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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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20 de mayo, 2015

Sexualidades (2)

 

Hace justo dos meses narraba con irritación que en Camboya el cambio de interés sexual es una normalidad como en España es encontrarse con bares en los tanatorios. Porque o si no sería prácticamente imposible justificar los cambios de tendencia sexual de mis empleados, ninguno tatuado, todos alejadísimos del mundo de las drogas, y hasta a los que les da vergüenza que su jefe pronuncie la palabra ‘pene’.

 

Pues bien, Phally, 18 años, 40 kilos de peso, sonriente hasta la molestia, acaba de anunciar, vestida de camarera, que se casa. Y bien ¿qué hay de sorprendente en que una mujer desee pasar por el juzgado a cambiar su estado civil aunque recientísimamente se haya hecho oficial su mayoría de edad? Pues que la jovenzuela Phally, que siempre llega a su hora y se marcha cuando cerramos, había alardeado de su lesbianismo, publicando en las redes sociales fotos con su pareja –una mujer– y comentando, a diestro y siniestro, que a ella le gusta más el pescado que el filetazo.

 

Como en Camboya las bodas homosexuales no están permitidas –las heterosexuales deberían vigilarse más porque una inmensa mayoría de los que cambian de estado civil son ex menores de edad, sin experiencia alguna, cuando no son directamente ancianos extranjeros que compran a veinteañeras con más ambiciones que escrúpulos–, me quedé anonadado con su anuncio. Phally, lejos de sonrojarse o siquiera sorprenderse, continuo exprimiendo su sonrisa –no se creen todo lo que ven: en el sudeste asiático la gente no ríe sino que ése es su estado natural, defequen, vengan de un entierro o salgan de una administración de lotería tras cobrar un buen pellizco– para corroborar que “un antiguo amigo” iba a ser el que la desposara.

 

Como en mi restaurante no dispongo de oficina, la cité a la entrada del baño, mientras Phally rellenaba de papel secante el vaso que colocamos junto al grifo, que fue cuando le pregunté si estaba segura y todas esa retahíla de tópicos que siempre terminan asociándose a la misma respuesta: “Sí, estoy segura y contenta”. Tras el autismo provocado por mi parte, llegó la clave del asunto: “Mis padres me lo aconsejan”, me dijo, sin dejar de sonreír. Por un momento creí ver en ella a los que en el País Vasco pagaban –y a lo mejor siguen pagando– el impuesto revolucionario, que uno siempre ha sabido que más que en carreteras y obras públicas revierte en que, como mucho, sigas con vida.

 

Que una lesbiana se case por un hombre no debería ser motivo de prisión. Salvo si han sido los padres los que han provocado semejante desaguisado, para que la vecindad ande contenta de que una de las niñas de la familia de no sé cual vecino haya celebrado una fiesta en plena calle, con orquesta y 400 invitados, por la que recaudó 3.000 dólares: el equivalente a 20 sueldos altos.

 

Rápidamente me apresuré a investigar en las redes sociales, donde en su perfil seguía apareciendo dándose el lote ante la cámara con una chica algo más masculina que El Fary, que fue cuando acepté que las bodas, en general, son un negocio, y en Camboya y buena parte de Asia, una negocio y una absoluta falsedad. ¿Invitará a su ex novia homo a su boda con un compañero de su barrio? ¿Sabrá éste que su futura esposa sabe más de muchachas que de muchachos?

 

Lo más impactante del asunto era verme allí, sobreexcitado, levantándome de mi asiento, mesándome la melena con cierta pasión, mientras el resto de mi personal aceptaba de buen grado el que una de sus compañeras hubiera cambiado de sexo de la noche a la mañana: algo mucho peor que estrenar zapatos y que los de la oficina no caigan en tan importante detalle. Mi manager, el cual se casó hace mes y medio, también sonreía ante mis preguntas, a sabiendas de que en el sudeste asiático ríe todo el mundo, y que él se casó hace escasas con otra de su pueblo cuando, a la vez, mantenía relaciones con una chica de la cocina que hoy también dice ser lesbiana. Que así da gusto: uno no ya cambia de pareja, sino de sexo, a las puertas del auténtico salto adelante: cambiar de amigos. Que en esas estoy.

 

 

Joaquín Campos, 17/05/15, Phnom Penh. 

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