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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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24 de junio, 2015

Redada

 

Tres redadas en la misma semana han saltado a los medios de comunicación camboyanos donde la policía ha hecho desaparecer a buena parte de las prostitutas –muchas moribundas–, los enganchados al ice –droga durísima no sólo por sus efectos sino por su bajo precio, que la hace accesible a cualquier paria de esta sociedad– y resto de maleantes que pululan por una zona que daría para tres teleseries, siete éxitos hollywoodienses emitidos la gran pantalla y catorce novelas. Los entresijos del asunto parecen pasar desapercibidos para los ojos de los miles de extranjeros que una y otra vez cruzan por la zona haciendo la vista gorda, en el único caso donde la obesidad no es defecto. Porque en el cruce de las calles 51 y 152 –justo donde el Pontoon llena de gloria inventada las noches del ectoplasma social importado, que utiliza dichas instalaciones para dar rienda suelta a sus sueldos entre ‘cincomil y diezmileuristas’– se muestra una de las claves de por qué Phnom Penh es lo que es: un lugar entre vacío y peligroso, que nada en ríos de mierda y que no ofrece más que sexo barato y glutamato monosódico para los que, sin embargo, nunca son detenidos. Y me refiero a la manada de extranjeros que pululan por la zona en chanclas y camiseta de tirantes, que caminan encorvados como zombis de películas de serie B.

 

Yo, en mi suerte relativa, sí me di cuenta de la catástrofe humana que emerge de la zona, habiéndole dado a la tecla sobre el asunto hace ya años cuando yo también participé de ese camposanto habitual. Pero debe saberse que es indignante cuando del zoo se llevan esposados y amontonados en camionetas a los animales dejando a sus cuidadores y al público en general en libertad.

 

La única razón para que prostitutas demacradas y vendedores y consumidores de droga decadente hayan sido detenidos ha sido por los planes urbanísticos de un gobierno local que quiere levantar un parking con tiendas y cines en la zona que hoy es la antesala de la muerte y que en unos meses será la antesala de la muerte en vida. Y cómo no, a esta razón se une un detalle entre nazi y sin igual: sólo los oriundos irán a campos de reeducación, donde se dan más hostias que se educa, cuando la marabunta extranjera, en chanclas y camiseta de tirantes con leyendas vergonzantes por ridículas, sudados hasta el hedor corporal por los efectos de las drogas, y bebidos hasta que en algunos casos acaban orinándose encima, son pasados por alto en un caso exactamente contrario al que ocurre en nuestro querido primer mundo, donde se deporta al moro que trafica, a la nigeriana que ofrece sexo en los parques y al no nacional que acepta ambos ofrecimientos. Y al de Parla, una reprimenda en forma de breve en el noticiero, a poder ser con foto o video colgado en las redes sociales, para que avergonzado deponga su actitud que en sí no es más que una necesidad vital, repetición de las necesidades vitales que desde tiempos inmemoriales necesita el ser humano.

 

Nunca fue mi sueño, ni mucho menos mi intención por intereses económicos –esa mierda del sueldo fijo hasta la jubilación, algo así como emparejarte con la misma hasta la extremaunción–, trabajar para gobierno alguno: ni local, ni regional ni nacional. Ni siquiera europeo, que ya los hay, con no sé cuántos funcionarios viviendo en Camboya mientras nadie sabe a ciencia cierta para qué sirve la embajada de la Unión Europea en Phnom Penh. En España muchos se pirran por esta ofrenda a las vidas de otros, cuando la de uno debería ser la preferente. Pero en Camboya, y no hablo de broma, me encantaría ser el director de un nuevo puesto a tener en cuenta: Capo Decisorio en la Aceptación o no de Extranjeros (CADE). Y les juro que más de uno, con tarjeta visa, 7.000 euros en efectivo, y ganas de pasárselo bien, se iba a volver deportado a su Glasgow natal, donde deberían hacerse cargo de su propia escoria.

 

En Camboya entra cualquiera porque cualquier militar acepta diez dólares de coima. Porque el país anda entre empobrecido e inútil y el mañana no existe. Y porque los mismos estados –los nuestros– que ponen restricciones a los que quieren entrar a buscarse la vida permiten salir a los que no sabemos ni por qué vinieron al mundo. Que en un planeta con 60 millones de desplazados sorprende que, en casos tan flagrantes como Camboya, donde el extranjero en su inmensa mayoría sobra, las redadas sean sólo contra nativos.

 

En un mundo superpoblado, supersoluciones. Y a mí que me den la batuta de los que sí y los que no deberían estar en un país sumido en la eterna depresión soleada y risueña que tanto pone a mis vergonzantes paisanos.

 

 

Joaquín Campos, 18/06/15, Phnom Penh. 

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