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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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24 de diciembre, 2015

Morir en Camboya

 

En lo que va de 2015 han fallecido 120 extranjeros en Camboya, cifra mucho más alta –supera el triple con creces– que las mujeres muertas a manos de sus parejas en España país que, además, también más que triplica en habitantes a Camboya. Y mi pregunta, nada capciosa, es la siguiente: ¿Han visto ustedes a alguien pasarse por aquí siquiera a preguntar? No sé, ¿alguna oveja descarriada de ONG feminista con buen ojo para montar otra asociación, pedir la pasta estatal y tirarse aquí a la bartola, con el calorcito del sudeste asiático y la posibilidad real de chófer, cocinero y jardinero? O, ya puestos, ¿algún periodista, de los muchos que viven en Asia tocándose los huevos, o tocándose los huevos y fusilando a agencias de noticias, querría lustrarse el currículo con un reportajazo sobre una epidemia por la que no levanta la voz ni el Vaticano?

 

Llegan las fotos de un estadounidense al que han encontrado muerto dentro de su bañera llena de agua y sin signos de violencia. Luego, tras la autopsia, uno se entera de que había no sé cuál droga en altísimas dosis dentro de su cuerpo, para más tarde salir sus amigos y conocidos a la palestra aclarando que Tom, que así se hacía llamar, no sabía nada de estupefacientes.

 

Para aclararlo todo, decir que las tres causas principales para que muera un expatriado en Camboya son: infarto por consumo de Viagra y Cialis falsas ­–importadas masivamente desde China e India, y aceptadas por la inmensa mayoría de las farmacias jemeres; se venden hasta en tiendas de alimentación y gasolineras las 24 horas del día y a precios irrisorios–; infarto por consumo de bebidas alcohólicas adulteradas por diversas drogas, las cuales las ponen las chicas, sin conocimiento alguno, en bares de alterne donde alternan para robar a su clientela que incluso saliendo con vida no recuerdan nada tras revivir, de milagro, en las clínicas donde fueron llevados a rastras; y la tercera causa, por palizas y/o acuchillados para poder robarles en plena calle. Porque como decían en los ochenta en Andalucía: Al turismo, una sonrisa.

 

Para enterarnos de que esto es así sólo hay que pasarse por las clínicas internacionales más importantes –y necesarias, ya que en Camboya no existe un solo hospital público preparado para salvar vidas– de la ciudad, por ejemplo la SOS, donde si uno pregunta le dirán que los extranjeros residentes que más visitan sus consultas por problemas graves lo hacen atravesando la puerta de urgencias por sobredosis –casi siempre por esas copas adulteradas de droga–, infarto –supuesta medicina que ayuda a levantar la pasión cuando lo que realmente levanta es al juez de guardia de su cama para el postrero levantamiento del cadáver–, y venéreas varias: el fondo la anunciación de todo lo dicho anteriormente. A no ser que de verdad, tengas mala suerte.

 

Hace poco a un finlandés que regentaba un hostal –y desde hace una década– lo encontraron troceado, incluida la cabeza, en una macabra escena donde había mucha más sangre rociada por las paredes y suelos de su negocio que en el hospital nacional que se dedica a recoger transfusiones, bolsas de sangre. Porque lo de no donar es otro no deporte nacional en Camboya, donde en el fondo muchos no saben qué es donar y dónde hay que hacerlo. Yo no dono mi sangre por pura responsabilidad.

 

Al señor finlandés el corrupto, inculto, asesino e hilarante gobierno camboyano, dirigido desde hace tres décadas por el ex Jemer Rojo Hun Sen, lo acusó de drogadicto para quitarse el muerto de encima; y que por no haber pagado sus vicios le mataron los camellos.

 

Nada más salir a la luz esa mentira, decenas de amigos y conocidos de un finés digno –ya que fue de los primeros que fue a Camboya a generar dinero, moverlo y enseñar a camboyanos una profesión– se movieron por las redes sociales aclarando un asunto de importancia: ese señor NUNCA había tomado drogas ya que, además, participaba en carreras con frecuencia, donde a sus cincuenta y tantos, seguía haciendo estragos en los tiempos en meta. Como expresó uno en el foro de discusión camboyano Khmer 440, “No sólo tenemos que padecer su muerte por asesinato, sino estos insultos y mentiras que quedarán, mal que nos pese, en su currículo, cuando él era un deportista”.

 

Ni que decir tiene que la mayoría de los extranjeros que pisan este país ­–y sobre todo esta decrépita ciudad– lo hacen: para encontrar novia, o para casarse, o para drogarse en plan Leaving Las Vegas, o para sestear con su jubilación primermundista hasta sus fallecimientos prematuros. Pocos montamos negocios. Muchos viven a la sopa boba de la cooperación, que ya puestos podrían ayudar a sus compatriotas y cercanos en esta epidemia donde fallecen tantos que uno ya comienza a asustarse, haciéndose cada vez más amigo del guardia de seguridad que vela mis sueños, cuando a su vez, procuro salir a la calle con el gesto de loco mucho más acentuado y las ropas todavía más viejas. Que un día de estos me parará algún cazatalentos.

 

Me temo que para que Camboya salga en el mapa por algo noticiable tendrá que volver la Reina Sofía con las alforjas llenas de dinero público con el que saciar la sed capitalista de la Agencia de Cooperación Española y las mentiras del epicentro oenegero  español en Camboya: Somaly Mam, la heroína jemer preferida de su excelencia, que aparte de haberse inventado una vida por la que ha generado decenas de millones de dólares, fue considerada la heroína de la Reina para alborozo del que escribe, que nunca creyó en aquella gamberra ni en los colaboracionistas patrios que la apoyaban sabiendo que si aceptaban que era más corrupta que Luis Bárcenas sus teorías fláccidas tendrían los días contados, así como sus inmensos sueldos. A la susodicha, cuando aún no sabíamos del todo que éramos imbéciles, le condecimos el Príncipe de Asturias; hecho por el cual ya me considero aspirante a sus galardones, en la faceta de escritor… si la hubiera.

 

En un país donde llamar a la policía por una urgencia es sinónimo de entrega de dinero en mano y en billetes, nadie vela por las vidas de, en general, unos crápulas que mueren sin poder defenderse. En este sentido, queda claro, que ser blanco y occidental en Camboya es lo más parecido en Occidente a ser africano o sirio. Por mucho que follemos.

 

 

Joaquín Campos, 20/12/15, Phnom Penh. 

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