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La historia no tiene libreto el blog de Joseba Louzao


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2 de marzo, 2016

El asombro

 

Parece que no se puede comenzar a reflexionar sobre el asombro sin referirse a un maestro de la estatura intelectual de Aristóteles, que insinuó hace unos cuantos siglos que es imposible filosofar sin asombrarse. O, con el mismo sentido, descansar la opinión en las palabras de un oscuro Martin Heidegger, que también parafraseó tiempo después esta verdad: «experimentar el asombro, en cuanto pathos, es el arché de la filosofía». Asombrarse forma parte de nuestra más primigenia condición como seres humanos. Pensemos en el asombro del hombre prehistórico al conseguir el fuego por sí mismo, el de los acompañantes de Colón ante un nuevo mundo por descubrir o el del niño que, pegado a la televisión, observó la llegada a la luna del Apolo 11. Solamente a través del asombro podemos llegar a conocer y traspasar las últimas fronteras.

 

En demasiadas ocasiones, la realidad nos maravilla, nos fascina o nos produce esa estimulante sensación de la extrañeza. Aunque desde antiguo hemos querido tener explicaciones para todo, a cada paso nos sorprendemos y tenemos que ensombrecer nuestras pequeñas y embotadas verdades. Nos lo recuerda la propia etimología de la palabra, que parece jugar con los conceptos de luz y sombra. En el fondo, las sombras pueden ser la mejor iluminación posible ante una realidad que tenemos la obligación de explicar. El teólogo Josef Pieper dio un paso más allá para asegurar que el asombro también se encuentra en el origen de la poesía, de la sorpresa ante lo habitual. Por ello, quizá debamos entrenar el silencio y la contemplación para descubrir la verdad y la belleza de lo vivido.

 

El asombro, íntimo y esperanzador, es experiencia y disposición. La humanidad se ha encaminado siempre hacia un horizonte expectante gracias a un misterioso impulso que nos abre a lo diferente, nos sacude de nuestras rutinas y nos distancia de nuestras más firmes seguridades. El asombro sostiene nuestra vida. Es la confirmación más preclara de la experiencia profunda del amor, del reír y del llorar, es decir, la experiencia sorprendida ante la presencia de los demás en los que nos reconocemos.

 

(Este texto se publicó en la desaparecida revista Ambos Mundos).

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