se meten una Cialis sin preguntar– noté un avance en mi clausura física que valió para montar a la muchacha entre mareos y realidades: seguía muy yonqui. Eyacular fue imposible, y sin duda, la erección se produjo gracias a que el efecto de la Cialis, aunque mutilado por el de la heroína, debía seguir buscando, en mi cuerpo atorado de mierda, su manera de salir al mundo exterior. Y aquella mujer, de majestuosos pechos, desnuda juntos a mi lecho de muerte, fue la excusa perfecta para que no sólo las malas sustancias ganaran en aquellas horas infernales. Pero repito, ante la imposibilidad de volcar el semen, volví, mareado, a mi lado de la cama, empapado del sudor más asqueroso, que al ser el mío me preocupó incluso más.

 

Al día siguiente, y tras haber podido recuperar el sueño, desperté como si siete trenes de mercancías hubieran usado mi cuerpo como intercambiador de vías. Me duché, muy apagado, y me miré en un espejo donde se reflejaba el gesto de un tipo que había tocado la muerte con ambas manos. Las edades ascendentes, como los pagos con tarjeta de crédito que abonas a mes vencido, no te permiten este tipo de excesos. Luego eché a Sophy de casa, que indignada, me dijo que le había dicho al menos siete veces que íbamos a vivir juntos “para toda la vida”. Curiosa mezcla la del alcohol, la falta de descanso, los vasodilatadores y la heroína. Vivir con una yonqui, el salto adelante de cualquier cooperante que de verdad quiera pasar a la historia. Al menos a la historia de la yonqui.

 

Joaquín Campos, 01/10/13, Phnom Penh.

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