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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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28 de mayo, 2015

Oriente / Occidente

 

Entre los occidentales que se tocan sintiéndose orientales –y espero que este asunto a estudiar sea recíproco– me llama la atención una excusa que desde hace casi una década vengo escuchando: cómo vas a entender a Oriente si no hablas chino.

 

Cuando a mí un occidental, y además compatriota, me recuerda que no poseo derechos de opinión sobre el lugar donde llevo: viviendo, sufriendo, lamentándome, creciendo, amando; me siento entre derrotado y eufórico, un oxímoron que en realidad es eso: una realidad. Porque para comprobar que dos más dos son cuatro no hacía falta leerse el Tao Te King; siquiera la contra etiqueta del Cola Cao.

 

A mí siempre me ha sacado de quicio el asunto de los idiomas. Porque cada uno se agarra a la pata de la mesa que más le conviene sin tener en cuenta al resto de patas con tal de justificarse. Yo, en mi mísera capacidad para expresarme en chino mandarín simplificado –el mandarín enorme y original, recuérdenlo, fue reducido a la nada por esta nueva China que tanto se la pone dura a muchos occidentales–, comprendo que para aceptar ciertos detalles de la sociedad china no hace falta ni saber decir ‘ni hao’. Luego están los irreverentes que, como el idioma chino actual, lo simplifican todo: si no sabes chino, ¿cómo vas a comprender su cultura, diferencias; matices? Que yo me leí hace años el Lun Yu de Confucio, auténtico héroe de la filosofía china cuando un par de miles de años después no aparece sustituto para su doctrina, que qué quieren que les diga, a mí me pareció un regocijo atemporal de frases hechas, cotidianas, donde a la altura del peor Coelho parecía que el pensador chino buscaba el éxito en el lineal del futuro: el de todas las librerías de aeropuerto donde hoy se venden sus libros junto a otros de autoayuda, entremezclados con teorías políticas de Hu Jintao o éxitos de la medicina china, otra de esas bromas grotescas.

 

El otro día mantenía una conversación con amistades de prestigio, cuando una de ellas comentó que Occidente no sabe nada de Oriente y que así es normal que desde esa parte del mundo, desde donde muy probablemente ahora mismo usted me esté leyendo, las opiniones sobre Asia sean bruma. Niebla. Basura, para ser más exactos.

 

Estuve, aturdido, dándole vueltas al asunto; intentando descifrar el porqué de mi desdicha con esta China –yo no transité, al menos que yo sepa, entre las lindes de este mundo hace miles de años, cuando Confucio abría la boca y supuestamente subía el pan– que a mí, por mucho que haya nacido y crecido en Occidente, sigue pareciéndome una auténtica basura. Y para volcar la contra a la teoría de mi amiga, las siguientes líneas.

 

A ver: a mí China me parece la finalización de una época; la desembocadura de la humanidad que a mí me enseñaron. Y sí, no hablo chino, aunque podría cruzar toda China, desde Kashgar a Shanghái pasando por Kunming y Harbin, con mi paupérrimo mandarín cogiendo taxis, trenes, aviones, pidiendo comida y negociando habitaciones de hotel, además de masajes y otros asuntos, entre los que incluyo enamorar y casarme. Pero que quede algo claro. Y además, meridianamente claro: de la misma manera que creo que a mí Occidente no me programó para sentir, en cierta manera, asco por esta China, amo a Japón –donde lloré un par de veces, paseando por sus calles, bebiendo y comiendo–; querría residir en Mongolia; vivo feliz en Camboya, que no en Phnom Penh; Taiwán es otro de esos destinos a los que debería volver; en Tailandia casi he llorado por lo mismo que en Japón: paseando, bebiendo, y sobre todo, comiendo; y, resumiendo, salvo en China siento más que padezco. Por lo qué, ¿cómo es posible que si yo no hablo ningún idioma de la zona sienta tanta predilección por tantos países orientales cuando en teoría yo no debería saber nada de Oriente?

 

Escohotado, eminencia sin discusión alguna, ya lo dijo en su día cuando algún imberbe le obsequió con la clásica perogrullada del paria: tú no hablas tailandés. Y Escohotado, que llevaba años residiendo en dicho país, contestó como sólo saben hacerlo las purezas originales, diciendo algo así como que “no me siento orgulloso de no haber aprendido tailandés, pero debo reconocer que investigué, y en las últimos 500 años no ha existido escritor de interés que haya publicado nada en dicha lengua”.

 

En Camboya no hay librerías. En Vietnam casi ninguna. China, porcentualmente, debe ser de los países del mundo con menos lectores, incluyendo revistas del papel cuché, recalcando que ser librero es un rara avis. Y para eso no hacía falta ni leer a Confucio ni aprender chino. Porque yo me quité el sombrero leyendo a Mishima, Kawabata y Oé, entre otros autores nipones, mientras que tras intentarlo con Mo Yan –ese escritor subido a los altares por los grotescos premios Nobel que un año antes humillaron al Partido Comunista chino con el Nobel de la Paz a Liu Xiaobo– y, principalmente, con Wu Jingzi y su insufrible ‘Los mandarines’, quedé convencido de que tantas décadas –o siglos– de desperdicio, por mucho que formen casi el 25% de la población mundial, eran una pesa contra lo que mi amiga quiso explicarme el otro día: que somos incapaces de comprender a Oriente –ella, sin duda, se centraba en China; o asumía que China es toda Oriente– desde nuestro punto de vista.

 

Mi sueño, probablemente mi último gran sueño vital, es vivir en Japón. Y perjuro que nunca me incitó a ello cualquiera de los gobiernos de mi ex querida España, cuando tampoco me alentó a sentir repulsión por China y su cultura milenaria que hace ya mucho tiempo que fue sustituida por el vacío, cuando en China un iPhone vale muchísimo más que cualquier frase del orgullo nacional Confucio, que leyéndole por sus pensamientos uno asumiría que, a día de hoy, habría renegado de esta China; y sin ser, precisamente, occidental y/o ignorante.

 

Como me dijo un amigo francés que aprendió chino mandarín simplificado, hablado, leído y escrito: “Lo peor de China no es padecer este día a día –residía en Pekín, bajo una nieve tóxica continua, entre otros pesares, que se llevaron a la tumba a su suegra de sólo 47 años por cáncer–; lo peor es comprobar, a medida de avanzas practicando con esta lengua tan maravillosa como mutilada, de que por estas tierras, y con estos lugareños, poco tenemos que hacer y aprender, los que amamos esta cultura milenaria que ya no es ni cultura ni milenaria”. “Si fueras chino por esta frase te habrían matado, o como poco, enchironado”, le dije; “Ya, pero los nuestros siguen viendo el vaso medio lleno. Y así le seguimos riendo las gracias a esta máquina de picar no sólo carne humana, sino cultura”, me dijo.

 

Porque si para comprender a un país hiciera falta dominar su idioma hoy día el mundo estaría en manos de los traductores. Que yo un día conocí a una, que en medio de un viaje a La Valeta, me dijo si allí eran típicas las cuberterías de cruz de malta, además del whisky de malta. Que resumiendo: si ésta Pekín hoy fuera la capital de España los mismos que defienden Oriente hasta el límite de mi capacidad de compresión estarían ahora mismo manifestándose en el paseo del prado encadenados a árboles centenarios.

 

 

Joaquín Campos, 26/05/15, Phnom Penh.

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