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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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16 de abril, 2015

La tonta del bote

 

Lina Morgan hizo famosa a la comedia española setentera ‘La tonta del bote’ dando vida a una desgraciada que aparte de recoger colillas del suelo, las cuales metía en un bote, era vilipendiada por una sociedad que se reía de ella y sus ilusiones.

 

No podría decir que la entradilla que acaban de leer tenga mucho que ver con lo que a continuación les voy a narrar pero déjenme decirles que el título de aquella película, que décadas atrás nació como obra de teatro, viene como anillo al dedo para un texto, éste, que supongo les dejará con la boca abierta, o al menos, entreabierta.

 

Hace unos días, en Phnom Penh, aterrizó una ciudadana italiana provista de ropajes hippies y ganas de pasar a la historia. Según deduzco, había engullido películas, reportajes, además de leído en libros e internet, asuntos que tenían que ver con un mal de nuestra sociedad, la pedofilia, que en realidad es un asunto que navega por nuestro ADN desde tiempos inmemoriales.  

 

Camboya ofrece, para los que quieren pasar a la historia sin medir las consecuencias, aparte de casos flagrantes de pederastia, donde muy mayoritariamente es el nativo el practicante de semejante atrocidad, una temperatura perfecta –sobre todo si viajas desde el norte de Italia, con primaveras en las que aún nieva– además de hoteles ultra baratos y menús a dos dólares; que no es lo mismo, como ya vengo contándolo desde hace años, salvar al mundo en el sudeste asiático que en Siberia, donde también haría falta una buena manita de pintura.

 

Pues bien, coincidiendo con la Semana Santa, la señora italiana se vino a Camboya donde ejecutó su plan mortífero, que supongo debió ser trazado meses antes: salió de su hotel en chanclas y camiseta de tirantes –primer error–, con una cámara de video talla XXS, y unas ganas tremendas de volver a su Italia natal en olor de multitudes. Que ya puestos, y viendo el resultado de su plan terrorista, le habría salido más barato buscarse novio o novia o, directamente, haberse tirado al Tonle Sap atada a una piedra de media tonelada, río que parte a Phnom Penh en dos y que luego se entrega al Mekong, que lo devora.

 

Porque la italiana que recibió educación gratuita y todavía mama sanidad ídem, se encaró con un señor, occidental, que llevaba a un niño de cinco años, descamisado, sobre sus hombros, y a otro de tres, cogido a su mano izquierda. Ella se les cruzó, con la cámara, gritando como una posesa: “¡Pedófilo, te estoy grabando!”. Entonces, las gentes se arremolinaron en torno a ellos –el acontecimiento interestelar se gestó en el Riverside, una de las zonas más pobladas de locales y turistas de todo Phnom Penh, a plena luz del día– y al unísono, los cotillas, comenzaron a tirar más y más fotos. Debe saberse que ambos niñitos, muy morenos y de apariencia jemer, eran los hijos del señor que era grabado por la tonta del bote. Él, alemán, casado con una camboyana, ni daba crédito ni agredió a la italiana. Se contuvo. Pero claro, nunca pudo llegar a imaginar que aquel paseo con sus hijos se iba a convertir en un ataque terrorista. (Quiero recalcar ese afán industrial-cinematográfico-visual de nuestras época en donde salir no ya en Youtube, sino en la portada de nuestro diario regional, nos pone más cachondos que creernos Richard Gere sacando a su muchacha de la factoría textil en un final de ‘Oficial y Caballero’ repetición constante de la vida real, en donde las naciones pudientes y paupérrimas sólo se acercan o casándose o gracias a las películas y teleseries).

 

Ni que decir tiene que la italiana, desde ya ‘La tonta del bote’, salió indemne de una muestra diferente de terrorismo –aquellos que se toman la justicia por su mano cuando son incapaces de comprender lo que leen, vestirse por los pies y asearse en condiciones– cuando ambos niños, asustados, lloraban, y el padre, encogido, intentaba alejarse de la marea de basura social que seguía tirando fotos como si tal cosa; que suerte tuvo de que en aquella marabunta no hubiera más tontos del bote como la italiana, protagonista de este texto, que intenta explicar qué tipo de residuos y baratijas envía Occidente hacia Camboya: el auténtico tercer mundo asiático.

 

Hay muchas maneras de luchar contra la pedofilia, pero ésta, como podrán comprobar, no es ni la más efectiva ni la más humana. APLE, una ONG que vagabundea desde hace años por Camboya luchando contra la prostitución infantil, carga con la triste fama de ser la punta del iceberg de una serie de organizaciones que premian al conductor de tuk-tuk con importantes sumas de dinero si denuncian casos de pederastia. Como podrán imaginarse, y en un país con un sueldo medio de 80 dólares mensuales, sin educación y muy necesitado, por lo tanto, de ingresos extras, se han venido produciendo en los últimos años numerosos casos de denuncias falsas contra turistas, sólo por cobrar el premio asignado por una ONG irresponsable hasta límites insospechados que premia al chivato sin haberlo previamente humanizado. Ni que decir tiene que también en APLE han sido numerosos los casos destapados de pedófilos que hoy, afortunadamente, pasan sus días entre rejas. Pero si para cazar a cuatro enfermos hay que joderles la vida a siete inocentes…

 

Yo, desde esta bitácora sin igual, propongo a los que se creen capaces de salvar al mundo desde el salón de sus hogares que se aten al cuello una capa roja, se vistan con un traje azul ceñido con una ese amarilla pintada en el pecho, y que salten desde la azotea de su edificio. Si consiguen volar tienen mi permiso para venirse a Camboya con una cámara de video y ponerse a cazar pederastas. Tontos del bote.

 

 

Joaquín Campos, 14/04/15, Phnom Penh. 

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