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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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8 de abril, 2015

Teoría del fin del mundo

 

Quiero exponer por mediación de una depreciación evidente una advertencia clara de la cercanía del fin del mundo. El fin del mundo por exagerar lo que en sí será el fin de una época a no ser que las bombas nucleares acaben lanzándose por docenas, asunto que en absoluto no descarto.

 

El ser humano se deprecia. Y por eso yo publico novela además de poesía. Y además, y con la que está cayendo, en papel. Con mi caso se demuestra que la literatura, por muchas nuevas anécdotas que genere la vida, tecnología creada por el hombre y demás avances alcanzados en relación con el universo, va a peor. Por eso publico.

 

Pero quiero centrarme en un asunto mucho más peligroso que el dramatismo de ver a las letras depreciándose. Y hablo del ser humano, y en este caso, del ciudadano chino residente en China, separándolo del que llaman chino que es de Taiwán o de los que utilizan el cantoneses como lengua vernácula y residen en Hong Kong y Macao. Simplificando: el chino de China.

 

Resido en Camboya, una clarísima muestra de subdesarrollo en general: no hay atisbo de cultura propia o ajena, no se editan libros además que nadie lee, el nivel escolar es paupérrimo, su cocina insultante, y su historia reciente no está bañada de sangre, sino ahogada en ella. Por ende, los que acabamos por estos lares no somos ni filósofos ni artistas; como tampoco los mejores cocineros ni los más exultantes cooperantes; sólo somos supervivientes capaces de mantenernos a flote en estas tierras encharcadas con mayor facilidad debido, en algunos casos, al coste de vida, bajo aunque creciendo hasta la sinrazón, y a la parte femenina de la población oriunda, que tan sorprendentemente aceptan a cualquiera que les llegue tatuado y subido a unas chanclas, incluso con sesenta años mal llevados. Ayer mismo me contaron de un alemán veinteañero y con estudios que por gastarle una broma unos amigos diciéndole “mira, aquella camarera no te quita el ojo de encima”, acabó pidiéndole matrimonio a la semana. Ocurrió en Phnom Penh. Ella, por supuesto, era jemer. Ni que decir tiene que en su querida Baviera había hecho el acto muy pocas veces y siempre abonando. Por lo que yo, a causa de que por estos lares no piden antecedentes penales a los que llegamos sin justificación alguna, al menos exigiría antecedentes sexuales, ya que si se fuera medianamente exigente con ese documento aquí quedarían cuatro extranjeros mal contados.

 

Pues bien, a Camboya llegan hordas de turistas de perfil bajísimo. Un turista medio en Camboya, para que lo entiendan, es lo más parecido a un cooperante sin trabajo ni proyecto, o a un universitario que ha tardado siete años en llegar a segundo de Derecho. Visten parecido, se tatúan las mismas idioteces, y sientan cátedra sobre muchas idioteces inservibles e irrealizables. Este tipo de turista, en su mayoría, es anglosajón post o universitario. Abundancia de chicos sobre chicas –¡maldita igualdad!– que vestidos con camisetas de equipos de fútbol o de la NBA tiran fotos mientras, entre el cambio de un día al otro, se tiran a lugareñas por 20 dólares la noche. Además, se beben cerveza por medio dólar, pernoctan por cuatro entre mosquitos y ruido estridente de ventiladores ochenteros, y se comen pizzas con marihuana (happy pizzas: lo que no tuvo cojones de inventar el gran Ferrán Adrià tan obstinado en las texturas y nunca en los pedos) por siete. Resultado: para dar cobijo a ese espécimen no hacían falta levantar museos ni bibliotecas, si acaso más prostíbulos y alguna que otra cárcel con antena parabólica. Por ello, una de sus atracciones favoritas, además de mojar el churro y pillarlas muy gordas, es marcharse al extrarradio de Phnom Penh, probablemente la capital más fea de Asia –aún no he visitado Daca–, para saciar un deseo que en mi caso me resulta mucho más repugnante que los dos ejemplos citados anteriormente: matar vacas, entre otros animales, con un fusil arcaico o un bazuca que algunas veces les explota en sus mismas narices, con el resultado evidente de que Camboya debe ser el único país del mundo que no padece un proceso bélico donde cada año mueren jovencitos extranjeros drogados hasta las cejas con las sienes reventadas cuando nunca miraron en el diccionario el significado de la palabra suicidio. Algunos podrán decir que nuestro ex Rey, Juan Carlos I, también cazaba y acababa malherido. Pero este texto no desea advertir del posible deceso de la monarquía española sino que advierte por mediación de un ejemplo sangrante de algo aún mucho peor; o mejor, según se mire: el mundo, o al menos nuestra época, amenaza con extinguirse.

 

Si Camboya muestra sólo un ejemplo del devenir de las sociedades occidentales, representada por infames veinteañeros británicos, australianos, americanos y rusos –primos hermanos de los que saltan en Mallorca desde un octavo piso a una piscina con la buena suerte de que acaban estrellando todos sus órganos vitales contra el suelo, errados por tanto alcohol y farlopa–, que cuando se les calienta el pico salen a matar vacas, cerdos, gallinas y vete tú a saber qué otros animales, ahora resulta que sus sustitutos, y por mayoría absoluta, son ciudadanos chinos –mejor llamémosles ‘seres humanos’, que a la categoría de ‘ciudadanos’ e incluso de ‘personas’ aún no llegan, al menos estos que disparan a bocajarro ráfagas de metralla a terneras inocentes– que sin cenar pizza atiborrada de marihuana ni cargar con tatuaje alguno, vestidos con ropas de marca además de conduciendo flamantes coches deportivos último modelo, cuando es rotundamente evidente que rondan los 50 años de edad y pernoctan en hoteles de lujo por 500 dólares la noche, manejando importantísimas empresas chinas en facturación y número de empleados, y que se traen medio millón de dólares de media y en efectivo para pasarse un fin de semana en el Nagaworld, casino-hotel-prostíbulo convertido en La Meca de los mandarines, han tomado las riendas de tan asombroso entretenimiento llegándose a la absurda foto-fija que advierte que, a este paso, se acabarán antes las vacas que las balas. Quede claro que no me refiero a los fardos de paja.

 

Te topas con un autobús con 56 chinos más el chofer y viendo el cartel incrustado en su luna delantera uno no tiene más remedio que seguirlos: ‘Shooting Phnom Penh’. Cuando ‘shooting’, se traduce como ‘disparo’, ‘tiroteo’ y en la jerga barriobajera, como ‘chute’, si habláramos de drogas y drogodependientes. Bonita metáfora para el caso que les cuento, con señoras ‘han’ ascendidas a tacones imposibles, agarradas a bolsos de Cartier como se agarran los carteristas españoles a cualquier cartera, y señores mandarines empuñando puros cubanos de a cinco dólares la calada pegando gritos de euforia por la cercanía de un evento histórico: por 400 dólares podrán lanzar una granada de mano contra una vaca que saltará en pedazos mientras el resto de la comitiva tirará fotos con sus iPhones y demás artilugios aparentemente pacíficos. Y si esto no es el final de una época que un tsunami de Fairy al limón me lleve por delante. Algunos de esos psicópatas, seguro, deben ser abuelos. Y ni lo duden, al llegar al hogar dulce hogar: “Mira nieto, este pedazo rojo que se ve en la foto debió de ser un trozo de la vaca que reventamos con un par de granadas. Saltaría a la pantalla del iPhone, que fíjate tú si se llega a quedar inservible”. Y el nieto brincando sobre el sofá del Ikea con unas garras de pollo entre los dientes.

 

Por lo que si hasta hace dos días eran estúpidos americanitos, veinteañeros o casi menores de edad, rubitos y drogados, los que disparaban contra animales desquiciados por la tensión, a uno le cuesta creerse que chinos bien vestidos –lo de ‘bien vestidos’ lo digo por las marcas utilizadas, no por la selección de prendas y colores, otro asunto a estudiar–, multimillonarios y con nunca menos de 40 años de edad sean sus sustitutos. Como iba diciendo: nos depreciamos de manera evidente. Y ante los ojos de todos. Porque lo único bueno de la globalización es que narra en vivo y en directo todo asunto. Y hace un siglo nadie habría sabido, al menos en tiempo real o casi, que chinos multimillonarios se pasan un fin de semana en Camboya tiroteando vacas y jugándose el PIB de Yemen en tres partidas de póquer mientras hacen gárgaras con el vino tinto vendimiado a mano y en terrazas, además de envejecido en las mejores barricas nuevas de roble Allier.

 

Los corresponsales occidentales en suelo chino merecen darse una vuelta por Camboya; además de por conocer a un país camino de ser sucursal china, por observar qué tipo de extranjeros venimos por estos parajes, cuando el chino ya es inmensa mayoría en dos asuntos a tener en cuenta: el Nagaworld, casino-hotel-prostíbulo, y el extrarradio de una capital donde, para mayor sorna, se entremezclan, por su cercanía, los Killing Fields y sus cráneos expuestos a la vista de todos, herencia tras el lustro aniquilador de los Jemeres Rojos, y estos nuevos campos de matanza donde el rubiales occidental ha dejado paso a marabuntas de chinos pudientes que ofrecen una muestra más para que acabemos por convencernos –los que hace tiempo que dejamos de ser incrédulos ya venimos advirtiéndolo en nuestro círculos– de que el fin de una época, nuestra época y la de nuestros abuelos, está cada día más cerca de la línea de meta. Y seguramente los chinos, duchos en estos asuntos de hacer negocio cueste lo que cueste, buscarán patrocinador para ese fatídico día, con el ganador rompiendo la cinta bajo un arco publicitado por Coca-Cola, Moutai o, ya puestos, Madrid 2024.

 

 

Joaquín Campos, 04/04/15, Phnom Penh.

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