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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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2 de abril, 2015

Tren a Khon Kaen

 

¿Dónde queda la ciudad de Khon Kaen? No lo sabe casi nadie. Yo de hecho no lo supe hasta hace unos meses cuando un profesor de la universidad de la citada ciudad tailandesa cursó una invitación para que me acercara hasta aquí y les diera una charla a sus alumnos de español, una lengua que por mucho que España y sus institutos Cervantes se empeñen en lo contrario –burocracia e ibérico: la nueva metástasis– se expande como los sucesos en los informativos.

 

Suenan en mis auriculares el Omega de Enrique Morente y Lagartija Nick, tributo al honor, la creatividad, además de a Leonard Cohen y Lorca, en un amanecer nublado pero emocionante –como todos los amaneceres en lugares desconocidos– en donde usurpo la legalidad adosado a la recepción del hotel Sawasdee, donde no me quedaré a dormir aunque aproveche a manos llenas no sólo que posea recepcionista de noche sino hasta conexión a internet para escribir esta crónica. Sus cervezas Leo de algo más de medio litro servidas sin esfuerzo, que pedidas en la ex reciente madrugada levantan alguna ceja ajena de preocupación, me sirven de desayuno. La decoración del hotel, entre obsoleta y auténtica: como las abuelas que ya muchos sólo tenemos en los recuerdos de una vida infantil; cuando tener abuela con 41 sería una extrañeza parecida al acné en la vejez.

 

Pero antes de ver salir el sol en este hotel de tercera debe saberse que yo tomé un tren desde la estación de Bangkok hasta Khon Kaen, viaje que venía perpetrando desde hacía meses a sabiendas de que un turbohélice de la Thai Airways es mucho menos romántico que un tren japonés de hace medio siglo reconvertido en tren tailandés. Tras mi decisión por el ferrocarril –que es como cuando en las discotecas adolescentes prefería la carne de tercera a sabiendas de que eran más enamoradizas a la par de abiertas y accesibles– elegí primera clase por dos razones evidentes: la posibilidad de que una danesa viajera y treintañera me tocara en suerte; y, a sabiendas de la prohibición militar para beber dentro del tren, uno sabe que cerrando el compartimento no sólo puede descorchar a gusto sino hasta vendimiar y fermentar según la tardanza del viaje que en este caso llegó a su destino en punto, demostrándose que los trenes japoneses, incluso los que ya no les valían y repartieron por el mundo hace décadas, poseen un fallo de fabricación: llegan a su hora sí o sí, sin importarle qué raíles surquen, qué jefes de estación les afeen modificando el color de los semáforos, y qué horarios les impongan estúpidos funcionarios politizados.

 

Desde el andén número 5 comprendí que los AVE españoles y los Shinkansen nipones son tan necesarios como evitables en noches sin prisa donde a uno le apetece mucho más viajar lentamente que magnéticamente, en plan futurista, flotando entre la modernidad y el sofoco, a pique de llegar tan pronto que antes de tomar asiento te des cuenta de que ya te tienes que levantar.

 

Mi compartimento, finalmente, sólo fue invadido por mi presencia, eternamente agradecido a que la compañía nacional ferroviaria tailandesa no venda tantos billetes a Khon Kaen, habiéndome permitido dormir a la pata ancha, roncando y sacando el vinate que tenía escondido en la maleta, cuando el militar que picaba billetes –las dictaduras son así; que se me presentó engalanado y con el uniforme sin esbozar la más mínima sonrisa– abrió la puerta sin llamar que fue en el exacto momento en el que, tras su marcha, la cerré por dentro tras emitir algún sonido de queja, siempre contenido. Luego llegó la cena, por supuesto no servida por una azafata golosa, sino por una abuela experta, que sin exigir su propina acabó ganándosela. Sobre todo cuando pedí una ración extra de arroz hervido ante la contundencia del curry, picante en demasía aunque siempre entonado con mi paladar. Luego todo fue coser y cantar: leí a Sender, y como no bebía casi nada caí en un profundo sueño del que desperté cuando el militar de los cojones aporreó mi puerta. Eran las cinco de las mañana. Salí erecto –me estaba meando–, en calzoncillos y dispuesto a agarrarle de la pechera, dándome cuenta de que en la cárcel hay tanta gente por culpa de estupideces como casi ninguna por un mal despertar. “En cinco minutos llega el tren a Khon Kaen”, me dijo; “Ya lo sé”, le contesté, despeinado, con las comisuras de mis labios en diferente trayectoria a lo que debería ser una sonrisa agradecida por aquel despertador humano de evidente deje bélico.

 

Mientras esperaba en la puerta del vagón, comprendiendo infantilmente cómo se detienen los trenes, poco a poco, elevando su sonido estridente, obligándote a agarrarte a cualquier saliente del estrecho pasillo, recordé lo que me dijo la azafata cercana a la jubilación trayéndome la cena, que fue cuando antes de caer dormido barrunté planes literarios:

 

Luego quiero ir al coche-bar.

 

No hace falta que vaya: aquí le servimos lo que desee.

 

Ya, pero yo quiero ir a verlo.

 

No vendemos alcohol.

 

¿Y qué le hace suponer que yo bebo?

 

¿Acaso quiere intimar en el vagón de mujeres?

 

¿Vagón de mujeres?

 

Sí, los dos siguientes vagones son sólo para mujeres.

 

Suerte que el cansancio me apartó de la ilusión que si no. Luego me enteré de que hace unos meses unos imbéciles violaron, borrachos, a una niña de trece años, a la que luego lanzaron por la ventana. Los militares, en este caso, y utilizando su fuerza y poder, tomaron una decisión parecida a las que suele tomar el gobierno chino que mata moscas a cañonazos sin poner atención en los daños colaterales: que no beba nadie; y separar a las mujeres para que viajen alejadas de los hombres en vagones diferenciados. Pero como venía diciendo, el cansancio acumulado, el traqueteo del tren y Ramón J. Sender acabaron por dormirme. A eso de las tres de la madrugada desperté en alguna ciudad desconocida. Las luces del andén me deslumbraron. Pero todo era tan perfecto que yo, con problemas reconocidos para conciliar el sueño, volví a caer frito hasta que aquel militar iletrado golpeó mi puerta con violencia inusitada. Como venganza oriné en el pequeño seno de mi compartimento, utilizando como cisterna el grifo. Luego descorrí las cortinas apreciando que la noche en tren no ofrece nada, salvo que las luces de una estación te deslumbren, en lo más parecido a una dosis de LSD tomada de manera comedida. Y entonces me abracé.

 

 

Epílogo:

 

A los dos días y medio tomé el tren de vuelta, diurno, que aunque menos digno que el nocturno seguía siendo eficiente, diferenciándolo del avión en ese aumento de visión a causa del panorama celestial a través de la ventana roída por el tiempo, el viento y la arenisca. La visión, de incalculable valor: campestre, animalesca, simplemente humana, verde y pura; la que genera el vaivén de un tren obsoleto posado sobre las traviesas y railes del nuevo mundo, aquel que tose contaminado y socialmente injusto en un crecimiento desordenado aunque alabado por economistas, diplomáticos y empresarios estúpidos y occidentales, que al final sólo se acercan a estos nuevos parajes a explotar o follar, y a veces a las dos opciones a la vez. El tren, como iba diciendo, que ya no sirve alcohol por esas teorías humanas y penosas, llegó con hora y media de retraso a Bangkok. A la mañana siguiente, ya en Camboya, comprobé que la suerte va por barrios: el mismo tren doce horas después, y realizando el trayecto en sentido contrario, había chocado con una máquina mandando al hospital a sesenta pasajeros, algunos todavía cercanos a dejar herencia. Yo bebía cerveza en un veinticuatro horas de la calle 136, junto a muchachas asombradas por la altura que tomaron aquellos vagones tras estrellarse contra una máquina locomotora. La televisión camboyana emitía el drama en horario de máxima audiencia. Que a los países vecinos les encanta mostrar dramas vecinales, para sacar pecho, cuando en Camboya no hay tren ni cultura ni nada que rime con futuro. Como en aquel bar de los demonios no supe explicar mi casi incidente vital/accidente total toqué la campana que por estos lares significa que debes invitar a todo el bar a una consumición. Lo celebré a solas, poniendo música en el ordenador obsoleto que sirve de fonoteca, desde Golpes Bajos a Magazine. Luego respiré tranquilo, volviendo a casa en un paseo entrañable, repleto de sudor y amenazas de tuktukteros, en donde por unas horas no fui portada de la prensa española, tan necesitada de dramas patrios. Joaquín Campos, 28/03/15.

 

 

Joaquín Campos, 24/03/15, Khon Kaen. 

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